Este es mi artículo de La ciudad pixelada publicado ayer domingo en la edición impresa de Heraldo de Aragón.

Mientras escribo esto, ya son cerca de diez mil las personas que han firmado una petición dirigida al Ayuntamiento de Borja para que se respete la ‘restauración’ del Ecce Homo del Santuario de la Misericordia por parte de Cecilia Giménez, a estas alturas famosa en el mundo entero y más motivo de guasa que de escándalo. Obviamente, la petición es una broma más, tal y como se sugiere en la argumentación: «El resultado de la intervención combina inteligentemente el expresionismo primitivo de Francisco de Goya, con figuras como Ensor, Munch, Modigliani o el grupo Die Brücke, perteneciente a la corriente artística del expresionismo alemán».

Realmente, ya quisieran todos los provocadores del arte contemporáneo juntos conseguir para sus obras la mitad de la repercusión que Cecilia Giménez ha logrado con su estropicio. Aunque en este siglo XXI abundan los colectivos dispuestos a ofenderse por cualquier cosa —e, incluso, hay quien ha hecho de la ofensa y el agravio una forma de vida—, la provocación se ha convertido en un arte muy complicado en el que es casi imposible destacar. Cientos y miles de artistas se empeñan cada año en despertar las iras del ‘establishment’ (aunque sea el propio ‘establishment’ quien posibilite la difusión y existencia de su arte en sus museos y galerías), pero solo unos pocos alcanzan una mención o un titular. Cecilia Giménez, sin buscarlo, ha conseguido lo que muchos artistas persiguen sin éxito durante toda su vida.

Si nadie le remedia, mañana lunes empezarán a trabajar los verdaderos restauradores con el propósito de devolver el aspecto original a la pintura. Quizá sea una decisión precipitada. Quizá deberían esperar un poco y reflexionar sobre lo que ha pasado, antes de hacer algo de lo que puedan arrepentirse. Desde que la familia Borgia, originaria de Borja, hizo famoso el nombre del pueblo en todo el orbe cristiano, la localidad zaragozana no había recibido tanta atención. El desaguisado ha dado un protagonismo inmerecido a una obra muy menor sin apenas valor artístico ni patrimonial. A mí, personalmente, jamás se me ocurriría visitar el Santuario de la Misericordia de Borja para admirar el Ecce Homo original, pero me muero de ganas por ver la versión ‘restaurada’ de Cecilia. Y, como yo, mucha gente.

Bien saben los restauradores profesionales que el patrimonio también son las ruinas y las barbaries. Si no se reconstruyen ni el Coliseo ni la Acrópolis es porque es interesante conocer lo que la historia ha hecho con ellos. Sería injusto devolverles su aspecto original, ignorando todo lo que ha pasado en los siglos intermedios. No digo yo que el caso del Ecce Homo de Borja sea equiparable, pero creo que, por lo menos, invita a una reflexión: ¿qué es más importante, la pintura en sí o el suceso por el que ha sido noticia?

Si respondemos lo segundo, ¿no merece esta historia, digna de un relato de García Márquez, ser preservada? ¿Tan terrible sería mantener la versión del Ecce Homo de Cecilia Giménez, con una explicación de su razón de ser? Piénsenlo, no se precipiten, no entierren esto en la hemeroteca tan pronto.

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