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EL HIPERHUEVO

Ha sido un gusto pasear con Pablo por el centro de una Gran Vía de Madrid extrañamente peatonal. Una sensación rara.

Hemos estado presentando al retoño a la gente de Madrid que no había sido cubierta aún por sus babas y han resultado unos días estimulantes y maravillosos, de reencuentro con un puñado de amigos a los que veo muchísimo menos de lo conveniente, pero con los que siempre me siento como si hubiera estado con ellos la noche anterior. Supongo que tener unas amistades así justifican una vida. Al menos, para mí.

Gracias a Graciela, a Dani, a Ivo (y a Mónica), a Ángel, a Alberto, a Tere, a Paloma (y a Antonio). Gracias por unos días agotadores y espléndidos de los que, para mi desgracia, no me llevo ni una puta foto. Pero, sobre todo, y por encima de todo, gracias a Ivo y a su historia del Hiperhuevo.

Ahora no, que no tengo fuerzas, pero recuérdenme que mañana les cuente la historia del Hiperhuevo. No la relataré ni la cuarta parte de bien que Ivo, que es probablemente el tío más gracioso que he conocido en toda mi vida -y creo tener el listón un poco más alto de lo normal para estas cuestiones, gracias a la gente extremadamente divertida que he conocido en los días de mi mocedad-, pero lo intentaré.

Adoramos al Hiperhuevo.

Gracias, amiguetes.

GRAN VÍA (y 2)

Al margen de bancos y de cines, de cafés y de limpiabotas, de pistas de autos de choque subterráneas y de relojerías suizas, hay dos edificios de la Gran Vía que creo que han sido y son muy importantes para la cultura española y que todavía se mantienen vivos hoy casi enfrente uno del otro, con historias entrelazadas.

Uno está en el número 29. Hoy es La Casa del Libro, y durante la guerra fue la sede del órgano de propaganda republicana -cuyas oficinas de censura de prensa extranjera, dirigidas por Arturo Barea, estaban un poquito más abajo, en el edificio de la Telefónica-.

Así era la actual Casa del Libro durante la guerra civil.

En ese edificio tuvo su sede la Compañía Anónima de Librería y Publicaciones Españolas (Calpe), que en 1925 se fusionó con Espasa para crear la famosa Espasa-Calpe. El sello fue un proyecto del empresario vasco Nicolás María de Urgoiti, que nombró a José Ortega y Gasset director editorial. En ese edificio se diseñaron y fabricaron dos pilares fundamentales de la cultura española del siglo XX: la Enciclopedia Espasa y la colección Austral, la que inauguró el formato bolsillo en este país y popularizó los grandes títulos de la literatura en español al venderlos a precios muy reducidos.

Y así es ahora.

Pero, además, en ese mismo edificio tuvo su redacción una de las cabeceras más importantes e influyentes de la historia del periodismo español: El Sol. Fundado y financiado también por Urgoiti y compartiendo filosofía con Espasa-Calpe, se propuso hacer un periodismo elitista y de altos vuelos intelectuales, con la firma de Ortega y Gasset como principal reclamo -y la de Ramón J. Sender en nómina durante un tiempo-. No publicaba pasatiempos, ni sucesos, ni crónicas taurinas, y era el único diario de Madrid que mantenía y daba coba a una red de corresponsales en todas las provincias, dedicando amplio espacio a lo que pasaba en el conjunto del país.

En esa redacción, Ortega y Gasset escribió un artículo -publicado el 15 de noviembre de 1930- titulado El error Berenguer, en el que atacaba con mucha dureza al gobierno que sucedió al dictador Miguel Primo de Rivera tras su muerte y, sin cortarse un pelo, arremetía contra el rey que lo hacía posible. El texto terminaba con una sentencia latina que suena a campanada histórica: Delenda est monarchia (paráfrasis de la catoniana Delenda est Carthago, “Cartago debe ser destruida”). Y para que quedase claro incluso para los que no sabían latín, dejó escrito:

Y como es irremediablemente un error, somos nosotros, y no el Régimen mismo; nosotros gente de la calle, de tres al cuarto y nada revolucionarios, quienes tenemos que decir a nuestro conciudadanos: ¡Españoles, vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo!

Menos de cinco meses después de este texto, Alfonso XIII estaba exiliado y la bandera republicana colgaba de casi todos los ayuntamientos españoles.

El otro edificio, situado en el número 32 de la Gran Vía, es hoy la sede del Grupo Prisa y desde él emite la Cadena Ser y se encuentran las redacciones de los diarios As y Cinco Días.

Edificio de Gran Vía 32, que fue primero unos grandes almacenes, los Madrid-París. Desde 1925, estudios centrales de Unión Radio (Cadena Ser). Actualmente, sede del Grupo Prisa.

Allí empezó a emitir en 1925 Unión Radio -que sigue siendo la propietaria de la actual Cadena Ser-, un proyecto financiado también por Urgoiti y vinculado a sus otras dos empresas de la acera de enfrente, Espasa-Calpe y El Sol. Así, en los años 20, y en dos manzanas de la Gran Vía, surgió el primer grupo multimedia del periodismo español. Todo un emporio al servicio de la burguesía ilustrada y, a ratos (pero sólo a ratos tontos), socializante.

El Grupo Prisa es heredero directo de aquello: uno de los fundadores de El País, y presidente de honor hasta su muerte, fue José Ortega Spottorno, hijo de José Ortega y Gasset. El País, en un principio, quiso recoger el espíritu del diario El Sol, y quienes lo concibieron quisieron dejar clara una continuidad ideológica y estética con el viejo rotativo republicano (aunque esta cabecera tuviera una fugaz y fallida segunda época en los años 90).

La Casa del Libro original -que antes de casa fue Palacio del Libro- sigue siendo de Espasa-Calpe, que actualmente pertenece a Planeta, y Unión Radio sigue en el mismo sitio, a pesar de todo lo llovido.

Del romanticismo liberal, burguesote y adinerado de Urgoiti no queda nada, claro. Son partes y emblemas de emporios tremebundos -Planeta y Prisa pueden presumir de dominar entre los dos más del 60% del mercado editorial y de medios de comunicación en habla hispana en todo el mundo-, imperios de maldad inabarcable, devoradores de hombres libres e indefensos y todo lo que quieran. Pero, a pesar de ello, a mí, como ciudadano de un país que siempre se está quejando de lo endeble de su industria cultural, de la dureza y escasez de sus públicos, y del maltrato y ninguneo al que han sido sometidas muchas de sus figuras (en contraposición al trato que reciben en la vecina Francia, por ejemplo), me reconforta identificar en un trocito de calle de Madrid un espacio que durante cerca de cien años se ha dedicado en exclusiva a la producción y a la difusión de cultura. En esos dos edificios han trabajado, charlado y haraganeado algunos de los talentos más sobresalientes de la historia de España y, en contra de lo que ha pasado con la mayoría de los espacios emblemáticos de la cultura de este país, son lugares que siguen vivos, aunque transformados, pero vinculados con una línea recta y sin interrupciones, con sus orígenes más remotos.

GRAN VÍA (1)

Como los principales medios de comunicación segregan sus fluidos desde Madrid, y dado que los periodistas: a) son (somos) muy vagos y no les gusta irse muy lejos a buscar sus historias, y b) los medios están a dos velas por la caída de la publicidad y ya no pagan a los redactores ni un triste taxi, por lo que priman la cercanía y lo que esté a un par de manzanas, nos van a dar mucho la matraca con el centenario de la Gran Vía. Aunque sea un centenario más farso que la farsa monea -porque, pese a que efectivamente empezó a construirse en 1910, no se terminó hasta bien entrados los años 20- y aunque, para aquellas fechas, la mayoría de las ciudades españolas importantes ya tuvieran su “gran vía” o su equivalente más o menos logrado. Zaragoza incluida, que a pesar de que tiene una Gran Vía nominal en el callejero, el que realmente ejerce como tal es el Paseo de la Independencia.

Alfonso XIII inaugura las obras de la futura Gran Vía. Un ritual viejuno con instituciones medievales para dar paso al mundo moderno del siglo XX.

No me molestan mucho las mistificaciones. Al fin y al cabo, toda efeméride es interesada y pretende demostrar algo (y Gallardón y sus alardes olímpicos y cosmopolitas de corto vuelo seguro que tienen mucho que ver con este aniversario, llámenme suspicaz). Pero también puede servir como excusa para divagar sobre las cosas que nos importan o nos gustan. Como si necesitáramos excusas para eso, claro.

Para mí, la Gran Vía representa tanto el fracaso de una generación que quería transformar el mundo como el triunfo de quienes no se doblegan ante los planes frustrados y saben jugar y vivir con el paisaje que les ha sido legado. La Gran Vía está íntimamente ligada a lo que en los libros de texto se ha llamado la Generación del 27 o la Edad de Plata de la cultura española. La Gran Vía es república, es burguesía ilustrada, es americanismo, es Poeta en Nueva York y es Ortega y Gasset. Pero con lo bueno y con lo malo de todo ello: en la Gran Vía está también el cadáver del autor de Poeta en Nueva York -y no en un barranco andaluz-, pisoteado por sus verdugos, que paseaban trajeados y con la cartera llena cuando aquello se llamaba Avenida de José Antonio, y en la Gran Vía se consumió miserablemente, como el calor de un brasero, el genio otrora brillante y declamatario de los Ortega y compañía. Se apagó en el mismo sitio en el que  prendió su luz.

La Gran Vía es el proyecto haussmanniano definitivo de Madrid, en el que se emperró a lo bestia Alfonso XIII. Durante todo el siglo XIX, muchos urbanistas, arquitectos, munícipes megalómanos y reyes supuestamente alcoholizados soñaron con hacer de Madrid un París de grandes bulevares (el primer gran proyecto viene de los franceses, del reinado de José I). Paro Madrid siguió siendo una cloaca de callejas, con casas de vecinos baratas y apelotonadas entre conventillos y monasterios ruinosos donde nunca daba el sol y donde siempre olía a vinazo seco y a cocido. El Estado español fue tan débil y corrupto que no encontró los duros necesarios para sanear la capital -o prefirió repartirlos entre sus caciques-. Hubo proyectos aislados más o menos ambiciosos aquí y allá -la Ciudad Lineal de Arturo Soria, Argüelles, la Castellana y el barrio de Salamanca o la planificación urbana de la Plaza de Oriente y su entorno- que se quedaron en pequeños islotes sin continuidad en el resto de la ciudad.

Antonio López y su Gran Vía soñada y desierta.

Mientras tanto, el resto de ciudades europeas -y españolas: Barcelona, Sevilla, San Sebastián…- fueron haussmannizándose a lo largo del siglo XIX, siguiendo la moda de París, pero Madrid, pese a los nuevos ensanches que se erigían para la poderosa burguesía, se iba quedando chata, demodé. Para cuando -Alfonso XIII mediante- se encontró el parné para empezar el tan ansiado bulevar, la moda haussmanniana empezaba a estar anticuada. Y para cuando se terminó, ya con la República en ciernes, la Gran Vía se había quedado pequeña. Nació muerta, desfasada para una ciudad que crecía a otro ritmo y reclamaba otras soluciones para su plano caótico de poblachón manchego, torturado por el capricho de muchos reyes despóticos y apelotonado por el aluvión de los inmigrantes mesetarios que llegaban por goteo. En un par de décadas, cuando las calles se fueron colapsanado con los coches, la avenida se quedó ya completamente obsoleta.

Pero ahí se mantuvo, y aunque sólo cumplió a medias la función de saneamiento y de ordenación del tráfico que sus diseñadores le asignaron, ha acabado convertida en el corazón sentimental de Madrid, desplazando incluso -quién lo iba a decir- a la Puerta del Sol. La Gran Vía, contra lo que pensaron sus padres, creció en las aceras: han sido los peatones, y no los coches, los que le han dado cáracter y fuerza. Por eso vive hoy, no como vía rápida -está casi siempre embotellada-, sino como paseo-escaparate, como lugar de encuentro y cruce, como foro y ágora.

Y eso que para mí, y creo que para mucha más gente, la Gran Vía sólo existe entre la Red San Luis y la plaza de Callao. O entre la Telefónica y el Capitol, si lo prefieren. Lo demás son sobrantes y anexos, canales que te llevan hasta Alcalá o hasta la plaza de España, pero que no son realmente la Gran Vía.

Para mí, la Gran Vía era un río que había que vadear. Mis paseos iban de norte a sur y de sur a norte: de Chamberí (de la República Independiente de Chamberí, como proclamaban en un bar de Bravo Murillo, ¿te acuerdas, Dani?) a Lavapiés y Embajadores, y viceversa. Si acaso, podía hacer una parada en el desaparecido Madrid Rock para comprar un par de saldos, o en La Casa del Libro si andaba buscando algo concreto (pues para curiosear siempre he preferido otras librerías), pero la Gran Vía en sí no me ha seducido nunca. Siempre he preferido perderme por las callejas laterales, las que sobrevivieron a la piqueta modernizante y se conservan hasta hoy umbrías, hamponas, prostibularias y marginales (en mi cuento Calle Velarde, incluido en Malas influencias, los personajes cruzan y descruzan la Gran Vía varias veces en sus paseos, pero nunca la recorren: es, obviamente, un itinerario deliberado). Como la calle Desengaño, donde vivió José Martí -después de pasar por Zaragoza- y donde -no hay que descuidar lo chabacano- transcurre la acción de Aquí no hay quien viva. Ahora tengo a unos amigos que viven en uno de esos fósiles del callejero de Madrid. Se han mudado hace poco, y en cuanto Pablo me deje, me gustaría ver su casa.

Schweppes en Callao: un icono generacional -satánico y de Carabanchel- para los que tenemos entre 25 y 35 tacos.

Otro rato hablaré de la Gran Vía que sí que me seduce: la histórica, la que dibujó a lo grande los sueños de una generación que creía poder hacer realidad el viejo Deus ex machina del teatro clásico. La Gran Vía de los escritores, de los periodistas, de los guerrilleros urbanos, de los francotiradores, de los comisarios del pueblo, de los espías, de Ernest Hemingway y de los estraperlistas que invitaban a sus putas a champán donde Chicote. La Gran Vía que mola de verdad y que tan poco tiene que ver con la del H&M y el McDonald’s de ahora.