El medio es el mensaje. De acuerdo, man, sin duda alguna. Pero no sólo el medio: el mensajero puede ser el mensaje también. Un mismo mensaje, lanzado por bocazas distintas, puede tener significados opuestos. Por ejemplo, esta frase:

Uno de los libros que ha hecho más daño a la humanidad es el Ulysses de Joyce. No hay nada en él.  Si resumes el Ulysses, te cabe en un tuit.

Dicha por un profe de lite de un insti, puede tener un cariz didáctico. Dicha por un sargento chusquero harto de vinazo en la cantina, puede ser una simple muestra de burricie militar. Dicha por un escritor joven y modernete, puede ser una simpática provocación de enfant terrible.

Sin embargo, dicha por su verdadero autor, Paulo Coelho (aquí), es, simplemente, una gilipollez. Y quizás, una gilipollez peligrosa.

Supongo que Coelho ha querido provocar y reírse de esos exquisitos escritores que, aunque nunca venderán en toda su vida ni el 0,01% de los libros que él despacha en media hora en un Corte Inglés cualquiera, le niegan una y otra vez la entrada en el Parnaso. Pero cuando eres Paulo Coelho no puedes provocar. La provocación es patrimonio de los jóvenes quinientoseuristas y de los barbudos resentidos que escribimos nuestros propios blogs a las dos de la madrugada en pantalones cortos y bebiendo un colacao con leche sin lactosa —qué vulgaridad, no tener un negro o una secretaria tetona para que te escriban un blog—.

¿O acaso es lo mismo que te toque el culo tu pareja y que te lo toque tu jefe? Si lo hace tu pareja, mola. Si lo hace tu jefe, pues no (aunque te callas, porque te vienen muy bien los 36 euros brutos al mes que te paga). Siguiendo con el símil laboral: un cotilleo entre empleados en la máquina de café es cháchara inofensiva. Ese mismo cotilleo, contado en una reunión del consejo de administración, es cosa chunga. Pues bien: que un literato-crítico-loquesea diga eso del libro de Joyce, forma parte del juego literario. Es bien. Pero si lo dice Coelho, que habla intencionadamente para neófitos literarios, es mal, y los que queremos un poquito a la literatura y hacemos de ella nuestra vida, nos hundimos un poco más en nuestra ya de por sí espesa ciénaga de mierda cada vez que uno de estos iluminados se pone sentencioso y populachero.

Intentaré explicar esto que acabo de decir, pero, antes, permítanme hacer un somero comentario de este texto, correspondiente al primer capítulo de Aleph, última novela de Paulo Coelho publicada en España (se puede descargar aquí). Lo haré usando corchetes y negritas para mis anotaciones.

Generalmente, en este momento yo debería sentir —durante una fracción de segundo, pero me bastaba— la Presencia Única que mueve el Sol y la Tierra y mantiene las estrellas en su sitio [¿la qué? Parece que Coelho estaba dormido en la clase de Ciencias Naturales y no ha oído hablar de Galileo ni la madre que lo parió. Por otro lado, esa Presencia Única tiene un nombre demasiado largo para durar sólo una fracción de segundo. Podría abreviarse en siglas: la PUMSTMES]. Pero hoy no quiero hablar con el Universo; basta con que el hombre que está a mi lado me dé las respuestas que necesito [bueno, pues si te conformas con esto, mejor, que hoy yo también voy con prisas y tengo hora en la pelu].

Él retira las manos del tronco del roble, y yo hago lo mismo [o roble funciona aquí como metáfora de pene o no entiendo este pasaje]. Me sonríe y yo le sonrío. Nos dirigimos, en silencio y sin prisas, a mi casa, nos sentamos en la terraza y tomamos un café, todavía sin hablar [Nespresso, what else? Se le ha olvidado contar cómo abrieron la puerta, la calidad y forma de las sillas y si el café era torrefacto o natural. ¿Cuál es la relevancia de esto? ¿Cuándo se van a poner a follar estos dos?].

Contemplo el árbol gigante en el centro de mi jardín, con una cinta alrededor de su tronco, puesta allí después de un sueño. Estoy en el pueblo de Saint Martin, en los Pirineos franceses, en una casa que ya me arrepiento de haber comprado;
acabó poseyéndome, exigiendo mi presencia siempre que es posible [educada que es la casa, que exige, pero pregunta primero la disponibilidad del morador], porque necesita alguien que cuide de ella para mantener viva su energía.

—Ya no consigo evolucionar —digo, cayendo siempre en la trampa de hablar en primer lugar [¿qué trampa es esa?]—. Creo que he llegado a mi límite [aquí empieza un diálogo que no tiene nada que ver con lo anterior: ni la PUMSTMES, ni el café, ni el árbol, ni la casa exigente pero educada. ¿Por qué cojones nos cuenta lo anterior? ¿Cobra por líneas y necesita rellenar? Les ahorro el esfuerzo: al final, no follan].
—Qué interesante [ni de coña, es todo, menos interesante]. Yo siempre he intentado descubrir mis límites y hasta ahora no he podido llegar hasta allí. Pero mi universo no colabora mucho, sigue creciendo y no me ayuda a conocerlo totalmente —me provoca J.

Está siendo irónico [¿ustedes ven la ironía por algún sitio? Yo tampoco]. Pero yo sigo adelante [sí, por favor, estamos en ascuas].

—¿Qué has venido a hacer hoy aquí? Intentar convencerme de que estoy equivocado, como siempre. Di lo que quieras, pero que sepas que las palabras no van a cambiar nada. No estoy bien.
—Es justo por eso por lo que he venido hoy aquí. Presentí lo que estaba pasando hace tiempo. Pero siempre hay un momento exacto para actuar —afirma J., mientras coge una pera de la mesa y la gira en sus manos [me cuesta imaginar el movimiento giratorio de la pera en las manos de J. Si la girara con sus manos —un simple cambio de preposición, 'con' en lugar de 'en'— quizá me haría una idea más clara, pero no entiendo cómo la pera gira sola en sus manos. ¿Con qué la hace girar? ¿Con el pene? Por otro lado, no sé qué pinta la pera en todo esto, cuál es su simbolismo. ¿La pera es Dios? ¿Dios es la pera? Incluso, ¿podría decirse que Dios es la repera? Maestro J., yo también tengo muchas preguntas, y las mías son más interesantes que las gilipolleces de Coelho]—. Si hubiésemos hablado antes aún no estarías maduro. Si hubiésemos hablado después ya te habrías podrido. —Le da un mordisco a la fruta, saboreándola [ah, coño, ahí estaba la metáfora hortofrutícola. Por otra parte, no entiendo cómo puede dar un mordisco y saborear simultáneamente. Yo, primero muerdo, y luego saboreo, pero supongo que los chamanes de Katmandú le habrán enseñado a Coelho una técnica para saborear con los dientes. Lo hará con los chacras de los incisivos. A mí, una vez, un monje dominico me enseñó a distinguir el agua bendita de la normal con la punta del capullo, vulgo glande. Fue el primer día de mi catequesis. Después, me enseñó a hacer otras cosas con su glande. ¿Por qué sigo escribiendo estas cosas? No puedo parar, en serio]—. Perfecto. Es el momento justo.
—Tengo muchas dudas. Y las peores son mis dudas de fe —insisto.
—Genial. Es la duda la que empuja al hombre hacia adelante.

Como siempre, buenas respuestas y buenas imágenes, pero hoy no funcionan [¿buenas respuestas y buenas imágenes? ¿Dónde? Yo sólo veo un montón de mierda, hablando con delicadeza].
—Te voy a decir lo que sientes —continúa J.—: que todo lo que has aprendido no ha enraizado, que eres capaz de zambullirte en el universo mágico, pero no de quedarte sumergido en él. Que puede que esto no sea más que una gran fantasía que el ser humano crea para apartar su miedo a la muerte.

Mis cuestiones son más profundas: son dudas de fe. Tengo una única certeza: existe un universo paralelo, espiritual, que interfiere en el mundo en el que vivimos [y esa certeza, ¿te la dieron tus conocimientos de física teórica o tu experiencia con el peyote?]. Aparte de eso, todo lo demás —libros sagrados, revelaciones, guías, manuales, ceremonias—, todo eso me parece absurdo [léanlo sin la cláusula entre guiones: "Aparte de eso, todo lo demás, todo eso me parece absurdo". ¿Qué cuerpo lector se les queda? Tú sí que eres absurdo, Coelho querido. Y gravemente agramatical]. Y, lo que es peor, sin efectos duraderos [conmovido estoy ante tu drama].

—Te voy a decir lo que sentí yo —continúa J.—. Cuando era joven, me deslumbraban todas las cosas que la vida podía ofrecerme, y creía que era capaz de conseguirlas todas. Cuando me casé tuve que escoger un solo camino, porque tenía que mantener a la mujer que amo y a mis hijos. A los cuarenta y cinco años, después de convertirme en un ejecutivo de mucho éxito, vi a mis hijos crecer e irse de casa [atención al dato: a los cuarenta y cinco años, no antes, vio a sus hijos crecer e irse de casa. Hasta entonces, sus hijos ni crecieron ni se fueron de casa, pero a los cuarenta y cinco, sucedió todo de golpe: los hijos habían permanecido muchos años en estado de recién nacidos, esperando a que su papá cumpliera esa edad para pegar el estirón y largarse de casa. ¿De verdad que no hay nadie en todo el Grupo Planeta que repase los textos que publican? Ya sé que piensan que se venden igual y que, total, es mierda para marujas y que estas tías se tragan cualquier cosa gorda que vaya en tapa dura y tenga coloricos chulos en la portada, pero qué sé yo, un mínimo control de calidad] y pensé que, a partir de entonces, todo sería una repetición de lo que ya había experimentado [la vida en bucle, una idea muy lógica: volver a vivir todo lo que has vivido una y otra vez].

»Fue ahí donde empezó mi búsqueda espiritual. Soy un hombre disciplinado y me dediqué a ella con toda mi energía. Pasé por momentos de entusiasmo y de incredulidad hasta que llegué al momento que tú estás viviendo hoy [un relato que carece de todos los elementos que caracterizan a un relato: concreción, detalles, fechas, lugares, personajes, sucesos concretos, epifanías... ¿Dónde está eso aquí? Esto no es una novela, es un powerpoint].

Bien, pues el autor de esta putísima mierda, porque este texto no admite otra valoración crítica, se atreve a decir que si Joyce esto y que si Joyce lo otro. Y puede decir lo que quiera, faltaría más. Pero yo voy a intentar justificar mi afirmación de antes, que es otra forma de enunciar que el verdadero daño a la humanidad se lo hace Paulo Coelho.

Paulo Coelho vende millones y millones de sus basurillas milenaristas por todo el mundo. Millones y millones de personas lo tienen por un referente, se toman en serio lo que escribe y dice. Es lo que en política, marketing y periodismo se conoce como un líder de opinión. Posee una enorme capacidad de influencia sobre unas masas que rara vez replican, de baja formación y de entornos no muy estimulantes y menos estimulados. Es muy poco probable que un lector de Coelho sea también un lector de James Joyce. Si Coelho no fuera un simple trilero y realmente quisiera ayudar a sus lectores, no les encerraría en su claustrofóbico, sectario (de secta, pues se expresa como un gurú) y muy mal escrito universo, sino que podría aprovechar su influencia para ventilar sus cerebros y abrirles a nuevas posibilidades de goce. Por el contrario, lo que hace con sus gilipolleces sobre Joyce es perpetuar la especie de que la buena o alta literatura es un territorio elitista y vacuo, un divertimento de esnobs y para esnobs desconectado por completo de cualquier interés o angustia del mundo cotidiano. Coelho les dice a sus muchísimos acólitos que están bien como están, que no se pierden nada asomándose a esos mundos inaccesibles, que desperdiciarán su tiempo si lo intentan y sólo obtendrán un dolor de cabeza.

Quédense conmigo, les dice, yo soy su amigo, yo hablo de cositas que sus cerebritos pueden entender, no como esos pedantones que, en el fondo, ya se lo digo yo, que les he leído para ahorrarles a ustedes el sufrimiento, no dicen nada de nada, son sólo estilo, petulancia, afectación, mariconería.

Este mensaje complaciente es siempre bien recibido. Con la misma satisfacción grosera del que va a comer invitado a un restaurante de lujo y comenta que el Jabugo no es para tanto y que a todos esos pijos les pones una loncha de jamón Hacendado y otra de bellota al lado y no saben distinguirlas.

Pues sí, damas y caballeros: se distinguen. Y mucho, además. Pero parece que se vive mejor ignorando lo obvio. Se siente uno menos pobre o menos ignorante.

Los Coelhos y los populistas del mundo cercenan cualquier rastro de curiosidad que pudiera quedar en personas que, si compran libros —y los compran, aunque sean basuras de Coelho—, es porque encuentran un placer en la lectura. Y si encuentran placer en Coelho, que es como comer un choped del Dia a punto de caducar, imaginen qué goce pueden llegar a sentir con Joyce, que es un Jabugo en su punto y servido a su temperatura perfecta en el mejor de los platos posibles. El paladar literario también se educa, y cuando uno prueba lo bueno, ya no quiere volver al McDonald’s. En fin, puede volver de vez en cuando, como vicio crapulento y hasta desacomplejado, pero si su cuerpo se acostumbra a los sabores refinados, no querrá saber nada de los groseros.

Coelho les está diciendo que no se molesten en probar el Jabugo, que el jamón de oferta es mucho más barato y sabe incluso mejor.

Muchos de los autores considerados de alta literatura no son estetas inaccesibles. Son mucho menos difíciles de lo que las solapas y las críticas de Babelia nos quieren hacer creer y puede llegar a sorprender lo divertidos y amenos que resultan ciertos popes intocables del canon universal. Quizá no sea Joyce el mejor ejemplo en este sentido, pero incluso Joyce puede ser leído con goce y pasión por cualquier lector que de verdad disfrute con los libros y se deje atrapar por un buen personaje en una buena historia.

Por eso es una gilipollez peligrosa, porque Coelho sabe que, diciendo esas cosas, aleja aún más a su público de la buena literatura. Y eso, aunque puede ser malo para los escritores que la escriben, es mucho peor para la gente en general, que se pierde la ocasión de gozar de algo intenso y único y empobrece aún más sus vidas. Que un joven escritor cargue contra Joyce forma parte del juego intelectual y no tiene mayores consecuencias para nada ni para nadie, ni siquiera para la situación de los libros de Joyce en el canon. Que un Paulo Coelho cargue contra Joyce hace que algunas personas que, quizá, sin tanto prejuicio en contra, intentarían leerle, huyan de él como el talento huyó despavorido del cerebro de Coelho. Y eso no es malo para Joyce (pongan aquí el nombre de escritor que quieran, no hablo de Joyce, no es ese el tema), es malo para quien se lo pierde.

El repertorio de goces del mundo es demasiado corto como para despreciar uno tan asequible y tan intenso sin darnos siquiera la oportunidad de decidir por nosotros mismos si merece la pena el esfuerzo o no.

Otro día, hablaré de la inteligibilidad y del estilo, que está muy relacionado con esto y se quedó pendiente en el post anterior.

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