Estos días he hablado con varios sabios y gente metida en el ajo sobre el tema del libro electrónico y la conclusión fundamental es que las editoriales españolas no han sabido escarmentar en cabeza ajena —la de las discográficas— y la están cagando como si se estuvieran zampando veinte yogures de Activia al día.
Un ejemplo a voleo. El último tochete de Manuel Vicent, Aguirre, el magnífico, en Alfaguara. En formato papel en librerías cuesta 18,50 euros. En formato ebook, 12,99. Ahorro: 5,51 euros. No llega al 30% de rebaja. Una racanería si se tiene en cuenta que el abaratamiento de costes de producción, transporte, almacenaje y comerciales triplica sobradamente ese 30%. Cualquier lector que vea esos precios concluye acertadamente que Alfaguara está cuestionando sus capacidades cognitivas más básicas. Un trilero con un naipe y tres vasitos del revés conseguiría el mismo efecto.
Aunque siempre hay pichones que tragan, claro.
Voy a exponer algunas cositas sobre el mercado librero que el común de los lectores no sabe y no tiene por qué saber, ya que bastante tiene con sus problemas, pero sabiendo esto entenderán mejor las dimensiones de esta cagada editorial.
Cuando usted compra un libro y pasa por caja, su dinero se suele repartir más o menos así:
Un 4% para el Estado en forma de IVA.
Descontada esa cantidad, el total restante queda así:
Entre un 25% y un 30% para el vendedor-librero.
Entre un 20% y un 35% para el distribuidor.
En torno a un 30% (si libreros y distribuidores se lo permiten) para el editor.
Un 10% para el autor (aunque un 8% también es muy frecuente en editoriales a las que no llegó el decreto de abolición de la esclavitud; los superventas como Pérez-Reverte o Almudena Grandes pueden negociar al alza hasta un 12% o un 13%, pero esto es muy raro).
En todo este proceso, el editor es el único que arriesga la pasta (distribuidores y libreros trabajan con depósitos: lo que no venden, lo devuelven sin más, ellos se limitan a ofrecer su infraestructura) y el autor es el único que pone el trabajo, quien hace posible todo el tinglado con su obra.
El libro digital permitía revisar este sistema, beneficiando tanto a los lectores como al autor, el eslabón más débil de la cadena. Lo que muchos escritores y no pocos editores independientes esperaban era un escenario en el que los ebooks se vendieran muy por debajo (más de un 60% más baratos) del PVP de la edición impresa. Entre 3 y 5 euros de media. Descontado el IVA (que, en los ebook creo que se mantiene en el 18%, algo inexplicable: ¿cómo puede un mismo producto tener la consideración de bien protegido y bien de lujo a la vez, en función de la accidentalidad de su presentación?), y al no haber intermediarios a los que abonar comisiones, el autor y la editorial podían repartirse el dinero al 50%. Ambos saldrían ganando enormemente, ya que la inversión económica del editor es mínima y recupera un porcentaje mucho mayor sin arriesgar nada. Por su parte, el autor vería duplicado su margen.
En lugar de eso, las editoriales han mantenido la estructura de reparto de ganancias… ¡en lo que al autor se refiere! El firmante de la obra sigue cobrando su rácano 10% en formato digital, y el editor se queda con el 90% restante. Insisto: en el libro tradicional, el editor asume muchos riesgos y busca un equilibrio en la estructura de costes y en el establecimiento del precio para limitar esos riesgos al máximo, pero en internet la inversión es insignificante. ¿Son comparables un servidor web, un dominio y una pasarela de pago con una estructura de distribución nacional y una capacidad de almacenaje de grandes volúmenes?
Por no hablar del tema de la piratería: unos precios asequibles con catálogos online bien nutridos y servidores fiables cpn descargas rápidas serían muy atractivos para una parte considerable del público, que no necesitaría recurrir al e-mule.
Pero los grandes grupos han impuesto una ley del terror con unos precios desproporcionados e imposibles de justificar (sin tinta ni papel ni furgoneta de reparto ni sueldo de librero que pagar) que invitan a correr en desbandada al e-mule. No sé quién toma estas decisiones ni por qué, pero es evidente que son nefastas y ya han demostrado sus consecuencias desastrosas en otros ámbitos de la industria cultural.
Los pequeños han preferido inhibirse. Son muy poquitos los editores indies que se arriesgan a meterse en este berenjenal, pues tienen mucho más que perder que los escasos eurillos que pudieran ganar. De momento, se escudan en el carácter fetichista de sus productos, y tienen razón, pero esa coartada no les va a servir siempre, y veremos qué pasará cuando se vean obligados a bailar al ritmo de los precios disparatados que imponen Prisa y Planeta.
Todavía están a tiempo de rectificar, pero cuanto más conozco este mundillo, menos claro tengo que haya alguien en él con el poder y la voz lo bastante firme como para proclamar que el emperador va desnudo.







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Esta mañana ha salido el mismo tema. Todo el mundo con el que hablo se da cuenta. Nos toman por tontos. pero ¿no se forró itunes haciendo algo parecido con la música?
Exactamente Sergio. Las editoriales están muy concientes del peligro para su negocio que representa el libro electrónico, o sea para su bolsillo y su esquema de explotación del trabajo de otro: el autor. Están empeñadas con expermientos abortivos como Libranda en demostrar que el libro electrónico en el mundo hispano no es viable, uniendo a ésto una hábil campaña de descrito de las descargas “ilegales” con apoyo oficial. Pero ya el ejemplo está y es el mundo anglosajón, lease Amazón y eso nadie lo puede ocultar. Sólo les queda a las editoriales prolongar su propia agonía si siguen es su terquedad.
Las editoriales se piensan que internet es una librería -a lo bestia, pero una librería al fín y al cabo-. Las discográficas toman a internet por una tienda de discos. Los políticos creen que es un mitin 24/7. Nadie ha entendido nada. Y mientras tanto la red les está pidiendo paso, antes de adelantarles por la derecha.
Excelente artículo. Saludos.
Algunas pequeñas editoriales lo están haciendo ya. Cierto que no tienen la repercusión de las grandes y conocidas, incluso dentro de las independientes, pero lo hacen.
Pues un 8 o un 10% aún me parece mucho. Yo he llegado a saber de autores (evidentemente no muy conocidos) que han cobrado entre un 6 o un 7% de los beneficios.
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Las editoriales temen que el e-book les coma parte del mercado (como pasa con el libro de bolsillo), y con este planteamiento se produce el suicidio editorial. Lo que tiene que cambiar es la mentalidad: deberían reciclarse para orientar sus ganancias en red y asumir otra cantidad de beneficios.
Estoy de acuerdo en muchas cosas de las que dices en tu artículo, pero llevando al límite tu razonamiento, ¿por qué el autor no se auto-edita y se lleva el 100% de las ganancias? ¿Para qué necesita a un editor (si éste, trabajando con e-books, según tu razonamiento, no arriesga nada -y en parte es muy cierto)? Pero, ¿a qué escenario nos lleva esto? Un lector, un buen lector, un lector habitual, ¿tendrá que rastrear la web, hasta encontrar el libro que busca de un autor? ¿Y qué tendrá que hacer para comprarlo? Registrarse, primero, y luego dar los datos de su tarjeta. ¿En tantas páginas como autores haya (o, según tu planteamiento, en tantas editorales como existan)? Me parece un escenario que no aprovecha demasiado bien las facilidades que brindan los e-books (una de ellas, y no poco importante, es la inmediatez entre el deseo de comprar y la lectura). A día de hoy (quizá mañana cambie de opinión) me parece que el eslabón de la cadena del libro (actual o futuro) que más fortaleza muestra es precisamente el librero on-line (pero entiéndase: no un librero que vende libros como podría vender aspiradoras o seguros; sino un librero que recupere la esencia de su oficio: la prescripción de libros, las recomendaciones acertadas, el desgranar el grano de la paja -y paja hay mucha, mucha-). Me parece que sólo ese tipo de libreros será el único que sobreviva en ese futuro escenario (porque el espacio de “librerías mainstream” lo ocuparán sólo las grandes, léase Amazon y pocas más, o sólo Amazon). Una librería seria, con lectores serios, que saben apreciar las recomendaciones, que genere confianza, con presencia en las redes sociales, y con una pasarela de pago y proceso de compra fiable, tiene muchas posibilidades de hacerse con una parte importante del mercado (¿qué sería más cómodo que visitar nuestra librería favorita, dejarnos seducir por las recomendaciones y sugerencias, hacer tres o cuatro clics, y ponernos a leer?).
El librero que aconseja y trata al cliente con confidencialidad hace años que desapareció. Solo queda un grupito de personas que bien honran tal título. Como digo, ese gremio, ampliable a cualquier otro género enmarcado en la atención al público se ha extinguido (casi) por completo. ¿Por qué? Independientemente de los motivos característicos de cada género que hayan desembocado en dicha situación es el interés y el extremo consumismo el que nos ha llevado a tales situaciones. El librero ya no aconseja cual se adecua más a lo que el lector busca o no busca, ahora solo se miran las ventas y la recomendación sobra; solo interesa que quien pise la librería compre y cuanto más mejor. Esa irreflexión lleva a que el extremo interés aumente ya que libreros, editores, distribuidores e incluso los propios autores presionan para aumentar precios y bajar la calidad de sus escritos, aunque eso resulte prostituirse como juntaletras. Y mientras que el lector trague y compre, mayor es la presión por mero afán y lucro económico. Eso está sucediendo de una manera muy visible en el punto más flojo del mundo de las letras: la prensa. Ante ese lucro, los contenidos descienden pero los precios suben. Esa desvirtuación de lo existente (que sería, no el beneficio, sino la obra) provoca tarde o temprano el desmoronamiento del desorden interesado que se ha generado entorno a ello. Porque si un periódico no sacia la necesidad de conocimiento de la información, ten por seguro que nadie gastará un puñetero duro en un ejemplar. Lo mismo sucede con la literatura, o con la música y el cine: si no atrae ni gusta, nadie se interesará por ello. Y en todo esto llegó internet y alivió el estrangulamiento de tan insostenible sistema, a cambio del pirateo y de la rebaja de precios. Del alivio al que busca tales obras.
Rocamadour, habla de comprar y de ganancias. Y tiene razón. ¿Por qué un autor no se autoedita y gana el 100%? No soy experto en esos temas, pero ojeando un poco este mundillo ya observo dos causas: la primera, el clientelismo de los intermedarios. Voy a poner un ejemplo más gráfico aunque no tenga que ver nada con lo que estamos hablando.
Antiguamente, hasta hace treinta o cuarenta años, se podía contratar un grupo de albañiles y un arquitecto (incluso sin el último) y arreglarte una casa entera, sin que supusiera perjuicios para la salud de los allí presentes. Ahora, para evitar persecuciones legales es necesario, incluso para una obra menor, un arquitecto que elabore los planos, un aparejador (en determinadas situaciones) que revise la obra, un paleta que dirija a los albañiles y peones y, por supuesto, la peonía. Y el trabajo, la seguridad, se rige por los mismos motivos que antaño, aunque hayan cambiado los métodos de construcción.
Si ahora se quisiera, a toda costa, contratar a la peonía y dirigir el cotarro con un arquitecto, la presión sobre el que contrata es infinitamente mayor que si distribuye la obra en tres o más intermedarios. Por tanto, la dificultad de llevar a cabo la obra sin problemas es también mayor.
Lo mismo sucede con el mundo editorial. Entre el autor y el lector, que debería existir correspondencia directa, está el editor, el distribuidor, el librero, el representante, el publicista, el agente literario (por lo de los contratos y demás), eso si no me dejo más personajes de por medio. Todos ellos sobran en tal correspondencia: son meramente intermedarios. Si un autor decide hacerse llegar por sí mismo a los lectores, las trabas en una sociedad colmada de intermedarios son insufribles. Porque lo que debía y es sencillo ha sido complicado interesadamente hasta que te ves obligado a buscar, en la mayoría de los casos, a los mismos intermedarios nada más que asalariados, ahora, de tu bolsillo, siendo la carga económica mayor que la porcentual sobre las ventas que ofrece la editorial, además de tener que ocuparte de contratas que te llevaría una editorial sin que te afectaran directamente a tí. Por eso resulta más ganancioso por salud y por economía repartir baneficios, de haberlos.
La segunda es una mera cuestión económica. Dependiendo cómo sea la obra, editarla, presentarla y distribuirla supondría unos gruesos pagos por parte del autor, que incluso tendría que pedir un préstamo para adelantar el dinero. Eso jugándosela a que tenga éxito y recupere lo invertido con las ventas, algo que no siempre es posible. Si se aplicara este sistema, los precios serían, en un principio, mayores que de costumbre, dificultando la venta de la obra. Si los precios son muy pequeños, habría que sacrificar inversión en edición, publicidad y distribución, lo que impediría que el público se enterara con detalle de la nueva obra. Por último, arrisgándose al máximo y apostando el todo por el todo, haría falta que el libro gustara para conseguir recuperar lo invertido. En cualquier caso, si de lucro y egoísmo se trata, seguiría imponiéndose, ante la dificultad del “sistema” impuesto, el sistema de intermedarios. Y respecto al e-book, mejor no hablar.