Como este libro sólo interesará a los enfermos mentales de la cosa literaria, como yo lo soy a ratos, les hago un resumen muy condensadito y esencial en forma de diálogo en vez de cartas:

BERNHARD: Señor Unseld, qué editorial más bonica y apañá que tiene usted. Me encantaría publicar mis cosicas en ella.

UNSELD: No se hable más, señor Bernhard. Le publicamos sus cosicas y le damos un préstamo para que se compre una casa allá donde Heidi pegó las tres voces. A interés cero, que aquí las cosas las hacemos a lo grande.

B: Pues muy rebien. Mire, aquí le mando otra cosica para que me la vaya publicando. Por cierto, lo que hicieron con mi primera cosica no me gustó nada. O me dan más pasta o rompemos peras ya mismo. Además, ya no me gusta la casa esa que me compré, la voy a vender, que me da como asquito.

U: Le pagamos lo convenido, pero estoy dispuesto a pagarle más porque es usted un genio entre los genios y aquí confiamos ciegamente en sus cosicas. ¿Va a vender la casa? Esto… Sin ánimo de molestarle, y disculpe que saque el tema, pero, ¿se acuerda de que le prestamos dinero y tal?

B: No pienso firmar el contrato para este libro, aunque lo firmaré como siempre. Le mandaré otra cosica, pero que sepa que me siento muy muchísimo insultado y como no dejen de mandarme contratos con tanta letra y tan poca pasta, me voy a ir a otra editorial.

U: Bien sabe usted lo que lo queremos, bribón, que nos ha robado el corazón. Ahora mismo voy a su casa a acariciarle el lomo para que se le aplaque el mal humor. Por cierto, ¿se acuerda del préstamo? Es que, como no dice nada…

B: ¡Insultado, insultado, me siento insultado! Aún así, y haciendo honor a mi ciclotimia, le diré que es usted el mejor de los editores del mundo mundial, y hasta le veo más guapo que de costumbre. ¿Qué se ha hecho? ¿Mechas? Hasta ha adelgazado y está más fuertote. Le amo, le adoro, no le abandonaré nunca, sin usted no soy más que una bosta de vaca austriaca como las que me encuentro en mi casa de los Alpes. Casa que, por cierto, ahora me encanta, ya no quiero venderla. Véngase un día de estos, que haremos merienda-cena.

U: Encantado, mañana mismo voy con mi señora. ¿Le parece bien que lleve una trenza de Almudévar de postre? Del préstamo, ¿sabemos algo?

B: Cómo se atreve, le odio, pestilente mercachifle. Defeco pedorramente en su editorial de mierden. Deme más dinero ahora mismo si no quiere que siga insultándole otras treinta páginas.

U: Es usted un genio, el Nobel es poco para usted, es nuestro mejor autor.

B: Pues no se nota nada. Deme más dinero ahora mismo y quíteselo a los demás autores de su editorial, que son todos una mierden de yegua alpinen. Sólo hay una cosa que odie más que su editorial: a los austriacos. Y a los alemanes, especialmente si son editores y no hacen más que darme dinero, aunque sea una miseria infame. Deme más dinero, joder, ¿no ve que tengo que vivir entre estos palurdos austriacos y no soporto rozarme con ellos?

U: Señor Bernhard, lo que escribe es sólo comparable a los eructos de los dioses. Permítame que me tumbe para que me pueda usar de felpudo, nada me honraría más.

B: ¡Más dinero! O le juro que alimentaré a mis cabras alpinas con este genial manuscrito que acabo de terminar. Cualquier cosa antes de consentir que usted lo publique.

U: Es que… De verdad, me dice mi señora que ya le vale a usted, que si no podría decirme algo bonito una vez al lustro, que tengo la autoestima un poco tocada. El otro día murió mi perro, me estoy quedando calvo…

B: ¡Suelta la pasta, rácano alemán, fariseo, capullen!

U: Eh, sin faltar, que bien sabe usted lo que se le quiere en esta su casa.

B: ¡Money, dinheiro, soldi, Geld, argent, soltá la guita, pelotudo!

U: Señor Bernhard, se le está diluyendo la nacionalidad, contrólese.

B: ¡Nain, Achtung, Lidl!

U: Bueno, ya está bien, por favor.

B: No, ya está bien yo. Soy la Nancy rubia, tengo el baile de San Vito, tengo San Vito’s Dance. Que te den. Que os den.

Como dijo un escritor amigo, ¿qué esperas encontrar en la correspondencia entre un autor y su editor o su agente? Mezquindades. Vilezas. Porquerías. No puede haber otra cosa. Las mismas que te puedes encontrar en los archivos de recursos humanos de cualquier empresa. Las miserias financieras y los conflictos laborales en su desnudez más desnuda. Además, en estos casos, ante el ojo público, siempre sale perdiendo el escritor. Al editor se le supone carácter empresarial y su imagen no queda dañada por discutir por una peseta arriba o abajo (me estoy acostumbrando a volver a hablar en pesetas, porsiaca). Sin embargo, al Autor, al Artista, al Creador, se le presupone un grandísimo desinterés y desprecio por las cosas materiales. Él, encerrado en su torre de marfil, sólo atiende a su Arte. Si sabe hacer una factura y está al tanto del tipo de retención de IRPF y el tipo de IVA que le corresponden en función de su actividad profesional, se rompe el hechizo. Y si, encima, pretende cobrar por su trabajo, es un avariento, un titiritero, un teddybautista cualquiera.

A mí, a diferencia de algunos colegas, no me molesta que se aireen estas basurillas (especialmente, cuando da la impresión, como es este caso, de que las cartas se han escrito para hacerlas públicas en algún momento, tal y como se insinúa varias veces). Es verdad que sacarlas a relucir puede dar pábulo al generalizado prejuicio de la maldad mercantilista de los literatos, pero ocultarlas puede interpretarse también como un intento por mantener la imagen torremarfilesca y romántica del escritor que se alimenta de sus propias palabras.

Lo que me queda claro de esta correspondencia es que Siegfried Unseld era un editor muy listo. Sabía qué tenía entre manos, identificó el talento de Bernhard y calculó que a su editorial le podía interesar incluso perder dinero con él. Porque su apuesta era a muy largo plazo. Él era editor de autores, no de libros. Él quería ser el editor de Thomas Bernhard porque sabía que Bernhard se iba a convertir en alguien muy importante en la literatura en alemán, y él quería estar ahí durante el proceso y ayudar en el empeño, ser parte del mito. Sabía que merecía la pena soportar los extravíos de ese tío raro si a cambio tenía el privilegio de ser su editor. Ya recogería los dividendos más adelante. La inversión se hacía a larguísimo plazo. Mientras tanto, el honor de editar a Bernhard lo compensaba casi todo. Incluso, vuelvo a insistir, perder dinero.

En esto me recuerda a la relación entre Torrente Ballester y Josep Vergés, el editor de Destino. Durante mucho tiempo, Torrente Ballester fue un escritor oscurísimo que no sólo no vendía un colín, sino que era pertinazmente ignorado por la crítica, que, en el mejor de los casos, reseñaba con mucha condescendencia alguna de sus novelas, que eran consideradas boutades. Sin éxito comercial ni prestigio literario o académico, Torrente se desanimaba muchísimo, pero Vergés le daba unas palmadas en la espalda y le instaba a seguir escribiendo (cito todo de memoria): «Mándeme todo lo que quiera, que yo se lo voy a publicar siempre», le decía. Y Torrente, desesperado, le preguntaba: «¿Y por qué?». Vergés le respondió: «Porque me gusta mucho su literatura y creo que tiene que ser publicada». Otra apuesta a largo plazo.

Diríase que tanto Unseld como Vergés se estaban confiando al destino (especialmente, este último, que le puso ese nombre a su editorial). Parece que tenían fe en lo inevitable, en esa creencia estúpida que dice que todo talento encuentra al final su sitio y que los genios acaban ocupando el lugar que les corresponde de forma natural y sólo hay que sentarse a esperar el milagro. Es mentira: el milagro lo propiciaron ellos, lo buscaron esos editores con su trabajo. Si en vez de con Unseld, Bernhard se hubiera topado con un neurótico como él, incapaz de negociar y que antepusiera sus caprichos y su ego al interés literario —o, simplemente, alguien poco paciente y nada aficionado a tolerar insultos ni desplantes—, es probable que se hubiera quedado sin editor. Y si ningún editor podía manejarle, habría dejado de escribir, y el mundo se hubiera perdido a Bernhard. Y lo mismo puede decirse (en otro nivel, claro) de Torrente Ballester: sin la perseverancia de Vergés, no tendríamos Torrente que valiera.

No hay que subestimar el poder de los visionarios y de los pacientes.

Y sí, los libros de Bernhard lo eran todo. Sin ellos, no habría chiringuito. Una editorial son sus autores. Nada más. Pero el papel de un editor como Unseld no era pasivo: se veía a sí mismo como acompañante y consejero aúlico. Su verdadero trabajo era, además de conseguir la mayor difusión y prestigio posibles para la obra de Bernhard, hacer que Bernhard sonara más Bernhard. Es casi conmovedor este párrafo sobre un quítame de ahí esas líneas en un manuscrito. Le dice al gran y muy soberbio Bernhard:

¿Querrá meditarlo? Y, por favor, no me tome a mal que sea tan insistente en este punto. Por lo demás, puede estar seguro de que sobre esa cuestión decidirá usted y no yo, siguiendo la norma no escrita de esta casa de que el autor tiene la última palabra. Sin embargo, hasta llegar a esa última palabra quisiera luchar con usted.

Quisiera luchar con usted. Qué grande. Como un padre juicioso que no puede evitar una decisión equivocada de su hijo ni quiere (aunque a lo mejor pueda) imponer su criterio por la vía de la autoridad, pero que no renuncia a convencerlo ni a expresar su desacuerdo. Bernhard aceptó el cambio propuesto por el editor (y creo que acertó).

Eso es, en términos literarios, lo que significa ser un editor. En términos financieros, la cosa es otra historia y nos interesa menos. Concretamente, lo mismo que la contabilidad de una tienda de electrodomésticos.

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