Hay pelis que explican una época. No por lo buenas o incisivas que son, sino por lo fallidas, porque son capaces de reunir en menos de dos horas de metraje todo lo que no funciona de una determinada cultura. Una de esas pelis se titula Young Adam y, aunque es de 2003, yo la vi hace unos días a la hora de la siesta. La protagonizaba Ewan McGregor, y su interpretación me dejó muy mal sabor de boca. Tanto es así que cuando, poco después, leí que le van a dar el Premio Donostia en el festival de San Sebastián de este año, pensé que la noticia era un paluego que se me había quedado entre los dientes.

La cosa va así: un escritor frustradete (Ewan McGregor himself) se pone a currar en una barcaza que lleva cosas de Edimburgo a Glasgow y de Glasgow a Edimburgo. Estamos a comienzos del siglo XX o en la Edad Media o yo qué me sé. El caso es que llevan ropa como de proletario marxista, como de obreros saliendo de la fábrica de los hermanos Lumière o así, y hablan poco y se lanzan profundas y significativas miradas, porque antes, en los tiempos de antaño, la gente era de hablar poco y de mirarse mucho y muy profunda y significativamente.

Ewan McGregor luce aquí una espléndida chaqueta de escritor atormentado, muy chic y trágico al mismo tiempo.

Ewan McGregor parece que va buscando inspiración o quiere purgarse en el trabajo duro, y cuando no está cargando fardos o dirigiendo el timón de la barcaza, lee mucho. Haciendo posturitas, claro, porque es Ewan McGregor, no puede limitarse a coger un puto libro y leerlo: necesita poner la pierna derecha arriba y la otra levemente flexionada, para que la luz le dé en escorzo y el libro no le tape la cara o le haga sombras feas. Le suponemos torturado y con una rabia interior, portando algún oscuro secreto, aunque lo que nos expresa realmente es una enorme aptitud para ser la portada de la revista Gentleman de octubre y, si acaso, un leve estreñimiento —que debemos interpretar como angustia vital—.

Como leer y cargar fardos es muy aburrido, Ewan McGregor piensa en lo único que verdaderamente puede pensar: follar. Su jefe es un señor con barba (Peter Mullan) casado con una mujer muy seca y muy desabrida (Tilda Swinton, ¿a que ahora se lo explican todo?). De nuevo, el autor de la peli pretende que creamos que el personaje de Tilda sufre una soledad devastadora, pero lo único que vemos nosotros es una tía muy antipática que suda mucho. A Ewan, que no encuentra otra mujer a bordo (si la hubiera, ya se la habría cepillado), todo le parece bien, y decide que se la quiere follar pronto y repetidamente (no sé qué le sedujo más, si el cuerpo palo de escoba desmochada de Tilda o su simpatía e ingenio, porque hasta ese momento, su personaje sólo ha abierto la boca para llamar idiotas y gilipollas a los demás personajes). Obviamente, lo consigue (porque es Ewan McGregor, ¿quién no querría dejarse follar por alguien tan fotogénico y tan bien iluminado?), y entonces empiezan los flashbacks.

Tilda Swinton, musa de la astenia.

Me había olvidado decir que la peli empieza cuando el barbudo Mullan y el lampiño McGregor encuentran el cadáver de una jovencica en camisón. Por la cara de McGregor deducimos: a) que no se ha tomado su Activia y b) que sabe más de lo que dice saber sobre esa chica del camisón. Gracias a los flashbacks descubrimos que la chica del camisón es —oh, sorpresa— Emily Mortimer, novia pijita de McGregor de sus tiempos de aspirante a escribidor.

Los flashbacks nos cuentan su historia de amor, que comienza en un encuentro en la playa en el que McGregor le dice a la por entonces desconocida (para su personaje) Mortimer: «¿Qué te paice, chica a la que acabo de conocer y ni siquiera sé su nombre, si nos vamos detrás de esas piedras y te pongo mirando a Leicester?». Ante tal gentil proposición, ninguna niña pija británica educada en Oxford puede resistirse. Flashback va, flashback viene, descubrimos que McGregor es un amante rudo y pasivo pero que las vuelve locas con su pirulo (pirulo que sale luego en primer plano, no se crean, que estos escoceses no ahorran detalle), hasta el punto de que se las cepilla sobre un suelo de gravilla (valga la rimilla, y los raspones en la espalda y en el culo de la pobre Mortimer). Al final, Mortimer le dice: «Estoy embarazada». A lo que McGregor responde: «Paso de tus rollos, nena, ya sabías que yo era un alma libre que va por ahí cargando fardos en barcazas de Edimburgo a Glasgow y de Glasgow a Edimburgo». Del sofoco, la pobre Mortimer se me cae al agua a medio vestir, en el ahogamiento más ridículo y peor interpretado de la historia del cine. ¡Madre mía, qué drama, la chica muerta es el amor (o wethever, no pongamos etiquetas) del prota torturado!

Emily Mortimer, la inglesita que ahora es la resabiada chica de The Newsroom.

Por supuesto, el barbado Mullan descubre el rollo de Ewan con su señora y se pira muy enfadado y dándose con la cornamenta en el botamaestre de estribor (o en el esquenje de proa), así que se quedan Tilda e Ewan folla que te folla en la barcaza, hasta que aparece la hermana de Tilda, a la que se le acaba de morir el marido y, ¿saben qué? Efectivamente: la primera tarde, ella se sube el refajo y le pide a McGregor que le cargue su barcaza en la parte trasera de un pub. Con tanto meter y sacar sin preservativo, uno diría que la trama se dirige irremediablemente a una buena sífilis, pero la cosa es más espiritual de lo que parece. O no, qué sé yo: me quedé dormido. No sé si salió por allí una prima o una tía abuela con ganas de marcha.

Ojito con Ewan McGregor, que a la que te descuidas, te la ha metido. Esa es la moraleja que yo saqué de Young Adam.

A lo que iba con mi afirmación inicial: Young Adam tiene todos los vicios de un modelo cultural que hace más aguas que la barcaza de la peli. Es pretenciosa y vacua, está mal contada y su torpeza narrativa se confunde con audacia formal (recompensada por varios premios de jóvenes promesas y tal). Pero, sobre todo, tiene a tres actores para mi gusto vacíos, muy sobrevalorados e incapaces de transmitir otra cosa que no sea su propia convicción de que son superguays. Tanto Ewan Mcgregor como Tilda Swinton y Emily Mortimer parecen tener un único recurso dramático: su presencia física. Se molan, se gustan, se saben únicos y especiales, y creen que eso basta y sobra, que no necesitan trabajar sus personajes. No actúan, posan. Todo el rato. Cada plano es una portada de revista.

El director tampoco se libra: constantemente nos está diciendo lo genial que se cree, lo audaz de su montaje y la profundidad abisal de los sentimientos que se retratan. Pero, en realidad, el montaje es torpe, y la historia, muy simple. La profundidad es impostada: algo no es profundo porque su autor así lo afirme una y otra vez. Si El pensador de Rodin no llevara el título de pensador, podríamos tomarlo por alguien que está cagando. Y los personajes de Young Adam cagan mucho, pero piensan poco. Al menos, no oímos sus pensamientos, sólo sus esfuerzos cognitivo-defecativos.

Durante mucho tiempo, cierta literatura y cierto cine (por dar nombres: en España, podría hablar de cineastas como Julio Medem y escritores como Menéndez Salmón o, en sus horas más bajas, Javier Marías; por tierras extranjeras, mesocurre… ¿Murakami?) se han empeñado en recrear y consolidar un montón de prejuicios sobre el arte, el proceso de creación artística (sic) y las pasiones a ellos asociados. Pero, en el fondo, lo único que nos han enseñado ha sido a un grupo de estreñidos. Ewan McGregor acierta cuando cree que para interpretar a un escritor en vía muerta tiene que posar como un modelo  de Calvin Klein. Acierta Emily Mortimer cuando piensa que le sobra su ojo semicerrado para aparentar chispa e inteligencia sexy. Acierta Tilda Swinton cuando sostiene que el hecho de ser una tía rara es suficiente para escenificar la rareza. Aciertan en el contexto de un arte presuntuoso, relamido y elementalmente hueco, incapaz de hacer otra cosa que masturbarse compulsivamente. Pero, si te empeñas en retratar a gente que parece que está cagando, lo más probable es que te salga una mierda.

Es un arte que hace mucho tiempo que dejó de tener nada que decir. Aunque ahí sigue, ganando premios Donostia.

About these ads