Al principio, el Canal de Historia era un canal de nazis. Lo pusieras a la hora en que lo pusieras, siempre estaban hablando de nazis, o de cosas de nazis, o de personas que habían visto nazis, o de personas que habían visto a personas que habían visto nazis. De vez en cuando salía una secuencia de Churchill o de Stalin, o incluso de Franco, pero sólo porque ellos también tenían relación con cosas nazis. Para el Canal de Historia, no había más historia que la que cabe entre 1933 y 1945. Ni cruzadas, ni escrituras cuneiformes, ni guerras púnicas, ni Luteros en vinagre, ni Napoleón que te crió. Habiendo nazis, ¿quién quiere otra cosa?

Pero aquello ya pasó. Las cosas nazis han dejado de molar. No sé a qué se debe este desinterés, pero, así como Buenafuente pasó de estar en todas partes a desaparecer de la parrilla, Hitler ha caído en desgracia. Hitler es el Javier Sardá del Canal de Historia. Pronto, ya sólo saldrá como invitado sustituto de los programas que no tienen a nadie a quien llamar. Con lo que ha sido Adolf.

¿Quién le ha sustituido en el prime time histórico? ¿Calígula, Gengis Khan, Sisí Emperatriz, Felipe II, los hermanos de Puerto Hurraco? Ninguno de estos. No busquen en el star system de la Historia. Los nazis han sido destronados por una caterva de paletos cuya único hito histórico ha sido batir el récord de beber cerveza en el pub o de mear más lejos en la nieve. Progresivamente, el Canal de Historia ha cambiado su programación hacia el docu-reality. Su target ha dejado de ser el concursante de Saber y ganar y el opositor a docente de enseñanzas medias para centrarse en el prejubilado garrulo que aplasta latas de cerveza con la frente.

Programas de Canal de Historia: Ice Road Truckers (Desafío sobre hielo, en español), Leñadores, Cazadores del pantano, Pesca salvaje o ¿Quién da más? En ellos vemos, respectivamente: camioneros superbestias de Alaska conduciendo monstruos por carreteras de hielo para llevar suministros a las instalaciones petrolíferas; señores muy brutos cortando árboles muy grandes; paletos enloquecidos de Florida que cazan caimanes con sus manitas; paletos enloquecidos de donde sea que pescan monstruos marinos con sus manazas, y tipos que parecen ir puestos hasta las cejas de cocaína que intentan vender en almonedas los cacharros viejos de un trastero, y gana el que saque más pasta.

La característica común de estos programas es que retratan la vida cotidiana real de trabajadores reales. En formato de documental dramatizado, se centra en un reducido dramatis personae en el que se busca el conflicto (el holgazán frente al hiperactivo, la chica frágil frente al bruto, el novato frente al veterano, el tramposo frente al honrado, etc.) y, con una dialéctica muy básica, construye una narración muy ágil que entrevera las tramas de la vida personal con la exhibición casi pornográfica de los trabajos. De hecho, es porno laboral: los personajes y sus conflictos son una simple armazón para dar forma narrativa al voyeurismo. Lo que muestran estos programas son currantes en acción. Currantes extremos y muy físicos.

En ese sentido, son lo contrario de un culebrón. En estos, el entorno laboral es un fondo, un simple escenario. En Anatomía de Grey no importan las operaciones, sino los polvos que los personajes echan entre operación y operación y las cosas que se dicen entre consulta y consulta. La serie podría trasladarse a cualquier otro entorno laboral sin cambiar prácticamente nada: funcionaría exactamente igual, con los mismos personajes, en un despacho de abogados, en la redacción de un periódico, en la sección de perfumería del Corte Inglés o en la cocina de un McDonald’s. Pero estos programas hacen justo lo contrario: lo que para un culebrón es la chicha, para los docu-realities es la guarnición. Los conflictos y las relaciones entre los personajes son ruido de fondo, una simple argamasa para dar realce a los sudorosos cuerpos en acción. Lo que mola de los camioneros de Alaska es ver cómo se estampan y cómo sacan el trailer de una montaña de nieve. No nos importa si se lleva bien o mal con el camionero que viene a ayudarle, siempre y cuando se filme con detalle y espectacularidad todo el dispositivo de rescate.

Si estos programas han desplazado a las cosas nazis es porque tendrán mucho éxito de audiencia. Y me imagino que su audiencia (al ser televisión por cable) vive en entornos cómodos y disfruta de trabajos en oficinas con aire acondicionado donde no les va a morder ningún caimán ni se van a quedar atrapados en una tormenta ártica. Sin embargo, a estos culos gordos les encanta ver sufrir a currantes à la ancienne, como a los jubilados les gusta ver albañiles.

Hay algo místico. Algo definitivamente histórico. Al renunciar a Hitler, al renunciar a hablar de historia, el Canal de Historia ha atrapado una chispa del Zeitgeist de Estados Unidos.

Me explico.

El mito fundacional de Estados Unidos es el pionero. El emigrante que, primero desde Europa, y luego desde la Costa Este, construyó la nación en su marcha hacia el Oeste. Esa marcha tenía una mística, llamada el destino manifiesto, y su enseña era el trabajo duro. Estados Unidos se enorgullece de ser una tierra de trabajadores. Su país, literalmente, se ha construido. Al contrario que otros, no ha salido de una batalla artúrica ni de la intervención divina, sino que ha sido construido por sus habitantes, palmo a palmo. La historia oficial, al margen de matanzas de indios e invasiones de México, habla de colonos toscos y bravos que no paraban de currar salvo para ir a misa. Y los hijos de esos pioneros levantaron enormes industrias. Siempre orgullosos de su productividad, de su tesón, de su hombría. Todo lo que un americano podía necesitar en su vida lo había construido otro americano con sus manos. Gracias al trabajo duro, dice la historia oficial, Estados Unidos era autosuficiente y grandioso.

Pero hace décadas que Estados Unidos cedió la hegemonía industrial a otros sitios. Los americanos conducen ahora coches japoneses, ven teles coreanas y hablan por móviles noruegos. Ya no fabrican casi nada, ya no construyen el país, dejan que otros hagan el trabajo duro por ellos. La única industria que sigue siendo puntera es la de Silicon Valley, y no está formada por obreros, sino por gafotas enclenques que trabajan en sitios que parecen ludotecas en vez de fábricas.

El patriota americano adora un mito fundacional que ya no existe. El currante es una especie en extinción, y los restos de lo que otrora fue una orgullosa y sana estirpe, agonizan en guetos, alcoholizados y colocándose con metanfetamina. En una sociedad moderna de servicios, los no cualificados son lumpen, y los cualificados, asépticos culos gordos. Ya no basta la disposición para el trabajo duro para abrirse paso en América. Las manos de un hombre ya no valen nada en la sociedad de Facebook y los iPads.

Estos programas ofrecen un consuelo antropológico: enseñan a superhéroes equiparables a los pioneros o a los polacos e irlandeses que trabajaban en las fundiciones de Pittsburg. Son los protagonistas del famoso cuadro de los albañiles del rascacielos. Porque, cuando un estadounidense se ve a sí mismo de acuerdo con la mitología oficial que le han transmitido en la escuela, se ve así:

Pero cuando mira a su alrededor, ve esto:

Y, claro, echa de menos la épica, la estampa heroica, el sacrificio, el valor y todas esas cosas. Y siente nostalgia de sus abuelos, los que construyeron el país con sus propias manos. Y por eso goza viendo a esos brutos que aún conservan la esencia del destino manifiesto.

Lo que parece escapársele a este culo gordo abonado al Canal de Historia es que si sus abuelos hicieron esto:

Fue para que ellos o sus hijos pudieran disfrutar alguna vez de esto:

Y que jamás entenderían que alguien que tiene esto:

Pudiera sentir la menor nostalgia por quien sufría esto:

En la exaltación del espíritu pionero se tiende a olvidar una premisa esencial de la operación lógica: que ese sacrificio no era un fin en sí mismo, sino un medio. Ningún emigrante lo es por vocación viajera o por ganas de conocer otras gentes y otras culturas. Las privaciones y el esfuerzo se conciben como una inversión. Casi siempre a largo plazo. Una inversión que a lo mejor no van a poder amortizar en vida, pero que confían en que pueda ser gozada por sus hijos. Los esfuerzos excepcionales se emprenden siempre para obtener resultados excepcionales: una vida tranquila, próspera, sin madrugones ni peligros de muerte.

Los culo gordos actuales viven la vida que los pioneros soñaron para sí. Están en Ítaca y echan de menos la travesía.

About these ads