Como feliz padre de un recién nacido, una de mis muchas actividades sociales prohibidas es ir al cine, así que espero piratear próximamente una buena copia de Prometheus (sí, esto es un recado para los hackers seriéfilos que rondáis por aquí, pasadme un link o un archivo o algo, guiño, guiño, codazo, codazo. No me importa que no lleve subtítulos, no pido más que una calidad decente de imagen, que las caras no estén pixeladas. Gracias. Destruid este mensaje después de leerlo). Así que me quedo, de momento, con las ganas. Pero nada me impide volver sobre la genial y molonísima Alien [nota entre corchetes: molonísima, adjetivación superlativa propia del padre que ha renunciado ya definitivamente a su juventud y a ser contemporáneo de sus contemporáneos. Estoy a un paso de decir guateque y menear el esqueleto, y mi hijo ni siquiera tiene un mes. La obsolescencia avanza más rápido que una cría de alien. La didáctica y exasperante manía de introducir digresiones entre corchetes es otro síntoma de senectud postpaternal. Escribir sobre pelis viejunas, también. Y que nada de esto me preocupe ni me alarme, el peor y más definitivo de los indicios].

Mucha gente coincidirá conmigo en que Alien, el octavo pasajero es genial, pero no todo el mundo tendrá claras las razones de su genialidad, así que las voy a enumerar y explicar para que puedan usarlas como línea argumental de ligue ante una doctoranda en literatura comparada en el after del pueblo playero donde estén solazándose. Tomen nota, que esto entra para examen. Hablo solo de la primera peli, no me interesa en absoluto la saga posterior.

  • Razón número uno: el minimalismo del relato de terror.
  • Razón número dos: la inconcreción de la amenaza, su falta de explicación.
  • Razón número tres: el desasosegante arte de H. R. Giger.
  • Razón número cuatro: una perversamente andrógina Sigourney Weaver en braguitas y camisetita de tirantes que apenas contiene sus sofocados y aterrados pechos.

Procedamos.

1. El terror minimalista

Ya se ha dicho muchísimas veces que Alien es en realidad un relato de terror clásico que, en vez de desarrollarse en una casa encantada, tiene lugar en una nave espacial. Y esto es así sin ninguna duda. La historia encaja grosso modo en el canon del terror gótico victoriano. Pero lo que seduce de Alien no es el manejo y la perversión de los códigos de género, sino la creación de una atmósfera asfixiante que se consigue reduciendo al mínimo los recursos escénicos y fílmicos. Frente a una ciencia-ficción llena de efectos especiales, obsesionada con su espectacularidad, Alien tiene una producción modestísima (y en muy escasa sintonía con los barroquizantes años 70). Toda la acción transcurre en dos o tres decorados, casi siempre muy oscuros y, salvo en un par de secuencias panorámicas en el planetoide, en interiores. La nave, sus salas y pasadizos apenas tienen nada, están desnudas de cachivaches. Ni paneles enormes de botoncitos y lucecitas, ni espectaculares puertas ni estructuras fantasiosas. La nave, en realidad, no es más que un montón de tuberías y conductos de ventilación —metal oscuro y brillante, aceitoso, casi orgánico, diseñado por Giger—, paisaje postindustrial perfectamente reconocible para el público al que iba dirigido: el americano de finales de los 70, que veía cómo el antiguo poderío industrial de su país se iba a la mierda y los antiguos paisajes fabriles se convertían en ruinas de tuberías oxidadas y cristales rotos.

Pero hay algo más ligado con este minimalismo de la mise en scène: la banda sonora. Apenas existe. Buena parte de la película carece de diálogos, y el silencio no está rellenado por música. Oímos la respiración de los personajes, chorros de aire que salen de las tuberías y algún ruido animal que indica que el alien anda cerca. Pero, sobre todo, oímos el bip de los aparatos rastreadores. Un bip que se sincopa con respiraciones y tuberías y crea un ritmo angustioso, mucho más aterrador que cualquier música que nadie pudiera componer. Ese silencio, ese bip sincopado, al empastarse con las galerías y los decorados oscuros y sin definir, provoca intencionadamente un sentimiento de claustrofobia y de soledad que se transmite muy eficazmente al espectador, que acaba tan cagado de miedo como la menguante tripulación de la nave.

2. La amenaza inconcreta

Cuentan que, durante la fase de montaje de la peli, Ridley Scott sólo tenía una obsesión: que no se viera jamás al monstruo entero. Sólo hay una secuencia en la que se ve fugazmente todo su cuerpo, tan rápida que casi nadie la aprecia. En el resto de la película, sólo vemos partes del alien: una boca (o bocas), parte de su cara, algo que parece una cola, parte de una garra, un plano frontal brevísimo que se apaga de inmediato… Sabemos que hay un monstruo, pero no qué forma tiene. Este requisito fastidió mucho a Giger y al equipo de efectos especiales, deseoso de fardar. En el cine de terror, la oscuridad y los planos parciales se han asociado siempre con una incapacidad técnica: si no nos lo enseñan, es porque no saben hacerlo. Por eso, las grandes producciones tienden a recrearse mucho en su farde técnico, para que nadie diga. Pero el empeño de Scott no se justificaba por un bajo presupuesto o porque quisiera ahorrarle dinero a sus jefes, y ni siquiera por una querencia estética más o menos caprichosa de director divino. Lo que quería Scott era que la amenaza fuera difusa e indescriptible para acentuar el terror. Cuanto menos sepamos sobre lo que nos acecha, más miedo nos dará. Sólo al final, en la penúltima secuencia, se verá la silueta entera del alien. Y ni siquiera entonces se mostrará de forma nítida.

3. H. R. Geiger

El terror ni se crea ni se destruye. Simplemente, se transforma. El terror no viene de la nada, no se puede manufacturar. Por eso, aunque los puntos anteriores son muy importantes para crear una atmósfera de terror, no servirían de nada si detrás de Alien no hubiera un terror real. Y ese terror se llama H. R. Geiger.

Atormentado, tímido y dicen que un punto misántropo, Giger era el artista adecuado para diseñar el monstruo de Alien. Giger es suizo, lo que ya es de por sí una marca de carácter altamente claustrofóbica. Cuenta que de pequeño le gustaba recluirse en lugares oscuros, que en el cole le asustaban con una imagen barroca de un Cristo ensangrentado que le marcó profundamente, y que todo eso hizo de él un adolescente triste obsesionado con el mundo de los sueños, las pesadillas y el color negro. Para acentuarlo todo más (y porque los que se empeñan en ser tristes, al final, suelen encontrar razones contundentes para su tristeza; hay que tener cuidado con lo que se busca), en 1975, su mujer se suicidó, por lo que Giger se volvió aún más taciturno e inaccesible.

¿Quién mejor que él para diseñar al alien?

Neocrom V

Giger se basó en una pintura suya anterior, titulada Neocrom V, para el cuerpo del alien, pero como necesitaba una visión frontal, y no sólo un perfil, tuvo que buscar un referente para moldear la cara o caras del bicho. Y, para ello, nada mejor que recurrir a los miedos más profundos del inconsciente masculino: una vagina con dientes.

El mito de la vagina dentata está presente en muchas culturas y es muy querido por no pocos freudianos, como el propio Giger, que, como buen explorador de lo onírico, se ha empapuzado de Freud. Alien reproduce la anatomía de una vagina, pero con unos buenos dientes. Que sea una mujer la que finalmente venza a ese coño mandibular es algo que admite muchas interpretaciones. Y que esa mujer tenga un cierto aire a chicazo y que explote una estética marcadamente andrógina da para un buen montón de teorías perversas que pueden ir de lo más obvio y burdo a lo más refinado. Lo que nos lleva al punto cuarto:

4. Sigourney Weaver

Teorizaría mucho sobre el particular, pero prefiero darme el gustazo de colgar unas cuantas fotos.

Está claro que la vagina que realmente nos atrae a algunos no es precisamente la que tiene dientes.

En cualquier caso, lo que a mí más me gusta de Alien (braguitas de algodón al margen) tiene que ver con la forma en la que trata al espectador, implicándole en la búsqueda de significados y no tratándole nunca de imbécil ni presumiendo ante él de superioridad moral. Creo que los meapilas valoran mucho más otra peli de Scott, Blade Runner, basada en un texto de Philip K. Dick (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?), pero sin respetar el espíritu de Philip K., autor más enigmático que complaciente, escurridizo y difícil de encasillar. Para mi gusto, Blade Runner es pretenciosa y moralizante, hasta el punto de llevar a sus ovejas eléctricas a pastar en los cómodos prados de la corrección política. Toda distopía tiene algo de arrebato iluminado y bíblico, de llamada a la conciencia del público. Y, si no se maneja con elegancia, deviene muy fácilmente fábula con moraleja o, en el peor de los casos, homilía arzobispal. Blade Runner tiene un tufillo redentor —subrayado por la música de Vangelis— que a mí, como espectador, me incomoda y me saca de la acción. Alien no tiene nada de eso. Alien busca seducir, mientras que Blade Runner busca convencer. Y yo siempre estoy mucho más predispuesto a dejarme seducir (especialmente, si la seductora es una hombruna Sigourney Weaver de 29 añitos) que a escuchar rollos y asentir fascinado ante ellos.

Todo esto tiene que ver con la inteligibilidad del discurso (mira que me pongo pedantazo). Hay narrativas que buscan primordialmente hacerse entender y otras que persiguen hacerse sentir, aunque para eso tengan que renunciar a ser entendidas. Alien pertenece, aunque de forma más sutil, al segundo grupo. Y es así porque bebe directamente de una peli anterior sin la cual no se explica nada del universo Alien: 2001, una odisea en el espacio. Ya saben que el mundo se divide entre enamorados y detestadores (sic) de 2001. Yo, no hace falta que lo diga, estoy entre los primeros, como Rodrigo Fresán, que homenajeó a los dosmilunianos y a los philipkdianos en su novela El fondo del cielo. Y los lectores que me han confesado que han disfrutado con mi novela, forzosamente, han de estar también entre ellos.

Pero eso lo dejaré para el siguiente post.

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