Mi querida Isabel Cebrián ha escrito un reportaje titulado La Magdalena, expediente X (se puede leer aquí), sobre el presente y los probables e inciertos futuros de ese barrio zaragozano. Para quienes no lo conozcan, es un entramado castizo dominado por la torre mudéjar de la Magdalena, que le da nombre y sobrenombre (la veleta de la torre justifica el apelativo popular de la zona, bastante en desuso: el Gallo). A caballo entre lo marginal y lo pijo-fashion, y entre la modernidad y la solera, es uno de los rincones más interesantes y apetecibles de la ciudad, y quizá la única zona con posibilidades de catarsis artistera y de creación de ese tejido comercial y cultureta que Zaragoza lleva pidiendo -y sufriendo de forma embrionaria- tantos años.
Yo viví un año en la Magdalena, y me mudaría allí mañana mismo si encontráramos un sitio asequible y cómodo para Pablo.
Cuando vivía en el barrio, una vez me tocó entrevistar en un café a un viejo sindicalista barbudo y orondo. La conversación se relajó y empezamos a hablar de los jóvenes y su imposibilidad de agenciarse un piso (mantras sindicales, vaya), y yo debí de soltarle algunos de mis lamentos sobre la apestosa expansión periférica de las ciudades y la deshumanización y degradación de sus calles viejas y paseables. En estas, el tipo me preguntó, con suspicacia:
-Por ejemplo, ¿tú dónde vives?
-En la Magdalena.
El sindicalista barbudo le dio un sorbo a su caña de cerveza sin dejar de mirarme, sonriendo burlonamente con los ojos:
-Ya, un pijo de la Magdalena. Pero la gente normal no puede permitirse vivir como vives tú.
¿La gente normal?
Qué tío más imbécil. Estuve por largarme o por decirle cuatro cosas que habrían arruinado la entrevista anterior. Al fin y al cabo, yo sabía que ese sindicalista normal habitaba con holgura un chalet de dos plantas con bodega y pequeño jardín en un barrio de las afueras.
Un pijo de la Magdalena, tócate los ugetés y las comisiones, me fui refunfuñando para mí.
¿Para qué explicarle que por aquel entonces yo ganaba dos duros mal contados, que siempre andaba pelado y que compartía piso con una chica en una calleja oscura en un piso amueblado con préstamos y algunos muebles rescatados de las aceras? ¿Para qué explicarle que si invitaba a unos amigos a cenar no tenía sillas para todos y algunos se tenían que traer la suya? ¿Para qué explicarle que en mi piso te asabas de calor en verano y te congelabas en invierno y que no había posibilidad alguna de ponerle remedio sin dilapidar un dinero que no teníamos? ¿Para qué explicarle que para mí vivir en la Magdalena era una elección gozosa y consciente, casi una cuestión de militancia, y que el simple hecho de vivir en el barrio compensaba las mil y una putadas cotidianas?
Que tipos que viven a kilómetros del centro, que los findes colapsan sus calles con sus enormes cochazos -porque no saben salir a comprar el periódico sin sacar el auto- y que contribuyen con su modo de vida a la proliferación de megacentros comerciales, me miraran con suficiencia y desprecio, llamándome pijo -ellos, que por lo visto representan a la vanguardia proletaria-, me tocó mucho la moral.
Pero nada, por lo visto, vivir en el centro -por elección, gusto y posibilidad, claro está, como seguimos haciendo ahora, aunque algo alejados de la Magdalena-, en la ciudad viva, la que nos gusta patear y sentir, es de pijos ególatras. Lo solidario es agenciarse un adosado en la urbnanización A Por Uvas y montar barbacoas en el jardín los domingos.
Pues nada, que lo disfruten.
PS lúdico.- Mi día perfecto en la Magdalena y aledaños, se viva o no en el barrio: visita a una exposición en el Centro de Historia -que, pese a su nombre, es una especie de Centro de Cultura Contemporánea-, vermú con sifón y salmuera en Casa Paricio, comida (cus-cus, por supuesto) en el Al Kareni y té moruno con menta en Sherezade. Interludio para siesta o copa (en la terraza de la Urbana, si hace bueno). Por la tarde-noche, tapeo y cena en el Estudios, con sus patés, sus curados, sus quesos y sus vinos tanínicos y marrulleros. Si el estómago no está para esas alegrías, algo vegetariano en la Birosta. Por la noche, lo que salga: copa tranquila -en verano, en la terraza del parque Bruil- y remate, si el cuerpo y los ojos enrojecidos aguantan, en El Refugio del Crápula. No sé si el Linares sigue abierto: de ser así, probablemente sea el sitio más extraño y protolisérgico para terminar una velada, con esa vieja Jukebox de la que salen boleros y canciones de Nino Bravo. ¿Alguien se apunta a este plan? Pues apúrense, que yo empiezo a hacerme viejo para estos trotes.