Soy de los que piensan que todos los muertos de las novelas negras nórdicas acaban convertidos en albóndigas del Ikea. Quizá también en perritos calientes. Aunque es menos probable, porque, en una salchicha, es más fácil que se cuele un trozo de hueso o una alianza de matrimonio. Pero, con la carne picadita y especiada de las albóndigas, bien cribada, no hay error posible. Nada se escapa a la poderosa picadora, y las especias, sabiamente mezcladas, disimulan el sabor a carne de personaje de novela negra nórdica y facilitan su tránsito intestinal, pues de todos es sabido lo indigestos que resultan estos héroes de novela.

Cada tienda de Ikea vende al año unos treinta millones de albóndigas suecas. Ikea tiene unas trescientas tiendas en más de cuarenta países, lo que hace un total de nueve mil millones de albóndigas al año en los cinco continentes. Si un cuerpo humano medio pesa más o menos setenta kilos (de los cuales, no más de cincuenta serán aprovechables para carne) y una albóndiga sueca, unos cincuenta gramos, concluimos que un personaje de novela negra nórdica puede dividirse fácilmente en mil albóndigas suecas. Con lo cual, cada año desaparecen de esta forma nueve millones de personajes de novela negra nórdica de una manera astuta y limpia, imposible de rastrear por policía alguna.

Como este verano no tengo vacaciones y tampoco dinero, voy todos los días a Ikea, por lo que mi dieta se compone, básicamente, de víctimas de Mankell, Marklund y —qué remedio— Larsson. Ahora tienen una oferta de un cucurucho de ocho albóndigas suecas más refresco por dos euros con cincuenta. A una ingestión media de veinticuatro albóndigas diarias (el refresco me lo cojo siempre ‘light’, para compensar las calorías), calculo que tardaré un mes y medio en zamparme un personaje entero.

Me gusta hacer la digestión en un sofá Ektorp y leer los libros en sueco que hay en una estantería Billy esquinera. No sé cómo los de seguridad no me han pillado aún, porque me paseo en pijama y pantuflas (que guardo por la noche en un armario Konsmo). Me extraña que un pueblo tan listo, capaz de eliminar a sus víctimas de novela de una forma tan refinada y cruel, no sepa reconocer a un gorrón. A lo peor, estas albóndigas no están hechas de carne de personaje.

Nota aclaratoria: a comienzos de verano, Antón Castro me pidió un breve cuento para las páginas estivales de Heraldo de Aragón, como todos los veranos desde hace tiempo. Agradecido por la invitación, le envié el texto que acaban de leer, redactado ex profeso para la ocasión. Debería haberse publicado esta semana, pero ayer me llamaron para decirme que había sido censurado porque Ikea es un anunciante del periódico (aclaro que Antón Castro no ha tenido nada que ver en todo esto, al contrario). Dudo muchísimo que Ikea sienta la menor incomodidad por nada que pueda escribir yo, pero cada diario publica lo que quiere en sus páginas. Como Ikea no es anunciante de este blog —yo soy mi único anunciante—, lo publico aquí.

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