Archivo mensual: junio 2012

ALEMANES EN LA NOCHE EN BLANCO

La exposición La pequeña Alemania de Zaragoza, comisariada por Beatriz Lucea y quien esto les escribe, basada en mi libro Soldados en el jardín de la paz, está incluida en la programación de Zaragoza en Blanco, que se celebra esta noche. Permanecerá abierta hasta las 3.00 de la madrugada. Supongo que, pasada la medianoche, cuando la afluencia a los museos se haya relajado un poco, mi expo será un refugio estupendo tanto para el amor como para el crimen. Si aprovechan para lo segundo, por favor, no me manchen las fotos y las vitrinas de sangre.

UNA BARRA DE PAN MUY TOSTADICA

Mi pareja y yo fuimos criados en la austeridad y en las virtudes del ahorro por padres que desconfiaban de las tarjetas de crédito y preferían pagar sus escasísimos y muy ascéticos vicios a tocateja. Por ello, nosotros somos derrochadores y frívolos y nos pone a cien sentarnos en un restaurante y pedir lo más caro de la carta, como las perras arrabaleras que en verdad somos. Pero tanto ella como yo conservamos pequeñas manías de hormiguita ahorradora, no somos tan cigarras como nos pensamos. Por eso, cuando, hace ocho años, le propuse a mi chica que nos instaláramos el aire acondicionado, se negó. Sus padres no la habían educado entre abanicos y persianas bajadas para que ella traicionara esa herencia derrochándola en frigorías.

Han sido ocho años de negativas contumaces hasta que, esta mañana, por fin, hemos ido al Corte Inglés y nos hemos comprado un cacharro. Sólo me ha costado ocho años salirme con la mía. Se nota quién lleva los pantalones en esta casa —pista: yo no, que hace mucho calor—.

La resistencia católica ultramontana de mi pareja ha sido vencida por mi ultimátum y por la realidad de este calor que lleva toda la semana sin dejarnos dormir ni respirar. Estoy tan irritado que no puedo hacer nada, tengo el cerebro inflamado, espeso y aturdido, y creo que vuelvo a odiar a todo el mundo, estoy lleno de mezquindad y rezo por que llegue una guerra nuclear. Todo me parece mal, tengo la misantropía en niveles de alerta roja y, como sé que este estado mental desaparecerá cuando el señor instalador nos haga un agujero en la pared para colocarnos el aparato, quiero aprovecharlo para postear. Como los jedis que se dejan arrastrar hacia el lado oscuro sintiendo el odio, tengo que dejar escritos unos cuantos angry young posts antes de que el señor Fujitsu me devuelva mi habitual, plácida e intrascendente actitud de bonhomía.

Eso, o me cargo a alguien.

Hoy, la cosa va de las señoras que piden una barrica de pan que esté muy tostada.

Es un tipo de personaje muy zaragozano, esa señora que entra en la panadería y, sin mediar buenos días, por favor ni gracias, ordena con voz acuchillada: “Una barra de pan normal que esté muy cocidica”. Desconfían del pan blanco y tierno, les gusta que sea tan áspero como ellas, que haya sido horneado hasta lo negro, hasta que se haya consumido el alma del trigo y el cereal se haya mineralizado.

Estas señoras, enemigas del sabor y del arte de la panadería y de la sapiencia milenaria de los obradores, son en verdad el arquetipo del consumidor español. En especial, del consumidor cultural.

En España nos gustan las cosas muy hechas, renegridas, pasadas, secas. Pedimos que nos pasen el solomillo otra vez hasta que adquiera la textura de un neumático, y hacemos lo mismo con la música, con la tele, con las pelis y con los libros. Sólo nos las comemos si se han churruscado bien, si han sido ultracocinadas hasta que el extractor de humos haya chupado la más leve fragancia de autenticidad, frescura, originalidad, audacia o inteligencia. El mercado lo sabe y cocina al gusto del consumidor, por eso ofrece esas melodías de triunfitos quemadas por ambos lados y con textura de cuero viejo, o esas series de televisión hervidas en olla exprés hasta deshacerse como un puré, o esas novelas horneadas hasta dejarlas en la pura raspa, secas y planas como las tablas de planchar que salen en la chick lit.

No hay dos barras de pan más cocidas y fosilizadas que Sabina y Serrat. Si la señora de antes representa al consumidor medio, Sabina y Serrat son el culmen y el icono de todo lo que apesta en la industria cultural española.

Ayúdenme: no sé cuál de estas dos fotos es de Serrat y Sabina.

¿Conciben ustedes a dos señores más amojamados y más orgullosos de su amojamamiento? Llevan cuarenta años sirviendo canciones recalentadas, poesía descongelada marca Findus, emociones maduradas en cámara frigorífica y estrofas transgénicas de semillas Monsanto.

Y nosotros nos las tragamos a gusto, con la boca llena, preguntando si podemos repetir. Póngame otra de Sabina, pero que esté muy hecha, con doble horneado de canallesque y triple cocción de ripios soñadores y municipales madrileños. Y a mí, tres de Serrat ultracongelado con cuádruple fermentación de mar mediterráneo y zapatitos Kiabi de tacón Penélope.

¿Cómo quieren que se lo sirva?, pregunta el camarero. Y nosotros respondemos: pónganoslo en forma de dos señores ancianos sobre escenario hortera en espectáculo prefabricado sin posibilidad alguna para la improvisación o la ruptura de la cuarta pared.

Hecho, aquí tienen esos dos pájaros del Titanic. Espero que lo disfruten. Si lo desean, aún se lo puedo pasar un poco más.

¿No se lo creen? Sometamos esta canción del dinámico dúo a la cata ciega de un somerísimo e informal, aunque severo, análisis de texto. Mis comentarios, entre corchetes y en negrita.

Recuerdo que tenía un corazón
alérgico a los pólenes.
La muerte no existía
éramos asquerosamente jóvenes.

["Recuerdo", empieza apelando a la nostalgia, la vieja treta del abuelo rollero. La palabra "corazón" en el primer verso. Nostalgia y sentimientos de baratillo, la canción viene en tonos sepia. Prepárense, nos dicen, que esto va de la inocencia perdida. Y, de propina, dos cacofonías en forma de ripio, con la horrísona rima en -enes. Si esto no es un coscurro de pan duro, no sé que será.]

Veranos sin deberes
y el vaho del otoño en las ventanas.
Siempre hubo dos mujeres
la casta de mi pueblo y la Susana.

[Lo que se prometía, se cumple: apelación grotesca a la nostalgia escolar, a unos lugares comunes supuestamente universales pero que en verdad son vacíos poéticos que no remiten a ninguna emoción real porque intentan remitir a todas: "veranos", "vaho" y "pueblo". Semántica nostálgica de saldo. De nuevo, el ripio en -ana, estomagante.]

Y cuando eché a rodar
con mi guitarra cantos de sirena
imaginaba un mar
Donde mueren el Tajo, el Rhin, el Sena.

[La llamada de la aventura ("cuando eché a rodar"), el tópico del viaje de Ulises con sus "cantos de sirena", que es probablemente la alusión más manida y recocida de la historia de la literatura, y geografía fluvial que no viene muy a cuento, salvo para completar el ripio en -ena.]

Zarpó el vapor al fin
huyendo de la siembra y de la siega.
Se parecía a mí
el polizón oculto en la bodega.

Ay, ay, ay, ay
En el salón la orquesta está tocando un fox.
Ay, ay, ay, ay
una canción que cual neblina resbala
hasta la sentina del vapor.

[Ay, ay, ay, ese ripio en rima interna con sentina y neblina, que trae resabios gongorinos de octavo de EGB, de juegos florales y de poema dedicado a la Virgen del Capullo.]

Hasta que se inundó de sal
el diapasón del violonchelo
la Orquesta del Titanic no dejó de tocar
el fox de los ahogados sin consuelo.

Del lado de estribor un iceberg
rompió, ¡maldita sea!,
mi postal de New York y el ritmo de
la luna y las mareas.

["Maldita sea", córcholis, cáspita, carámbanos o mecachis. Todas ellas, opciones estéticas igual de válidas para esta retórica de tebeo de posguerra.]

La brújula perdió el norte,
el sur, el este y el oeste.
A medias se quedó
la comunión que daba el arcipreste.

[Lo del "arcipreste" para rimar con "oeste" me ha dejado pasmado. Olé vuestros huevos, que no os caben en los pantalones de lino. Ni a un alumno de cuarto de primaria le pasaba yo esta estrofa.]

En plena sinrazón un brigadier
de corbatín de seda
le plantó un bofetón a su mujer
y ¡sálvese quien pueda!

Gritaba el capitán:
“¡los niños y las damas van primero!
los magnates detrás
¡Que no pare la orquesta caballeros!”

[Otras opciones de frases hechas de relleno para estas estrofas podrían haber sido también "my tailor is rich", "la lluvia en Sevilla es una maravilla" o "no se bañe después de comer". Aunque yo preferiría tirar por lo postmoderno, rollo "pasen a la parte trasera del autobús", "autovía en obras, disculpen las molestias", "salida de emergencia", "está usted en un centro sanitario, prohibido fumar" o "precaución, pavimento mojado". La señalética, siempre tan inspiradora.]

Ay, ay, ay, ay
En el salón la orquesta sigue con el fox.
Ay, ay, ay, ay
naufragó el clarinete parlanchín
se quedó solo el solo del violín.

Hasta que se inundó de sal
el diapasón del violonchelo
la Orquesta del Titanic no dejó de tocar
el fox de los ahogados sin consuelo.

¿Me puede argumentar alguien qué tiene esto de emocionante? ¿Dónde está el sentimiento, dónde la expresión genuina de una verdad poética, dónde la frescura, la felicidad de lo nuevo, de lo nunca escuchado, de lo que parece ser dicho por primera vez? Pues cuidadosamente omitido, primorosamente churrascado, aplanado, molido, triturado y congelado. El lugar común en su expresión más extensa e intensa, el camino del medio, la escritura sin sabor y sin ganas de transmitir nada.

No me hagan caso. En cuanto me traigan el aire acondicionado, todo esto me parecerá tan estupendo como a muchos de ustedes.

AARON SORKIN NUI, ¡NUI!

A propósito de The Newsroom (que sí, que hemos visto todos ya, aunque no exista Megaupload). Me irritan cuales hemorroides:

—Su mesianismo.

—Que sus series sean artículos de The New Yorker dramatizados.

—Que muchos de sus personajes se parezcan a tu cuñado intentando parecer inteligente y culto el día de Nochebuena.

—Que envuelva como pensamientos originales y audaces lo que no pasa de ocurrencias obvias.

—Que le importe tanto acariciar la panza satisfecha de su target urbano, over-40, blanco, liberal y que se cree mucho menos racista y más tolerante de lo que realmente es.

—Su patriotismo primigenio a lo Abraham Lincoln.

—Que sus personajes hablen tan rápido y utilizando tantas siglas que me obligan a leer los subtítulos.

—Que confunda la complejidad sintáctica con la complejidad intelectual, cuando la relación entre ambas suele ser inversamente proporcional.

—Que se la ponga tan dura el patriarcado, que dibuje siempre un personaje canoso, afable y sabio que protege y guía al grupo.

—Que sea tan rollero y no entienda otra forma de hacer narrativa política que soltando mítines o editoriales de periódico por boca de sus personajes una secuencia tras otra. Como si el mensaje político sólo pudiera ser explícito, como si la narrativa fuera un accidente.

—Su exaltación del trabajo duro, que no haya vagos buenos y simpáticos.

—Que suponga (y acierte en su suposición) que cierta audiencia presuntamente progresista prefiere escuchar tópicos presuntamente progresistas ya leídos en la prensa presuntamente progresista y complaciente antes que atender a un relato. Once again: que el mitin se imponga siempre a la narración.

—Que prefiera decirle a su audiencia lo que esta quiere oír, que siempre juegue a rebufo, que nunca se marque un farol ni proponga desvíos.

A pesar de todo ello, el primer capítulo de The Newsroom es trepidante, eficaz y hasta emocionante. Maneja muy bien el ritmo, logra transmitir magistralmente las tensiones de una redacción y los choques de egos de las estrellas, sus ambiciones y sus mierdas pestilentes camufladas de idealismo protodemocrático. The Newsroom tiene cosas que me provocan la arcada, pero no puedo dejar de reconocer que es puro nervio, que consigue que no aparte la vista ni un segundo de la pantalla. Es buena a pesar de todos sus pesares, que son muchos para mi maltrecho cuerpecillo, harto ya de escuchar lugares comunes que podría leer en Le Monde Diplomatique y fatigado muy mucho de la exaltación épica del periodismo, especialmente del reporterismo de guerra, que hace tiempo que no me trago ni con desatascador. Pero, aun así, engancha. Quizá lo hace como las drogas, como el pegamento que inhalan los adolescentes. Quizá sea por esa verborrea ágil y falaz que suena a partido de tenis y que llega a marear un poco y da ganas de levantarte del sofá y gritarles que echen el freno, madaleno, que no se les entiende un pijo y que llevan un cuarto de hora recitando siglas al azar y que a esa secuencia le va haciendo falta un personaje de Muchachada Nui, un Gañán que dé la réplica a Jeff Daniels, o un Marlo que llene de caspa la cara de Emily Mortimer.

Propongo que el doblaje de Jeff Daniels al español lo haga Joaquín Reyes.

Porque hay veces que la única réplica verosímil a un diálogo de Aaron Sorkin es un eructo. En serio, debería pensárselo, sus series ganarían mucho.

OS QUE NO FABLABAN CATALÁN

Hoy me estreno publicando un artículo en aragonés. En realidad, lo escribí en castellano y lo ha traducido gentil y elegantemente Jorge Romance. Aparece en Arredol, el periódico digital en lengua aragonesa, y lo podéis leer pinchando aquí.

MAÑANA

Cuando veo escrito D. Sergio del Molino pienso en una carta certificada de la Agencia Tributaria y me hago caquitas. Ya han descubierto que no sé hacer divisiones con decimales, algo he hecho mal, me van a llevar a la cárcel por no saber matemáticas, me digo. Luego pienso que se han equivocado, que ese tratamiento de don corresponde a otro Sergio del Molino. Pero en este caso me temo que soy yo. Al menos, así lo espero. Si no, quizá conozca a mi dopplegänger.

EL PRONTO (SEGUNDA PARTE)

Tras ponerles en antecedentes, veo llegada la hora de poner en práctica mis dotes de gurú de la autoayuda. Empecemos por enderezar este artículo de psicología parejil leído en esa revista llamada Mujer Hoy —y que por sus contenidos debería llamarse Mujer de Ayer—. No es un consultorio al uso, sino un artículo donde se plantean situaciones reales que ejemplifican lo que la autora, Isabel Menéndez, quiere decir.

La verdad es que podría terminar muy pronto mi trabajo, ya que el artículo se titula ¿Por qué no me entiende?, pregunta a la que puedo dar varias respuestas inmediatas:

—No te expresas con claridad gramatical o léxica.
—No hablas su idioma / You don’t speak his language / Vous ne parlez pas ton sa langue.
—Él es sordo o está dormido mientras tú le hablas.
—Te expresas como un personaje de Antonio Gala y sólo te entiende otro personaje de Antonio Gala.
—Eres Carmen Machi y nadie te escucha desde que dejaste Aída.
—Eres Pepa Bueno y tus espectadores tampoco te entienden.

Sin embargo, supongo que con respuestas tan breves no llenaría ni una página de mi consultorio, así que me voy a enterar a fondo del problema para poder dar soluciones específicas a esta señora cuya pareja no la entiende. Veamos el caso práctico concreto:

Cuando llegó a casa, Emma se sentía mal; la empresa en la que trabajaba se venía abajo. Le habían dicho que varias de las personas de su equipo debían irse. Se lo había contado a Manuel y este, como siempre, le había contestado con frases hechas: “No te preocupes”, “todo se arreglará”. De un plumazo, Manuel se quitaba la posibilidad de prestar atención a sus problemas. Y Emma, que sí escuchaba lo que a él le pasaba, se sentía indignada. ¿Cómo era posible que no la entendiera? ¿Por qué se creía que sus problemas siempre se resolvían sin más?

Descartemos entonces los cuadros de incomprensión neurolingüística. Por lo que veo, Manuel sí que entiende las frases de Emma, y responde a ellas. El problema reside en que las respuestas de Manuel no son las que Emma espera, pero Manuel ha comprendido todas y cada una de sus mierdas, perdón, de sus hondas inquietudes. A ver qué diagnóstico aporta la psicóloga:

Esa retirada de Manuel ante las preocupaciones de Emma era una de las razones del distanciamiento que últimamente se había producido entre ellos. Como él no podía verla disgustada, intentaba quitar importancia a lo que le sucedía o le daba una solución rápida para zanjar el asunto. Pero su paternalismo exasperaba a Emma y acababan discutiendo. Ella gritando, él callado. La madre de Manuel se descontrolaba con facilidad y a él le daba miedo, por lo que ahora exageraba cualquier manifestación agresiva en su mujer. Con su frialdad, sin embargo, la provocaba, mientras él permanecía como un observador de la escena, lo que le defendía de su propia furia.

Bien, esta es la versón de Emma, pero en una terapia de pareja hay que escuchar a las dos partes, y yo he hablado con Manuel. Esto es lo que me ha dicho:

El principal problema que tengo con Emma empezó por su nombre, que no pega con el mío. Emma-Manuel, Manuel-Emma. Vamos, no me jodas. La noche que nos conocimos me dijo que se llamaba Britney, y la verdad es que se lo hacía como una australiana borracha en sanfermines, así que me lo creí, pero a la mañana siguiente me confesó la verdad. Sin embargo, para entonces yo sufría una resaca de espanto, había bebido mucho pacharán, y le dije a todo que sí. Se marcó una pauta en nuestra relación: ella hablaba y hablaba y hablaba, y yo a todo asentía y le decía que no se preocupara. Esa misma tarde me llevó a conocer a sus padres, aunque yo no me enteraba de una mierda de lo que estaba pasando, y un mes después, con la resaca del pacharán aún vigente, me casé con ella. No sé cómo pasé de follarme a la que yo creía una australiana estudiante de paleontología a ir con sus padres a Ikea a mirar habitaciones de bebé. Esto no ha sido un matrimonio, sino la peor resaca del mundo.

Interrumpo a Manuel para decirle que ese chiste no es suyo, que es de un capítulo de Friends. Pero prosigue, querido amigo, prosigue.

Desde que nos casamos, la tía no ha dejado de hablar ni un momento. En serio, habla hasta cuando bebe agua, que no sé cómo lo hace, he pensado en montar un espectáculo de ventriloquia, pero no me decido porque en todo este tiempo no la he oído decir nada que fuera remotamente divertido. Es un puto taladro, y cuando habla por teléfono con su madre se le pone aún más voz de pito, y no te creas que hablan de vez en cuando, que se llaman siete y ocho veces al día, joder, qué enfermas.

Creo llegado el momento de acercarle a Manuel la caja de klinnex que todo psicólogo tiene en su mesita de café, pero no va a llorar. Manuel es fuerte y se recompone.

He intentado divorciarme, no se crea, pero aún no he encontrado el momento de decírselo. No porque me dé apuro, sino porque no me deja meter baza. Hace siete años que quiero aprovechar una pausa suya para coger aire y meter mi cuña. Lo tengo que hacer rápido, para que ella no vuelva a hablar otra vez. No puedo usar preliminares. Además, no podría empezar con eso de “tenemos que hablar” porque la tía no ha hecho otra cosa. Ni siquiera aspiro a decir entera la frase “quiero el divorcio”. Me conformo con decir “¡divorcio!”, o simplemente “¡vorcio!” o “¡orcio!”. Pero en siete años no ha cogido aire ni una vez. No sé, debe de tener un diafragma de ballena, es sobrenatural. Ojalá pudiera hacerlo por señas, como los entrenadores de baloncesto. ¿Hay una señal gestual para divorcio? Algo que ella pueda entender mientras me cuenta sus putos rollos.

La situación ha afectado a su vida sexual, como sigue contando Manuel.

La verdad es que yo nunca he sido muy de sexo oral. A mí me va lo clásico y a dormir, pero le propuse que me la felara, o como se diga, para ver si así se callaba un rato. Y me la feló, vaya si me la feló, pero mientras lo hacía me contó la operación de varices de su compañera Rosita. Hostias, ¿quién tiene una compañera que se llame Rosita? Ni que trabajara en un taller de costura de los años cuarenta. Tía, que curras en una oficina del siglo XXI, ya no hay Rositas, Emma, joder, que yo creo que te lo inventas todo, loca de los huevos. Sí, así, los huevos también, le dije, por disimular. Y que a la tal Rosita le habían operado mal, que se habían dejado un juego de bisturíes completo en la vena femoral y que ahora no se lo podían sacar, y yo pensaba en que le podían operar a ella de la faringe y que le saliera una voz de robot de esas, que por lo menos haría gracia y asustaría a los niños. No sé cómo me corrí al final, supongo que he aprendido a pensar en mis cosas mientras ella me hace las suyas.

Le comento que, según la autora del artículo, el problema real reside en que los hombres perciben la expresión y la escucha de los sentimientos como una debilidad, porque su desarrollo psicológico así lo dicta. Su respuesta me asustó incluso a mí, veterano lector del consultorio de el Pronto:

¡Y una polla de Francisco de Goya! A mí a sentimental no me gana nadie. Me cago en la hostia, que hacemos ahora un concurso de ver quién es más sensible y ni tu puta madre en bragas me gana. Lo que pasa es que esta mujer me ha convertido en un tipo despreciable, ha matado todo lo bonito y luminoso que había en mí. Yo antes quedaba a tomar té con mis amigas y les contaba cómo me sentía, y tenía larguísimas conversaciones con mis amigos hasta el amanecer. Compartíamos nuestras lecturas de Nietzsche, debatíamos acerca de si el nihilismo era una respuesta adecuada a la desesperación que anidaba en nuestros corazones, nos preguntábamos si el amor era efímero o podía ser labrado como la piedra, y no pasaba una semana sin que tuviéramos una epifanía maravillosa en la que se nos descubría que lo importante en la vida no era el sentido ni el final, sino el goce del camino. Pero desde que estoy con esta tía no puedo ni pensar en esas cosas. He dejado de leer, porque siempre me está hablando, y ya no puedo ni escuchar mis putos pensamientos. Me he embrutecido y soy incapaz de disfrutar de una conversación, con lo que me gustaba a mí conversar antes. Ahora sólo gozo del silencio. Cuando vuelvo del curro, me quedo en el garaje, con el motor del coche apagado, a oscuras. Reclino un poco el asiento y, ¿sabe qué escucho? Nada. Absolutamente nada. Hasta me pitan los oídos por la falta de costumbre. A veces fantaseo con quedarme para siempre en el coche, pero a los diez minutos me suena el móvil. Emma, que dónde coño estoy, que si me ha pasado algo, que me tiene que contar no sé qué. Una vez decidí no cogérselo, y a los cinco minutos se plantó en el garaje porque iba a salir a buscarme, y descubrió que me quedaba un rato en el coche todas las tardes. Hasta eso me ha negado. Ahora me está esperando cuando llego y me empieza a hablar antes de que termine de aparcar. ¡Si ni siquiera te oigo a través de la ventanilla, loca de los cojones!

Decoraría esto con alguna perla de sabiduría psicológica, pero creo que el testimonio de Manuel es muy elocuente. Me limité a recomendarle unos auriculares para el iPod que no se ven, para que por lo menos escuche algo interesante. Emma no notará que los lleva puestos.

EL PRONTO (PRIMERA PARTE)

Dos de las grandes pérdidas que vamos a sufrir en los nuevos tiempos sin periódicos ni revistas es la desaparición del horóscopo y de los consultorios sentimentales.

Al primero le debo un instante iniciático en mi vida. Cuando entré en Heraldo de Aragón pregunté dos cosas: cuál era mi mesa y quién se escondía tras el pseudónimo de Pr. Bogdanich, la firma del horóscopo. Como respuesta a la primera pregunta, alguien señaló un cuartucho con escobas y botes de lejía y me invitó a instalarme en él. No esperaba menos, pero la respuesta a la segunda inquietud sí que me sorprendió: el Pr. Bogdanich no era la invención tipo Profesor Franz de Copenhague que yo sospechaba: se trataba de un señor real que respondía a ese nombre y presumía (presume) de ser Astrólogo e Hipnólogo Clínico del Antiguo Reino de Aragón. Es un caballero real, famoso parapsicólogo que grabó las primeras psicofonías de Belchite y dio a conocer a Javier Sierra hace muchos años en un programa de radio.

Qué decepción. Yo estaba convencido de que Pr. Bogdanich era un seudónimo colectivo y que los redactores, ebrios y encabronados a las tantas de la madrugada, se turnaban para inventarse la sección del horóscopo. Tenía muy buenas ideas para esa sección, aspiraba a ser un cáustico Pr. Bogdanich que diera consejos y predicciones que se contradijeran entre sí.

Aquello me pareció terrible. Fue la primera de las muchísimas sorpresas carpetovetónicas que Heraldo de Aragón me ha deparado. Yo he visto cosas, tíos, he visto cosas… Lo del coronel Kurtz de El corazón de las tinieblas es una mariconada. De hecho, una vez vi al mismísimo coronel Kurtz encerrado en un armario del segundo sótano, agarrado a una plancha de linotipia. Y no me sorprendió, estaba ya curado de espanto. Cerré la puerta y le dejé con sus cosas.

Con los consultorios sentimentales tenía una relación más larga e intensa. Mi abuela, aka la Currita, era una mujer de una única pero muy intensa lectura: el Pronto. La revista no llevaba artículo en su mancheta, pero mi abuela nunca decía Pronto a secas o la Pronto, que sería más correcto, ya que revista es femenino. Siempre fue el Pronto, y así, masculinizada, era devotamente leída en un ritual inalterable. Primero, mediante un hojeo que ahora asocio a los preliminares del sexo. Un sobeteo, una aproximación. Mi abuela pasaba las páginas rápidamente y las escaneaba con los ojos. Para acelerar el proceso, ensalivaba los dedos índice y corazón de su mano derecha, y con esta técnica podía hojear las ochenta o cien páginas de la revista en 3,4 segundos. Concluido el hojeo, procedía a la lectura, y puede que la Currita fuera la única compradora de el Pronto que se leía todas y cada una de las letras impresas en él.

Empezaba por la portada, lo que entrañaba alguna dificultad, porque, a veces, la audaz fotocomposición hacía que la cabeza del famoso agraciado tapase parte de las letras de la cabecera, por lo que en esta se leía sólo pr_nto o p__to o, incluso, en casos de excepcional diámetro craneal, p_____o. Había semanas en que mi abuela no sabía si había comprado realmente el Pronto, porque tampoco se fiaba del quiosquero. Ni de nadie, pero esa es otra historia.

Leía todos los titulares y pasaba a los créditos: depósito legal, domicilio, teléfono de la redacción, fax, director, subdirector, redactor-jefe, jefe, director de arte, redactores, publicidad en Madrid, publicidad en Barcelona, difusión controlada por OJD, la empresa editora no se responsabiliza de nada, impresión, fotocomposición, agradecimientos, tal y cual. De ahí pasaba al sumario, y no se detenía hasta que no llegaba a la publicidad de la contracubierta, cuyos textos leía también. Lo sé porque mi abuela, como muchas otras señoras de su generación a las que enseñaron a tejer con más soltura que a leer, leía bisbiseando, como si rezara.

A veces pensaba que podría haberla postulado para correctora de estilo en la revista, pues no creo que ni los redactores se la leyeran con la atención que le prestaba mi abuela. Pero desistí porque, en todos sus largos años de fidelísima relación clientelar, la Currita nunca le encontró una sola falta. Todo lo que allí salía le parecía bien, no la oí quejarse de que pusieran Bertín Osborne con uve o que la teta de Sabrina fuera un burdo fotomontaje prephotoshop, así que sospecho que su trabajo no sería de ninguna ayuda. Tampoco les serviría como estudio de mercado, porque mi abuela no tenía secciones favoritas. No había una parte de la revista que le pareciera mejor o más interesante que otra: desde la línea que indicaba el precio, número y fecha hasta la publicidad de Mistol, pasando por los rankings de tetas o de folclóricas a las que un torero había puesto mirando a Cuenca, todo era bisbiseado con la misma pasión.

Yo, sin embargo, sí que tenía preferencias. Me gustaría decir que mi primer contacto con la que luego devendría mi vocación y mi oficio fue una columna del New York Times o, por lo menos, una crónica de Umbral o de Maruja Torres, pero confieso con vergüenza que mi primer e infantil contacto con el periodismo, rana Gustavo al margen, fue el consultorio sentimental de la revista Pronto.

Eso sí que era droga dura.

Cuando mi abuela daba por vencido su ejemplar de el Pronto, lo dejaba en el montoncito de atrasados, y entonces, podía cogerlo yo. Era todo mío. Pasaba las páginas previamente arrugadas por los veloces y ensalivados dedos de mi abuela hasta alcanzar ese consultorio donde señoras que decían ser maltratadas por sus maridos recibían mensajes de resignación. Querida amiga, prueba a recibirle con una sonrisa, que tenga la cena hecha cuando llegue, dale una alegría y piensa que él sufre mucho en el trabajo. O cosas así. Eran otros tiempos, eran los años en los que te sentabas de frente y era como el cine, todo lo que veías era un alucine. Y lo que veías era a Lola Flores pidiendo que cada español pusiera una pesetilla para pagar su deuda con Hacienda.

Sí, eso también lo vi en el Pronto.

[Un inciso para anotar la pedagogía paradójica que mis padres empleaban conmigo: por un lado, procuraban enterarse de los colores de la colección Barco de Vapor que correspondían a mi edad, no fueran a comprarme un naranja o un rojo antes de estar psicológicamente preparado para ello. Imagínense que me llego a enterar de lo de Fray Perico y su Borrico antes de tiempo y me traumatizo. Pero, por otra parte, no les importaba nada que bucease en una revista cuyos cimientos morales eran más flojos que los de la familia Borgia. En su defensa diré que tampoco me mandaron nunca a la cama por más rombos que salieran en la tele al comienzo de una peli. Creo sinceramente que su despreocupación con respecto a los límites infantiles estimuló mi curiosidad y me hizo mucho más despierto, facilitando mi descubrimiento de la literatura, del cine y de tantas otras cosas que me hacen ser quien soy. O me lo supongo ahora, qué sé yo. Gracias, padres, en cualquier caso.]

Al principio fantaseé con escribir al consultorio y contarle muchas cosas divertidas de mi familia, pero enseguida descubrí que lo que realmente quería era responder a las señoras. Había una pequeña Elena Francis en mí, alguien capaz de consolar. Quise ser psicólogo antes que periodista, pero llegué al periodismo por la psicología barata.

Es un camino tan vocacional como cualquier otro.

Para montar mi consultorio podía aprovechar la inspiración que me daba mi abuela, que siempre tenía a mano una respuesta adecuada para cada problema sentimental. Una muy recurrente era enseñarte el dedo índice (en eufemismo gestual del dedo corazón) y decirte: “Súbete aquí, y verás París”. Otra fórmula que servía para multitud de situaciones era: “De eso nada, guapito de cara”. Respuestas más específicas, pero igualmente útiles, podían ser: “Eso no le habría pasado si no se hubiera abierto de piernas” o “en la guerra todo el mundo se quejaba, pero nosotras nos poníamos moradas de naranjas”. O el comodín definitivo, el que usaba cuando alguien llegaba a casa muy de noche y pasaba por la cocina antes de ir a la cama. Al encender la luz, allí estaba ella, y tras provocar al juerguista siete taquicardias con su aparición, le decía: “Ahí mismito, justo donde te encuentras, estaba hace un momento mi José”. Su José, mi abuelo, llevaba varios años muerto. Y se levantaba y se iba a la cama. No he conocido mejor remedio para la resaca que esas apariciones. Una variante de este comodín, que servía para zanjar y resolver cualquier disputa, consistía en que interrumpía la conversación, miraba detrás de ti, barría la escena con la mirada, y anunciaba, con solemne convicción: “Acaba de pasar tu abuelo”. Tu abuelo muerto, of course. Estos comodines los incorporó años después, cuando yo era un adolescente, pero desde siempre habían circulado versiones previas con otros parientes difuntos y, aunque la perfección terrorífica la alcanzó con mi abuelo, no se le daba mal asustar con tíos, primos y hasta vecinos suicidas. Así que aprendí esa técnica desde muy niño.

Con estas sabias enseñanzas, me creía bastante capacitado para poner en marcha mi propio consultorio sentimental. Mis “súbete aquí y verás París” eran unas respuestas muchísimo mejores que las tonterías cursis que publicaba el Pronto. Sin embargo, quizá por bisoñez, quizá porque la capacidad de atención de un infante es dispersa y breve, pronto me olvidé de el Pronto y, aunque tuve un romance fugaz con el consultorio de la Super Pop, que le robábamos a la hermana mayor de mi amigo Vale (sin relación con la revista Nuevo Vale, era apócope de Valeriano), la verdad es que no entendíamos muy bien la pornografía soft que contenía. Además, nos faltaba poco para descubrir la pornografía de verdad, así que todo quedó en nada.

Pero ahora que soy mayorcito creo llegado el momento de abrir mi propio consultorio. Y, como tengo que ensayar, empezaré comentando uno que ya existe, el de Mujer Hoy. Será en la siguiente entrega de este blog, querida amiga.

MIENTRAS LLEGAN LOS BÁRBAROS

Dicen que, mientras Roma ardía, Nerón tocaba el arpa y recitaba versos. Ahora, mientras Europa arde en el fuego financiero, el hecho de que el Estado dedique tiempo y dinero al arte supone para muchos una blasfemia parecida a la de Nerón. Sin embargo, el compromiso de la sociedad con la cultura —expresado a través de las ayudas públicas— es una de las señas de identidad europeas más vulnerables al saqueo de los nuevos dueños del mundo. Defenderla es defender una parte nuclear de nuestra civilización.

Esa es la entradilla de mi última colaboración en El Europeo, que podéis leer pinchando aquí.

EL HOLANDÉS QUE GANÓ A LA FILÓSOFA

Se ha convertido en un tópico aquello de que toda escritura es autobiográfica, pero yo aún no he encontrado indicios de falsedad en esa proposición. Para mí es una forma de evaluar la autenticidad y la hondura de un texto literario, y cada vez me interesan más los escritores que así lo comprenden. Como Carlos Castán, por ejemplo, con quien hablé de estas cosas hace unos días y me dijo que también se sentía cada vez más atraído por esas formas literarias híbridas, que se salen de lo puramente narrativo para moldear y jugar con el yo de un escritor que ya no es —o no sólo— narrador.

No me hagan mucho caso. Son intuiciones e ideas que me vienen mientras leo a autores que me gustan y que sólo formulo (o balbuceo) cuando me junto con otros zumbados como yo (necesariamente obsesionados con la literatura) o cuando garabateo por aquí, en este cuaderno de notas y de lecturas público y abierto a sus comentarios.

En ese sentido, me ha gustado mucho un autor completamente desconocido hasta ahora para mí y que me descubrió Martin Dahms, el amigable corresponsal en España del Berliner Zeitung: Harry Mulisch.

Narrador holandés muerto en 2010, está considerado uno de los autores más influyentes de la literatura neerlandesa del siglo XX y, desde luego, es uno de los más traducidos. En 1961 aún era un upcoming, una joven e insolente promesa de 34 años que empezaba a refulgir y a fundar un nuevo canon sobre las miasmas del de sus padres. Y como tal consiguió que una revista le acreditara para asistir como reportero al juicio del siglo, el de Eichmann en Jerusalén.

No fue el único infiltrado que fingió ser periodista para colarse en el tribunal. Hannah Arendt acudió como enviada de The New Yorker, y de sus crónicas salió el libro canónico sobre el tema: Eichmann en Jerusalén, donde concretó su teoría de la banalidad del mal, que tanto me interesa últimamente. En una reedición, Arendt dio cuenta de la bibliografía que había generado el juicio al jefecillo nazi, y apuntó el libro de Mulisch (Criminal Case 40/61. The Trial of Adolf Eichmann, no hay traducción al español, yo manejo una excelente edición de University of Pennsylvania Press, la versión inglesa más difundida, con un estupendo y muy útil prólogo) como un libro hermano del suyo. Arendt decía que, en lo esencial, el retrato que Mulisch hacía de Eichmann coincidía con el suyo.

Ejem.

Esto…

Doña Hannah: ¿se leyó usted de verdad el libro de Mulisch o sólo le vio el lomo? Porque yo me he leído ambos títulos y creo que el retrato, la interpretación y el enfoque que hay en los dos se parecen lo mismo que Rajoy a Cánovas del Castillo. Sí, Rajoy y Cánovas usan barba y son de derechas (el segundo usaba y era), pero ahí se acaban las semejanzas. Pues aquí, lo mismo: los libros de Mulisch y Arendt se parecen en que ambos son libros y hablan de lo mismo. Aparentemente, al menos.

Arendt era una intelectual dura que no se distraía con chorradas. En su libro se centra en el juicio y en el personaje de Eichmann, al que trata como un sujeto de laboratorio. Lo encaja en su relato, como Procusto en su lecho, y no se desvía de sus consideraciones teleológicas. Arendt ya sabe todo sobre Eichmann antes de que Eichmann abra la boca. Para ella, el juicio es sólo una prueba de laboratorio que va a confirmar empíricamente su tesis, la que ha construido en Los orígenes del totalitarismo. Por tanto, a Arendt no le interesa para nada el contexto, ni geográfico ni histórico. No hay ambientes, no hay nada liviano, no hay nada que no sea reflexión de altura, filosofía alemana de la vieja escuela.

Sin embargo, Mulisch no es filósofo. Mulisch tampoco es ideólogo. No quiere demostrar ninguna tesis, no aspira a sentar cátedra. Ni siquiera aspira a ser un buen cronista, no siente la obligación profesional del periodista. Él es simplemente un escritor que quiere ver y entender. Y lo hace sin prejuicios ni a prioris.

Mulisch no es una rata de biblioteca, como Arendt. A Mulisch le interesan las personas, las calles, los ambientes, la vida en general. Es curioso y entusiasta, y aprovecha el juicio para conocer el joven Estado de Israel y tratar de entenderlo también. El libro de Arendt es ahistórico, pero el de Mulisch intenta comprender qué significa todo ese juicio para los judíos de Israel, para los árabes de Siria y para los europeos de hoy. Indaga en las consecuencias del presente, no del pasado. Por eso, construye una miscelánea que tan pronto es reportaje periodístico como relato de viajes, que tan pronto se vuelve ensayo histórico como apunte autobiográfico o descripción psicológica.

Las bases epistemológicas del libro de Mulisch son de mantequilla al lado de las rotundas columnas del edificio conceptual que ampara a Arendt, pero la obra de aquel tiene el valor de la frescura y de la mirada curiosa. Donde Arendt se muestra pétrea y dogmática, Mulisch es sutil, ambiguo y hasta frívolo. Y, por eso mismo, compone un libro mucho más vivo e intenso. Me atrevo a decir que puede que motive más reflexiones que el de Arendt. Reflexiones íntimas, que tienen más que ver con el núcleo de la experiencia artística y literaria que con las convicciones del pensamiento especulativo a la alemana.

Uno de los hallazgos de esta obra es el recorrido que hace por los escenarios coetáneos del horror de Eichmann, 16 años después de 1945. Viaja por el Berlín de 1961, meses antes de que empezara la construcción del muro, y recorre los solares y palacios en ruinas donde Eichmann planeó el exterminio de los judíos. Visita el lugar donde se anunció oficialmente, en una elegante recepción con vino Riesling y cigarros puros, la puesta en marcha de la «solución final», y se cuela en las dependencias de la K’damm Strasse donde Eichmann instaló su oficina de «asuntos judíos». Todo esto aporta al relato una dimensión y una profundidad inmensas y sutiles al mismo tiempo. Aunque de hecho sólo le sirvió para que le acusaran de hitleriano: en su empeño por comprender al monstruo, estaba empatizando demasiado con él. Estaba presentando a Eichmann como un ser humano, y eso da mucho más miedo que envolverlo en el mito de Nabucodonosor.

También es sorprendentemente audaz intelectualmente (algo que tampoco fue muy entendido: la audacia argumental rara vez es recompensada). Por ejemplo, hace un ejercicio genial de crítica literaria al interpretar Mein Kampf a la luz de las teorías de Joseph Campbell en El héroe de las mil caras. Campbell es un folclorista que estudió la construcción de los héroes en los relatos antiguos y descubrió un patrón que se repite en todas las épocas, tanto en la tradición oral como en la alta literatura. El héroe es una construcción mitológica que funciona tanto en la Odisea como en Julio Cortázar, pasando por el western y todas las series de la tele. Pues bien: Mulisch descubre que Hitler se representó a sí mismo en su panfleto autobiográfico siguiendo ese patrón, construyendo sobre su propia epopeya falaz la mitología básica del nazismo.

A mí esto me parece valiente y fresco. Sólo por cosas como esa, este libro merece mucho la pena.

La conclusión es rabiosa y, por supuesto, autobiográfica. Toda escritura es personal y solipsista. Al final, sólo hablamos de nosotros mismos, por eso somos capaces de emocionar a otros y de hacernos entender. Así lo expresa Mulisch:

No soy un jurista ni un periodista: soy un escritor, el único que se ha ocupado tan a fondo de Eichmann. No me invitaron a escribir esta crónica, yo me ofrecí a ello. El caso Eichmann habla más de mí de lo que yo mismo me conozco, y esta conexión va más allá de una relación temática con cualquier otra obra que haya escrito o que vaya a escribir: señala algo que estoy persiguiendo. Por supuesto, podría decir: Eichmann es mi padre. Pero eso sería irritante, se lo dejaré a otros. También podría decir: él es yo. Pero eso sería demasiado complaciente. También podría decir: en el proceso, el misterio de la realidad se revela como tal. Pero ya he dicho eso. Ahora me gustaría decir: él es una de las dos o tres personas que me han cambiado la vida.

Algo así, tan personal y rabioso, no se puede esperar de una mente fría y analítica como la de Arendt. Algo así, sólo se puede decir desde la literatura.

AUTOMIERDA

En la amistad como en el amor, la mutua admiración es un denominador común. Además, la amistad fraternal y sincera, libre de apasionamientos y de intereses proporcionan seguridad, calma y confianza y nos libra de los vaivenes, desasosiegos y sobre saltos (sic, sic y mil veces sic) del amor. Para algunos es mucho más segura, verdadera y firme que el amor. Piensa que para que la amistad viva ha de ser limpia, libre, respetuosa, sincera y así siempre triunfará.

Esta excrecencia mental es el pensamiento de la semana que se podía leer en la web de Bernabé Tierno, un tipo que confirma su optimismo al atreverse a calificar de pensamiento lo que cualquier persona inteligente llamaría, simplemente, gilipollez. Y es paradójico que así sea, porque lo sensato y lógico sería suponer que una gilipollez es siempre el aborto lingüístico de un gilipollas, pero, en el caso de la autoayuda, los gilipollas no son los emisores de las gilipolleces, sino sus receptores. O, al menos, a quienes toman por tales.

Bien es cierto que, vistas las ventas millonarias de este tipo de basura, una parte considerable de la población tiene una notable propensión a ser tratada como gilipollas.

Bernabé Tierno está de promoción de su último libro (que lo es sólo en un sentido mercantil: tiene páginas y está encuadernado), El triunfador humilde, cuya nota de promo publicada en su Club Optimista Vital dice así (literalmente, sin corregir las faltas ni las erratas; se ve que los emprendedores optimistas no paran mientes en las normas ortográficas. Si parece redactado por un australopithecus es que probablemente sea así y detrás de Bernabé Tierno se esconda un australopithecus optimista):

Había una vez un joven que tuvo que bandonar la aldea en la que vivía dedicado  su abuelo para instalarse en la ciudad, un untorno terriblemente hostil para un hombre que jamás había pisado el asfalto. Por esto, quel muchacho no paraba de recordar lo ue el anciano le pidió antes de morir: que unca olvidara todo lo que había aprendido  su lado.

Así arranca El triunfador humilde, la primera ábula de Bernabé Tierno. En ella, a través de una entrañable y certera historia de ruperación, el autor nos transmite cuáles son los puntales sobre los que se edifica una personalidad exitosa.

Esta es la historia de Ángel, que, gracias a sus valores humanos, triunfa en la vida. Pero también es la historia de quienes le rodean y cambian gracias a sus sencillos principios. Y también es la historia de Laura, una periodista que investiga el extraordinario éxito del protagonista y que termina accediendo a su corazón y descubriendo algo que ni siquiera el propio Ángel conocía.

El triunfador humilde podría ser cualquiera de nosotros, cualquiera de las personas que se proponen vencer las adversidades que se plantean en las pequeñas y grandes empresas de la vida, ya sean profesionales, familiares o personales.

Yo también quiero sacar tajada de la autoayuda y me he autoeditado mi primer autolibro sobre el autotema. Se titula El trilero humilde, y la nota de promoción, colgada en mi web Club del Tocomocho Vital, dice así:

Había una vez un joven que tuvo que bandonar la banda de carteristas en la que vivía dedicado  su abuelo para instalarse en los despachos de las grandes empresas, un untorno terriblemente hostil para un hombre que jamás había currado ni terminado un libro ni acumulado los conocimientos básicos que acredita el certificado de la ESO. Por esto, quel muchacho no paraba de recordar lo ue el anciano le pidió antes de morir: que unca olvidara todo lo que había aprendido  su lado.

Así arranca El trilero humilde, la primera ábula de Sergio del Molino. En ella, a través de una entrañable y certera historia de ruperación, el autor nos transmite cuáles son los puntales sobre los que se edifica una carrera de timador exitosa.

Esta es la historia de Ángel, que, gracias a sus habilidades digitales pasando la pelotita de un vaso a otro, triunfa en la vida. Pero también es la historia de quienes le rodean y cambian gracias a sus sencillos principios. Y también es la historia de Laura, una asustaviejas a sueldo de un grupo inmobiliario que investiga el extraordinario éxito del protagonista, que pasa de ser un trilero en las Ramblas a aconsejar a los grandes empresarios del país,  y que termina accediendo a su corazón y descubriendo algo que ni siquiera el propio Ángel conocía.

El trilero humilde podría ser cualquiera de nosotros, cualquiera de las personas que se proponen vencer las adversidades que se plantean en las pequeñas y grandes estafas de la vida, ya sean profesionales, familiares o personales.

Con el libro regalamos una corbata con el nudo ya hecho, un rolex de imitación, un maletín lleno de recortes de periódico y una demo de Keynote con presentaciones tipo que encandilarán a cualquier directivo de cualquier gran empresa. Con ese kit y las enseñanzas del libro ya tendrá todo lo necesario para embaucar a quien se le ponga por delante, siempre que no deje de sonreír en ningún momento.

Que haya tanta gente dispuesta a dejarse seducir por estos vendedores de elixires mágicos sólo indica que hay mucha gente desesperada, y estos sinvergüenzas se aprovechan de la debilidad emocional de tanto parado, de tanto frustrado, de tanto emigrante en ciernes. Y lo hacen con un mensaje tanto más tóxico en el sentido que les culpabiliza de sus desgracias. Para estos tocomocheros, todo es una cuestión de actitud. Es decir: que eres responsable de tus propios fracasos. Es decir: no vayas a pedirle cuentas a Rodrigo Rato.

Si te mueres de cáncer, te mueres por pesimista.

Si te quedas sin curro y el banco te echa de casa, es que no has encarado bien la situación, has sido muy negativo.

Si invertiste en un negociete con la esperanza de vivir de él y ahora sólo tienes deudas y mucho trabajo sin futuro, es que no sonríes con la suficiente energía ni visualizas (sic) el triunfo con la suficiente fuerza.

Señores Tierno y compañía: váyanse a la mierda, dejen de insultar a gente desgraciada, dejen de enriquecerse a costa de intoxicarles con su mierda. Y dejen también a las empresas en paz, métanse su coaching por el orto, dejen de embolsarse el dinero de las nóminas de los empleados que las empresas despiden.

Déjennos en paz, que no somos gilipollas.

PD.- Este artículo está escrito tras el acaloramiento sufrido el pasado viernes en el plató de Buenos días, Aragón, el informativo matinal de la tele autonómica en el que colaboro como contertulio. Cuando me pasaron la escaleta y me dijeron que se incluía una entrevista grabada con Bernabé Tierno, me subió la bilirrubina y lamenté que fuera grabada y el hombre se escapara sin que pudiera preguntarle. Mientras emitían el vídeo, Pablo Carreras, el presentador, se divirtió mucho con mi rechinar de dientes y con mi rabia blanca. «Es que no puedo con estos trileros, Pablo», le dije. Así que Pablo, cuando acabó el vídeo, me cedió elegantemente la palabra, lo que agradecí mucho. Con educación y calma matinal, dije lo que pienso de estos libritos. Que por lo menos se lo escuchen, que no acaparen ellos todo el discurso.

CULTVANA

En momentos de crisis siempre surgen respuestas críticas. Es difícil resistir la tentación de agarrarse a los orígenes, de volver la vista atrás y añorar ese mundo cómodo en el que todo estaba tan claro y todo era tan fácil. Cuando lo viejo se derrumba y lo nuevo está por nacer, los profetas berrean entre las grietas, y no son pocos los que están dispuestos a escuchar sus aullidos, admoniciones y lamentos.

Este es el comienzo de mi primera colaboración para Cultvana, que se titula Brave New World y puedes leer completa pinchando aquí. El artículo viene con unas ilustraciones originales, realizadas ex profeso para mi texto, de Tomás Serrano. Los chicos de Cultvana se lo han currado muy bien y se han inventado una forma de sostener financieramente su proyecto: si te gusta lo que lees, puedes comprar el número pinchando en el enlace habilitado para ello.

Mirad qué ilustración tan chula me han hecho:

EL DIALECTO DEL FASCISMO

Como casi ninguno de ustedes, no leo holandés y este libro (Criminal Case 40/61. The Trial of Adolf Eichmann) no está traducido al español, así que he tenido que leerlo en inglés. La traducción de este párrafo es mía y procede, a su vez, de la traducción inglesa, así que pido disculpas a los huesos de Harry Mulisch por pervertir tanto sus palabras originales. Espero respetar el sentido. Se refiere a la forma de hablar de Adolf Eichmann durante su juicio en Jerusalén en 1961. Le juzgaban, por si alguien anda despistado, por ser el artífice de la solución final, acusación que quedó debidamente probada: Hitler propuso la idea y Eichmann la ejecutó, organizando los trenes de la muerte y el método de exterminio de Auschwitz. Este pasaje corresponde a su alegato final antes de que el juicio quedara visto para sentencia.

Adherido al discurso entrecortado hay un torrente de palabras en una sintaxis barroca que no creía que fuera posible. Paréntesis sucedidos por otros paréntesis. En el cuarto paréntesis, una súbita reserva con un “por una parte, pero por la otra”, con una referencia a anteriores pasajes y vuelta al tercer paréntesis, tomando en consideración las siguientes, con el objetivo de, de acuerdo con el orden de tal y tal, porque, sin embargo, Reichsführer SS und Chef der deutschen Politzei, para, pero, por cierto, así que, por lo tanto, lo que no excluye… Y así, en un bucle sin fin. Le encantaría condensar la historia mundial desde 1933 en una sola frase. Lo extraordinario es que a él no parece costarle nada retomar el hilo que todo el mundo perdió hace mucho tiempo. Nunca duda, nunca se confunde. Con movimientos decididos de su bolígrafo pauta el ritmo de los paréntesis, demostrando poseer una memoria increíble. Es la jerga del impreso de hacienda y del informe escrito, multiplicado hasta la locura. Este es el dialecto del fascismo.

Hablaré de este fantástico libro —inexplicablemente no traducido al español— próximamente. De momento, aquí va este apunte. Mulisch dice que quien así se expresa, de forma tan barroca, embolicada, administrativa, leguleya e incomprensible habla el dialecto del fascismo.

¿Dónde abundan los ejemplos del dialecto del fascismo? ¿Quién se expresa así hoy en día? Identifíquenlos por su jerga y sabrán quién les habla realmente.

Yo estoy de acuerdo: la subordinación es fascista. La yuxtaposición y el punto y seguido, en cambio, son democráticos.

NO MÁS BAILARINAS

He esperado unos días para darles tiempo a verlo y que no me acusen de ir escupiendo spoilers. En realidad, no escupo ninguno, pero quería que tuvieran la oportunidad de escuchar esas frases de boca del personaje en cuestión y no transcritas en mi torpe y anodina prosa.

En el último episodio de la temporada de Mad Men, que se emitió el domingo pasado en Estados Unidos y que muchos de ustedes —como yo mismo— vieron el lunes, adquiere volumen y se insinúa como un imponente personaje para la siguiente temporada la madre de Megan, una quebecois atildada y egoísta que parece una madrastra de Blancanieves. En ese capítulo, su hija sufre una grave crisis personal y de vocación, porque su empeño de convertirse en actriz se está estrellando contra el constante rechazo de las audiciones. Llorosa, reclama consuelo a su madre, pero como su madre es una hija de puta cínica, lo único que le ofrece es una inyección hipodérmica de suero de la verdad en forma de frase que sabe a Hollywood clásico, a guión escrito por Scott Fitzgerald: «No todas las chicas pueden alcanzar sus sueños. El mundo no puede mantener a tantas bailarinas». Y la deja tirada y sola en la cama.

La madrastra, a la izquierda, de negro, como corresponde. En esta temporada, Mad Men ha dejado de ser Cheever para convertirse directamente en Tolstoi, con personajes más propios de una novela rusa que de un cuento americano.

Horas después, Don, su marido, llega a casa y la encuentra borracha en el sofá, con el apartamento a oscuras. A los pocos minutos aparece la madre, y Don le reprocha que haya abandonado a su hija en un momento tan vulnerable y que haya consentido que se degradara hasta ese punto en vez de intentar consolarla. Y, entonces, la sublime madrastra le espeta a Don, refiriéndose a Megan: «Eso es lo que pasa cuando tienes un temperamento artístico, pero no eres una artista».

Qué maravillosa hija de puta, ¿verdad?

La semana pasada, charlando con el escritor belga Joost Vandercasteele sobre el negro panorama que tenemos los españoles en el horizonte, le dije que la gente como yo lo tiene incluso peor que otros. Mi única posibilidad para mantener mi modo de vida, le comenté, es que uno de mis libros se convierta en un best-seller y genere por sí solo ingresos suficientes para vivir. Como eso no va a pasar, me temo que la emigración es una opción cada vez más plausible. Pero, ¿adónde emigrar? Porque mi problema no es coyuntural, sino estructural. El problema de los juntaletras es que somos perfectamente inútiles, que no aportamos nada que las empresas consideren valioso, que no somos técnicos ni atesoramos conocimientos prácticos sobre cómo montar un sistema informático o cómo hacer que un puente no se caiga. Si un ingeniero o un arquitecto no encuentra trabajo en España, siempre habrá algún país que valore su pericia y su oficio. En algún sitio del planeta encontrará un empleador, sólo tiene que estar dispuesto a irse y ser aplicado con el inglés. Pero yo soy igual de inútil en España que en la India o que en Corea. Puede que incluso sea más inútil allí que aquí.

Es cierto, respondió Joost, novelista y comediante televisivo, somos inútiles, pero esa es la grandeza de la civilización occidental, que se nos consiente ser inútiles, que la sociedad considera que nuestra inutilidad aporta una riqueza puede que intangible, pero muy necesaria. Todavía vivimos en un mundo donde la inutilidad es importante, donde se nos consiente ser inútiles a cambio de que aportemos literatura, espectáculo, risas y lágrimas.

Ya, repuse, pero dudo mucho que la civilización china nos vaya a consentir ser inútiles de ese modo. Somos carne de campo de reeducación.

De hecho, ya vivimos en un mundo lleno de madres de Megan que nos dicen que no están dispuestos a mantener a tantas bailarinas, que tendremos que dejar de hacer el idiota y renunciar a nuestras ridículas aspiraciones seudoartísticas.

Yo, la verdad, no sé si soportaría vivir en un mundo que se niega a mantener a las bailarinas o que considera que ya hay demasiadas y que las demás nos tenemos que volver con nuestro tutú y nuestras medias a la covacha de la que nunca debimos salir.

Para terminar, aquí estamos dos bailarinas livianas y muy femeninas: Joost Vandercasteele y yo firmando ejemplares de nuestros respectivos libros la semana pasada en Huesca. Noten cómo la cámara ha recogido el momento en el que Joost ejecuta un triple tirabuzón y yo me dispongo a hacer un espagat tras recogerlo suavemente en mis brazos. La del fondo del todo es la madrastra de este cuento, Luz Gabás. El disparo es de Óscar Sipán. El catering, by San Miguel (porque en Huesca odian tanto a los zaragozanos que no tienen Ámbar).

EL PAN DE CADA DÍA

Hoy escribo en el Ágora del Club Dante, la red que une a escritores en español y en italiano. En esta sección, cada día, un escritor diferente publica un comentario sobre la actualidad. Nos alternamos un italiano y un español o latinoamericano. Hoy me toca a mí y he escrito sobre tíos chulos y maleducados.

Puedes leerlo en español, pinchando aquí.

Y en italiano, en traducción de Bruno Arpaia, aquí.

PROMOCIONANDO (y 2): UN BELGA EN LA CORTE DEL REY TRIPUDO

—Oye —me dijo el hiperactivo Óscar Sipán, mi editor—, sube a firmar a la Feria de Huesca un día.

La orden sonó como una admonición divina en un valle pedregoso de Judea, aunque la Hoya de Huesca también vale como paisaje bíblico. Hostias, me dije con elegancia, habrá que ir a Huesca. La única fecha disponible era el viernes, el mismo día en el que estaba allí un compañero de editorial, el belga Joost Vandercasteele, que acaba de publicar en Tropo Por qué el mundo funciona perfectamente sin mí. «Ya verás —siguió diciendo Óscar, con su voz talmúdica—, es un tipo divertidísimo y, además, es como tú, es tu doble belga, te lo vas a pasar genial».

Mi doble belga. No sé si sentirme halagado o insultado. Por si acaso, me sentí insultado. Con las cosas que te dicen los editores hay que sentirse siempre insultado. Por principio, para que no se te suban a la chepa.

La Feria del Libro de Huesca es modesta y peculiar. Recoletas, las casetas se disponen en semicírculo en torno al quiosco del parque de las Pajaritas (de Miguel Servet, según el nomenclátor municipal), en un ambiente muy belle époque. Enfrentada a las casetas, se dispone una mesa petitoria donde nos sentamos los escritores que firmamos ese día. Es decir, que no estamos en las casetas, sino en exposición canina, atendidos por unas azafatas que nos sirven agua y pepsicola. Los lectores se acercan, nos husmean, soban el ejemplar de nuestro libro depositado como muestra, nos miran los dientes y, si les interesa nuestra mercancía, han de ir a alguna caseta, comprar un libro y regresar para que se lo firmemos.

Es mucho trabajo para una dedicatoria y, además, el mecanismo es frío e imposibilita la compra compulsiva, a la que yo soy tan aficionado. Por eso, en la Feria de Huesca, salvo los perezrevertes, los ruiceszafones y los autores hiperlocales que publican biografías de próceres municipales a cargo de los presupuestos del ídem, el vulgo del negocio literario firma más bien poquito. Es una plaza dura para los autores del montón.

Cuando llegué, mi so-called doble belga estaba sentado entre un historiador local y una silla vacía (la que iba a ocupar yo), aburridísimo aunque sonriente. Mi llegada fue recibida como el maná (todo seguía siendo muy bíblico): al fin, un conversador. Al fin, alguien capaz de hilar tres frases en inglés. Sin ánimo de insultarle, le llevé una cerveza —a él, que venía del país del lúpulo y la malta— y pasamos el rato charlando muy animadamente. Era cierto: aquel tipo era un cachondo, francamente divertido. Y yo, por alguna extrañísima razón, le había caído muy bien. Me empezó a preguntar por mi literatura, por mis autores preferidos, por mi concepción de la narrativa, y compartimos muchas cosas interesantes. Coincidimos en muchas apreciaciones, aunque venimos de tradiciones y mercados distintos. Fue muy grato, pero enseguida pasamos a hablar de lo importante: las diferencias entre las mujeres holandesas y las belgas.

«Las holandesas —teorizó Joost— parecen muy liberadas. A simple vista, no sólo están muy buenas por lo general, sino que transmiten desinhibición sexual. Son hijas de los hippies y todo eso, pero, en el fondo, no dejan de ser protestantes educadas bajo la ética del trabajo y esas mierdas. Las belgas, en cambio, son católicas. Católicas, tío. Parecen recatadas y, por lo general, no son tan guapas ni tan altas como las holandesas, pero se han criado en colegios de monjas, han sido educadas en la cultura de la represión. Y eso, amigo, es un regalo sexual.»

Estoy de acuerdo: nada como unos cuantos siglos de contrarreforma católica para engendrar refinados e insaciables depravados sexuales. Ellos y ellas. Sade era hijo del catolicismo. Sade no podría haber sido un escocés con reuma.

Tanto hablamos y tanto nos reímos, que atrajimos la atención de algunas lectoras que nos pidieron que les firmáramos nuestros libros. Quizá querían contagiarse de nuestra joie de vivre. Quizá pensaban que nos reíamos de otras cosas menos zafias. Quizá nos tomaron por gente sofisticada y mundana, como si no se pudiera ser grosero y arrabalero hablando en inglés.

Sin embargo, esas firmas, ese éxito fugaz y absolutamente impropio de la dura ciudad de Huesca, se vio enturbiado por la alcaldesa de Benasque, Luz Gabás, que dos sillas más allá estaba firmando ejemplares de su best-seller planetario Palmeras en la nieve. Delante de ella se había acumulado una fila enorme de gente de toda edad y condición que acarreaba con dificultad el voluminoso tocho de la autora. Se estaba poniendo fina de firmar. Nos estaba dejando en el más cruel de los ridículos. Joost me inquirió por el fenómeno, y traté de explicárselo sin recurrir a los términos “montañés” ni “zombi”. El pobre belga, que en Bélgica es una superstar televisiva (algo así como un Gran Wyoming, con un programa de humor en la tele flamenca muy incisivo y ácido con los políticos), no entendió el éxito ni el libro ni nada de nada. De hecho, no entendió ni lo que era Benasque ni la existencia de los Pirineos. Desde ese momento, Luz Gabás fue rebautizada como “the Mayor Lady”. Es decir: la alcaldesa.

Por la noche, me llevé a Joost en coche a Zaragoza, donde actuábamos en un sarao en el pub El Refugio del Crápula. «Don’t worry —le dije cuando vio la gran L que adorna la luna trasera de mi troncomóvil—, I’m a very good driver». Dos rotondas después, estuve a punto de estamparme con otro coche por no parar a tiempo en el ceda el paso. «Oh —bufó con aspavientos teatrales—, now I see how good driver you are». Estaba obsesionado con que iba a morir en una ciudad de España cuyo nombre ignoraba. Vaya forma de morir más tonta: ni siquiera podría pedir ayuda. «Estoy en… ¿dónde coño estoy? En algún fucking place de la fucking Spain».

Comprendí sus temores. Y los alenté con imprudentes maniobras.

Pero, contra todo pronóstico, llegamos sanos y nos reímos en el pub leyendo pasajes de nuestros respectivos libros, en flamenco y en español. A él se le ocurrió traducir con Google al holandés algunos textos de mi novela y teatralizar su lectura. Elegí uno en el que hay una escena lésbica y aparece la expresión literal «me comí el coño de Esther Hanania». Joost hizo unos gestos muy explícitos que dejaron claro que estaba conjugando el verbo comer sobre los genitales de alguien.

Ahí nos conquistó a todos, la verdad, pero cuando se terminó de ganar nuestros corazones fue cuando Mario de los Santos, el otro editor de Tropo, le dijo que después de cenar iríamos a un bar de copas a reunirnos con otros escritores que habían venido a la feria del libro y él gritó: «I’m sick of writers, I wanna meet real people!». Estoy harto de escritores, quiero ver personas de verdad.

Queda claro que los escritores somos gente de mentira, mucho más ficticios que los libros que escribimos. De hecho, nuestra verdad está en los libros, no en nuestras vidas, que son falsas e insoportables.

Por eso Joost va a escribir un relato sobre su experiencia promocional española que se incluirá en la edición de bolsillo de Por qué el mundo funciona perfectamente sin mí que saldrá después del verano en Bélgica. A ver si podemos leerlo en español pronto.

Cuando Cris y yo fuimos a despedirnos de él el sábado, me exigió a gritos que me casara con esa mujer: «¡Por dios, no dejes que tu hijo nazca en pecado!», bramó en plan pastor enloquecido. La gente que paseaba por la feria le miraba asustada, desconcertada ante los rugidos en inglés de aquel belga gigante que parecía estar abroncándonos de verdad.

No se asusten: es todo ficción, es todo cuento.