En los años sesenta, cuando John y Yoko estaban a punto de encamarse en Nueva York y Fraga iba a poner de moda el bañador sobaquero en Palomares, en China, los guardias rojos cogían a cualquier pollo pera que anduviera leyendo novelitas francesas y lo facturaban a un campo de reeducación, del que no salía hasta que olvidase cada palabra del decadente pensamiento occidental que había aprendido y las sustituyese por el contenido íntegro y memorizado del Libro de citas del presidente Mao, compilado por el camarada Lin Biao. Los campos de reeducación estaban, como su nombre deja claro, en el campo, lejos de las bulliciosas y cosmopolitas ciudades. Los refinados y urbanitas intelectuales se las veían con campesinos que les trataban a estacazos y les obligaban a cultivar su propio sustento, hasta que sus delicadas manos de escribientes y difamadores adquirían la textura del Himalaya.

Es decir, la puesta en práctica de lo que muchos cuñados vienen diciendo desde hace muchas Nochebuenas: «A ese lo ponía yo a arar en el tractor y se le pasaba pronto la tontería. Una buena mili es lo que necesita.»

Esto es, en resumen, la Gran Revolución Cultural, doctrina oficial del Partido Comunista Chino desde 1965 hasta el golpe militar de 1976. Desde entonces, se ha expuesto y estudiado como un episodio bárbaro y como una de las formas más atroces de represión inspiradas por el fanatismo ideológico, aunque puede que simplemente erraran al elegir a su victimario. Quizá fuera un problema de enfoque, no de fondo.

Hace unas semanas, se me ocurrió una idea de negocio que, como no va a prosperar, la expongo aquí. Hablaba con el periodista Óscar Forradellas, uno de mis compañeros de tertulia en las mañanas de Aragón Radio, mientras tomábamos un café después de la emisión, y me comentaba que el día anterior había coincidido con una niña muy mona de Barcelona que, sofocada y asqueada, se quejaba del rústico calor de Lérida, donde se encontraban.

—Calor, calor —dice que pensó—… Te iba a poner yo a recoger melocotones para que vieras lo que es pasar calor.

(Nota para neófitos en ingeniería agraria: el melocotón es un cultivo que abunda en las comarcas fronterizas de Aragón y Cataluña, apenas humedecidas por los ríos Cinca y Segre y caracterizadas por su verano tórrido, extremo y seco. El melocotón se recoge en verano.)

La queja encendió mi bombilla:

—¿Y por qué no lo hacemos?

—¿El qué?

—Llevar a los pijos de Barcelona a recoger el melocotón. Viajes organizados, les vendemos una experiencia extrema. Un antibalneario. Para el estrés. O para sentir la llamada de la tierra, algo orgánico. Ahora que está tan de moda lo biológico, que se sientan agricultores por un día. Les podemos cobrar una pasta y alojarles en los barracones de los temporeros, para hacer más auténtica la experiencia.

—Vale, pero habrá que repartir los beneficios con el pagès, que aunque estos recolectores le salgan gratis, no van a recoger ni la décima parte de bien y de rápido que los inmigrantes.

Emprendedores, nosotros.

Se me ocurrió hasta el nombre: The Peachy Experience. (Nota para monolingües: es un juego de palabras con la palabra peach, melocotón, y peachy, que literalmente se traduciría por amelocotonado, pero que es un término slang que debería traducirse como requetechachi, cojonudo o que te cagas.)

Sin embargo —y por eso comparto esta información con ustedes, porque ya no vamos a montar el negocio—, ahora lo concibo como una herramienta política. Llevo toda la noche viendo fotos y mensajes en Twitter sobre los mineros en el centro de Madrid, y @masaenfurecida se ha puesto a retuitear a un montón de libegales como este:

Leer a tantos bustos encorbatados exigiendo a los mineros que se reciclen profesionalmente me ha hecho pensar en los melocotones. ¿Por qué no reciclar profesionalmente a estos encorbatados? ¿Por qué no mandarles un destacamento de guardias rojos y llevarles a los huertos de melocotones? No digo yo que les obliguen a aprenderse el Libro de citas del Presidente Mao, compiladas por el camarada Lin Biao, pero sí que memoricen todas las viñetas de El Roto, por ejemplo. O el doble directo de Víctor y Ana, seguido de la edición conmemorativa de la gira El gusto es nuestro.

¿Suena brutal? ¿Exagerado? ¿Nazi? Puede ser. Pero, por lo que veo, forzar en la práctica el desalojo de poblaciones enteras y obligar a un colectivo de baja cualificación a reciclarse profesionalmente y a largarse de sus casas de un día para otro, está bien dicho, es políticamente aceptable.

¡Guardias rojos, a mí!

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