Escuchaba el otro día en el coche El ojo crítico [nota al margen y susurruda húmedamente en su oído: espero que la nueva dirección de RNE no se entere de que existe este programa y no ponga a Pedro Ruiz a recitar ripios a su madre en su hueco de la parrilla. Y sí, he añadido el detalle de que lo escuchaba en el coche para subrayar que ahora soy un conductor que se siente muy macho cuando adelanta a un pisahuevos en la autopista] un reportaje sobre arte arte urbano, a propósito de la publicación del libro Los nombres esenciales del arte urbano y el graffiti español, de Mario Suárez. Hablaron con varios de los artistas y grafiteros más molones de hoy, y uno de ellos, no me quedé con el nombre, dijo una cosa muy interesante —sin desdoro para los demás, que también dijeron cosas interesantes; allí, ninguno era idiota—. Le preguntaban sobre el componente clandestino o vandálico del grafitismo, y él, sin hacer una apología explícita de él, afirmó que lo entendía como una reacción contra la ocupación mercantilista del paisaje. Incluso en sus formas más burdas, adolescentes y guarras, argumentaba, las pintadas pueden leerse como un intento por romper el monopolio que el poder ejerce sobre el paisaje urbano. Y toda forma de protesta, concluía, aunque sea irreflexiva y no responda a un discurso o a una razón estructurada, merece una atención, no se puede despachar como simple gamberrismo: es el síntoma de un malestar.

Este chico —qué rabia me da no recordar su nombre, de verdad— decía que el paisaje urbano y social está dominado por la publicidad. Nos tragamos todos los días cientos y cientos de anuncios que nadie nos ha preguntado si deseamos ver, que se apropian de las ciudades con agresividad, sin que nadie cuestione su presencia ni su pertinencia en el espacio de todos. ¿Por qué lo que hace Coca-cola es digno, legítimo e incuestionable, y lo que hace un grafitero es vandalismo? ¿No es, en el fondo, la misma agresión? ¿Por qué toleramos una y censuramos otra?, se preguntaba.

Estuve por soltar el volante para aplaudir.

Casi me emociono, porque hacía mucho que no encontraba a una persona que se sintiera tan agredida por la publicidad como yo. Es un sentimiento que no tiene nada que ver con la forma o el contenido de los anuncios, sino con su propia naturaleza, con su carácter invasivo, con que se crean con derecho a interpelarme a cada paso.

Cuando Zaragoza se postuló para capital europea de la cultura en 2016, me invitaron a participar en uno de los grupos de trabajo que iban a elaborar una serie de propuestas. La cosa iba de comunicación y cultura, y en una de las sesiones, alguien propuso una campaña callejera de fomento de la lectura. Creo que era algo que había visto en otra ciudad: tipos que asaltaban a los viandantes preguntándoles si leían o qué leían y dándoles folletitos y poemas e instándoles a leer.

La mayoría del grupo secundó la propuesta. Campaña de fomento de la lectura, y con escritores locales, qué guay.

Yo me opuse tajantemente. Creo que hasta solté un muy poco diplomático «no me jodas». Argumenté que todas estas campañas de fomento de loquesea apestan a paternalismo rancio, que quién coño es el ayuntamiento o el Estado o la institución de turno para decirle a nadie que lea o que deje de leer, que me parecía maleducado y soberbio importunar a la gente que pasea tranquila por la calle para, veladamente, llamarles ignorantes. Concluí: yo, cuando veo un anuncio contra las drogas, me entran unas ganas locas de comprar metanfetamina y repartirla entre los niños del barrio. Y cada vez que el From me insta a respetar las tallas mínimas, me zampo una fuente de chanquetitos. Y otra de delfín asado en su jugo cerebral. Me irrita la manía institucional de diseñar campañitas para infantilizar al ciudadano. Coño, que somos adultos, no nos atosiguen con consejos no solicitados.

Nadie entendió mis objeciones, basadas en el más puro talante liberal, por otro lado.

Alguna participante incluso se cambió el bolso de lado, poniéndolo fuera de mi alcance.

Mi manía llega a extremos de sociópata. En la ciudad que moro están construyendo un tranvía, y como el tránsito de este vehículo es de una complejidad extrema y nunca nadie ha visto uno ni se imagina cómo puede ir sobre raíles, antes de inaugurar el nuevo tramo, el ayuntamiento ha lanzado una campaña titulada Para, mira, pasa (yo la habría titulado Corre, Forrest, corre, que va mucho más acorde con la concepción que los administradores tienen de nosotros los administrados, unas personas incapaces de cruzar una calle). Para evitar atropellos, dicen. No sólo ponen cartelitos y dan la brasa allí donde pueden, enseñándonos con exasperante detallismo cómo se debe cruzar de una a otra acera (qué haríamos sin sus desvelos, caminaríamos atolondrados y nos caeríamos por las alcantarillas, confundiendo el bien y el mal, la fealdad y la belleza), sino que sacan a pasear a los voluntarios ciudadanos, unos señores y señoras mayores que te explican que, sobre las vías que ves en la calzada, corre el tranvía. Y por el monte, las sardinas, tralará.

Hace unas semanas, esperando en un céntrico paso de peatones que cruzo a diario doce veces, se me acercó uno de esos voluntarios. Un señor muy mayor que me tocó (¡me tocó, y a punto estuve de rociarle con mi espray antivioladores!) y me empujó suavemente hacia atrás porque estaba parado sobre la vía del futuro tranvía. «Es que así nos acostumbramos a esperar en la acera, para cuando pase el tranvía.» Difícil lo tenía el mencionadísimo tranvía para pasar, entre una excavadora y una barrera de hormigón. No se veía ninguno en lontananza, pero fui buen ciudadano-niño y obedecí a la seño, sin decirle a aquel caballero sobón que soy muy mayor para que me indique nadie dónde puedo y dónde no puedo pisar y que, a menos que él fuera un policía municipal debidamente uniformado, no tenía el menor derecho a ordenar mi paso. Tampoco le dije que no me gusta nada que me traten como a un impúber y que no necesito lecciones didácticas que no he pedido y para las que no he formalizado ninguna matrícula.

Ya ven: si me molesta tanto que un vejete desocupado y transido de espíritu cívico se dirija inocentemente a mí en la vía pública, no pueden hacerse una idea de lo mucho que me sulivella la publicidad comercial en todas sus formas.

Detesto el uso del imperativo: bebe, come, usa, llama, recicla, limpia, baila, reserva, defeca, salta.

Todos con la Roja. No, yo no quiero estar incluido en ese todos. Yo no estoy con la Roja.

Abre tu cuenta naranja, es muy fácil. No es la dificultad del trámite lo que me lleva a inhibirme, es que no quiero su puta cuenta naranja, ni su puto fresh-banking, ni sus putos ahorradores. No sé por qué tengo que verles y oírles a diario, que me dan dentera sus eslóganes, que no quiero ahorrar, que quiero dilapidar mi fortuna en un bingo de viejas con rulos mientras bebo gintonics de garrafón.

Come Activia. ¿Por qué tengo que ver y oír constantemente a Carmen Machi? Yo, que pago por ver la tele, que prefiero abonar una cuota mensual para ver pelis en inglés y documentales de la BBC sin sufrir el careto de Belén Esteban. Yo, que me gasto las perras para disfrutar de una elitista televisión de pijos con menos publicidad (o sin ella, en algunos canales), tengo pesadillas en las que contemplo a Carmen Machi y a un montón de señoras postmenopáusicas cagando juntas en un baño mientras comen un yogur con la misma cuchara.

Por todas partes, las marcas comerciales me tutean y me instan a hacer cosas que no quiero hacer. ¿Quién les ha dado permiso para tratarme con esa familiaridad? ¿Por qué tengo que aguantar su presencia atosigante y prescriptiva? ¿Por qué no toleraría que un extraño se sentase encima de mí en el autobús y me empezara a dar órdenes, pero ha de parecerme fenomenal que un montón de carteles sí lo hagan?

Si no fuera tan vago, fundaría un movimiento consumista que fomentara la compra de productos y servicios que no usen publicidad invasiva, que sean respetuosos y elegantes con su clientela, que no nos griten, ni nos ensordezcan con musiquitas, ni se tomen confianzas con nosotros. Y, sobre todo, que no conjuguen los verbos en modo imperativo, que no nos den órdenes. Y, a ser posible, que no usen a Carmen Machi como imagen.

Sé que escribo cosas de psicópata, pero supongo que no estoy solo en mi locura. Hay más psicópatas como yo. La lástima es que nuestra propia psicopatía nos va a impedir formar alianzas para enfrentarnos a los publicistas. Estamos condenados a sufrir los consejos que nunca pedimos.

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