¿Puede algo irritarme y atraerme al tiempo? ¿Es posible que no deje de sacarle defectos pero siga enganchado a la pantalla, con emoción? ¿Cómo puede tener un relato sobradas imperfecciones, inconsistencias narrativas —e incluso trampas y estafas imperdonables— y, al mismo tiempo, seducir y conseguir que te interesen los personajes, que los hagas tuyos?
Shameless es una de las series de moda. Acaba de terminar la segunda temporada de la versión americana y yo he deglutido los 24 episodios de las dos seasons en pocas sentadas (la original, británica de Channel 4, no la he visto).
El planteamiento es el de una comedia televisiva clásica moteada de elementos dramáticos muy dosificados. Los Gallagher, una familia lumpen del sur de Chicago, y sus cuitas para sobrevivir en la miseria: un padre alcohólico, una madre bipolar y ausente y seis hijos. La camada está al cuidado de la hermana mayor, Fiona (slurp, slurp: el primer capítulo arranca con un primer plano de la chica recién levantada, con unas braguitas y una camiseta que realza y transparenta sus pezones. Sexualidad lumpenproletaria, la promesa de la Cenicienta que busca su zapatito), y entre el dramatis personae se esconde un genio, un adolescente gay, un niño con tendencias psicópatas y una niña que encara la pubertad.
La cosa olía a Peter Pan (con esos niños a cargo de Campanilla, siempre escondiéndose del Capitán Garfio, que es el gañán de su padre) y Cenicienta (hay un príncipe azul que es un ladrón de coches) mezclada con una novela de Dickens o una peli de Loach. Son pobres, su vida es una puta mierda, pero el amor que se profesan los mantiene esperanzados y alegres.
Mi primer reparo tenía que ver con todo el tufillo de referencias que se manejaban y que presagiaba una serie apestosamente conservadora. El costumbrismo siempre sirve al Consejo de Ministros y al consejo de administración de Repsol. Uno de los preceptos de la comedia televisiva es que los conflictos siempre se resuelven: el statu quo del planteamiento se restituye en el desenlace para que cada episodio tenga autonomía y se mantengan las líneas argumentales y los personajes. En el drama, esta convención no se respeta porque impediría el avance de la acción y la evolución de los personajes. Un planteamiento dramático necesita que los conflictos estallen y las cosas cambien, por lo que obliga al espectador a enfrentarse a dilemas que no siempre se resuelven y ayuda a plantear preguntas que no siempre se pueden responder con una sonrisa y un chasqueo de dedos. La comedia en su formato televisivo, sin embargo, necesita estabilidad para poder seguir siendo comedia, y por eso es mucho más conservadora, porque transmite el mensaje de que todo está bien, de que las condiciones vitales de los personajes (y, por tanto, de los tipos sociales que estereotipan) son inamovibles, que su fatum es irrompible. El libre albedrío tiene mal encaje con la sit-com.
Por eso, el realismo extremo aplicado a la comedia deviene caricatura con demasiada frecuencia, y la representación costumbrista, en farsa. Todo esto parecía claro en Shameless: para mantener el tono cómico necesitaban fijar los personajes, abortar cualquier posible evolución. Y eso es así en la primera temporada, hasta el punto de que toda su aparente transgresión se diluye en un mensaje ñoño no muy distinto del que transmiten las monjitas misioneras cuando nos dicen que los negritos de África son pobres, pero se les ve tan felices con tan poca cosa, y que los que somos desgraciados somos nosotros porque nuestros coches y nuestras teles de plasta nos alejan de nuestro sustrato espiritual.
Sin embargo, en la segunda temporada, que sospecho que es la que se ha rodado sin la tutela del modelo inglés original, el drama gana terreno a la comedia y lo que empezó siendo una sit-com salvaje con guiños constantes a Cenicienta y a Peter Pan, se transformó en una tragicomedia. En rigor, un drama con elementos de comedia, y no al revés. Es entonces cuando la cosa se pone interesante, cuando los personajes se enfrentan a conflictos que les obligan a evolucionar: el final de cada episodio ya no enlaza con su principio, se rompe la estructura circular, y eso hace de Shameless un relato vivo, intenso y, ahora sí, provocador. En el momento en el que abandona el costumbrismo y los chistes de lumpenproletarios, la serie se vuelve interesantísima. La primera temporada se deja ver, pero la segunda es soberbia y tiene momentos de altísima intensidad emocional.
Si a eso le sumas que está rodada con muchísimo talento (esos exteriores suburbiales, esa atmósfera de derrota y podredumbre tan lograda) y que los actores están muy pero que muy bien (salvo el actor que interpreta al padre, que es el personaje más prescindible y el que pone a prueba la verosimilitud de la trama más a menudo, todos los demás están siempre en su lugar, nunca sobreactúan ni pecan de parcos, son ellos quienes sostienen buena parte del atractivo de la serie, transmiten una autenticidad genial y sobria), para mí, Shameless es el descubrimiento televisivo del momento. Incluso con todos sus errores, ingenuidades y trampas, y aunque siga asomando por ahí una moralina pestilente. Su ternura no es impostada y su relato es sólido.
Es buena, qué coño. Hay que decirlo.















