«Todos queremos ser “guays” y se hace duro para algunos de nosotros reconocer que no lo somos».
Chuck Klosterman, Fargo Rock City
Banda sonora de este post (lo que atormenta a mis vecinos mientras escribo): Appetite for Destruction, de Guns n’ Roses. Ahora mismo, Axl berrea sobre los primeros fraseos de Slash en Welcome to the Jungle. En unos segundos, empezará a aullar la letra.
Voy a hablar de este libro: Fargo Rock City, de Chuck Klosterman (Es Pop Ediciones). El post es largo y contiene fotos que dan mucha vergüenza ajena (en mi caso, puede que un poco propia, también). Lo aviso por si alguien se lo quiere saltar o dejarlo para un momento más relajado.
Pese a mi supuesta bibliofilia, maltrato bastante los libros durante la lectura. Básicamente, me dedico a doblar la esquina de las páginas que contienen pasajes que me interesan, y se puede medir la intensidad de mi gozo lector por la cantidad de esquinitas dobladas que dejo. Si el volumen sobrevive intacto, el detective más torpe puede deducir que no me ha gustado mucho (o que me ha dejado indiferente, que es lo peor que me puede provocar un libro: hay obras que me irritan, y en mi irritación, doblo muchas esquinitas). Mi valoración crítica, por tanto, se mide en páginas estropeadas. Los reseñistas profesionales ponen nota a los títulos con estrellitas o tinteros o cualquier otro recurso tipográfico. Yo prefiero las esquinas dobladas.
Este libro lo he dejado hecho un acordeón. Ni siquiera cierra bien. Es decir, que lo he gozado como un perro sin castrar contra un sillón recién tapizado.
Dios, cómo me ha gustado. Es lo más inteligente, provocador, divertido, honesto y hondo que he leído en meses. Y no exagero ni un poco. Bueno, a lo mejor un pelín, sí, pero me da igual.
Debo aclarar, antes que nada, que me he sentido directamente interpelado, y puede que no sea ese tu caso. Es un libro escrito para personas como yo, para gente con un pasado que purgar. Si nunca has tenido una chupa de cuero, si no te has dejado de hablar con un amigo por decir que los nuevos Kiss eran una puta mierda, si no has sido capaz de argumentar durante horas por qué los más virtuosos dioses de la guitarra no valían un refrote de entrepierna de David Lee Roth, si no eras capaz de hacer un ranking de los mejores berridos de cantantes —en discos de estudio y en directo—, si no sabes qué significa el comodín de AC/DC y si no has sido la envidia de tus colegas por haber estrechado la mano de Angus Young, Fargo Rock City te puede interesar y divertir, pero difícilmente te emocionará. Al menos, hasta los niveles en que me ha emocionado a mí.
Porque ha llegado la hora de salir del armario: sí, fui heavy. No me gustó el heavy, fui heavy: era una condición vital. Y aunque luego crecí, refiné mi gusto y descubrí que la inmensa mayoría de aquella música era una grandísima mierda, terminé asumiendo que era mi grandísima mierda y que renegar de ella suponía renegar de mí mismo. Apenas la escucho ya. En las clasificaciones del iPod no creo que haya más de cinco o seis canciones que puedan considerarse heavies entre las cien más reproducidas (nota al margen: no quiere esto decir que ahora tenga mejor gusto. En muchos sentidos, soy más rústico hoy que cuando tenía dieciséis añitos). Y, sin embargo, durante unos años de mi vida, puede que los más importantes, los formativos e iniciáticos, el heavy fue lo principal. Me parecía inconcebible tener un amigo que no compartiera esa pasión y prácticamente todo nuestro ocio consistía en beber cerveza, escuchar música muy alta y hablar sobre esa música.
Si uno quiere disfrutar de cierta consideración social, debe guardarse esas cosas para uno mismo o, al menos, ironizar sobre ellas, dejar claro cuán estúpido fue uno y ser incapaz de reconocerse. Pero la verdad es que yo me sigo identificando con ese primate agitamelenas. No atemperé mi obsesión totalitaria debido a ningún hallazgo estético. No me caí de ningún caballo, cual Saulo de Tarso de Sub Pop. No cambié las camisetas de Iron Maiden por las camisas de franela por madurez: simplemente, dejé de ser absolutamente heavy para serlo sólo a medias porque descubrí que esa era la única forma de follar. Si quería tener vida sexual, debía distanciarme, ironizar, fingir que también me gustaba Pearl Jam y que le veía alguna gracia al hip hop, aunque me estomagase. Esa pose, combinada con cierta palabrería seudointelectual, podía funcionar. Y funcionó, ya lo creo que funcionó. Al parecer, la muerte de Kurt Cobain diseminó por los garitos rockeros a un montón de adolescentes siniestras y tristonas con la autoestima mellada que estaban deseando compartir sus fluidos con un alma gemela masculina que entendiera su sentido trágico de la vida. Y yo, si había que entender, entendía lo que fuera. Comprensión no me iba a faltar.
Pero, medio en secreto, tamizado por un cada vez más trabajado sarcasmo, seguía berreando el One de Metallica —fui uno de los tarugos que se cabrearon y dejaron de seguirlos cuando sacaron el disco Load, esa cosa insulsa y popera destinada triunfar en Los 40 Principales— y gritando con AC/DC no sé qué de un tío al que habían agarrado por los huevos. Literalmente: AC/DC no componen metáforas, todo es textual en ellos. Las bragas de tu hermana en los tobillos y los genitales cubiertos de aceite lubricante de sus letras no son símbolos de nada. Y gritábamos en bares sucios y negros donde las únicas chicas que había eran las primas gordas del pueblo de tu amigo, que se bebían su roncola en una esquina, entre aburridas y asustadas. No importaba que ellas nos vieran hacer el ridículo, ahí podíamos ser nosotros mismos, dado que el sexo estaba completa y rotundamente descartado.
La tesis del libro de Klosterman es muy seductora. Desde que Kurt Cobain se suicidó, o puede que un poco antes, la crítica musical ha denostado el heavy metal. No ha habido un estilo más ridiculizado y vilipendiado en toda la historia. Confesar tu admiración por él, aunque sólo te refieras a algún aspecto marginal o a un disco concreto, te desacreditaba intelectualmente ante cualquier interlocutor moderno —cuando se publicó ese libro, mucho; ahora, un poco menos—. El heavy es una música pretenciosa, innecesariamente barroca, de bajísima calidad compositiva, conservadora, reiterativa y sin el menor trasfondo o ambición creativa. Sonidos para primates envueltos en una estética que deja pequeño el término kitsch. Himnos para ser coreados por garrulos pueblerinos y onanistas con el bagaje intelectual de una sardina en lata.
Klosterman lo asume. Es verdad, todas las objeciones que sus modernos y esnobs amigos le hacen dan en la diana (Klosterman es periodista y novelista y vive en Nueva York, así que imaginaos en qué ambiente se desenvuelve). Ninguna persona con un mínimo de gusto y sensibilidad puede refutarlas. Y, sin embargo, comenta (me voy a mis esquinitas dobladas):
Ninguna persona cultivada siente el más mínimo interés por el metal, ¿verdad? Pero luego se me ocurrió otra cosa: a mí me gusta el metal, y estoy como poco semialfabetizado. De hecho, muchos de los individuos más inteligentes que conocí en la universidad crecieron escuchando metal, igual que yo. Y es evidente que no éramos los únicos.
Yo podría haber escrito ese párrafo. Sigue:
¿Sabéis? Si alguien escribiera un ensayo afirmando que Thin Lizzy fue la columna vertebral de sus experiencias como adolescente a mediados de los setenta, hasta el último crítico de rock de Norteamérica se mostraría de acuerdo. Una discusión seria sobre el significado metafórico de Jailbreak resultaría completamente aceptable. La única diferencia es que yo creo que podemos mantener el mismo diálogo acerca de Slippery When Wet.
El asunto es: si el heavy metal fue tan importante para tantísima gente, y si muchas de esas personas, que han demostrado ser inteligentes y estar dotadas de una gran sensibilidad, se han emocionado y siguen gozando con unos buenos cabezazos —aunque ya no tengan melenas que sacudir—, no se puede despachar el fenómeno con un comentario desdeñoso. Se puede estudiar y se puede llegar al fondo de su significado. Porque significó algo: esos primates gritones y ridículos conectaron con muchísimos chavales con una intensidad y una pasión que rara vez se han visto en la historia de la cultura pop, con un gregarismo y una fidelidad muy superiores a la que los hippies sintieron nunca por sus pelmazos de ídolos. Sólo los Beatles, y durante un período brevísimo de su carrera, consiguieron algo parecido a lo que lograron los monstruos del metal en sus años de gloria. ¿Por qué pasó eso? ¿Qué tenían esas bandas de alcohólicos y obsesos sexuales que no tenía Bob Dylan o tan siquiera los Rolling Stones y que, desde luego, no ha vuelto a tener ningún otro movimiento musical posterior? ¿Y por qué despierta tanta aversión y rechazo en las élites de la cultura, hasta el punto de haber sido casi borrado de las historias del rock o despachado como una anécdota estrambótica y marginal, cuando lo marginal era lo que ahora se considera canónico?

Sebastian Bach, cantante de Skid Row: más allá de la androginia, un tío que casi era una chica guapa.
De eso va este libro, de responder a esa pregunta desde la propia pasión y la propia experiencia, en un formato muy poco convencional. Es un ensayo teórico muy libre entreverado con la autobiografía, escrito con una audacia que ya la quisieran para sí la inmensa mayoría de los escritores en español de mi generación y de las dos anteriores, con argumentos sorprendentes y fantásticos.
Para mi gusto, el libro es demasiado americano. Como está escrito desde un punto de vista personal, el autor se centra en el glam metal de California, con Guns N’ Roses como la realización más perfecta y artísticamente relevante del movimiento —y, a la vez, paradójicamente, como su punto final, su saturación definitiva—. En líneas generales, estoy de acuerdo, pero me molesta un poco su rechazo tan tajante del heavy británico. Es cierto que, en comparación con el playero metal de Los Ángeles, era mucho más triste, feo y con una carga sexual bastante más liviana, pero, al menos para un europeo como yo, fue tan importante o más que el americano. Cuestión de continentes, supongo.
Al menos coincidimos en una cosa fundamental: Metallica era un coñazo y nunca jamás nos tragamos un disco entero de tirón.
Escribe Klosterman, en el epílogo:
Hay cierta clase de individuos que se niegan a aceptar que el heavy metal fue importante o incluso ligeramente interesante. De hecho, la mera sugerencia parece cabrearles considerablemente.
De un tiempo a esta parte se han rehabilitado algunos nombres. Cierta crítica les concede mérito artístico y unos pocos grupos con ínfulas intelectuales (en Estados Unidos se les llama college bands, bandas para público universitario y, por lo tanto, refinado) han hecho versiones de canciones de tipos que hace unos años eran considerados la hez de la tierra. Ya es de buen tono sacar a colación a Kiss, por ejemplo (Drive by-Truckers tienen una versión cojonuda de Strutter), y se pueden hacer sampleos irónicos de Mötley Crüe, habida cuenta de que ellos mismos se ríen de sus propias poses. En algunos medios, Guns n’ Roses están plenamente rehabilitados como grupo seminal y renovador de cierta actitud punk, honesta y agresiva que el rock ha perdido.
Para muchos modernos, la frontera la marca Kiss. Todo lo que se sitúe más allá, estética y musicalmente, es imposible de reivindicar para alguien que pretenda ser tomado en serio en una discusión sofisticada.
Por ejemplo, nadie —ni siquiera yo, que he visto dos conciertos suyos— defendería a estos tiparracos:

Manowar. Estos tíos llevaban taparrabos. ¡Taparrabos! ¿Hace falta decir más? Pues sí, pero no es el momento.
Ni, por supuesto, a estos dementes que repelían hasta a mi yo quinceañero:
La cuestión, como bien plantea Klosterman en su genial libro, es que a los heavies se la sudaba ser despreciados por los modernos. Les importaba tres cojones, ni siquiera dedicaban un pensamiento a las críticas de los esnobs. Y ahí radicaba su grandeza y su invulnerabilidad. De hecho, cuando los heavies se empezaron a ofender por las parodias y a protestar en cartas al director, su movimiento firmó su definitiva e inapelable sentencia de muerte. Cuando les importó la opinión de los demás, se acabó el chiste. Lo que queda de aquel glorioso heavy que encontró su más bella y rabiosa expresión en Guns N’ Roses es un puñado de iletrados aburridos en estado permanente de mosqueo y no muy diferentes de un espectador de Intereconomía.
La gracia del heavy consistía en su capacidad para crear un mundo divertido y autorreferencial inmune a los condicionantes culturales y sociales. Rock, cerveza y punto. De eso va la vida, chaval, déjate de hostias, decían las estrellas a sus fans. Un mensaje universal y hedonista que podía ser acogido por cualquier adolescente, con independencia de su condición y domicilio. Eso fue posible mientras sus grupos llenaban estadios. Cuando la cosa decayó y se fraccionó en cientos de sectas, a cual más siniestra y difícil de asimilar por lo mainstream, el mensaje se complicó. En resumen: cuando el satanismo dejó de ser la excusa para una juerga provocativa que escandalizara a unas cuantas monjas y alguien se lo tomó en serio, se terminó la fiesta.
Además de argumentaciones de un malabarismo intelectual asombroso —compara, por ejemplo, las canciones de la cara B del disco Lies de los Guns con los cuatro evangelios: así como la imagen moderna de Jesús es una mezcla de esas cuatro historias diferentes, la figura de Axl Rose se explica por una mezcla de esas cuatro canciones. Brillantísimo—, el libro está salpicado de perlas. Algunas citas:
Si alguna vez llego al punto en el que mi rutina diaria consiste en hablar de magia negra y meterme jaco en un castillo rural de Sussex, sabré que he llegado a lo más alto.
A pesar de que la letra de la canción habla de abrirse camino siendo un solitario, el director del vídeo interpretó el tema de un modo muy diferente y pareció pensar que la canción iba de una mujer que intenta follarse un coche.
Los críticos de rock continuamente cometen el error de pensar que los álbumes «disonantes» (es decir, «desafinados») que ellos aprecian están influyendo de algún modo en la cultura. Lo cierto es que a ningún oyente normal le importa un bledo ninguna maldita canción jamás creada por los New York Dolls. La única gente que ha escuchado su material son (a) críticos musicales, y (b) tipos que leen libros escritos por críticos musicales.
Como toda la gran música de los ochenta, la de Shout at the Devil era inadvertidamente postmoderna. Su importancia no tenía nada que ver con los conceptos manejados; su importancia residía en lo que simplemente era, de la manera más literal posible.
And so on.
Fantástico. Me reafirmo en lo escrito: de lo mejor, más audaz, profundo y divertido que me he llevado a los ojos en los últimos meses. Y si te parece una chorrada, me da igual: soy heavy, tío, paso de lo que opines.
Y ahora, me voy a abrir una cerveza y a poner You Could Be Mine, una canción que muchos odiamos en su día porque le gustaba a los pijos (estaba en la banda sonora de Terminator II), pero que al final hemos comprendido que mola más que todos los cantautores tristones y descuidadamente despeinados que hemos escuchado después.
Metal rules!
PS.- Un testimonio metalero: aquí estoy, retratado en la máquina de marcianitos del Rainbow. ¿Qué es el Rainbow? Una Meca heavy: el club de Sunset Strip, en Los Ángeles, donde nació Guns n’ Roses. Sigue siendo un garito rockero de intenso sabor y cerveza asequible. Qué noche aquella, qué ilusión me hizo ir al Rainbow.












Gran artículo, chavalín. Y sí, yo soy de las que podrán disfrutar del libro, pero nunca se emocionarán con él, porque JAMÁS fui heavy. De hecho, recuerdo mirar con desdén a los heavies de mi pueblo cuando era cría y puedo confirmar que ligar, ligaban poco.
Ah, y por cierto, la colección de fotos del post te habría quedado perfecta si hubieras añadido alguna de un greñudo Del Molino, en plan ‘free melenas on the air’. Que haberlas, haylas y son gloriosas!
Esas fotos están a buen recaudo.
¿Cómo renegar de esas pintas? Eran y siguen siendo tremendamente originales. Y no es que los tiempos sean diferentes en lo relativo a las “pintas”, ¿o acaso Lady Gaga no viste de manera muy parecida a KISS?
Me sumo a la petición de Anakrix, ¡menos fotos de Manowar y más Del Molino con chupa y greñas!
Pa que no te sientas solo, aunque… ya ya sé que te la suda
Sí, soy medio cultivado. Estudio jazz (ooohhhh), y hace un momento he estado oyendo a Jim Hall. Pero me encanta el heavy. Y sí, sí que lo escucho. Tan simple como AC/DC, que suenan en mi casa con regularidad, vaya si suenan, y siguen y seguirán. Con todos esos discos iguales, sí. Como tiene que ser. Coño, que son AC/DC.
Sin embargo, reconozco que yo no *fui* heavy. Las cosas como son. Pero era mi música. Y muchas veces me veo intentando explicársela a gente que no entiende que alguien como yo… en fin…
Es sencillo: el que diga que estos tíos del jazz simplemente tocan al azar, es que no ha entendido el jazz.
Análogamente, el que diga que los discos de AC/DC son todos iguales, o que esos grupos heavys son muy horteras o vaya pintas que llevan, es que no ha entendido ni papa el heavy. Sí; AC/DC es siempre igual a sí mismo, como un martillo pilón que da un golpe tras otro. Y sí, si a un grupo heavy no le dejas ser hortera y ponerse mallas de cebra, ¿dónde cojones está la gracia?
Bueno, tú lo has explicado mejor, y supongo que Klosterman también. Os mando a los dos un punto positivo.
le doy la razón a Anakrix; que aquí el joven se ha escaqueado poniendo una foto reciente en un antro jevi, pero lo que los lectores del blog queríamos ver era eso, a Segio melena al viento!
gallina!
Anakrix, Mapis y alvaroortiz: Como le dijo Paca la Cataora a Lauren Castigo en el programa de Martes y Trece: “¿Tú me has traído aquí para hundirme o para sacarme a relucir?”. Pues eso.
Es que seguramente todo es falso, no existen esas fotos y SdM nunca ha sido heavy: ¿cómo puede, si no, poner en esa categoría a AC/DC? No pegan. Y dudaría ponerle esa etiqueta a G’n'R. ¡Demuestra tu jevitud si quieres que te devolvamos la credibilidad!
PD. “Metallica era un coñazo y nunca jamás nos tragamos un disco entero de tirón”. Mereces que se te aparezca el espíritu de Cliff Burton y te introduzca el bajo, o lo que se le apetezca, por el ojete.
Javivi: jajajajaja. Metallica siempre gustó mucho a los advenedizos y seriotes. Y gracias por lo de AC/DC, que me da la ocasión de glosar una de las geniales analogías del libro de Klosterman. Según él, la diferencia entre el heavy y el rock duro es una cuestión de drogas. El heavy sólo admite como acompañamiento alcohol o cocaína (algo hasta hace poco prohibitivo para sus proletarios fans), y el rock duro, en cambio, es cosa de porreros. Combinar porros con heavy no funciona, provoca cortocircuitos neuronales, y combinar alcohol solo con rock duro, tampoco, acaba siendo un coñazo. Según este presupuesto (que yo considero plenamente acertado), AC/DC son puramente heavies. Su música no admite fumetas, pero acompaña bien a los borrachos.
Por otro lado, Javivi, tus prejuicios contra G n’ R son los propios de alguien anestesiado por el speed y el death metal. Cualquier cosa que no lleve un doble bombo de batería es pop ñoño para ti. Y me parece normal. Sí, G n’ R gustaban a los pijos y se puede identificar a un hortera rancio porque le guste ese pastelón llamado November Rain, pero esos mismos pijos y horteras no soportan la rabia del Appetite o el salvajismo de Lies, que sigue sonando ofensivo. Esa canción que dice “I used to love her, / but I have to kill her” sería impensable hoy en España y en 25 de los 27 estados europeos.
Hombre, mira, a advenedizo, seriote y prejuicioso no me gana nadie, ¡claro! Pero el jevy son los Judas, los Helloween, los Maiden, el rollo malla prieta, “espadas y sustos” que diría Rosendo. No veo a los G n’R, que por cierto fueron mi puerta de entrada, con el Appetite precisamente, al mundillo metalero. Y ni dobles bombos ni ná: no ha dejado de tentarme la burricie de unos Pantera, unos Sepultura, unos Carcass y cosicas así, que hoy serían unos Slipknot o unos SOAD. Pero vaya, que a mí el jevy, ni fú. Y.. y… ¡y tú más! ¡Saca esas fotos, cobarde de la pradera!
Rebota, rebota y en tu culo explota. Por elevar el nivel intelectual.
Mucha frase hecha, mucho refrán español, mucha lección heavy pero…seguimos sin ver esas fotos!!!!
Nunca fui heavy, pero tuve amigos que sí lo eran. Así que algo se me pegó.
Yo estuve a un tris de ver a los gansos roses en Wembley. Pero un cabrón decidió matar a 3000 tíos en NYC y cancelaron la gira.
Anakrix, los lectores de este blog pagaremos mucho dinero por las fotos de tu chico con greñas.
Pingback: MUY HEAVY (EN ESPAÑOL) | El Blog de Sergio del Molino
Sergio, qué grande tu post de hoy!!!! A contrario que otros miembros de mi generación, yo creo que cada día me acerco más a este género denostado pero divertidísimo (excepto, y en eso estoy de acuerdo contigo, cuando ciertos heavys no son capaces de tomarse un poco a coña el género y reírse de ellos mismos).
El caso es que en mi mp3 conviven sin problemas Guns n’ roses (los dos primeros, el November Rain es ya demasiado empalagoso), Pantera, Judas Priest, AC/DC, Motörhead o Metallica (sí, a mí me gustan… hasta el Load, claro!) junto a otros grupos ‘aceptados’ por la crítica, como Pink Floyd, Roxy Music o Lou Reed, junto a clásicos que ya no sé si considerar heavy o no (al menos son los precursores), que a mí me parecen fundamentales y que, sin embargo, muchos críticos se niegan a darles el merecido reconocimiento y, sobre todo, sigue quedando mal decir en público que te gustan!!! Véase Led Zeppelin, mis adorados Black Sabbath, Rainbow o Alice Cooper. ¿O qué me dices de la B.S.O de Conan ? Eso sí que es un hito épico y metal. En todo caso, quizás me va más el rollo ‘macarra-contundente-progresivo’ que el barroquismo de muchos grupos heavies. Nunca he sido muy de Motley Crue y Kiss no me dice nada, por no hablar de Manowar, aunque antes de voy a un concierto a ver al Joe DiMaggio con el taparrabos que el último hype pop británico alabado por la prensa musical. ¡Arriba el metal!!!
P.D: Por cierto, no necesito ver fotos del Sergio heavy, ¡yo te conocí así! Jajajajajaja
Sergio, se te ha olvidado que el Rainbow es el bar habitual de Lemmy en L.A y, de hecho, no es difícil encontrárselo allí whiskey en mano.
Recomendación literaria: Si puedes, trata de hacerte con ‘Los trapos sucios’, la autobiografía de los Mötley Crue. No son muy fans de este grupo, pero te aseguro, sin temor a exagerar, que es uno de los libros más divertidos y honestos que he leído nunca. Esta gente ha vivido lo mejor y lo peor, y te lo cuentan con una sinceridad brutal que es muy de agradecer.
No he leído el libro, pero tu artículo es brillante! Eso sí, destila un poco de “pasteleo”, que decíamos en la época. . .Ya sabes, si Metallica te parece muy fuerte. . .
Ni se te ocurra sacar tus fotos, yo considero las mías “secreto de estado”. Confieso que también fui heavy, recorría España en autobuses para ir a conciertos con mis mallas, el pelo cardado y las uñas pintadas de negro; escuchaba “esa música” a toda hora y no se veía el color de las paredes de mi habitación empapelada con pósters. Vamos, que me has emocionado. Te sigo en twiter.
PD. No es que me codee con la élite intelectual del momento, pero hace unos quince años que soy licenciada universitaria.
Es una pena que haya tantos heavies que, como tú, nunca entendieron lo que significa el heavy. Ahora te dedicas a escribir ensayos, y parece que lo haces de la misma forma irracional que cuando eras heavy, sin aportar nada y sin que lo que haces tenga ningún sentido. Estás criticando lo que no entiendes ni conoces. Sería de agradecer que, ya que eras uno de los que banalizaron el movimiento metiendote donde no debías estar, por lo menos te calles y no sigas haciendo confundir lo que tú eres con lo que las cosas son.
Pingback: ARQUETIPOS MINEROS | El Blog de Sergio del Molino
lo acabo de terminar..un librazo
De cualquier modo, Sergio, parece que tuviste poco bagaje en tu época heavy : mencionas mucho subalterno de finales de los 80 (Gun’s'roses, Mötley Crue,Metallica… ) pero de los cimientos (Black Sabbath, Led Zeppelin, Deep Purple, y luego Judas Priest, Iron Maiden) nada de nada.Efectivamente, yo creo que tú eras heavy pastelero de esos de las baladitas de Scorpions, Bon Jovi,…. porque a las niñas tontas les gustaba.
Ah, perdón ! Es que es del 79 el pardillín….. llegó una década tarde. Muy atrevido lo tuyo, chavalín, …¿ Qué va a ser lo próximo un monográfico sobre los campeones de Motociclismo hablando de Doohan y de Rossi y no mencionar a Giacomo Agostini ?