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COCHES APARCADOS

Exposición de coches de ocasión en Santa Cruz, California.

Vivo en una calle pequeña y poco transitada del centro de la ciudad. Una calle con aceras amputadas. Una de esas calles en las que la autoridad local ha logrado deshacerse de la molesta presencia humana y, haciendo realidad un febril sueño compartido por munícipes y fabricantes de vehículos a motor, se convirtió hace años en un parking para oficinistas y periféricos visitantes de bajo-un-momento-al-centro-a-hacer-un-recado-y-vuelvo.

Cuando regreso a casa a las diez de la noche -una de mis horas más normales de volver a casa-, mientras camino de lado por una acera anoréxica que es la deshonra de las aceras, me encuentro a mucha gente metida en coches aparcados. A oscuras. Con el abrigo puesto y, a veces, hasta guantes.

Algunos trajinan con sus móviles o con sus sifones.

Algunos leen periódicos atrasados.

Algunos trastean con lo que parecen papeles de trabajo.

Pero los más no hacen nada. Sólo están. Recostados en el asiento del conductor, mirando la nada o con los ojos cerrados, quizá durmiendo o intentando dormir.

¿Qué hacen en sus coches? ¿Por qué no arrancan y se marchan al periférico y alienígena barrio del que proceden? ¿Por qué no están colapsando las rondas de circunvalación de la ciudad o buscando las luces del peaje de una autopista?

Han terminado su jornada laboral y hacen tiempo para no llegar a casa. Sospecho -o mejor, imagino, que es más divertido- que no les aguarda nada bueno en ella. Quizá confían en que sus parejas se harten de esperarlos y se vayan a la cama. O en que se acuesten esos críos preguntones a los que no quieren ver.

Quizá ese rato de soledad en el coche, aparcado en una calle poco transitada del centro de la ciudad, casi a oscuras, con el sonido de la radio muy bajito de fondo, es el único momento de paz de su día.

Dicen que el placer no es más que la ausencia del dolor, así que la felicidad ha de ser la ausencia de desgracias. Ese momento estará libre de ambas cosas: ni tareas denigrantes de un trabajo odiado ni discusiones cansinas con una pareja a la que nunca quisieron. Sólo ellos, sentados en su coche, en paz.

Yo les animaría a que arrancaran y echaran a correr muy lejos, fuera del alcance de todo lo que les empuja a esconderse en ese limbo. Pero quién soy yo para decirles eso. ¿Con qué autoridad les podría dar consejos yo, que vivo ajeno a sus angustias y me encamino al calor de mi casa, a la sonrisa de un hijo al que idolatro y al beso de una mujer a la que amo y que me ama y con la que deseo estar?

Si no siento la pulsión de pasar un tiempo muerto encerrado en mi coche, fuera del alcance del mundo, no puedo ayudarles.

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A partir de ahora, con vuestro permiso, iré colando fotitos de viajes de mi colección particular que vayan bien con el tema del que escriba. Si no indico lo contrario, yo soy siempre el autor de los disparos.

GRAN VÍA (1)

Como los principales medios de comunicación segregan sus fluidos desde Madrid, y dado que los periodistas: a) son (somos) muy vagos y no les gusta irse muy lejos a buscar sus historias, y b) los medios están a dos velas por la caída de la publicidad y ya no pagan a los redactores ni un triste taxi, por lo que priman la cercanía y lo que esté a un par de manzanas, nos van a dar mucho la matraca con el centenario de la Gran Vía. Aunque sea un centenario más farso que la farsa monea -porque, pese a que efectivamente empezó a construirse en 1910, no se terminó hasta bien entrados los años 20- y aunque, para aquellas fechas, la mayoría de las ciudades españolas importantes ya tuvieran su “gran vía” o su equivalente más o menos logrado. Zaragoza incluida, que a pesar de que tiene una Gran Vía nominal en el callejero, el que realmente ejerce como tal es el Paseo de la Independencia.

Alfonso XIII inaugura las obras de la futura Gran Vía. Un ritual viejuno con instituciones medievales para dar paso al mundo moderno del siglo XX.

No me molestan mucho las mistificaciones. Al fin y al cabo, toda efeméride es interesada y pretende demostrar algo (y Gallardón y sus alardes olímpicos y cosmopolitas de corto vuelo seguro que tienen mucho que ver con este aniversario, llámenme suspicaz). Pero también puede servir como excusa para divagar sobre las cosas que nos importan o nos gustan. Como si necesitáramos excusas para eso, claro.

Para mí, la Gran Vía representa tanto el fracaso de una generación que quería transformar el mundo como el triunfo de quienes no se doblegan ante los planes frustrados y saben jugar y vivir con el paisaje que les ha sido legado. La Gran Vía está íntimamente ligada a lo que en los libros de texto se ha llamado la Generación del 27 o la Edad de Plata de la cultura española. La Gran Vía es república, es burguesía ilustrada, es americanismo, es Poeta en Nueva York y es Ortega y Gasset. Pero con lo bueno y con lo malo de todo ello: en la Gran Vía está también el cadáver del autor de Poeta en Nueva York -y no en un barranco andaluz-, pisoteado por sus verdugos, que paseaban trajeados y con la cartera llena cuando aquello se llamaba Avenida de José Antonio, y en la Gran Vía se consumió miserablemente, como el calor de un brasero, el genio otrora brillante y declamatario de los Ortega y compañía. Se apagó en el mismo sitio en el que  prendió su luz.

La Gran Vía es el proyecto haussmanniano definitivo de Madrid, en el que se emperró a lo bestia Alfonso XIII. Durante todo el siglo XIX, muchos urbanistas, arquitectos, munícipes megalómanos y reyes supuestamente alcoholizados soñaron con hacer de Madrid un París de grandes bulevares (el primer gran proyecto viene de los franceses, del reinado de José I). Paro Madrid siguió siendo una cloaca de callejas, con casas de vecinos baratas y apelotonadas entre conventillos y monasterios ruinosos donde nunca daba el sol y donde siempre olía a vinazo seco y a cocido. El Estado español fue tan débil y corrupto que no encontró los duros necesarios para sanear la capital -o prefirió repartirlos entre sus caciques-. Hubo proyectos aislados más o menos ambiciosos aquí y allá -la Ciudad Lineal de Arturo Soria, Argüelles, la Castellana y el barrio de Salamanca o la planificación urbana de la Plaza de Oriente y su entorno- que se quedaron en pequeños islotes sin continuidad en el resto de la ciudad.

Antonio López y su Gran Vía soñada y desierta.

Mientras tanto, el resto de ciudades europeas -y españolas: Barcelona, Sevilla, San Sebastián…- fueron haussmannizándose a lo largo del siglo XIX, siguiendo la moda de París, pero Madrid, pese a los nuevos ensanches que se erigían para la poderosa burguesía, se iba quedando chata, demodé. Para cuando -Alfonso XIII mediante- se encontró el parné para empezar el tan ansiado bulevar, la moda haussmanniana empezaba a estar anticuada. Y para cuando se terminó, ya con la República en ciernes, la Gran Vía se había quedado pequeña. Nació muerta, desfasada para una ciudad que crecía a otro ritmo y reclamaba otras soluciones para su plano caótico de poblachón manchego, torturado por el capricho de muchos reyes despóticos y apelotonado por el aluvión de los inmigrantes mesetarios que llegaban por goteo. En un par de décadas, cuando las calles se fueron colapsanado con los coches, la avenida se quedó ya completamente obsoleta.

Pero ahí se mantuvo, y aunque sólo cumplió a medias la función de saneamiento y de ordenación del tráfico que sus diseñadores le asignaron, ha acabado convertida en el corazón sentimental de Madrid, desplazando incluso -quién lo iba a decir- a la Puerta del Sol. La Gran Vía, contra lo que pensaron sus padres, creció en las aceras: han sido los peatones, y no los coches, los que le han dado cáracter y fuerza. Por eso vive hoy, no como vía rápida -está casi siempre embotellada-, sino como paseo-escaparate, como lugar de encuentro y cruce, como foro y ágora.

Y eso que para mí, y creo que para mucha más gente, la Gran Vía sólo existe entre la Red San Luis y la plaza de Callao. O entre la Telefónica y el Capitol, si lo prefieren. Lo demás son sobrantes y anexos, canales que te llevan hasta Alcalá o hasta la plaza de España, pero que no son realmente la Gran Vía.

Para mí, la Gran Vía era un río que había que vadear. Mis paseos iban de norte a sur y de sur a norte: de Chamberí (de la República Independiente de Chamberí, como proclamaban en un bar de Bravo Murillo, ¿te acuerdas, Dani?) a Lavapiés y Embajadores, y viceversa. Si acaso, podía hacer una parada en el desaparecido Madrid Rock para comprar un par de saldos, o en La Casa del Libro si andaba buscando algo concreto (pues para curiosear siempre he preferido otras librerías), pero la Gran Vía en sí no me ha seducido nunca. Siempre he preferido perderme por las callejas laterales, las que sobrevivieron a la piqueta modernizante y se conservan hasta hoy umbrías, hamponas, prostibularias y marginales (en mi cuento Calle Velarde, incluido en Malas influencias, los personajes cruzan y descruzan la Gran Vía varias veces en sus paseos, pero nunca la recorren: es, obviamente, un itinerario deliberado). Como la calle Desengaño, donde vivió José Martí -después de pasar por Zaragoza- y donde -no hay que descuidar lo chabacano- transcurre la acción de Aquí no hay quien viva. Ahora tengo a unos amigos que viven en uno de esos fósiles del callejero de Madrid. Se han mudado hace poco, y en cuanto Pablo me deje, me gustaría ver su casa.

Schweppes en Callao: un icono generacional -satánico y de Carabanchel- para los que tenemos entre 25 y 35 tacos.

Otro rato hablaré de la Gran Vía que sí que me seduce: la histórica, la que dibujó a lo grande los sueños de una generación que creía poder hacer realidad el viejo Deus ex machina del teatro clásico. La Gran Vía de los escritores, de los periodistas, de los guerrilleros urbanos, de los francotiradores, de los comisarios del pueblo, de los espías, de Ernest Hemingway y de los estraperlistas que invitaban a sus putas a champán donde Chicote. La Gran Vía que mola de verdad y que tan poco tiene que ver con la del H&M y el McDonald’s de ahora.