Los premios, que son algo que me suele dejar frío, de vez en cuando dan alegrías. De las buenas. Yo me he alegrado mucho cuando ha saltado la noticia de que Los Titiriteros de Binéfar han ganado el Premio Nacional de Teatro Infantil y Juvenil. De verdad, me he emocionado y me he llevado un alegrón.

Los Titiriteros y Paco Paricio se merecen todos los premios del mundo. Por millones de razones.

Por la pasión que le echan a su oficio y el talento que han demostrado siempre.

Por trabajar a pie de obra, sin dar lecciones, sin pontificar, con humildad artesana, sin ínfulas de gurús baratos.

Por tratar a los niños sin condescendencia, por jugar con ellos como iguales y divertirse con ellos tanto o más de lo que ellos se divierten con sus montajes, y por cuidar sus espectáculos tanto y tan bien.

Por llevar el nombre de su pueblo en la compañía, reivindicando siempre su condición y sus raíces, cultivándolas y renovándolas, bebiendo de un legado que se remonta a siglos atrás, y por demostrar que no hace falta estar en Nueva York para estar a la altura de lo que se hace en Nueva York.

Por despertar tantas pasiones en tantos niños y en algún que otro adulto.

Por El hombre cigüeña, por Dragoncio y por La fábula de la raposa.

Y porque son una gente estupenda, rara y preciosa. Porque hay que mimar mucho a aquellos que se dedican a hacer felices a los demás.

Espero que este premio, y los otros muchos que les tienen que conceder aún, sirvan para darles empuje unos cuantos años más, para que Paco Paricio retrase todo lo que pueda su jubilación y mi hijo Pablo pueda disfrutar así del Hombre Cigüeña y de Dragoncio. ¡Aguantad muchos años, por favor, que los recién paridos os necesitaremos dentro de poco!

Enhorabuena de corazón. Y que dure.

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