Se ha convertido en un tópico aquello de que toda escritura es autobiográfica, pero yo aún no he encontrado indicios de falsedad en esa proposición. Para mí es una forma de evaluar la autenticidad y la hondura de un texto literario, y cada vez me interesan más los escritores que así lo comprenden. Como Carlos Castán, por ejemplo, con quien hablé de estas cosas hace unos días y me dijo que también se sentía cada vez más atraído por esas formas literarias híbridas, que se salen de lo puramente narrativo para moldear y jugar con el yo de un escritor que ya no es —o no sólo— narrador.

No me hagan mucho caso. Son intuiciones e ideas que me vienen mientras leo a autores que me gustan y que sólo formulo (o balbuceo) cuando me junto con otros zumbados como yo (necesariamente obsesionados con la literatura) o cuando garabateo por aquí, en este cuaderno de notas y de lecturas público y abierto a sus comentarios.

En ese sentido, me ha gustado mucho un autor completamente desconocido hasta ahora para mí y que me descubrió Martin Dahms, el amigable corresponsal en España del Berliner Zeitung: Harry Mulisch.

Narrador holandés muerto en 2010, está considerado uno de los autores más influyentes de la literatura neerlandesa del siglo XX y, desde luego, es uno de los más traducidos. En 1961 aún era un upcoming, una joven e insolente promesa de 34 años que empezaba a refulgir y a fundar un nuevo canon sobre las miasmas del de sus padres. Y como tal consiguió que una revista le acreditara para asistir como reportero al juicio del siglo, el de Eichmann en Jerusalén.

No fue el único infiltrado que fingió ser periodista para colarse en el tribunal. Hannah Arendt acudió como enviada de The New Yorker, y de sus crónicas salió el libro canónico sobre el tema: Eichmann en Jerusalén, donde concretó su teoría de la banalidad del mal, que tanto me interesa últimamente. En una reedición, Arendt dio cuenta de la bibliografía que había generado el juicio al jefecillo nazi, y apuntó el libro de Mulisch (Criminal Case 40/61. The Trial of Adolf Eichmann, no hay traducción al español, yo manejo una excelente edición de University of Pennsylvania Press, la versión inglesa más difundida, con un estupendo y muy útil prólogo) como un libro hermano del suyo. Arendt decía que, en lo esencial, el retrato que Mulisch hacía de Eichmann coincidía con el suyo.

Ejem.

Esto…

Doña Hannah: ¿se leyó usted de verdad el libro de Mulisch o sólo le vio el lomo? Porque yo me he leído ambos títulos y creo que el retrato, la interpretación y el enfoque que hay en los dos se parecen lo mismo que Rajoy a Cánovas del Castillo. Sí, Rajoy y Cánovas usan barba y son de derechas (el segundo usaba y era), pero ahí se acaban las semejanzas. Pues aquí, lo mismo: los libros de Mulisch y Arendt se parecen en que ambos son libros y hablan de lo mismo. Aparentemente, al menos.

Arendt era una intelectual dura que no se distraía con chorradas. En su libro se centra en el juicio y en el personaje de Eichmann, al que trata como un sujeto de laboratorio. Lo encaja en su relato, como Procusto en su lecho, y no se desvía de sus consideraciones teleológicas. Arendt ya sabe todo sobre Eichmann antes de que Eichmann abra la boca. Para ella, el juicio es sólo una prueba de laboratorio que va a confirmar empíricamente su tesis, la que ha construido en Los orígenes del totalitarismo. Por tanto, a Arendt no le interesa para nada el contexto, ni geográfico ni histórico. No hay ambientes, no hay nada liviano, no hay nada que no sea reflexión de altura, filosofía alemana de la vieja escuela.

Sin embargo, Mulisch no es filósofo. Mulisch tampoco es ideólogo. No quiere demostrar ninguna tesis, no aspira a sentar cátedra. Ni siquiera aspira a ser un buen cronista, no siente la obligación profesional del periodista. Él es simplemente un escritor que quiere ver y entender. Y lo hace sin prejuicios ni a prioris.

Mulisch no es una rata de biblioteca, como Arendt. A Mulisch le interesan las personas, las calles, los ambientes, la vida en general. Es curioso y entusiasta, y aprovecha el juicio para conocer el joven Estado de Israel y tratar de entenderlo también. El libro de Arendt es ahistórico, pero el de Mulisch intenta comprender qué significa todo ese juicio para los judíos de Israel, para los árabes de Siria y para los europeos de hoy. Indaga en las consecuencias del presente, no del pasado. Por eso, construye una miscelánea que tan pronto es reportaje periodístico como relato de viajes, que tan pronto se vuelve ensayo histórico como apunte autobiográfico o descripción psicológica.

Las bases epistemológicas del libro de Mulisch son de mantequilla al lado de las rotundas columnas del edificio conceptual que ampara a Arendt, pero la obra de aquel tiene el valor de la frescura y de la mirada curiosa. Donde Arendt se muestra pétrea y dogmática, Mulisch es sutil, ambiguo y hasta frívolo. Y, por eso mismo, compone un libro mucho más vivo e intenso. Me atrevo a decir que puede que motive más reflexiones que el de Arendt. Reflexiones íntimas, que tienen más que ver con el núcleo de la experiencia artística y literaria que con las convicciones del pensamiento especulativo a la alemana.

Uno de los hallazgos de esta obra es el recorrido que hace por los escenarios coetáneos del horror de Eichmann, 16 años después de 1945. Viaja por el Berlín de 1961, meses antes de que empezara la construcción del muro, y recorre los solares y palacios en ruinas donde Eichmann planeó el exterminio de los judíos. Visita el lugar donde se anunció oficialmente, en una elegante recepción con vino Riesling y cigarros puros, la puesta en marcha de la «solución final», y se cuela en las dependencias de la K’damm Strasse donde Eichmann instaló su oficina de «asuntos judíos». Todo esto aporta al relato una dimensión y una profundidad inmensas y sutiles al mismo tiempo. Aunque de hecho sólo le sirvió para que le acusaran de hitleriano: en su empeño por comprender al monstruo, estaba empatizando demasiado con él. Estaba presentando a Eichmann como un ser humano, y eso da mucho más miedo que envolverlo en el mito de Nabucodonosor.

También es sorprendentemente audaz intelectualmente (algo que tampoco fue muy entendido: la audacia argumental rara vez es recompensada). Por ejemplo, hace un ejercicio genial de crítica literaria al interpretar Mein Kampf a la luz de las teorías de Joseph Campbell en El héroe de las mil caras. Campbell es un folclorista que estudió la construcción de los héroes en los relatos antiguos y descubrió un patrón que se repite en todas las épocas, tanto en la tradición oral como en la alta literatura. El héroe es una construcción mitológica que funciona tanto en la Odisea como en Julio Cortázar, pasando por el western y todas las series de la tele. Pues bien: Mulisch descubre que Hitler se representó a sí mismo en su panfleto autobiográfico siguiendo ese patrón, construyendo sobre su propia epopeya falaz la mitología básica del nazismo.

A mí esto me parece valiente y fresco. Sólo por cosas como esa, este libro merece mucho la pena.

La conclusión es rabiosa y, por supuesto, autobiográfica. Toda escritura es personal y solipsista. Al final, sólo hablamos de nosotros mismos, por eso somos capaces de emocionar a otros y de hacernos entender. Así lo expresa Mulisch:

No soy un jurista ni un periodista: soy un escritor, el único que se ha ocupado tan a fondo de Eichmann. No me invitaron a escribir esta crónica, yo me ofrecí a ello. El caso Eichmann habla más de mí de lo que yo mismo me conozco, y esta conexión va más allá de una relación temática con cualquier otra obra que haya escrito o que vaya a escribir: señala algo que estoy persiguiendo. Por supuesto, podría decir: Eichmann es mi padre. Pero eso sería irritante, se lo dejaré a otros. También podría decir: él es yo. Pero eso sería demasiado complaciente. También podría decir: en el proceso, el misterio de la realidad se revela como tal. Pero ya he dicho eso. Ahora me gustaría decir: él es una de las dos o tres personas que me han cambiado la vida.

Algo así, tan personal y rabioso, no se puede esperar de una mente fría y analítica como la de Arendt. Algo así, sólo se puede decir desde la literatura.

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