Tras ponerles en antecedentes, veo llegada la hora de poner en práctica mis dotes de gurú de la autoayuda. Empecemos por enderezar este artículo de psicología parejil leído en esa revista llamada Mujer Hoy —y que por sus contenidos debería llamarse Mujer de Ayer—. No es un consultorio al uso, sino un artículo donde se plantean situaciones reales que ejemplifican lo que la autora, Isabel Menéndez, quiere decir.

La verdad es que podría terminar muy pronto mi trabajo, ya que el artículo se titula ¿Por qué no me entiende?, pregunta a la que puedo dar varias respuestas inmediatas:

—No te expresas con claridad gramatical o léxica.
—No hablas su idioma / You don’t speak his language / Vous ne parlez pas ton sa langue.
—Él es sordo o está dormido mientras tú le hablas.
—Te expresas como un personaje de Antonio Gala y sólo te entiende otro personaje de Antonio Gala.
—Eres Carmen Machi y nadie te escucha desde que dejaste Aída.
—Eres Pepa Bueno y tus espectadores tampoco te entienden.

Sin embargo, supongo que con respuestas tan breves no llenaría ni una página de mi consultorio, así que me voy a enterar a fondo del problema para poder dar soluciones específicas a esta señora cuya pareja no la entiende. Veamos el caso práctico concreto:

Cuando llegó a casa, Emma se sentía mal; la empresa en la que trabajaba se venía abajo. Le habían dicho que varias de las personas de su equipo debían irse. Se lo había contado a Manuel y este, como siempre, le había contestado con frases hechas: “No te preocupes”, “todo se arreglará”. De un plumazo, Manuel se quitaba la posibilidad de prestar atención a sus problemas. Y Emma, que sí escuchaba lo que a él le pasaba, se sentía indignada. ¿Cómo era posible que no la entendiera? ¿Por qué se creía que sus problemas siempre se resolvían sin más?

Descartemos entonces los cuadros de incomprensión neurolingüística. Por lo que veo, Manuel sí que entiende las frases de Emma, y responde a ellas. El problema reside en que las respuestas de Manuel no son las que Emma espera, pero Manuel ha comprendido todas y cada una de sus mierdas, perdón, de sus hondas inquietudes. A ver qué diagnóstico aporta la psicóloga:

Esa retirada de Manuel ante las preocupaciones de Emma era una de las razones del distanciamiento que últimamente se había producido entre ellos. Como él no podía verla disgustada, intentaba quitar importancia a lo que le sucedía o le daba una solución rápida para zanjar el asunto. Pero su paternalismo exasperaba a Emma y acababan discutiendo. Ella gritando, él callado. La madre de Manuel se descontrolaba con facilidad y a él le daba miedo, por lo que ahora exageraba cualquier manifestación agresiva en su mujer. Con su frialdad, sin embargo, la provocaba, mientras él permanecía como un observador de la escena, lo que le defendía de su propia furia.

Bien, esta es la versón de Emma, pero en una terapia de pareja hay que escuchar a las dos partes, y yo he hablado con Manuel. Esto es lo que me ha dicho:

El principal problema que tengo con Emma empezó por su nombre, que no pega con el mío. Emma-Manuel, Manuel-Emma. Vamos, no me jodas. La noche que nos conocimos me dijo que se llamaba Britney, y la verdad es que se lo hacía como una australiana borracha en sanfermines, así que me lo creí, pero a la mañana siguiente me confesó la verdad. Sin embargo, para entonces yo sufría una resaca de espanto, había bebido mucho pacharán, y le dije a todo que sí. Se marcó una pauta en nuestra relación: ella hablaba y hablaba y hablaba, y yo a todo asentía y le decía que no se preocupara. Esa misma tarde me llevó a conocer a sus padres, aunque yo no me enteraba de una mierda de lo que estaba pasando, y un mes después, con la resaca del pacharán aún vigente, me casé con ella. No sé cómo pasé de follarme a la que yo creía una australiana estudiante de paleontología a ir con sus padres a Ikea a mirar habitaciones de bebé. Esto no ha sido un matrimonio, sino la peor resaca del mundo.

Interrumpo a Manuel para decirle que ese chiste no es suyo, que es de un capítulo de Friends. Pero prosigue, querido amigo, prosigue.

Desde que nos casamos, la tía no ha dejado de hablar ni un momento. En serio, habla hasta cuando bebe agua, que no sé cómo lo hace, he pensado en montar un espectáculo de ventriloquia, pero no me decido porque en todo este tiempo no la he oído decir nada que fuera remotamente divertido. Es un puto taladro, y cuando habla por teléfono con su madre se le pone aún más voz de pito, y no te creas que hablan de vez en cuando, que se llaman siete y ocho veces al día, joder, qué enfermas.

Creo llegado el momento de acercarle a Manuel la caja de klinnex que todo psicólogo tiene en su mesita de café, pero no va a llorar. Manuel es fuerte y se recompone.

He intentado divorciarme, no se crea, pero aún no he encontrado el momento de decírselo. No porque me dé apuro, sino porque no me deja meter baza. Hace siete años que quiero aprovechar una pausa suya para coger aire y meter mi cuña. Lo tengo que hacer rápido, para que ella no vuelva a hablar otra vez. No puedo usar preliminares. Además, no podría empezar con eso de “tenemos que hablar” porque la tía no ha hecho otra cosa. Ni siquiera aspiro a decir entera la frase “quiero el divorcio”. Me conformo con decir “¡divorcio!”, o simplemente “¡vorcio!” o “¡orcio!”. Pero en siete años no ha cogido aire ni una vez. No sé, debe de tener un diafragma de ballena, es sobrenatural. Ojalá pudiera hacerlo por señas, como los entrenadores de baloncesto. ¿Hay una señal gestual para divorcio? Algo que ella pueda entender mientras me cuenta sus putos rollos.

La situación ha afectado a su vida sexual, como sigue contando Manuel.

La verdad es que yo nunca he sido muy de sexo oral. A mí me va lo clásico y a dormir, pero le propuse que me la felara, o como se diga, para ver si así se callaba un rato. Y me la feló, vaya si me la feló, pero mientras lo hacía me contó la operación de varices de su compañera Rosita. Hostias, ¿quién tiene una compañera que se llame Rosita? Ni que trabajara en un taller de costura de los años cuarenta. Tía, que curras en una oficina del siglo XXI, ya no hay Rositas, Emma, joder, que yo creo que te lo inventas todo, loca de los huevos. Sí, así, los huevos también, le dije, por disimular. Y que a la tal Rosita le habían operado mal, que se habían dejado un juego de bisturíes completo en la vena femoral y que ahora no se lo podían sacar, y yo pensaba en que le podían operar a ella de la faringe y que le saliera una voz de robot de esas, que por lo menos haría gracia y asustaría a los niños. No sé cómo me corrí al final, supongo que he aprendido a pensar en mis cosas mientras ella me hace las suyas.

Le comento que, según la autora del artículo, el problema real reside en que los hombres perciben la expresión y la escucha de los sentimientos como una debilidad, porque su desarrollo psicológico así lo dicta. Su respuesta me asustó incluso a mí, veterano lector del consultorio de el Pronto:

¡Y una polla de Francisco de Goya! A mí a sentimental no me gana nadie. Me cago en la hostia, que hacemos ahora un concurso de ver quién es más sensible y ni tu puta madre en bragas me gana. Lo que pasa es que esta mujer me ha convertido en un tipo despreciable, ha matado todo lo bonito y luminoso que había en mí. Yo antes quedaba a tomar té con mis amigas y les contaba cómo me sentía, y tenía larguísimas conversaciones con mis amigos hasta el amanecer. Compartíamos nuestras lecturas de Nietzsche, debatíamos acerca de si el nihilismo era una respuesta adecuada a la desesperación que anidaba en nuestros corazones, nos preguntábamos si el amor era efímero o podía ser labrado como la piedra, y no pasaba una semana sin que tuviéramos una epifanía maravillosa en la que se nos descubría que lo importante en la vida no era el sentido ni el final, sino el goce del camino. Pero desde que estoy con esta tía no puedo ni pensar en esas cosas. He dejado de leer, porque siempre me está hablando, y ya no puedo ni escuchar mis putos pensamientos. Me he embrutecido y soy incapaz de disfrutar de una conversación, con lo que me gustaba a mí conversar antes. Ahora sólo gozo del silencio. Cuando vuelvo del curro, me quedo en el garaje, con el motor del coche apagado, a oscuras. Reclino un poco el asiento y, ¿sabe qué escucho? Nada. Absolutamente nada. Hasta me pitan los oídos por la falta de costumbre. A veces fantaseo con quedarme para siempre en el coche, pero a los diez minutos me suena el móvil. Emma, que dónde coño estoy, que si me ha pasado algo, que me tiene que contar no sé qué. Una vez decidí no cogérselo, y a los cinco minutos se plantó en el garaje porque iba a salir a buscarme, y descubrió que me quedaba un rato en el coche todas las tardes. Hasta eso me ha negado. Ahora me está esperando cuando llego y me empieza a hablar antes de que termine de aparcar. ¡Si ni siquiera te oigo a través de la ventanilla, loca de los cojones!

Decoraría esto con alguna perla de sabiduría psicológica, pero creo que el testimonio de Manuel es muy elocuente. Me limité a recomendarle unos auriculares para el iPod que no se ven, para que por lo menos escuche algo interesante. Emma no notará que los lleva puestos.

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