En la tercera temporada de Mad Men he asistido a un momento de una pureza dramática digna de Hitchcock. De hecho, yo creo que está directamente inspirado por la dramaturgia de Hitchcock.

No desmenuzaré nada, solo contaré lo esencial para que se entienda su grandeza. Don Draper, el despiadado y genial publicista que protagoniza la serie, tiene un secreto enorme, de una enormidad enormísima. Una enormidad que no impide que quepa en el cajón del escritorio, donde lo guarda bajo llave. Lo sabemos desde la primera temporada: sabemos que Don Draper no es Don Draper. Estuvo a punto de ser descubierto, ha sufrido mucho, pero en esta tercera temporada todos los peligros parecían superados, y la trama corría hacia otros campos, lejos de ese nudo aparentemente ya desecho.

Pero, en uno de esos “giros inesperados” que todo buen narrador sabe dar, la mujer de Don, Betty, lo ha descubierto. Ha encontrado por casualidad las llaves de ese cajón, lo ha abierto y se ha enterado de todo.

Un tío así no pierde los nervios fácilmente.

Betty es fría, es un grandísimo personaje. Aparentemente frágil y desnortado, pero con una determinación furibunda. Solo con ella logra mantenerse a flote en la inmensa soledad en la que vive. Con esa determinación, le planta cara al impostor. No monta una escena, solo pone las cartas boca arriba. Le encara y se limita a decirle que lo sabe, esperando no creerse ni una sola de las mentiras que Don le contará para cubrir o purgar su gran mentira. Está convencida de que huirá o saldrá por la tangente, que urdirá una estrategia para librarse de su mirada acusadora, que su plante probablemente le costará no verle nunca más. Pero no se arredra, está dispuesta a asumir lo que sea.

-Puedo explicarlo -dice tópicamente Don.

-Lo sé -responde fríamente Betty-. Es tu oficio, eres un maestro explicando cosas, seguro que sabrás encajar las piezas para hacer algo convincente.

Pero Don no hace nada. Va a la cocina y saca el paquete de tabaco. Al extraer un cigarrillo, este se cae al suelo. Las manos le tiemblan y no ha atinado a cogerlo. Es el único signo visible del derrumbe. Fugaz, es un temblor mínimo. Acto seguido, un contraplano nos muestra la cara de Betty. Un segundo escaso: le ha cambiado el gesto al ver caer el cigarrillo. Ese segundo nos basta para saber que Betty ha cedido y ha perdonado a Don. Aun sin saber la razón de la mentira. Ha visto algo que no esperaba: de todas las respuestas posibles, no sospechó que su marido fuera a desmadejarse, que el personaje del triunfador Don Draper se fuera a romper tan estrepitosamente para dejar desnudo e indefenso a un hombre en una vía muerta, sin posibilidad de ir hacia adelante ni hacia atrás. Paralizado.

Betty: parece inofensiva, pero no le toques los ovarios.

Esa escena es puro Hitchcock. Si hay un director que ha sabido de la importancia de las manos y de lo que tocamos y cogemos con ellas, ese ha sido Alfred Hitchcock. Hasta tal punto que la fuerza y casi la esencia de su cine está hecha de objetos que cambian de manos, que son manipulados, escondidos, anhelados, hurtados.

Uno de los fallos técnicos más comunes de los juntaletras que empiezan a emborronar ficciones es que los personajes que componen sobreutilizan groseramente sus manos: les hacen fumar, limpiarse el sudor, metérselas en el bolsillo, agarrarse a un vagón de tren que se escapa y acariciar una teta todo al mismo tiempo. Para indicar intensidad, describen a individuos que lo manosean todo frenéticamente, sin darse cuenta de lo inverosímil de la descripción. Hay que elegir bien los movimientos que un personaje hace con sus manos, los objetos que coge y cómo los coge, las partes del cuerpo que acaricia y cómo las acaricia. Hay que ser contenido para imprimir significado a los gestos de las manos y a su relación con los objetos. Solo así se pueden alcanzar momentos tan brillantes como esa secuencia de Mad Men.

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