Johnny Cash siempre recordaba que el country era una música ligada a una tierra y a un modo de vida que, en sus años adultos, ya había desaparecido. Pervivía la música, pero desligada de sus sustrato, absolutamente urbanizada. “Me pregunto cuántas de esas personas [de los músicos de country de las generaciones más jóvenes] alguna vez cargaron un saco de algodón”, decía sin acritud ni lamento.
Para Cash, su música estaba íntimamente unida a las praderas del centro de Estados Unidos, a las plantaciones, a las granjas de madera, a los graneros rojos, al olor del maíz recién segado y al aleteo de las faldas de las chicas que salen de la sunday school. Más que una unión íntima era una emanación de la propia tierra. Como cualquier otra forma de folklore. Pero después llegaron Bob Dylan y otros urbanitas de la maldita Nueva York, enchufaron aquellos sonidos a la corriente eléctrica del rock and roll y crearon una música popular americana trasplantada y universal que, gracias a los poderes del mercado, podía cultivarse y disfrutarse en cualquier lugar.
El otro día estuve viendo a Giant Sands en un concierto de versiones de Johnny Cash, tocando las canciones del disco Live At San Quentin. A la mañana siguiente, charlando con un amigo poeta -esos tíos vagos que son incapaces de llenar un renglón y que gastan veinte hojas para decir cuatro frases-, le comenté que mis ojeras, mi resaca y mi leve afonía se debían a ese concierto, mi primera pequeña juerga desde que soy padre.
-¿Qué tocaban?
Se lo expliqué, soltándole un poco de rollo (los prosistas no somos crípticos: llenamos las hojas y las conversaciones con frases largas), y culminé diciéndole que a mí me gusta mucho la música de raíces americana, y que desde hace unos años es la que más escucho. Él esbozó una media sonrisa de suficiencia y me replicó, en tono de sarcasmo chungo:
-Claro, te recordará tu infancia en Oklahoma, ¿no?
Evidentemente, el poeta me estaba llamando gilipollas sin ningún tipo de miramiento. Porque, a mi alienación cultural -enamorándome insensatamente de una música que no tiene nada que ver con mi patria o mi bandera- he unido el espantoso pecado de confesar mi yankifilia, y eso es un agravante que me condena sin remedio. Estoy perdido para la inteligencia: soy un tipo vendido al sucio imperio. Un gilipollas que tiene el cerebro esponjado por el mal de las vacas locas de tanto zampar hamburguesas caducadas.
Si por lo menos me gustara la chanson francesa…
Para mí resulta evidente por qué siento una comunión tan fuerte con cierta música popular estadounidense y, en cambio, la jota, el chicotén y la zarzuela me suenan a jeroglíficos venusianos. Y no me siento culpable por ello. Tengo la sensibilidad encallecida y en la música no busco el latido de la tierra que la ha parido, como buscaría un folclorista o un buen melómano aficionado al folclore. En la música busco mi propio latido, y como soy un tipo crecido en un entorno urbano europeo de finales del siglo XX, mi latido está mucho más cerca del Greenwich Village o de Sunset Boulevard que de la Cetina y su contradanza o que del de Huesca y sus paloteaus.
Habrá quien quiera rebelarse contra lo que no deja de ser una invasión de la cultura imperialista, y me parece estupendo. Yo prefiero explorar a unos invasores que no percibo como tales. Unos invasores que me han educado sentimentalmente y con los que siento algo más que una afinidad espiritual.
Cuando el rock cogió esa música de la tierra y la transformó en una experiencia urbana, sus sonidos dejaron de pertenecer a una tierra y a una gente. Y eso es lo fantástico de la música: que es una expresión tan primigenia y tan feroz, y al mismo tiempo tan sutil y sofisticada, que puede alcanzar la universalidad desde el terruño más infecto y aislado. El concierto de Giant Sands fue una muestra estupenda de esto. Un fogonazo de raíces desarraigadas.
No sé porqué, este fin de semana me ha dado por escuchar el Desire de Dylan, y pongo varias veces la canción Oh, Sister (que dicen que compuso a pachas con Joan Baez cuando estaban enrollados, pero eso forma parte de su leyenda negra). Con ella me desquito de la rudeza polvorienta y carcelaria de Johnny Cash. Fijaos qué maravilla de canción. Empieza:
Oh, sister, when I come to knock on your door,
You should not treat me like a stranger.
Our father will not like the way that you act,
And you must realize the danger.
Es decir, muy más o menos:
Oh, tatica, cuando llame a tu puerta
no debieras tratarme como a un extraño.
A nuestro papá no le gustará el modo en el que te comportas,
y tienes que darte cuenta del peligro.
¿Peligro? ¿Llamar a la puerta? ¿Padre? Mmm, la cosa promete. Sigue así:
Oh, sister, am I not a brother to you
And one deserving of affection?
And is our purpose not the same on this earth
To love and follow his direction?
Subtítulos:
Oh, tatica, ¿acaso no soy un hermano para ti
y alguien que merece tu cariño?
¿Y acaso no es nuestro propósito en esta tierra el mismo,
amar y seguir su dictado?
Uy, espérate, que esto parece ya un rollo místico a lo San Juan de la Cruz. ¿En qué quedamos? ¿Quiere cepillarse a su hermana o meterla en un convento?
¿O ambas cosas?
A ver, Bob, acláranoslo:
We grew up together from the cradle to the grave.
We died and were reborn and then mysteriously saved.
Esto es:
Crecimos juntos desde la cuna hasta la tumba.
La diñamos y hemos renacido y ahora estamos misteriosamente salvados.
O sea, que la cosa se complica más. No sólo son hermanos seudomísticos, sino que también son zombis.
Más, y con esto se acaba:
Oh, sister, when I come to knock on your door,
Don’t turn away, you’ll create sorrow.
Time is an ocean, but it ends at the shore.
You may not see me tomorrow.
Lo que vendría siendo:
Oh, tatica, cuando llame a tu puerta,
no te alejes, que causarás dolor.
El tiempo es un océano, pero acaba en la costa.
No debes verme mañana.
Cierre críptico de nuevo. Parece que sí, que finalmente quiere colarse en el cuarto de su hermana para practicar amor fraterno, pero who knows…
Me gusta mucho la ambigüedad de esta canción, claramente inspirada en la poesía mística española y, según algunas fuentes más o menos autorizadas, en el Cantar de los cantares. Ya sabéis lo que le gusta el rollo religioso a Dylan, pero, más allá de eso, es verdad que el misticismo católico suena tremenda y deliberadamente erótico y permite jugar con mil y una sutilezas.
Porque, al fin y al cabo, ¿qué puede haber más divino que un incesto entre hermanos que se quieren? Un incesto sin abuso, sin dominio, sin sometimiento de nadie a nadie.
Ese morimos y hemos renacido es toda una declaración de amor. Para los franceses, el orgasmo es la petit mort, y todos sabemos que Eros y Tanathos son muchas veces lo mismo, y que uno lleva al otro con relativa facilidad.
Pero, claro, todas estas lecturas son sofismas míos, porque es evidente que Bob Dylan, como embajador de la cultura imperialista que aliena mi hueca cabezota, no puede alcanzar tales grados de sutileza y belleza. Y no digamos ya Johnny Cash, que es casi un marine con guitarra. Al parecer, la belleza y el arte son solo patrimonio de los vates del Parnaso europeo.





