SINVERGÜENZAS

¿Puede algo irritarme y atraerme al tiempo? ¿Es posible que no deje de sacarle defectos pero siga enganchado a la pantalla, con emoción? ¿Cómo puede tener un relato sobradas imperfecciones, inconsistencias narrativas —e incluso trampas y estafas imperdonables— y, al mismo tiempo, seducir y conseguir que te interesen los personajes, que los hagas tuyos?

Shameless es una de las series de moda. Acaba de terminar la segunda temporada de la versión americana y yo he deglutido los 24 episodios de las dos seasons en pocas sentadas (la original, británica de Channel 4, no la he visto).

El planteamiento es el de una comedia televisiva clásica moteada de elementos dramáticos muy dosificados. Los Gallagher, una familia lumpen del sur de Chicago, y sus cuitas para sobrevivir en la miseria: un padre alcohólico, una madre bipolar y ausente y seis hijos. La camada está al cuidado de la hermana mayor, Fiona (slurp, slurp: el primer capítulo arranca con un primer plano de la chica recién levantada, con unas braguitas y una camiseta que realza y transparenta sus pezones. Sexualidad lumpenproletaria, la promesa de la Cenicienta que busca su zapatito), y entre el dramatis personae se esconde un genio, un adolescente gay, un niño con tendencias psicópatas y una niña que encara la pubertad.

Fiona (Emmy Rossum) con su príncipe azul, Steve (Justine Chatwin)

La cosa olía a Peter Pan (con esos niños a cargo de Campanilla, siempre escondiéndose del Capitán Garfio, que es el gañán de su padre) y Cenicienta (hay un príncipe azul que es un ladrón de coches) mezclada con una novela de Dickens o una peli de Loach. Son pobres, su vida es una puta mierda, pero el amor que se profesan los mantiene esperanzados y alegres.

Mi primer reparo tenía que ver con todo el tufillo de referencias que se manejaban y que presagiaba una serie apestosamente conservadora. El costumbrismo siempre sirve al Consejo de Ministros y al consejo de administración de Repsol. Uno de los preceptos de la comedia televisiva es que los conflictos siempre se resuelven: el statu quo del planteamiento se restituye en el desenlace para que cada episodio tenga autonomía y se mantengan las líneas argumentales y los personajes. En el drama, esta convención no se respeta porque impediría el avance de la acción y la evolución de los personajes. Un planteamiento dramático necesita que los conflictos estallen y las cosas cambien, por lo que obliga al espectador a enfrentarse a dilemas que no siempre se resuelven y ayuda a plantear preguntas que no siempre se pueden responder con una sonrisa y un chasqueo de dedos. La comedia en su formato televisivo, sin embargo, necesita estabilidad para poder seguir siendo comedia, y por eso es mucho más conservadora, porque transmite el mensaje de que todo está bien, de que las condiciones vitales de los personajes (y, por tanto, de los tipos sociales que estereotipan) son inamovibles, que su fatum es irrompible. El libre albedrío tiene mal encaje con la sit-com.

Por eso, el realismo extremo aplicado a la comedia deviene caricatura con demasiada frecuencia, y la representación costumbrista, en farsa. Todo esto parecía claro en Shameless: para mantener el tono cómico necesitaban fijar los personajes, abortar cualquier posible evolución. Y eso es así en la primera temporada, hasta el punto de que toda su aparente transgresión se diluye en un mensaje ñoño no muy distinto del que transmiten las monjitas misioneras cuando nos dicen que los negritos de África son pobres, pero se les ve tan felices con tan poca cosa, y que los que somos desgraciados somos nosotros porque nuestros coches y nuestras teles de plasta nos alejan de nuestro sustrato espiritual.

Sin embargo, en la segunda temporada, que sospecho que es la que se ha rodado sin la tutela del modelo inglés original, el drama gana terreno a la comedia y lo que empezó siendo una sit-com salvaje con guiños constantes a Cenicienta y a Peter Pan, se transformó en una tragicomedia. En rigor, un drama con elementos de comedia, y no al revés. Es entonces cuando la cosa se pone interesante, cuando los personajes se enfrentan a conflictos que les obligan a evolucionar: el final de cada episodio ya no enlaza con su principio, se rompe la estructura circular, y eso hace de Shameless un relato vivo, intenso y, ahora sí, provocador. En el momento en el que abandona el costumbrismo y los chistes de lumpenproletarios, la serie se vuelve interesantísima. La primera temporada se deja ver, pero la segunda es soberbia y tiene momentos de altísima intensidad emocional.

Si a eso le sumas que está rodada con muchísimo talento (esos exteriores suburbiales, esa atmósfera de derrota y podredumbre tan lograda) y que los actores están muy pero que muy bien (salvo el actor que interpreta al padre, que es el personaje más prescindible y el que pone a prueba la verosimilitud de la trama más a menudo, todos los demás están siempre en su lugar, nunca sobreactúan ni pecan de parcos, son ellos quienes sostienen buena parte del atractivo de la serie, transmiten una autenticidad genial y sobria), para mí, Shameless es el descubrimiento televisivo del momento. Incluso con todos sus errores, ingenuidades y trampas, y aunque siga asomando por ahí una moralina pestilente. Su ternura no es impostada y su relato es sólido.

Es buena, qué coño. Hay que decirlo.

TAXONOMÍAS

En la revista Rockdelux, como en tantas otras, los críticos etiquetan el disco que reseñan adscribiéndolo a un estilo o género musical. Me he molestado en enumerar todos los estilos y géneros glosados en el número de abril de la revista. Los pongo en columna, que acojonan más (son todos reales, no me invento ni uno):

Revolution Rock
Folk-rock
Vanguardia
Acústico
Rock
Americana
Punk-rock
Pop pretencioso
Dad’s rock esquivo
Banda sonora
Indie Folk
Folk-psicodelia
Pop-folk
Blues
Étnica
Drone
Vapores y voces
Art Pop
Hip hop
Pop
Pop sofisticado
Noise-R&B
Canción de autor
Psicodelia pop
Jazz
Arizona Sound
Cubana
Anti-Hype
Réquiem flamenco
Jazz-pop
Jazz-funk
Mestizaje
Psicodelia
Cabaret folk
Canción brasileña
Rock-vanguardia
Avant-pop
Folk soñado
Canción estratosférica
Arpa, beats y falsete
Música de cine-jazz
Electro-pop
Folk-pop de cámara
Country-rock
Dream pop
Punk-rock épico
Folk
Prog
Africana
Punk
Experimental
Swing
Tropicalia
Folk-rock psicodelia

Primera imagen que te viene a la cabeza: un inuit diciéndote que los esquimales tienen mogollón de palabras para decir nieve. Mentira: sólo tienen una, no son gilipollas.

Segunda imagen que te viene a la cabeza: la destrucción de Babilonia, Yahvé señalando con su dedo justiciero a un Nabucodonosor tan soberbio como para erigir una torre altísima. En justo castigo, humanos sodomitas —bramó Dios—, no sólo hablaréis mil lenguas, sino que diseminaré entre vosotros a la tribu de los rockdeluxitas para que confundan vuestra música con cien millones de etiquetas incomprensibles.

Incluso aceptando la carga irónica y cachonda de muchas de estas etiquetas musicales (aunque muchas otras vayan ciertamente en serio, con talante imperativo y prescriptivo), a cualquier persona normal le repele tanto encasillamiento, tanto matiz, tanta territorialidad, tanta obsesión botánica.

No se clasifica inocentemente. Las taxonomías y los mapas (que no dejan de ser una clasificación en forma de dibujo) se diseñan no sólo para conocer un campo y sus elementos, sino para dominarlos y someterlos. Linneo no se dejó los ojos en sus herbolarios por amor a la naturaleza, sino para que se pudiera explotar mejor y más eficientemente esa naturaleza. La relación que hay entre la tabla periódica y la bomba atómica es mucho más estrecha y directa de lo que se suele suponer.

Ordenar y clasificar es imponer una autoridad sobre lo ordenado y clasificado. Se etiqueta para tiranizar mejor. Los etiquetadores incluso prevén etiquetas para lo que no se deja etiquetar, y dicen que algo es transversal, heterogéneo o bizarro.

Las etiquetas dan seguridad a quien se siente inseguro, crean una ficción de orden en un mundo casi siempre caótico y difícil de comprender. El periódico clasifica y jerarquiza las cosas que suceden, dándole un sentido a lo que probablemente nunca lo tuvo ni lo tendrá. No nos gusta sentirnos perdidos, necesitamos saber qué es qué y quién es quién, que una autoridad nos lo aclare.

Entiendo que Repsol necesite una buena y muy exacta taxonomía geológica para sacar el petróleo allí donde se encuentra (aunque quizá ya no la precise), pero, nosotros, ¿por qué necesitamos taxonomías para vivir? ¿Por qué parcelamos todo, incluidas las personas? ¿Qué ganamos con eso, aparte de negarnos el disfrute del descubrimiento? ¿Por qué preferimos la áspera y pacata timidez del prejuicio al goce extrovertido de quien no sabe etiquetar?

Yo procuro suprimir todas las taxonomías de mi vida. En mi biblioteca sólo hay un criterio de orden: el alfabético. Autores de la a a la z. Todo es literatura, no distingo géneros, países ni épocas. Ni siquiera idiomas.

Luego me llaman ecléctico, inconsistente, chaquetero. Simplemente, detesto las etiquetas y detesto que me etiqueten. Pero, si han de hacerlo, que por lo menos me pongan una etiqueta original y cachonda, como alguna rockdeluxiana. Quiero ser dad’s rock esquivo o punk-rock épico. Algo que necesite al menos tres palabras y un guión, algo que no se reduzca a la contundencia lapidaria de un término, algo que precise de matices y humorismos para expresarse.

Por favor, no me reduzcan a un término. No lo soportaría.

DÍA DEL LIBRO

Por la mañana y por la tarde:

Sólo por la mañana:

Y sólo por la tarde:

MADRID ERA UNA FIESTA O UN ENSAYO SOBRE EL PUDOR

Última entrega de las crónicas de presentaciones de No habrá más enemigo. Además de aburriros un montón con ellas, estoy cumpliendo mi viejo sueño de convertirme en un cronista social de esos que escriben textos con nombres propios en negritas. Yo hubiera sido feliz en el ¡Hola! de 1975, glosando parties de Marbella.

En Madrid no tuve problemas de agenda ni de presentadores ni de nada. La larguísima sombra de Vila-Matas no llegó hasta Malasaña. Me dijeron, eso sí, que Vargas Llosa tenía un sarao a la misma hora que el mío.

—¿Cómo? ¿Qué estaba Vargas Llosa in town y hemos venido a perder nuestro tiempo con un gualdrapa como tú? —se lamentó con razón uno de los letraheridos asistentes.

—Bueno, no te quejes tanto —le contesté—: no tenéis ni padrino ni un fucking tuxedo para asistir a un sarao de Vargas Llosa. De hecho, por no tener, casi no tenéis ni tiempo, así que tampoco vais a perder mucho. Conformaos con alternar con la prole y la hez de la literatura y pedid otra ronda de cañas.

La cita era en Tipos Infames, nombre muy apropiado para nuestra condición, pero quedamos un rato antes en una boîte llamada La Realidad, para empezar a ponernos pedantes y que se conocieran los dos Albertos que me presentaban: De Frutos y Olmos. El primero, amiguete de hace muchos años, redactor-jefe de cierta revista histórica y autor de este libro que comenté en su día. El segundo, el trasunto de Juan Malherido y bien conocido por muchos de los merodeadores de esta leonera.

Aunque lo intenté, no conseguí emborracharme antes del sarao, y eso que empecé a darle al gintonic robusto, a lo Winston Churchill, desde media tarde. Quería que mi voz saliera rota y castigada, canalla en suma, pero sonó igual de ñoña y educadita que siempre.

Abrió fuego Óscar Sipán, el editor, diciendo en público todas las lindezas que en privado me niega.  Noté que quizá yo estaba más intoxicado de alcohol de lo que pensaba, porque me emocioné mucho cuando glosó las razones por las que había apostado por mi novela y cómo Tropo Editores quería que su publicación fuera un motivo de festejo y alegría, una revancha por la putada tan grande que nos había hecho la vida al llevarse a Pablo. «Pablo es también nuestro niño», dijo, y yo pensé que ya no iba a poder decir nada, que la velada se terminaba ahí mismo para mí, que sólo me quedaba salir corriendo.

Sipán, cabroncete, no me podías hacer esto, no podías dilapidar tu verbo y tus refinadas dotes de galán televisivo en hacerme sentir tan querido. Qué puto es el cariño a veces, cuánto nos gustaría ser témpanos, marcar distancias, no decirnos lo que sentimos.

Menos mal que pronto entró Olmos, en plan ametralladora, disparando contra todos los blancos de la novela. Dijo muchas cosas, todas interesantes y con las que, en términos generales, coincido, pero me quedé con una idea: la falta de pudor.

El pudor, lo he escrito alguna vez, es el mayor enemigo de la literatura. Cuando imparto talleres (cada vez menos, me he quitado ya) es una de las primeras cosas que digo a los alumnos: hay que sacudirse el pudor, el miedo a mostrarse. Es un error muy grave y básico pensar que lo que sientes y eres no le interesa a nadie. Muchos letraheridos construyen mundos fantásticos o les da por escribir de países exóticos o de cosas muy serias e importantes, como la reforma laboral o el nazismo. O la Guerra Civil, eso sí que es serio. Escogen temas de primera página de periódico o del Señor de los Anillos porque están convencidos de que así despertarán mejor el interés del lector. Cualquier cosa, menos ellos mismos.

Sin embargo, hasta los escritores de viajes saben que la literatura de ídem dice mucho más del viajero que la escribe que del país que se descubre, y hasta los autores de ciencia-ficción y asimilados más interesantes lo son precisamente porque están hablando de sus obsesiones y de sus miedos. Ni Lovecraft ni Philip K. Dick hablan de otra cosa que no sea de ellos mismos. Por eso nos importan, porque sus relatos les importan a ellos, porque los escriben pensando en sí mismos y no en cómo quedarían en forma de editorial de periódico.

En mi literatura estoy yo. ¿Quién coño va a estar si no? Para eso la firmo. Pero es cierto que el pudor impone unas barreras que hacen imposible una escritura honesta. El pudor enmudece y distorsiona la voz, la imposta y la aplana. La literatura que me interesa es impúdica, los escritores que me emocionan escriben en pelotas, abiertos en canal, exhibiéndose con las vísceras colgando. Yo no he llegado a esos extremos de pornografía emocional, pero siento de forma indudable que mi literatura tiene que ir por ahí, que es el único terreno en el que me siento reconocido y en el que tengo algo que decir que no suene a ya dicho mil millones de veces.

Joder, qué intensos nos pusimos, ¿no? Me tenía que haber emborrachado más, sin duda.

Alberto de Frutos se pasó un montón calificando mi imperfecto librito de obra maestra, aunque lo dijo así como de corrido, pero yo lo oí. Menos mal que también habló de su estructura abierta y proyectada hacia fuera, de su estilo a ratos alucinado. Ese era el objetivo, que tuviera un punto alucinatorio, sin necesidad de ser lisérgico.

Los dos Albertos estuvieron sensacionales, y yo creo que el público la pasó bárbaro, que diría mi presentador en Barcelona, Raúl Argemí. Desde luego, no pillé a nadie bostezando, todos parecían muy contentos.

Y en ese todos me voy a dejar a un montón de gente, pero me siento obligado (porque es de bien nacidos ser agradecido, y yo soy muy educadito) a levantar acta de asistentes. Pueden saltarse el siguiente párrafo si no están aludidos y quieren ir directamente a las copas.

Además de los incondicionales Chela y Dani, para quienes el calificativo de amigos se quedó corto hace mucho tiempo, y de Alberto y Paloma, y de Luisma y Ana, me dio mucho gusto reencontrarme con caras queridísimas a las que el tiempo y la distancia ya casi habían emborronado. Qué enorme Miguel Pérez Alvarado, Miguelón, el poderoso poeta canario, que me trajo su último librito de aforismos, y Julio de la Fuente, que ya es un veterano de Europa Press, uno de esos periodistas que resisten en redacciones cada vez más pequeñas. También fue un gusto ver a Martin Dahms, corresponsal en España del Berliner Zeitung y un tipo inteligentísimo y entrañable que me descubrió a un autor que habló de la banalidad del mal antes de que Arendt se inventara el término. Hablaré de ello otro día. Pero, como el sarao era literario, abundaron los literatos: la encantadora Marta Sanz, el torrencial Federico Guzmán (qué grande eres, güey), el calmo David Pérez Vega, el también sosegado Matías Candeira, los nada sosegados Antonio J. Rodríguez (aka Ibrahím B.) y Luna Miguel y el completamente opuesto a sosegado Daniel Arjona, entre otros nombres que me estoy dejando sin querer pero sin disculpa.

Así empezó una noche que sólo podía terminar mal. No sé quién se empeñó en maridar papas bravas con gintonics mucho más robustos que los que salen en mi novela, y la noche y mis mucosas gástricas fueron degenerando hasta el punto de que mantuve una discusión a tres bandas sobre Rayuela y Cortázar. La conclusión fue: quisimos tanto a Julio, nos gustó tanto Rayuela, nos deslumbró de tal forma, que ahora sólo podemos repudiarla. Rayuela es indefendible, me oí decir, y Eugenia, que es profe y la que más sabía de literatura de todos los pánfilos allí congregados, me dio la razón con énfasis. Y yo, cuando una sabia me da la razón, me crezco.

La cosa acabó muy de madrugada golpeando la puerta de un bar clandestino (que, de forma muy optimista, tenía dos baños, uno para tipos y otro para tipas, a pesar de que en ese antro no entraba una mujer desde 1963). Y no acabamos a hostias porque estamos muy mayores y ya no sabemos ser tan vehementes como a los veintitantos. Recuerdo muy vagamente a Olmos decir mientras buscábamos algo para comer en la Gran Vía a las cuatro y media de la mañana: «Estas son las cosas que recordaremos cuando seamos viejos, hay que aprovechar, que cuando tengamos cincuenta años estas juergas serán patéticas; ahora, todavía son guays» (seguro que no dijo guays, me lo invento: decir guay no es guay).

No sé yo. Guay nos veíamos nosotros, pero no sé qué opinaban las chavalas que hacían cola para entrar en la discoteca del Palacio de la Prensa. No les debían de resultar muy atractivos esos maromos barbados que iban hablando a gritos de literatura (¡literatura!, es como hablar de hachas de sílex o de gramófonos o de colecciones numismáticas). Si fueran sensatas (no lo eran, por eso estaban haciendo cola en una discoteca un miércoles de madrugada), huirían de nosotros. Todo el mundo debería huir de nosotros.

Menos mal que al día siguiente tenía a mano mi alijo de Espidifén (trade mark). Espidifén debería patrocinar la promoción de mi novela, pues sin ibuprofeno no podría seguir con ella.

ESTA SEMANA, EN MADRID…

Todos ustedes serán bienvenidos. Y les recuerdo que Tipos Infames también vende vino, por lo que se abrirán unas botellas para brindar. Les espero.

MAQUIAVELO Y EL ELEFANTE

Qué daño nos hizo Maquiavelo. Qué daño nos hizo Shakespeare. Qué daño nos hizo Expediente X. Qué daño nos hicieron los periodistas que perseguían un Watergate. Entre todos nos han hecho creer que quienes mueven los hilos del poder lo hacen con manos finísimas, que son jugadores de ajedrez de afiladísima inteligencia que citan a Confucio y a Hobbes y tocan el violín mientras conspiran en habitaciones enmoquetadas.

Es un consuelo, ciertamente: ya que nos tenemos que dar por jodidos, siempre es preferible que nos joda alguien más listo que nosotros. Así podemos aducir la imposibilidad de la resistencia, así podemos resignarnos y ser medianamente felices. No podemos luchar contra una inteligencia superior. Por eso se hace muy cuesta arriba descubrir que muchos de quienes nos sojuzgan son sensiblemente más tontos que nosotros. ¿En qué lugar nos deja eso? ¿Cómo hemos llegado a dejarnos dominar por lerdos? Era mucho más cómodo creer en supervillanos megainteligentes del Club Bilderberg.

No pueden ser tan tontos, pensamos. Nos dicen: el rey es un fino estratega, un ambicioso que ha sabido conseguir y mantener la corona gracias a hábiles maniobras y sutilísimos equilibrios. Nos cuesta creerlo, porque la imagen que nos llega es la de un señor que, después de medio siglo dando discursos, no ha llegado a dominar ni los más básicos resortes de la oratoria o de la retórica, que ni siquiera sabe leer en voz alta. Y si se ha revelado incapaz de dominar una tarea tan rudimentaria, parece difícil que sepa desenvolverse con soltura en esferas mucho más complejas.

Pero nos decimos: es fachada, realmente tiene que haber una inteligencia portentosa encerrada en ese cuerpo. Seguro, vaya que sí. Sin embargo, el hombre sigue proyectando una imagen huraña, de habilidades sociales poco desarrolladas, que manda callar groseramente a un jefe de Estado en una conferencia de jefes de ídem y que abronca campechanamente a los periodistas cuando cuentan cosas que no le terminan de hacer gracia. Durante muchos años, hemos creído que su parquedad, su planitud y esa forma de mantenerse siempre en un segundo plano eran síntomas de discreción. Así nos lo han dicho, que todo formaba parte de una estrategia para que la monarquía se consolidara, pero empezamos a sospechar que a lo mejor no decía nada porque no tenía nada que decir.

Desde luego, una persona de inteligencia maquiavélica no se dejaría hacer esta foto.

Y no es el único: el poder, que tan glamouroso nos parecía, se parece mucho más a una partida de guiñote que a una de ajedrez. Observen las caras, modales, palabras y actitudes de tantos y tantos poderosos, de esos que deciden, de los que tienen capacidad para joder una parte sustancial de nuestras vidas. Esos rostros abotargados, esas miradas ovinas, esa notable incapacidad retórica. Fíjense bien en ellos y plantéense si detrás hay algo más o son realmente tan poco inteligentes como aparentan.

Mi teoría es: si se mueve como un pato, hace cuacua como un pato y parece un pato, lo más probable es que sea un pato. Mientras llegamos a esa convicción, consolémonos y sigamos pensando que hay una gran inteligencia escondida en algún lugar de esas cabezas de prócer.

BARCELONA ERA UNA FIESTA O VILA-MATAS, ¿POR QUÉ ME ODIAS?

Montar una presentación no deja de ser más que un trámite inocuo que se resuelve con un par de mails y una llamada de teléfono. No tiene mucho misterio, salvo cuando se complica. Pero hay presentaciones que nacen como yo, gafadas. Generalmente, estas tonterías no se cuentan nunca en foros públicos. Principalmente, porque aburren y no son interesantes, es como si una empresa te detallara su proceso de inventario o cómo empaquetan sus productos. Pero, en Barcelona, se dio tal cúmulo de desastres, que acabaron convirtiendo lo tedioso en divertido.

O en algo parecido a la diversión. Porque estas cosas sólo son divertidas cuando les pasan a los demás.

Paso número uno para montar una presentación: que alguien te presente. En tu ciudad, es fácil. Coges a un amigo, lo emborrachas a conciencia y le ofreces favores sexuales que no le vas a pagar, y ya está resuelto el trámite. Pero, cuando sales de tu pueblo, te tienen que buscar un maestro de ceremonias adecuado, alguien que te introduzca en la buena sociedad literaria del lugar. Mi agente, Ella Sher, me propuso a Álvaro Colomer, a quien yo no conocía personalmente, pero sigo en sus artículos de La Vanguardia. Álvaro recibió el libro, empezó a leerlo, dijo que sí, que me presentaba, y todos tan amigos. Pero la Fnac nos cambió la fecha que nos había dicho al principio, por una serie de pequeños malentendidos, y la nueva fecha no le encajó a Álvaro, que tenía que dar una clase a esas horas de ese día.

Yo: ¿Y no se puede mover el día?

Fnac: Por la gloria de mi madre, que es francesa y trotskysta, que no. ¿Tú sabes cómo está Barcelona de escritores en abril, fill meu? Abril es el mes más cruel, abril es Sant Jordi. En abril, hasta las piedras de Barcelona y hasta los mimos de las Ramblas presentan libros. Imposible, nain, nidecoña, noi del sucre.

Busquemos a alguien, pues. Y lo empiezo a buscar, sin saber lo mucho que iba a sufrir.

Recurro a Martínez de Pisón, Pisón de mi corazón, ¿te apetecería decir unas palabritas sobre mi novelita, ya que tienes la gran ventaja sobre otros de que la has leído y hasta escribiste un blurb para la faja?

Pisón: Me encantaría, pero ese día ya me he comprometido con Vila-Matas, que presenta su novela.

¿Cómo? ¿Qué? ¿Que Vila-Matas presenta en Barcelona a la misma hora que yo? Pues qué bien, haremos eco en la Fnac, no vendrá nadie de nadie.

Fnac: No te apures, que tenéis públicos distintos.

Yo: Sí, claro, su público lo conforman personas con atributos nítidamente humanos y capacidad adquisitiva,y el mío, amigos imaginarios. Son públicos distintos.

En el ínterin, una bella traductora a quien no nombraré porque no quiere protagonismos, alegó timidez extrema y pánico escénico para recharzarme. Llamé también a Rodrigo Fresán:

Fresán: Lo haría encantado, Sergio, pero ese día y a esa hora me he comprometido a presentar la novela de Juan Villoro en Barcelona.

Yo: ¡Villoro! ¿Tú también, hijo mío? Villoro y Vila-Matas. Dos contra uno, mierda para cada uno, que decían en el cole. Ya podréis, abusones, próceres de las letras, contra un joven mindundi como yo. Meteos con los de vuestro tamaño.

Hablo con Jordi Corominas, poeta, crítico y perejil de todas las salsas literarias.

Jordi: No busques más, Sergio, ya tienes presentador. Y luego nos vamos a beber unas cervezas sin a unos cuantos antros.

Yo: Genial, presentador y cicerones de antros en uno. Gracias, Jordi.

Jordi: De nada, tío.

Y así me quedo, tranquilito, hasta que la semana pasada se me ocurre mandarle un mail a Jordi para ver qué tal iba y cómo quedábamos para la presentación.

Jordi: Tío, asesíname, pero, ¿no era en junio?

Yo: No, es este miércoles. Abril, 11 de abril.

Jordi: No, no, no, me dijiste en junio. Mira, aquí está en tu mail: 11 de junio.

Yo: Mierda, es verdad, soy gilipollas, te pasé mal la fecha, qué atontao soy. Es que soy de letras y me lío con los calendarios.

Jordi: Este miércoles no puedo, me he comprometido a presentar a Vila-Matas.

Vila-Matas. Empiezo a escuchar mucho ese apellido compuesto y guionizado.

Yo: Bien, vale, de acuerdo, Jordi, ve en paz, pero lo que me dijiste de los antros sigue en pie, ¿no?

Jordi: Claro que sí.

Corro a escribir a Cristina Fallarás, en tono de súplica, contándole lo que llevo contado hasta aquí, diseminando unas cuantas lágrimas en el mail, como las enamoradas que empapaban el papel de las cartas que enviaban a sus novios en el frente.

Yo: Cristina, por favor, te estaré eternamente agradecido, te lo pido como favor especial.

Cristina: Perdona que me dé la risa, pero es que, hace una hora, me ha escrito Vila-Matas pidiéndome que participe en su presentación.

Yo: Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooo.

Maldito Vila-Matas, otra vez te me has adelantado. Truenos, rayos y centellas, mi archienemigo me la ha vuelto a jurar. Pero, ¿cuántos escritores hacen falta para presentar una novela de Vila-Matas?

Bueno, quizá exagero, qué más quisiera yo que tener archienemigos como Vila-Matas. Mi verdadera archienemiga es una vecina nonagenaria que me espía por la mirilla y huele a pis.

Cristina: Pero tú tranquilo, que esto lo solucionamos rápido. ¿Te va bien Raúl Argemí?

Yo: I tant! La cuestión es si le voy yo bien a Raúl Argemí.

Varios mails después, cuando Raúl utilizó la palabra viejo en vocativo para referirse a mí supe que todo estaba all right. Y con sobresaliente: no sólo tenía salvada la presentación, sino que me presentaba un grande, un lobo gris de la novela negra.

Raúl me hizo el honor de leerse el libro en una sentada, y encima dice que le gustó, que lo disfrutó, y que apreció el personaje de Irigoyen. Yo, he de confesarlo, tenía miedo de lo que un argentino pudiera pensar del Irigoyen de mi novela, pero Argemí, que tuvo la desgracia de padecer la dictadura de Videla, lo dejó claro: «Yo conocí a muchos como él, está perfecto».

Yo: De hecho, está inspirado en un argentino real.

Argemí: Es que los argentinos somos unos hijos de puta.

Argemí no lo es. Ya se lo digo yo (hijo de puta, digo; argentino sí que lo es, incluso medio patagónico, que es una forma esencial y trascendental de ser argentino).

El pequeño cónclave de despistados y amigos que se reunió en la Fnac Triangle disfrutó del humor y de la labia de Argemí. Aquí se nos ve, tan panchos, como si Vila-Matas y Villoro no estuvieran llevándose la gloria en otros foros de la ciudad. El fotógrafo es Mario de los Santos.

Lo importante es que pasamos la noche bebendo muchos zumos de frutas y podría rematar esta especie de crónica patatera con un texto de negritas sobre una velada que se prolongó hasta muy tarde (en argot periodístico, es decir, en argot de oficios perdidos, un texto de negritas es una crónica social en la que se destacan en ídem los nombres de los famosetes y VIP que adornan con su fermosura el sarao que se reseña).

Acabamos en Il Giardinetto, un sitio de una bocacalle de Balmes al que solían acudir los pesados de la gauche divine. Y es verdad que la boîte es muy gauche divine, con una moqueta verde pistacho y camarero con pajarita. Los precios, sin embargo, no eran de 1960. Los tenían actualizados, los muy estetas. Allí pude saludar a Juan Villoro, el pérfido, que estaba emocionado porque acababa de descubrir que su abuelo no era de Barcelona, sino de un pueblo de Zaragoza. Apareció Rodrigo Fresán, que se retiró muy pronto, demostrando mucha inteligencia, y pude alternar con toda la cla de Vila-Matas, salvo con Vila-Matas itself, que se había ido hacía mucho. Mi venganza, por consiguiente, habrá de esperar.

Mientras tanto, me medio vengué brindando con pepsicolas con toda la corte de Vila-Matas. Por allí anduvieron Martínez de Pisón, Cristina Fallarás, la superagente literaria Mónica Martín y Jordi Corominas —que tiene pendiente llevarme a algún antro, porque un sitio que se llama Il Giardinetto no es un antro ni de coña—, entre otra mucha gente. Todos muy formales y bebiendo Bitter Kas y Fanta Limón.

Disfruté muy especialmente con Pablo Bieger, a quien algunos recordaréis de mi libro Soldados en el jardín de la paz, y con Javier Rodrigo, nuestro Javivi, con quien me puse sebaldiano o algo así (qué horror, qué mal me sienta el Trina de Melocotón, lo lamento, Javi, seguro que dije muchas tontadas). Me tomé un agua mineral con Álvaro Colomer, que se escapó después de su compromiso para asomarse a nuestro abrevadero, y conocí a Iván Repila, que ha publicado Una comedia canalla en Libros del Silencio. Iván es de Bilbao y practica el boxeo (un escritor boxeador: el viejo mito medieval de la espada y la pluma, un Jorge Manrique de la era Twitter), por lo que fue toda una temeridad por mi parte darle mi franca opinión (con gritos, aspavientos e imitaciones ofensivas) sobre la música de su admirado Enrique Bunbury. A punto estuvimos de acabar en la calle, como dos estibadores viejunos.

Es decir, que lo que se preveía como desastre, terminó en gran juerga con su epílogo de resaca y lagunas mentales. Como las buenas historias de amor.

La semana que viene toca presentar en Madrid. Dadme unos días para que mi hígado filtre todo el Nestea que trasegué en Barcelona y seguimos donde lo dejamos.

PD.- Al llegar a casa me encuentro con esta reseña en el blog de Maite Uró (pichar aquí para leer). Sirva como colofón a estas líneas de gratitud.