He esperado unos días para darles tiempo a verlo y que no me acusen de ir escupiendo spoilers. En realidad, no escupo ninguno, pero quería que tuvieran la oportunidad de escuchar esas frases de boca del personaje en cuestión y no transcritas en mi torpe y anodina prosa.

En el último episodio de la temporada de Mad Men, que se emitió el domingo pasado en Estados Unidos y que muchos de ustedes —como yo mismo— vieron el lunes, adquiere volumen y se insinúa como un imponente personaje para la siguiente temporada la madre de Megan, una quebecois atildada y egoísta que parece una madrastra de Blancanieves. En ese capítulo, su hija sufre una grave crisis personal y de vocación, porque su empeño de convertirse en actriz se está estrellando contra el constante rechazo de las audiciones. Llorosa, reclama consuelo a su madre, pero como su madre es una hija de puta cínica, lo único que le ofrece es una inyección hipodérmica de suero de la verdad en forma de frase que sabe a Hollywood clásico, a guión escrito por Scott Fitzgerald: «No todas las chicas pueden alcanzar sus sueños. El mundo no puede mantener a tantas bailarinas». Y la deja tirada y sola en la cama.

La madrastra, a la izquierda, de negro, como corresponde. En esta temporada, Mad Men ha dejado de ser Cheever para convertirse directamente en Tolstoi, con personajes más propios de una novela rusa que de un cuento americano.

Horas después, Don, su marido, llega a casa y la encuentra borracha en el sofá, con el apartamento a oscuras. A los pocos minutos aparece la madre, y Don le reprocha que haya abandonado a su hija en un momento tan vulnerable y que haya consentido que se degradara hasta ese punto en vez de intentar consolarla. Y, entonces, la sublime madrastra le espeta a Don, refiriéndose a Megan: «Eso es lo que pasa cuando tienes un temperamento artístico, pero no eres una artista».

Qué maravillosa hija de puta, ¿verdad?

La semana pasada, charlando con el escritor belga Joost Vandercasteele sobre el negro panorama que tenemos los españoles en el horizonte, le dije que la gente como yo lo tiene incluso peor que otros. Mi única posibilidad para mantener mi modo de vida, le comenté, es que uno de mis libros se convierta en un best-seller y genere por sí solo ingresos suficientes para vivir. Como eso no va a pasar, me temo que la emigración es una opción cada vez más plausible. Pero, ¿adónde emigrar? Porque mi problema no es coyuntural, sino estructural. El problema de los juntaletras es que somos perfectamente inútiles, que no aportamos nada que las empresas consideren valioso, que no somos técnicos ni atesoramos conocimientos prácticos sobre cómo montar un sistema informático o cómo hacer que un puente no se caiga. Si un ingeniero o un arquitecto no encuentra trabajo en España, siempre habrá algún país que valore su pericia y su oficio. En algún sitio del planeta encontrará un empleador, sólo tiene que estar dispuesto a irse y ser aplicado con el inglés. Pero yo soy igual de inútil en España que en la India o que en Corea. Puede que incluso sea más inútil allí que aquí.

Es cierto, respondió Joost, novelista y comediante televisivo, somos inútiles, pero esa es la grandeza de la civilización occidental, que se nos consiente ser inútiles, que la sociedad considera que nuestra inutilidad aporta una riqueza puede que intangible, pero muy necesaria. Todavía vivimos en un mundo donde la inutilidad es importante, donde se nos consiente ser inútiles a cambio de que aportemos literatura, espectáculo, risas y lágrimas.

Ya, repuse, pero dudo mucho que la civilización china nos vaya a consentir ser inútiles de ese modo. Somos carne de campo de reeducación.

De hecho, ya vivimos en un mundo lleno de madres de Megan que nos dicen que no están dispuestos a mantener a tantas bailarinas, que tendremos que dejar de hacer el idiota y renunciar a nuestras ridículas aspiraciones seudoartísticas.

Yo, la verdad, no sé si soportaría vivir en un mundo que se niega a mantener a las bailarinas o que considera que ya hay demasiadas y que las demás nos tenemos que volver con nuestro tutú y nuestras medias a la covacha de la que nunca debimos salir.

Para terminar, aquí estamos dos bailarinas livianas y muy femeninas: Joost Vandercasteele y yo firmando ejemplares de nuestros respectivos libros la semana pasada en Huesca. Noten cómo la cámara ha recogido el momento en el que Joost ejecuta un triple tirabuzón y yo me dispongo a hacer un espagat tras recogerlo suavemente en mis brazos. La del fondo del todo es la madrastra de este cuento, Luz Gabás. El disparo es de Óscar Sipán. El catering, by San Miguel (porque en Huesca odian tanto a los zaragozanos que no tienen Ámbar).

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