Una entrevista me manda hacer Violante, que en mi vida me he visto en tal aprieto.

Qué barbaridad. Yo antes las entrevistas me las hacía de seis en seis, me preguntaba y me respondía yo, le dictaba el titular al entrevistado, le hacía confesar que se tocaba pensando en su madre. Pero ahora estoy oxidado. Me han pedido una entrevistita de nada, muy plácida, casi una charla de bar, y boqueo como pez expulsado del acuario.

Desesperado, recurro a la teoría, al alma mater, y desempolvo las viejas lecciones y manuales de periodismo. Saco este librito del estante mohoso y escondido en el que lleva diez años acumulando polvo:

El tocho que ha formado a ochocientas generaciones de periodistas españoles. Dicen que Larra estudió con él. Setecientas páginas de letra apretada (de las cuales, 695 son el índice onomástico) donde se diseccionan todos los géneros periodísticos y se analiza la pirámide invertida, y las cinco W, y el lead, y hasta la aerodinámica de la capa de Supermán-Clark Kent.

Un manual de redacción que tiene la incomparable virtud de ser uno de los libros peor escritos del mundo, por encima de las memorias inéditas de Cañita Brava. Un volumen cuya portada ya sonaba vieja en 1805, que espanta sólo de verlo y que tenía por objeto disuadir a los estudiantes de periodismo de seguir estudiando esa carrera. Pero ni por esas.

Busco en esas 700 páginas de jerga seudocientífica y citas en inglés y no hallo lo que busco. El Martínez Albertos no me aclara cómo debe entrevistarse a un escritor.

Qué laguna más grande, qué solos y tristes deben de sentirse los estudiantes de periodismo.

Así que me veo en la penosa obligación de cubrir ese hueco para las generaciones venideras. A continuación ofrezco la fórmula para entrevistar con éxito a un escritor o a una escritora.

Por separado, ya que, pese a que cada vez la igualdad se impone más, muchas escritoras de la vieja guardia siguen ejerciendo primero de mujeres y luego de escritoras, y prefieren que se les pregunte por su condición genética antes que por la profesional, por lo que habrá que complacerles.

Porque esta es la primera lección (venga, tomen nota, cachorros, ¿a qué esperan?): el escritor tiene que salir de la entrevista satisfecho. Envanecido sería más correcto. Pero no tan satisfecho que llegue a pensar que el entrevistador es más inteligente que él. Hay que intentar ser listo, pero en su justa medida: que vea que nos esforzamos (vanamente) por estar a su altura. Nuestros infructuosos esfuerzos por citar a novelistas franceses enternecerán al autor y harán nuestro trabajo más fácil. Conviene que no pronunciemos bien los nombres de Proust o de Flaubert, para que el entrevistado piense: “Qué majico (sic, aragonesismo universal) y qué mayor, mira cómo mueve los labios y gesticula. Qué mono es, se cree intelectual… Se merece una golosina”.

Una vez creado el ambiente y tras disculparse por no haber leído el libro (“es que mi jefe —opcional: el cabrón de mi jefe— me lo pasó ayer y sólo he podido hojearlo”: las condiciones de explotación crearán una corriente simpática con un escritor que, por definición, es un ser sensible a las injusticias; por otro lado, saber que el periodista no ha leído el libro le tranquilizará sobremanera, no sólo porque no le atormentará la duda de si le habrá gustado o no, sino porque no correrá el riesgo de que su literatura sea malinterpretada por una mente de rango inferior), hay que encender la grabadora y empezar a preguntar. Para ello, propongo elaborar un cuestionario a partir de uno de estos dos modelos universalmente válidos, que contienen pequeñas variantes para excepciones más o menos frecuentes.

Modelo número 1 (para escritor masculino)

1. En su última novela plantea un panorama desolador del mundo occidental (o de España, o de la Región de Murcia, táchese lo que no proceda), ¿qué respondería a quienes le tachan de ser demasiado pesimista?
Salvo si el escritor hace literatura infantil, siempre planteará un panorama desolador del mundo occidental. Esta pregunta da pie a que el entrevistado sermonee y se ejercite como intelectual político (pocas cosas gustan más a un escritor que largar un discurso político, salvo los canapés gratuitos). Podemos dejarle hablar y pensar en nuestras cosas: lo que conteste nos es completamente irrelevante —y al resto de la humanidad, pero él no lo sabe— y no va a dar pie a nuevas preguntas.

2. Su estilo ha alcanzado una madurez admirable en esta obra.
No se pregunta, se afirma. Y se deja un silencio para que el autor tosa, cruce y descruce las piernas, finja modestia y diga que él será toda la vida un aprendiz, que no hay día en que no le enseñen algo nuevo y blablabla.

3. ¿Qué hay de usted en el protagonista del libro?
No nos importa, es puro relleno, dejarle hablar y que nos llene hueco en la entrevista, que es muy larga.

4a. En el caso de un escritor consagrado: ¿Cree que los autores jóvenes ya no se preocupan por lo que defendió su generación y que lo que perpetran es a la literatura lo que los chistes de Lepe al humor?

4b. En el caso de un escritor joven: ¿Cree que los autores veteranos que acaparan el panorama son un tapón para las nuevas generaciones y que su único mérito artístico es seguir vivos a pesar de tener el colesterol y las transaminasas en unos niveles clínicamente inverosímiles?

5. ¿Qué opina de los que, como Fulano, critican la hondura de sus obras y tachan su propuesta de mediocre?
Cualquier escritor que haya publicado ha sido acusado de mediocre y de superficial, así que esto vale para cualquiera. Además, como esta pregunta rasca una llaga, de ahí sacamos el titular. Con suerte, si está lo bastante borracho o enfadado, insultará a otro escritor y tendremos nuestro trabajo hecho.

6. La crítica le relaciona con [coloque aquí no menos de diez escritores de talla mundial y cuele dos o tres Nobel entre ellos; cualesquiera, pero que sean diez], pero yo creo que su literatura está mucho más claramente influida por [coloque aquí no menos de cuatro autores de culto, semiconocidos por el gran público, lo bastante oscuros como para no salir en el Telediario pero lo bastante conocidos como para que le suenen a un lector que hojea el Babelia un par de veces al año, preferentemente franceses o americanos de los años cincuenta].
No tema equivocarse con los nombres: probablemente, su entrevistado tampoco los ha leído y no tiene ni puta idea de si su literatura se parece a la de ellos en algo más de que ambas tienen forma de libros, pero le halagará profundamente verse emparentado con apellidos extranjeros. Que sean extranjeros, por favor: nadie quiere parecerse a un español.

7. ¿Cuál es su siguiente proyecto?
Relleno, relleno, relleno, déjele hablar a gusto.

8. Su última novela es muy atrevida al abordar el tabú de [wethever]. ¿No teme la reacción de ciertos sectores sociales?
Salvo en el caso de Rosa Montero, todos los escritores quieren ser atrevidos y temen la reacción de ciertos sectores sociales. Sobre todo, si esos sectores compran libros.

9. ¿Cómo consigue crear esas atmósferas tan cosmopolitas?
Desde que existen Ryanair y las becas erasmus, todos somos cosmopolitas. Lo punki hoy es ser de pueblo. Quien no ambienta su novela en Glasgow o en Baden-Baden es porque no quiere.

10. ¿Considera que ya ha escrito su obra maestra?
Generalmente todos creen que sí, pero pocos se atreverán a confesarlo. Momento para que jueguen con su modestia y hagan mohines mientras reflexionan sobre su labor como escritor.

Modelo número 2 (para escritora femenina)

Versión levemente modificada del modelo 1.

1. En su última novela plantea un panorama desolador para la situación de la mujer actual.

2. Su estilo ha alcanzado una madurez admirable en esta obra, y sin embargo, sigue manteniéndose sumamente bella a sus 132 años.

3. ¿Qué hay de usted en la liberada, pasional, rebelde y fuertemente individualista protagonista de su libro?

4a. En el caso de una escritora consagrada: ¿Cree que las autoras jóvenes no son conscientes ya de lo mucho que su generación sacrificó para que ellas tuvieran un pedazo de pan y salieran a la calle con pantalones sin pedir permiso a los hombres?

4b. En el caso de una escritora joven: ¿Cree que las autoras consagradas están anquilosadas en una visión reduccionista del hecho femenino que les impide a ustedes reivindicar lo femenino per se y aunar en un mismo concepto a Coco Chanel y a Simone Weil?

5. ¿Qué opina de los que, como Fulana, critican el feminismo de sus obras y tachan su propuesta de machismo camuflado?

6. La crítica le relaciona con [coloque aquí no menos de diez escritoras de talla mundial, sin olvidar a Virginia Woolf, por favor], pero yo creo que su literatura está mucho más claramente influida por [cualquier intelectual feminista de renombre contemporánea, desde Dolores de Cospedal a Samantha Fox, cualquiera vale].

7. ¿Ha cambiado la maternidad [o su ausencia] su punto de vista sobre la literatura?
A un escritor macho jamás se le haría esa pregunta, salvo que haya escrito un libro al respecto. Y a veces, ni eso. El mejor libro de Francisco Umbral trata de su paternidad y del dolor por la muerte de su hijo, y rara vez vi que le preguntaran por su paternidad en ninguna entrevista. Si hubiera sido Francisca Umbrala, no le habrían preguntado otra cosa nunca.

8. Su última novela es muy atrevida al abordar el tabú de [wethever, pero relacionado con la mujer: el amor lesbiano está ya muy visto, las últimas fronteras están en la higiene vaginal y su sofisticada gama de productos]. ¿No teme la reacción del machismo ambiente?

9. ¿Cómo consigue crear esas atmósferas tan femeninas y tan cosmopolitas a la vez?

10. ¿Considera que las escritoras están ya en pie de igualdad con los escritores?
Nótese que en el caso de la escritora femenina no interesa el concepto obra maestra, está fuera de lugar.

En resumen: si se entrevista a un escritor, se habla de literatura, y si se entrevista a una escritora, se habla de feminismo. ¿Por qué sucede esto? Qué sé yo, pero es una norma inquebrantable que —y ahora me pongo un pelín serio— demuestra que la igualdad está muy lejos de producirse y que muchas mujeres de proyección profesional pública colaboran —seguramente sin proponérselo— en la perpetuación de una actitud condescendiente hacia su condición. Si yo fuera mujer y escritora, no aceptaría hablar de otra cosa que no fuese literatura y rechazaría de plano cualquier alusión a sesgos y puntos de vista femeninos, pues los únicos puntos de vista que hay en la literatura son los del autor y los del narrador, y estos son personales e intransferibles y trascienden cualquier etiqueta de género, de raza, de religión o de cualquier otra cosa. La literatura que llega de verdad, la que merece la pena, no es ni femenina ni masculina, ni blanca ni negra. Es, sencillamente, humana. Se pudo entender durante un tiempo que llamara la atención la incorporación de las mujeres a la nómina de autores literarios, pero hoy en día, ser mujer y escritora no debería suponer extravagancia alguna y no debiera merecer un subrayado especial. Y si lo sigue mereciendo, es que algo va mal.

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