Mi pareja y yo fuimos criados en la austeridad y en las virtudes del ahorro por padres que desconfiaban de las tarjetas de crédito y preferían pagar sus escasísimos y muy ascéticos vicios a tocateja. Por ello, nosotros somos derrochadores y frívolos y nos pone a cien sentarnos en un restaurante y pedir lo más caro de la carta, como las perras arrabaleras que en verdad somos. Pero tanto ella como yo conservamos pequeñas manías de hormiguita ahorradora, no somos tan cigarras como nos pensamos. Por eso, cuando, hace ocho años, le propuse a mi chica que nos instaláramos el aire acondicionado, se negó. Sus padres no la habían educado entre abanicos y persianas bajadas para que ella traicionara esa herencia derrochándola en frigorías.

Han sido ocho años de negativas contumaces hasta que, esta mañana, por fin, hemos ido al Corte Inglés y nos hemos comprado un cacharro. Sólo me ha costado ocho años salirme con la mía. Se nota quién lleva los pantalones en esta casa —pista: yo no, que hace mucho calor—.

La resistencia católica ultramontana de mi pareja ha sido vencida por mi ultimátum y por la realidad de este calor que lleva toda la semana sin dejarnos dormir ni respirar. Estoy tan irritado que no puedo hacer nada, tengo el cerebro inflamado, espeso y aturdido, y creo que vuelvo a odiar a todo el mundo, estoy lleno de mezquindad y rezo por que llegue una guerra nuclear. Todo me parece mal, tengo la misantropía en niveles de alerta roja y, como sé que este estado mental desaparecerá cuando el señor instalador nos haga un agujero en la pared para colocarnos el aparato, quiero aprovecharlo para postear. Como los jedis que se dejan arrastrar hacia el lado oscuro sintiendo el odio, tengo que dejar escritos unos cuantos angry young posts antes de que el señor Fujitsu me devuelva mi habitual, plácida e intrascendente actitud de bonhomía.

Eso, o me cargo a alguien.

Hoy, la cosa va de las señoras que piden una barrica de pan que esté muy tostada.

Es un tipo de personaje muy zaragozano, esa señora que entra en la panadería y, sin mediar buenos días, por favor ni gracias, ordena con voz acuchillada: “Una barra de pan normal que esté muy cocidica”. Desconfían del pan blanco y tierno, les gusta que sea tan áspero como ellas, que haya sido horneado hasta lo negro, hasta que se haya consumido el alma del trigo y el cereal se haya mineralizado.

Estas señoras, enemigas del sabor y del arte de la panadería y de la sapiencia milenaria de los obradores, son en verdad el arquetipo del consumidor español. En especial, del consumidor cultural.

En España nos gustan las cosas muy hechas, renegridas, pasadas, secas. Pedimos que nos pasen el solomillo otra vez hasta que adquiera la textura de un neumático, y hacemos lo mismo con la música, con la tele, con las pelis y con los libros. Sólo nos las comemos si se han churruscado bien, si han sido ultracocinadas hasta que el extractor de humos haya chupado la más leve fragancia de autenticidad, frescura, originalidad, audacia o inteligencia. El mercado lo sabe y cocina al gusto del consumidor, por eso ofrece esas melodías de triunfitos quemadas por ambos lados y con textura de cuero viejo, o esas series de televisión hervidas en olla exprés hasta deshacerse como un puré, o esas novelas horneadas hasta dejarlas en la pura raspa, secas y planas como las tablas de planchar que salen en la chick lit.

No hay dos barras de pan más cocidas y fosilizadas que Sabina y Serrat. Si la señora de antes representa al consumidor medio, Sabina y Serrat son el culmen y el icono de todo lo que apesta en la industria cultural española.

Ayúdenme: no sé cuál de estas dos fotos es de Serrat y Sabina.

¿Conciben ustedes a dos señores más amojamados y más orgullosos de su amojamamiento? Llevan cuarenta años sirviendo canciones recalentadas, poesía descongelada marca Findus, emociones maduradas en cámara frigorífica y estrofas transgénicas de semillas Monsanto.

Y nosotros nos las tragamos a gusto, con la boca llena, preguntando si podemos repetir. Póngame otra de Sabina, pero que esté muy hecha, con doble horneado de canallesque y triple cocción de ripios soñadores y municipales madrileños. Y a mí, tres de Serrat ultracongelado con cuádruple fermentación de mar mediterráneo y zapatitos Kiabi de tacón Penélope.

¿Cómo quieren que se lo sirva?, pregunta el camarero. Y nosotros respondemos: pónganoslo en forma de dos señores ancianos sobre escenario hortera en espectáculo prefabricado sin posibilidad alguna para la improvisación o la ruptura de la cuarta pared.

Hecho, aquí tienen esos dos pájaros del Titanic. Espero que lo disfruten. Si lo desean, aún se lo puedo pasar un poco más.

¿No se lo creen? Sometamos esta canción del dinámico dúo a la cata ciega de un somerísimo e informal, aunque severo, análisis de texto. Mis comentarios, entre corchetes y en negrita.

Recuerdo que tenía un corazón
alérgico a los pólenes.
La muerte no existía
éramos asquerosamente jóvenes.

["Recuerdo", empieza apelando a la nostalgia, la vieja treta del abuelo rollero. La palabra "corazón" en el primer verso. Nostalgia y sentimientos de baratillo, la canción viene en tonos sepia. Prepárense, nos dicen, que esto va de la inocencia perdida. Y, de propina, dos cacofonías en forma de ripio, con la horrísona rima en -enes. Si esto no es un coscurro de pan duro, no sé que será.]

Veranos sin deberes
y el vaho del otoño en las ventanas.
Siempre hubo dos mujeres
la casta de mi pueblo y la Susana.

[Lo que se prometía, se cumple: apelación grotesca a la nostalgia escolar, a unos lugares comunes supuestamente universales pero que en verdad son vacíos poéticos que no remiten a ninguna emoción real porque intentan remitir a todas: "veranos", "vaho" y "pueblo". Semántica nostálgica de saldo. De nuevo, el ripio en -ana, estomagante.]

Y cuando eché a rodar
con mi guitarra cantos de sirena
imaginaba un mar
Donde mueren el Tajo, el Rhin, el Sena.

[La llamada de la aventura ("cuando eché a rodar"), el tópico del viaje de Ulises con sus "cantos de sirena", que es probablemente la alusión más manida y recocida de la historia de la literatura, y geografía fluvial que no viene muy a cuento, salvo para completar el ripio en -ena.]

Zarpó el vapor al fin
huyendo de la siembra y de la siega.
Se parecía a mí
el polizón oculto en la bodega.

Ay, ay, ay, ay
En el salón la orquesta está tocando un fox.
Ay, ay, ay, ay
una canción que cual neblina resbala
hasta la sentina del vapor.

[Ay, ay, ay, ese ripio en rima interna con sentina y neblina, que trae resabios gongorinos de octavo de EGB, de juegos florales y de poema dedicado a la Virgen del Capullo.]

Hasta que se inundó de sal
el diapasón del violonchelo
la Orquesta del Titanic no dejó de tocar
el fox de los ahogados sin consuelo.

Del lado de estribor un iceberg
rompió, ¡maldita sea!,
mi postal de New York y el ritmo de
la luna y las mareas.

["Maldita sea", córcholis, cáspita, carámbanos o mecachis. Todas ellas, opciones estéticas igual de válidas para esta retórica de tebeo de posguerra.]

La brújula perdió el norte,
el sur, el este y el oeste.
A medias se quedó
la comunión que daba el arcipreste.

[Lo del "arcipreste" para rimar con "oeste" me ha dejado pasmado. Olé vuestros huevos, que no os caben en los pantalones de lino. Ni a un alumno de cuarto de primaria le pasaba yo esta estrofa.]

En plena sinrazón un brigadier
de corbatín de seda
le plantó un bofetón a su mujer
y ¡sálvese quien pueda!

Gritaba el capitán:
“¡los niños y las damas van primero!
los magnates detrás
¡Que no pare la orquesta caballeros!”

[Otras opciones de frases hechas de relleno para estas estrofas podrían haber sido también "my tailor is rich", "la lluvia en Sevilla es una maravilla" o "no se bañe después de comer". Aunque yo preferiría tirar por lo postmoderno, rollo "pasen a la parte trasera del autobús", "autovía en obras, disculpen las molestias", "salida de emergencia", "está usted en un centro sanitario, prohibido fumar" o "precaución, pavimento mojado". La señalética, siempre tan inspiradora.]

Ay, ay, ay, ay
En el salón la orquesta sigue con el fox.
Ay, ay, ay, ay
naufragó el clarinete parlanchín
se quedó solo el solo del violín.

Hasta que se inundó de sal
el diapasón del violonchelo
la Orquesta del Titanic no dejó de tocar
el fox de los ahogados sin consuelo.

¿Me puede argumentar alguien qué tiene esto de emocionante? ¿Dónde está el sentimiento, dónde la expresión genuina de una verdad poética, dónde la frescura, la felicidad de lo nuevo, de lo nunca escuchado, de lo que parece ser dicho por primera vez? Pues cuidadosamente omitido, primorosamente churrascado, aplanado, molido, triturado y congelado. El lugar común en su expresión más extensa e intensa, el camino del medio, la escritura sin sabor y sin ganas de transmitir nada.

No me hagan caso. En cuanto me traigan el aire acondicionado, todo esto me parecerá tan estupendo como a muchos de ustedes.

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