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MANUAL DEL EMPRESARIO DE ÉXITO

No pida usted jamás un duro. De pedir, pida usted de mil pesetas para arriba. Pero, sobre todo, no pida usted nunca. Proponga negocios. Eso es digno y nos pone en plan de igualdad con el payo. A la gente hay que engañarla y hacerle creer que uno es el engañado. No se encoja usted ante nadie. Cuando le lleve un manuscrito a un editor, ofrézcaselo como si le hiciera un favor, presentándoselo como una obra maestra. A la gente hay que fascinarla.

Se lo dijo en los años 20 Paco Torres, el Gran Simpático, a Rafael Cansinos Assens en esa inagotable biblia del chascarrillo y de la anécdota titulada (sí, qué pesado soy) La novela de un literato.

Actualizando un poco las pesetas por euros y cambiando algún giro coloquial, el consejo es válido hoy. Creo que condensa bien las enseñanzas de un Master in Business Administration: “A la gente hay que fascinarla”. Y no se trata de fascinar a esa vecina que te pone nervioso cada vez que te la cruzas en el ascensor, sino a los que manejan el parné, que siguen siendo los mismos que en los años 20.

Las modas, eso sí, cambian. Y para fascinar ahora a los que tienen que soltar la guita es útil un buen manejo del Powerpoint, una exhibición desenfadada del iPhone y emplear con desenvoltura todo tipo de anglicismos innecesarios y de palabrería seudoculta y seudotécnica. Hay que decir mucho posicionar, sinergia, coyuntural e implementar (mejor incluso, implementación). Y es obligatorio utilizar o inventarse palabras más largas en sustitución de otras más cortas y sencillas que ya existen en castellano. El empresario triunfador no ve las cosas, las visualiza; no influye, influencia, y no se coloca, se posiciona (bueno, colocarse, igual sí que se coloca, pero por la noche con sus amigos, si es que su entrega profesional le deja tiempo para eso).

Así que ya saben, si no triunfan es porque no quieren. Inviertan algo de dinero antes, no se les ocurra seducir a nadie con una camisa y unos vaqueros del H&M: háganse un blanqueamiento dental, échense unos potingues para el cutis, pagen 100 euros por un corte de pelo que les permita entrar en una pista de pádel, quizá un par de sesiones de UVA, que en febrero siempre impresiona, embútanse en un traje de calidad -pero sin pasarse, las corbatas ya no molan tanto como antes, ahora quieren algo más desenfadado-, sonrían, aplaudan los eructos de los dueños de la pasta y finjan estar siempre muy atareados, con una agenda a reventar de compromisos. Eso sí, no abusen: cuando a ese empresario le haya vendido humo por valor de unos cuantos miles de euros, coja la pasta y llame a otra puerta. No exprima la burra de una vez.

Ánimo, usted puede, ahí fuera hay un montón de ricachones deseando dilapidar sus fortunas con tipos como usted.

LA GILLETTE LITERARIA

No sé si soy muy raro o muy corto de entendederas, pero cada vez hay más cosas que se me escapan.

Entiendo el síndrome de Peter Pan y todo eso. Entiendo como el que más lo inasumible de la senectud, el imperativo del tempus fugit y el irritante escozor de las canas, la alopecia y la fofez de las carnes. Entiendo el canto a la eterna juventud -y la borrachera con el vino de su fuente- como vacuna contra ese insoportable dolor que todos sufrimos y muy pocos aceptamos. ¿Qué escritor dijo aquello de: “No le tengo miedo a la muerte, pero envejecer…”? Esta misma mañana he estado escuchando esa tristona canción de Ryan Adams que llora el ocaso de su juventud:

So, I am in the twilight of my youth,
Not that I’m going to remember.

Incluso estoy dispuesto a asumir que la edad es poco más que un estado de ánimo, más allá de la podredumbre biológica de nuestra carcasa corporal.

Pero hay cosas que no trago. Por ahí sí que no.

Hoy Babelia ha juntado a charrar sobre literatura y otras cosicas a Javier Cercas, Almudena Grandes y Agustín Fernández Mallo. Algo estupendo si no fuera porque el texto sugiere -a veces, muy explícitamente- que son representantes de tres generaciones distintas, siendo Almudena Grandes la yaya; Cercas, el padre flemático, y Fernández Mallo, el chavalín travieso y zampador de bocatas de Nocilla.

Literariamente es verdad que pertenecen a sensibilidades y etapas distintas de la narrativa contemporánea, pero sin pasarse, tampoco están tan lejanas entre sí como para no reconocerse unos en otros. Hala, en cuanto a la biología pura y dura, la cosa cambia. Porque, señores, entre la yaya y el nieto de esta familia sólo hay siete años de diferencia.

Almudena Grandes nació en 1960; Cercas, en 1962, y Fernández Mallo, en 1967.

Llámenme loco, pero entre una persona de 50 años y otra de 43, poca brecha generacional puede haber. Quizá haya un cierto desfase de referentes infantiles y juveniles, pero vamos, que ambos son de la época del UHF y lo de Carrero Blanco, “al vent, la cara al vent” y “¡se sienten, coño!” son para ellos recuerdos compartidos, no batallitas de sus padres.

Muy mal está la cosa en el patio literario si la gran dama consagrada y la joven y rebelde promesa son casi de la misma quinta, según pontifica Babelia. O la dama consagrada no es tan vieja como la pintan o el joven rebelde no es tan joven como aparenta. Creo que un poco de las dos cosas.

Vaya panorama de momias eternamente jóvenes que se nos ha plantado delante, qué pocos resquicios dejan a las nuevas generaciones: a los letraheridos aspirantes nos quedan muchos años de tedio en la sala de espera de los noveles. Confiemos en que, cuando nos llegue el turno de ser admitidos en el club de las jóvenes promesas, la artritis y la diabetes que sufriremos en nuestros lozanos corpachones de cincuentones nos permitan disfrutar de la juerga que se montará en nuestro honor.

Remato con mi querido Cansinos Assens, que es una mina de tontadicas literarias. En torno a 1915, montó su propia tertulia literaria en el Café Colonial de Madrid. A ella acudía toda la chavalería poetastra ávida de reconocimiento y de gloria. Los amigos de Cansinos Assens no veían bien que perdiera el tiempo comentando los versillos de aquellos mindundis sin firma ni catre donde caerse muertos. Lo cuenta en La novela de un literato:

Goy de Silva, grave, finchado, con su figura de personaje del Greco, me amonestaba: -Tenga usted cuidado, reuniéndose con noveles será usted siempre un novel… Lo sé por experiencia… Y eso es fatal.

Pero, ¿acaso la literatura es un escalafón?… ¿Y hay cosa más divina que ser siempre un novel, es decir, un joven?… ¡Bah! ¿Ya pasó la época de las barbas?… ¡Hoy la Gillette a todos nos hace jóvenes! ¡Viva la Gillette literaria!

Al pie de la letra se lo han tomado en muchos sitios. ¡Viva la eterna juventud!