Vuelven Los Suaves. Casi na. No hacía ni dos días que se habían pirado y ya vuelven. Podrían haber esperado un poco más para crear algo de dramatismo, una puesta en escena bien medida… Pero la sutileza nunca ha sido lo suyo. La suavidad sólo la han ejercido en el nombre.
Mi archienemigo Óscar Senar se refirió a ellos en su última columna Ojos de Miope. No voy a entrar a valorar sus toscas alusiones a los heavies de pueblo y al uso folclórico de los pilones en las localidades pequeñas, pero he de reconocer que estuvo chispudico en el artículo.
Los Suaves son más de pueblo que el frontón y el guiñote. No hay fiestas patronales que se precien que no les tengan en cartel. En su defecto, no hay orquesta que no tenga Dolores se llamaba Lola en su repertorio (y, si no la tienen, se arriesgan a que no les dejen acabar la actuación y a que la noche concluya en el socorrido pilón).
Yo, como buen chaval de barrio greñudo y rockerón, era de Los Suaves. Hasta lucía merchandising del gato y todo. Luego crecí y me incomodaron mucho los ripios del Yosi y su impostada intensidad para tarugos, pero no hace mucho he vuelto a ellos. El péndulo de D’Ors, supongo.
Los Suaves son como los padres: les adoras al principio, te dan vergüenza ajena y propia cuando empiezas a olisquear el mundo exterior y, ya en la madurez, les comprendes y les quieres con un amor templado y cómplice, sin aspavientos, pero con intensidad. Hasta le acabas cogiendo cariño a sus tapetes y a su horror vacui decorativo.
He tenido que escuchar mucha música, hacer mucha gimnasia auditiva y andulear por los márgenes del rock para reconocer la grandeza simiesca y primitiva de Yosi y compañía (nota al margen: el verbo andulear se lo he descubierto a Cansinos Assens y, sin su permiso ni el de la RAE, me lo he apropiado: ¿no les parece genial?).
Los Suaves son energía rockera sin adulterar. No vi a Yosi en sus peores tiempos alcohólicos, cuando sus compañeros de grupo le mandaron a la mierda o a Alcóholicos Anónimos, pero no podían ser mucho peores que cuando los veía a mis 18 años: el cantante sacaba una botella de Jack Daniel’s, se bebía a morro la mitad de un solo trago y la tiraba al público, sin que nunca se produjera ninguna contusión cerebral, que yo sepa. Hacia el último tercio del concierto, Yosi ya no tenía voz, se tambaleaba de un lado al otro del escenario con una sonrisa imbécil y baboseante y delegaba en el público la ejecución de unas letras que parecía haber olvidado.
Y aun así, o precisamente por eso, molaban mogollón.
Esos pasotes del Yosi son lo más cercano que he visto en un grupo español de las orgías del rock que nos cuentan las crónicas de la contracultura.
Qué hígado el de ese hombre. Tiene que ser de acero inoxidable.
Quizá por genealogía celta -son gallegos- están directamente emparentados con los grupos working class anglosajones. Tienen la intensidad primitiva y reconcentrada de Thin Lizzy, las humoradas verderonas de AC/DC y la disciplina aporreante de Grand Funk Railroad, aunque, sin duda alguna, la banda a la que más se parecen es Thin Lizzy. Phil Lynott y el Yosi comparten esa pose de poetas proletarios, rudos como camioneros y a la vez frágiles como niños pequeños. Son juguetes rotos, pero no juguetes de niño bien, sino juguetes de golfo callejero: son unos tazos hechos migas o una canica mellada.
Aunque, la verdad, cuando Yosi se pone intenso, seudomoralista y pretendidamente celiniano (el tipo tiene la jeta de titular una canción literalmente Viajando al fin de la noche, hay que echarle huevos), me sigue sonrojando. Esas letras suenan a poesías cursis de quinceañera enamorada y no correspondida -pero cantadas o recitadas por una voz ronquísima de asaltador de caminos-. A mí me gustan las canciones que gustan en la verbena, las que hablan de beber, de follar y de rock en la plaza del pueblo.
Fíjense: he tenido que leer a Foucault y a Kafka, ver a Kieslowski y a Godard y escuchar a Mahler para descubrir que soy un tío simple que goza con canciones que dicen:
Al día siguiente lo tenía irritado,
ay, qué horror, estaba todo colorado.
O:
Es fin de semana y queremos acción.
La noche se estremece con el rock and roll.
Qué camino más largo para darme cuenta de que soy más simple que un botijo. Pero feliz, eso sí.
Ah, me olvidaba, el título de la entrada es por esto:










