Lectores. Ay, lectores.

(Es un apelativo genérico, en plan berrido de Cicerón al Senado y así, no se lo tomen como algo personal.)

¿Se acuerdan de la cita de Nabokov de ayer? Hablaba el amigo Vladimir de una forma de leer sin la cual no puede existir la literatura. Sin ella, sí que pueden existir los libros e incluso el negocio editorial. De hecho, diría que la existencia de ese tipo de lector es más un lastre que una ventaja para el negocio editorial, pero la literatura no sobreviviría sin él. La literatura existe por él.

Pero esos lectores pasionales y capaces de penetrar en la mente del escritor a través de la lectura no abundan. Porque a casi nadie le han enseñado a leer, y muy pocos sienten una pasión tan grande como para aprender por su cuenta. Nabokov, por lo que sabemos de sus virtudes docentes, formaba lectores. En sus clases transmitía pasión por la literatura, intentaba que sus alumnos gozaran con los libros tanto como él lo hacía, orientando sus miradas hacia lo importante y lo sublime, que casi nunca coincidía con lo que la crítica y el canon consideraban importante y sublime.

Para ello, lo primero que les decía era que la Rusia de esas novelas no era la Rusia del siglo XIX. Que allí ni siquiera había una Rusia, sino muchas Rusias. O, más bien, muchos países distintos que, casualmente, se llamaban Rusia. Pero cuando Gógol, Chéjov y Tolstoi hablan de Rusia en el año 1848, están hablando de un territorio imaginado que nunca ha existido fuera de las páginas de esas novelas. Que se parezca o no a la Rusia que realmente existió en 1848 no importa nada. Entre otras cosas, porque ningún lector actual puede viajar en el tiempo y visitar ese país. Lo importante es la consistencia literaria de esa Rusia imaginada e imaginaria, que no es más real (en un sentido vulgar de lo real) que la Tierra Media, la Estrella de la Muerte o la Alcobendas de Tarzán y su puta madre.

Las primeras lecciones de sus clases de lite rusa estaban dedicadas a Gógol, a quien la crítica y el canon atribuyen una condición de vivo y vívido restratista de la Rusia de provincias. Y una mierda (et une merde, que Nabokov era muy fino y juraría en francés), dice Vladimiro. ¿Qué Rusia de provincias va a retratar Gógol si en su vida vio una aldea ni salió de su casa? Si le costaba distinguir un abedul de un monovolumen de siete plazas. Si le daba asco el campo, que decía que olía a bosta. Gógol, según Vladimir, tenía el mismo conocimiento de la Rusia de provincias que del proceso de fusión nuclear. Lo que hace Gógol es inventarse una geografía fantástica que, casualmente, coincide con el mapa de partes de Rusia, pero allí no hay provincianos ni cura que los crió, sino personajes gogolianos cuya única nacionalidad es la gogoliana.

También dicen que su obra (la de Gógol) es una denuncia social, y lo prueba —presuntamente— el hecho de que el prota de Almas muertas, el pérfido Chíchikov, sea un trilero que ha montado algo así como una estafa piramidal que especula con “almas muertas”. Es decir, con siervos feudales fallecidos cuyos nombres y documentos vende a nobles necesitados de aparentar tener más siervos de los que realmente tienen, por rollos fiscales y cosas de esas —los siervos se llamaban legalmente almas, y el poderío de un noble se medía en las verstas cuadradas de su finca y en las miles de almas que había en ella—. Qué espanto, dice la crítica del siglo XX: esto, sin duda, es una crítica social. Pero Nabokov comenta, con una carcajada homérica: qué ridiculez. El negocio turbio de Chíchikov, moralmente, no es más detestable que los trapicheos de un pequeño ratero si se tiene en cuenta que, en Rusia, hasta la emancipación de 1861, el tráfico de esclavos era perfectamente legal y la base de la economía zarista. ¿Por qué iba a escandalizar Chíchikov a unos lectores acostumbrados a comerciar con seres humanos vivos? No me sean idiotas y céntrense en lo que de verdad nos quiere decir Gógol: que Chíchikov tiene una naturaleza sobrenatural (si lo sobrenatural puede tener naturalezal). Infernal. Que se mueve entre fantasmas. Pero no es un arquetipo social. A partir de ahí, Nabokov empieza a explicarnos cómo hace Gógol para atraparnos en su mundo, que tiene mucho más que ver con el de Dante o con el de Goethe en su Fausto que con cualquier folklore de Putornitchenkoskaya o con cualquier canción de las Pussy Riot (como toda la gran literatura, dialoga con toda la gran literatura, de Homero a Proust, no con su tiempo, su país o su gobernador civil). Y en los trucos que usa para seducirnos, la técnica literaria deviene magia y alquimia. Literalmente (literariamente), hechiza al lector.

Qué grande, Nabokov, ¿verdad?

Lo que nos quiere decir, en el fondo, es que un verdadero y admirable lector debe penetrar lo obvio y asumir que los significados de una gran novela rara vez están explícitos, que hay que colaborar un poco con el autor, porque un hechizo sólo funciona cuando el candidato a hechizado quiere dejarse hechizar. Hay que estar abierto al juego que propone el escritor para disfrutar de él.

Pero, obviamente, no todos los escritores proponen juegos. Los hay que quieren enseñarte algo: a no pegar a las mujeres, a lavarte las manos antes de comer, a diseñar miriñaques, a que te quede claro que los facistas de la guerra civil eran muy malos muy malos muy malos, a no tomar (muchas) drogas, a tomar muchísimas drogas, a suicidarte, a no suicidarte, a recordarte que Adolfo Suárez fue un trúhan y un señor que amaba la vida y amaba el amor, a que te enteres de que algo huele a podrido en Suecia, a que sepas que Franco era muy malo muy malo muy malo (sí, me repito, pero ellos se repiten mucho más), a persistir en el amor no correspondido, a memorizar las partes de un bajel pirata que llaman por su bravura El Temido y todos los grados y subgrados de los Tercios de Flandes y sus y a ellos, a que a las chicas también les gusta mucho follar incluso con cueros y azotitos, a buenas noches hasta mañana los niños y los lunis nos vamos a la cama, a que no por mucho madrugar amanece más temprano y, finally, que más vale ser hormiguita porque mira cómo terminó la puta de la cigarra, que bien merecido se lo tenía, por improductiva y titiritera.

Estos escritores, que tienen un mensaje que darnos, en vez de limitarse a dárnoslo, lo ponen en una novela de no menos de quinientas páginas. Para que nos quede clarito. Sin juego ni nada, que la cosa es muy seria. En esas novelas, los personajes no son tales. El Conde de Montecristo no es Conde ni es Cristo ni tiene un Monte: es la Dignidad platónica en forma humana. Pa que la entendamos (después de dos mil páginas de reiteraciones, a ver quién es el zote que no ha entendido el mensaje). Durante mucho tiempo, el marketing editorial nos ha engañado diciéndonos que esas novelas son más entretenidas y asequibles, menos literarias. Y ahí tienen razón, no tienen nada de literarias, pero tampoco de entretenidas: son un coñazo. Es como conversar durante horas con tu compañera pesada del curro, la que sólo habla de Ikea, del PVP del material escolar y del último capítulo de La que se avecina, que mira tú que risa el señor Cuesta.

Lo divertido está en el juego. No game, no fun. ¿Qué puede haber de divertido en un sermón? Es más, ¿por qué tengo que mostrar respeto alguno hacia un escritor que no me respeta a mí como lector, que me toma por su feligrés y sólo me da la paliza, sin dejarme ni un resquicio para divertirme y gozar?

Por eso, a mí me interesan los escritores que me invitan a jugar, que tratan de engañarme, que intentan seducirme por las sensaciones y no revelándome que los políticos de Suecia son muy corruptos y muy malos. No me digas, tío, que me caigo al suelo ya mismo: ¿corrupción en la política? Quién lo iba a imaginar, menos mal que tu novela nos abre los ojos.

Pues claro que son corruptos y malos, como en todas partes, idiota, cuéntame algo que no sepa.

Háblame de ti, joder, de tus ojos ladrones y de las ganas que tienes de cargarte a tu suegra desde que el médico te prohibió comer con sal. Hay más verdad y mucho más interés humano en el falso dolor de muelas de Humbert Humbert en Lolita que en todas las putas conspiraciones descubiertas por todos los intrépidos detectives suecos de toda la puta Escandinavia. A mí me interesa mucho más el dolor de muelas fingido de Humbert Humbert que todo Wikileaks y sus estremecedoras revelaciones de merde.

Pero déjenme volver al tema del lector, para cerrar el círculo y concluir este artículo con una hábil pirueta estructural. Hablaré de cosas que han pasado con mi novela. Primero, porque es la experiencia más cercana que tengo sobre recepción de un texto literario y de la que más apasionadamente puedo hablar, y segundo, porque, lógicamente, yo busco alinearme con los escritores que juegan. Que lo consiga o no es otra historia, pero mi bando es el suyo, aspiro a jugar con el lector y a que el lector acepte jugar conmigo.

De entre las muchas lecturas que he recibido (porque soy un escritor accesible y muy fácil de localizar al que cualquiera puede insultar con impunidad absoluta a través del mail o incluso públicamente en los comentarios de este blog, como muchos de ustedes han podido comprobar, y piensen que quienes leen a escritores muertos se quedan con las ganas de decirles cuatro frescas, así que es mejor leernos a nosotros, los todavía vivos y vulnerables). Repito: decía que, entre las muchas lecturas que he recibido, había algunas cándida y hasta grotescamente textuales. Por ejemplo: en un pasaje en el que hablo (no yo, el personaje-narrador) de una loca y de cómo los servicios municipales la sacan de las calles (o no, la cosa es ambigua), alguien me dijo: «Tío, ni de coña, yo trabajo en eso y no es así ni de lejos». Y me explicó la realidad de su trabajo prolijamente, invitándome a conocerlo en persona para documentarme bien sobre la relación entre los enfermos mentales y la administración municipal y no cometer los mismos errores en el futuro. Le respondí muy amablemente que agradecía el apunte, pero que no me importaba nada la veracidad del pasaje. Ni de ese ni de ningún otro.

Coño, que es una novela de anillos mágicos, tías buenas inmortales y policías mexicanos que no son corruptos (esto último también me lo afeó en broma un escritor mexicano. Me dijo, tras una tanda de inmerecidos y etílicos elogios: «El único reproche que te tengo que hacer es que sacas muy bien retratada a la policía mexicana, parece que trabajan o algo»). ¿Alguien puede pensar que me importa una fucking shit ajustarme a algún tipo de verdad? La única verdad que me importa es la literaria, la que se puede construir palabra a palabra.

Otro amigo me dijo, hablando de otro pasaje: «Tío, me estoy volviendo loco. Dices que los personajes van de esta calle a esta otra, pero no sé cómo coño lo hacen, qué itinerario siguen.» Ninguno. De esa calle a esa otra no se puede llegar por la ruta descrita. Es un paseo imposible. Por eso (y aquí ya doy más claves de las que debiera), los personajes entran en un territorio que no está en esa ciudad, en una especie de dimensión mágica donde acaban teniendo una revelación que les permite entender esa misma ciudad. Tienen que salir mágicamente de la ciudad para comprender esa ciudad.

Esto puede ser muy farragoso y no verse ni disfrutarse en una lectura distraída o atenta sólo a lo que pasa, pero un buen lector puede intuirlo. Desde luego, un buen lector sabe que no importan los itinerarios ni que las descripciones de los oficios sean fiables. Leer así es no leer.

Concluiré con un ejemplo ajeno a mí, para que nadie piense que estoy dando a entender que mi novela merece la pena o puede compararse con algo bueno de verdad. Leo en la biografía del escritor Thomas Bernhard que escribió su traductor español, Miguel Sáenz:

La verdad es que El malogrado [una novela de Bernhard en la que recrea literariamente la figura del pianista Glenn Gould] irrita a los fanáticos de Glenn Gould. Bernhard crea en él un personaje idealizado que tiene puntos en común con el Gould real, pero altera a capricho su biografía, y sobre todo desdeña una serie de rasgos que a primera vista al menos parecerían sumamente novelísticos. Y es que Glenn Gould, al natural, era un personaje tan bernhardiano que casi resulta inverosímil […] Pretender que el Glenn Gould de El malogrado coincida con el verdadero sería ilusorio. En el fondo, la novela explica muy bien la forma de proceder de Bernhard en toda su narrativa: por una parte utiliza unos datos rigurosamente exactos y por otra los deforma a placer.

He puesto en negrita esa frase porque creo que Miguel Sáenz es extremadamente educado y condescendiente. Pretender que el Glenn Gould de El malogrado coincida con el verdadero no sólo sería ilusorio, sino profundamente imbécil. Y cabrearse porque el Glenn Gould de la novela no se parezca al señor de mismo nombre que vivió y tocó el piano sólo se explica en el caso de personas a las que les haya faltado oxígeno al nacer o hayan sufrido una grave contusión cerebral.

Por supuesto que ese Glenn Gould es un personaje de novela. ¿Es que tenemos que explicar ahora lo obvio? ¿Nos hemos vuelto todos idiotas de repente? Pero esta forma de imbecilidad, con ser pesada y persistente, no es de por sí peligrosa. Lo peligroso es cuando un autor pretende realmente, por ejemplo, retratar la sociedad madrileña de los años veinte, y les dice a sus lectores que su novela es un retrato fiel de la sociedad madrileña de los años veinte, y sus lectores lo leen y comentan: «Es cierto, es un retrato fiel de la sociedad madrileña de los años veinte.»

¿Y tú qué sabes, desgraciado? Si no habías nacido y no has salido en tu vida de Tomelloso. Leer así es una forma de estulticia, nada más. El Madrid de los años veinte no existe, nunca ha existido, es una mentira que se inventó Almudena Grandes al despertarse de una siesta dispépsica tras comerse un cocido montañés en pleno mes de agosto y llamar a su editor y decirle: «Me voy a inventar los años veinte, que parece que a nadie se le había ocurrido inventárselos, y voy a contarle a la gente que fueron tal que así de verdad, que los he visto yo con estos ojitos que se han de comer los gusanos».

No es necesario que les diga que García Lorca tampoco existió nunca, que se lo inventó un ministro de Educación para rellenar páginas de un manual de Bachillerato, de la misma forma que a Antonio Machado se lo inventó Joan-Manuel Serrat, y a Serrat se lo inventó Joaquín Sabina, que, a su vez, se lo inventó un jefe de Cultura de El País de cuyo nombre nadie quiere acordarse ahora, pero que es el inventor de toda la cultura española del siglo XX y de lo que llevamos del XXI.

Yo sólo puedo insistirles en que merece la pena el esfuerzo de leer con la actitud descrita por Nabokov, que se goza mucho más, que las cosas saben más ricas y se emociona uno mucho más y mejor.

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