David Bowie y Steve Earle tienen sendas canciones con el mismo título, Ashes to Ashes, que remite al versículo «cenizas a las cenizas y polvo al polvo». Ashes (cenizas, of course) es el título de un celebérrimo gospel. Uno de los grupos más olvidables del olvidable rock progresivo británico se llamaba Wishbone Ash (es decir, ceniza del hueso del deseo, que es el esternón en forma de Y de los pollos: si dos personas tiran de él en direcciones opuestas pidiendo un deseo, se le cumple al que se queda con la parte mayor). Ryan Adams decía en una de las piezas más susurrantes de su repertorio que Sylvia Plath derramaba cenizas de cigarrillo en su copa (cigarette ashes on her drink). Un viejo y desafinado rocanrol de Barricada caracterizaba a un personaje que vivía a toda velocidad con «una botella en la mano y ceniza en el jersey».

Todas esas canciones —algunas de las que se me ocurren a vuelapluma al pensar en cenizas— podrían sonar en la radio del coche en el que viajan Polly, Moho y Piter, si no fuera porque la radio de ese coche no funciona. Pero que este cómic de Álvaro Ortiz no tenga soundtrack no quiere decir que no sea musical. La música aquí es tan importante que une a los tres (o cuatro) amigos protagonistas, que se conocen en un concierto. La música arruina también la vida de al menos dos de ellos, y también les da cierto sentido.

Poco puedo escribir sobre Cenizas. En parte, porque su autor tiene mucho miedo a que desvele sorpresas del argumento y le joda la lectura a alguien, aficionado como soy al spoiler indiscriminado. Y en parte, también, porque este viernes soy el encargado, junto a Óscar Senar, de presentarlo en sociedad en ese templo (no hindú, sino del cómic) que es la librería zaragozana Taj Mahal.

Por eso, respetando una norma autoimpuesta, no debería escribir ningún texto sobre él. Mi costumbre es no publicar artículos sobre obras que presento, ya que las opiniones que publico acerca de ellas no son creíbles. Lo cortés, cuando alguien te invita a una cosa así, es morderte la lengua sobre lo que no te ha gustado de su libro, así que yo prefiero siempre la elegancia del silencio y reservar mis juicios para el discursito de la presentación, caso de haber discursito.

Si he decidido romper parcialmente esta regla no sólo es porque Cenizas me ha gustado mucho, sino porque me ha impresionado. Algo como Cenizas no pasa todos los días. Algo como Cenizas no es normal. Que un autor que empieza a despuntar, desde la más pura insatisfacción, decida un día levantarse y ponerse a currar en algo ambicioso, que rompa con su trayectoria anterior y que, en sus propias palabras, vaya en serio, es algo relativamente normal. Que ese mismo autor pase de las palabras a los hechos y se ponga a currar como un minero soviético hormonado es un poco más raro. Que de ese esfuerzo salga finalmente un libro —y no un mazo de páginas ilegibles— es bastante raro. Pero que ese libro, resultado de un empecinamiento, no sólo acabe siendo un libro que merece la pena leerse, sino un libro brillante, hondo y emocionante, es más que rarísimo. Es, de hecho, prácticamente imposible que suceda algo así. Por eso digo que estamos ante algo excepcional, casi sobrenatural.

Álvaro quería firmar una obra adulta, sin fantasmas ni piratas ni homenajes a los Goonies, como en sus cómics anteriores, y aunque no ha podido reprimir sus running gags sobre piratas y fantasmas, no sólo ha hecho un tebeo adulto (¿una novela gráfica? Me resisto a usar la expresión), sino que ha dibujado y escrito una gran historia sobre la amistad y la libertad, que son los dos grandes temas que el señor Ortiz exprime, agota y abrillanta en las casi doscientas páginas de Cenizas. Páginas que son, en algunos momentos, gráficamente perfectas. Especialmente, esas viñetas mudas donde lo naif del dibujo se precipita a un abismo de significados tan sólo sugeridos en la muy escogida y parca paleta de colores.

Tres protagonistas muy bien caracterizados y una caterva de secundarios interesantísimos dan cuerpo a este road-comic en el que un artista ha echado el resto. Sobrio, inteligente y sutil. Si conocen la obra anterior de Álvaro Ortiz, olvídense de ella. Esto es otra dimensión, aquí se habla otro idioma.

Sólo puedo compadecer a Álvaro, que estará extenuado por el esfuerzo, y dar las gracias como lector a quienes le quieren por haberle fabricado las alas que necesitaba para trabajar en paz. Porque, aunque esto de hacer libros (ya sean escritos o pintados) parece una tarea muy solipsista, es un empeño imposible si los demás no te aguantan. Detrás de un gran narrador hay una pareja que no se ha enfadado cuando la han desatendido, hay unos amigos que han escuchado las obsesiones cansinas y ridículas del “artista” y hay unos padres que no se han reído nunca de las pretensiones creativas de su hijo. No es solipsista quien quiere, sino quien puede, y ese entorno también fabrica al autor. Por eso existen las páginas de agradecimiento, aunque a muchos les joda su existencia.

Si quieren saber porqué Cenizas es magnífico, pásense este viernes por la librería Taj Mahal y con mucho gusto se lo explicaré, pero aquí ya no diré nada más hasta después de esa presentación, que luego me acusan de chafar argumentos. Me he portado muy bien en ese aspecto, no me vengan llorando ahora.

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