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CORREOS

Entro en Correos, y los chicos que que van delante de mí están enviando un paquete a Shanghai.

Yo llevo uno para Buenos Aires.

Para que luego digan que somos un muermo provinciano sin interés por el mundo exterior.

Por cierto, facturar el paquetito -muy liviano, de verdad- al otro lado del charco y del ecuador por correo ordinario me cuesta 10 euracos. Por un poco más, casi se lo llevo en persona.

Hace un tiempo me dio por vender algunos vinilos por e-Bay, y un japonés me compró tres o cuatro de Obús. Eran espantosos, pero hoy me arrepiento un poco de haberlos vendido. Me hacían gracia. En cualquier caso, los despaché en un timo en toda regla: a mí me costaron 500 pesetas o así en su día, y el pobre japonés pagó casi cien euros por cada uno.

Me sentí un poco mala persona, pero el chico estaba tan entusiasmado con tener los vinilos de Obús que me callé como una meretriz diplomada de Ho Chi Minh City. En Correos, el funcionario me dijo que con esas señas lo más normal sería que devolviesen el paquete. Yo recé una plegaria a San Bakunin por que no ocurriera, pues ya me había fundido la pasta del japonés en vicios varios y me sería muy doloroso restituirla.

El japonés me escribió casi todos los días interesándose por sus discos -en inglés, claro; de español, ni papa- hasta que, unos 20 días después, le llegaron al fin y terminó nuestra monocorde relación epistolar.

Ese día me quité del eBay. Ahora, por correo sólo mando regalos, no vendo nada.

INSANIA

Muy poco apreciados convecinos:

Como ciudadano que recorre la ciudad empujando un carro donde bracea y dormita un bebé, y en un esfuerzo por evitar que acabe convirtiéndome en un asesino en serie o en un ser peligroso e incapaz de reinsertarse en la sociedad, les agradecería lo siguiente:

  • No aparquen en los pasos de peatones ni en las esquinas donde el ayuntamiento ha señalizado claramente un rebaje en la acera. Los notarán porque las baldosas son de otro color.
  • No aceleren sus vehículos cuando me vean cruzar por un paso de peatones, obligándome a correr con el niño.
  • Si ustedes van caminando por un cruce y el rebaje de la acera es estrecho, les agradecería enormemente que me cedieran el paso para no obligarme a bajar el escalón. Si hacen un esfuerzo, me verán venir. El carro y yo somos voluminosos: si siguen avanzando de frente sin apartarse ni dar muestras de habernos visto, con grave riesgo de colisión, es que tienen un problema en los ojos. Acudan a un oftalmólogo.
  • Si tienen perro y éste deposiciona en la acera, por favor, llévense las heces con usted, a las ruedas de mi carro no le sirven.
  • En los ascensores públicos, si sienten la necesidad de toser, les ruego encarecidamente que lo hagan tapándose la boca y apartando la cara de la cara de mi hijo. Lo mismo vale para estornudos, esputos y el resto de secreciones corporales.
  • Si por casualidad obstruyo el paso con el carro y no me doy cuenta, por su propia seguridad, utilicen sus habilidades verbales y pídanme que me aparte. En ningún caso cojan el carro donde va mi chaval y lo muevan, pues corren el riesgo de que su padre, alertado por la marcha imprevista de su retoño, les tome por un miembro de la conferencia episcopal aficionado a llevarse menores a la sacristía y les parta la cara sin pensárselo dos veces.
  • Si usted pertenece al numerosísimo colectivo de la Tercera Edad, por favor, absténgase de darme palique mientras espero en los semáforos: no se empeñe, su nieto no es más guapo que mi hijo. Y si lo es, no quiero saberlo, guárdese esa información.

Gracias a todos.

PIJOS DE LA MAGDALENA

Mi querida Isabel Cebrián ha escrito un reportaje titulado La Magdalena, expediente X (se puede leer aquí), sobre el presente y los probables e inciertos futuros de ese barrio zaragozano. Para quienes no lo conozcan, es un entramado castizo dominado por la torre mudéjar de la Magdalena, que le da nombre y sobrenombre (la veleta de la torre justifica el apelativo popular de la zona, bastante en desuso: el Gallo). A caballo entre lo marginal y lo pijo-fashion, y entre la modernidad y la solera, es uno de los rincones más interesantes y apetecibles de la ciudad, y quizá la única zona con posibilidades de catarsis artistera y de creación de ese tejido comercial y cultureta que Zaragoza lleva pidiendo -y sufriendo de forma embrionaria- tantos años.

Yo viví un año en la Magdalena, y me mudaría allí mañana mismo si encontráramos un sitio asequible y cómodo para Pablo.

Cuando vivía en el barrio, una vez me tocó entrevistar en un café a un viejo sindicalista barbudo y orondo. La conversación se relajó y empezamos a hablar de los jóvenes y su imposibilidad de agenciarse un piso (mantras sindicales, vaya), y yo debí de soltarle algunos de mis lamentos sobre la apestosa expansión periférica de las ciudades y la deshumanización y degradación de sus calles viejas y paseables. En estas, el tipo me preguntó, con suspicacia:

-Por ejemplo, ¿tú dónde vives?

-En la Magdalena.

El sindicalista barbudo le dio un sorbo a su caña de cerveza sin dejar de mirarme, sonriendo burlonamente con los ojos:

-Ya, un pijo de la Magdalena. Pero la gente normal no puede permitirse vivir como vives tú.

¿La gente normal?

Qué tío más imbécil. Estuve por largarme o por decirle cuatro cosas que habrían arruinado la entrevista anterior. Al fin y al cabo, yo sabía que ese sindicalista normal habitaba con holgura un chalet de dos plantas con bodega y pequeño jardín en un barrio de las afueras.

Un pijo de la Magdalena, tócate los ugetés y las comisiones, me fui refunfuñando para mí.

¿Para qué explicarle que por aquel entonces yo ganaba dos duros mal contados, que siempre andaba pelado y que compartía piso con una chica en una calleja oscura en un piso amueblado con préstamos y algunos muebles rescatados de las aceras? ¿Para qué explicarle que si invitaba a unos amigos a cenar no tenía sillas para todos y algunos se tenían que traer la suya? ¿Para qué explicarle que en mi piso te asabas de calor en verano y te congelabas en invierno y que no había posibilidad alguna de ponerle remedio sin dilapidar un dinero que no teníamos? ¿Para qué explicarle que para mí vivir en la Magdalena era una elección gozosa y consciente, casi una cuestión de militancia, y que el simple hecho de vivir en el barrio compensaba las mil y una putadas cotidianas?

Que tipos que viven a kilómetros del centro, que los findes colapsan sus calles con sus enormes cochazos -porque no saben salir a comprar el periódico sin sacar el auto- y que contribuyen con su modo de vida a la proliferación de megacentros comerciales, me miraran con suficiencia y desprecio, llamándome pijo -ellos, que por lo visto representan a la vanguardia proletaria-, me tocó mucho la moral.

Pero nada, por lo visto, vivir en el centro -por elección, gusto y posibilidad, claro está, como seguimos haciendo ahora, aunque algo alejados de la Magdalena-, en la ciudad viva, la que nos gusta patear y sentir, es de pijos ególatras. Lo solidario es agenciarse un adosado en la urbnanización A Por Uvas y montar barbacoas en el jardín los domingos.

Pues nada, que lo disfruten.

PS lúdico.- Mi día perfecto en la Magdalena y aledaños, se viva o no en el barrio: visita a una exposición en el Centro de Historia -que, pese a su nombre, es una especie de Centro de Cultura Contemporánea-, vermú con sifón y salmuera en Casa Paricio, comida (cus-cus, por supuesto) en el Al Kareni y té moruno con menta en Sherezade. Interludio para siesta o copa (en la terraza de la Urbana, si hace bueno). Por la tarde-noche, tapeo y cena en el Estudios, con sus patés, sus curados, sus quesos y sus vinos tanínicos y marrulleros. Si el estómago no está para esas alegrías, algo vegetariano en la Birosta. Por la noche, lo que salga: copa tranquila -en verano, en la terraza del parque Bruil- y remate, si el cuerpo y los ojos enrojecidos aguantan, en El Refugio del Crápula. No sé si el Linares sigue abierto: de ser así, probablemente sea el sitio más extraño y protolisérgico para terminar una velada, con esa vieja Jukebox de la que salen boleros y canciones de Nino Bravo. ¿Alguien se apunta a este plan? Pues apúrense, que yo empiezo a hacerme viejo para estos trotes.