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TYPICAL SPANISH

No sé por qué se empeñan en llamar novelas a los libros de Manuel Vilas que no son poesía. De hecho, ni siquiera sé por qué se empeñan en llamarlos libros, cuando son simples parcelas de una obra en marcha. Hay autores que escriben libros y hay autores que escriben obras. En estos, los libros no son más que accidentes o males menores. De alguna forma hay que dosificar el magma. De alguna forma hay que envasar el producto para su comercialización. Pero no conviene engañarse: todos los libros (narrativos) de Vilas son uno. Lo importante de un libro de Vilas no es el libro en sí, sino Vilas mismo. Así, España, Aire nuestro y Los inmortales son manifestaciones concretas (corpóreas, más bien) de un único espíritu. De ahí que algunos críticos digan que se repite más que el ajo, que es más de lo mismo y que tal y que cual.

Pues claro que es más de lo mismo, ¿qué se esperaban? Es Manuel Vilas, ¿aún no se han enterado de qué va la vaina? ¿Necesitan leer tres libros para darse cuenta del truco?

Sin embargo, aunque los libros son accidentes y, por así decir, incordios prescindibles, unos son más iguales que otros. Y este de Los inmortales, para mi gusto, es la concreción más lograda hasta la fecha del espíritu vilesco. Es el que está mejor escrito, el más divertido y el más radical. Y lo dice alguien que le ha costado entrar en el juego, justo es reconocerlo.

Como en Aire nuestro, Los inmortales es una colección de relatos engarzados con un hilo común. Si en el anterior era la tele, en este es la inmortalidad. Se supone que esta novela es un manuscrito que encuentran en el año 22011.

¿Cómo? ¿Un manuscrito? ¿Como el manuscrito hallado en Zaragoza? No. Más bien como el Quijote de Cide Hamete. Porque la cosa va de cervantismos. Sí, cervantismos, como lo leen. Agárrense, que vienen curvas.

Uno de los protas recurrentes es SA, apócope de Saavedra, que a su vez es el segundo apellido de Cervantes. Es uno de los inmortales. Otros son Picasso, Van Gogh o Juan Pablo II. Ah, y Manuel Vilas, claro está. Todos ellos protagonizan disparates delirantes y grotescos en los que no falta el mal gusto y lo soez. Y por el mal gusto y lo soez me ha ganado. Por ahí vamos bien. Yo siempre apoyo la semántica del caca, culo, pedo, pis.

Mi historia favorita es la titulada Las señoritas de Aviñón, una barbaridad digna de Seth MacFarlane. Podría ser un episodio de Padre de familia. Es incluso más bestia. Allí se lee que «la obesidad es el futuro». Un futuro promisorio, una nueva Jerusalén.

Lo que no entiendo es la obsesión postmoderna con la que se etiqueta (él mismo se autoetiqueta) la literatura de Vilas. A mí me suena más a marketing editorial que a razonamiento teórico fundamentado. Vilas en general, y este libro muy en particular, me parece profundamente español. Español en el sentido de que emerge de una tradición muy clara. Vilas no rompe la baraja, sino que juega con cartas heredadas. No sé si esto le supondrá algún problema. Para moverse por el mundo como enfant terrible es mucho mejor ser tildado de transgresor, pero creo que, ahora mismo, hay pocos escritores más ligados a la tradición literaria española que Vilas.

Él mismo parece insinuarlo constantemente. Para empezar, con el juego de espejos deformantes que hace con el Quijote, incardinando su humor y su sentido paródico en la novela cervantina. Pero hay marcas más explícitas. For example:

Se acuerda de la mala suerte que significaba para un escritor español haber nacido en España, de lo bueno que hubiera sido para un escritor español nacer en Estados Unidos; no obstante, todo siempre puede empeorar, y peor sería haber nacido en Nairobi o en Bolivia. Se acuerda de que entonces llegó a pensar que lo mejor que le podía acontecer a un escritor español era pasar, de manera camuflada, por un escritor estadounidense.

Esto no es sólo una coña sobre el fariseísmo del mundillo literario español y sobre el paleto afán cosmopolita que anima a muchos autores, sino que es también una forma de reivindicarse partícipe de un espíritu nacional (toma ya cursivas chuscas). Nuestra tradición no es triste. Nuestra tradición no es la contemplación ensimismada de la lluvia sobre los cristales. Eso es propio de gabachos. Los españoles nos reímos. A carcajada limpia. Y decimos mucho polla. Y, a veces, la enseñamos. Eso parece decirnos Vilas al ejercer de escritor español.

Desde luego, esta postmodernidad no puede interpretarse como ruptura, sino como regeneración. Autores como Vilas (y como Antonio Orejudo, y como Rafael Reig, con quienes le veo mucho más emparentado que con los otrora llamados nocillescos) son rupturistas en el sentido de que rompen con una forma de hacer novela pomposa y artificial, pero son continuistas porque lo que proponen es una vuelta a las raíces, al Arcipreste de Hita y al Quijote. Aunque, a decir verdad, esas raíces nunca se han podrido, siempre ha habido alguien, en todas las generaciones, pendiente de regarlas.

Y luego está la parodia. Todo es parodia en Los inmortales. Sí, es evidente, pero me parece ocioso diseccionar los mecanismos de la parodia: su análisis anula por completo los efectos. Los chistes no se explican, es de muy mala educación hacer eso. Sin embargo, y tomando este pie forzado, me gustaría hacer una reflexión sobre la función de la parodia en la cultura popular de este comienzo de siglo XXI. Será otro día, que hoy se me ha acabado el duro y se me corta la llamada.

FLATOS ACADÉMICOS

Como parece que Amazon se va a comer crudas a todas las editoriales del orbe (ver aquí para creer), resulta imposible hablar con un editor de cualquier otra cosa que no sea el inminente Apocalipsis. Pero como yo tengo una novela a punto de publicarse, me preocupan otras cosas. Que son las cosas que, en circunstancias normales, concernían a los editores.

La corrección de los textos, por ejemplo.

Cuando la correctora de la editorial me pasó las pruebas, confirmé que había hecho un trabajo soberbio (ya lo había comprobado cuando preparó la versión definitiva del manuscrito antes de volcarlo en la maqueta), pero constaté también que no había aceptado varios de mis empeños ortotipográficos. El principal, mi empecinamiento en que las palabras inglesas aparezcan en redonda, y no en cursiva, como dicta la norma de la Real Academia Española.

«Es que lo dice la RAE» es el equivalente editorial del «rebota, rebota y en tu culo explota». Es la sentencia zanjadiscusiones: se invoca al altísimo, a la RAE nada menos. ¿Y quiénes somos nosotros para zaherir la voluntad del Innombrable?

Yo, que soy ateo lingüístico, solicité negociar. Ni para ellos, ni para mí. Acepto que la editorial asuma las normas de la RAE para la edición de sus libros y quiera mantener una coherencia ortotipográfica en todos sus títulos. De hecho, así lo he firmado. Pero pido indultos. Hay palabras que no pueden ir en cursiva porque la cursiva subraya su extrañeza y saca al lector del relato. Son como coches que circulan en dirección contraria con las largas puestas. Te puedes cruzar con uno muy de vez en cuando y acordarte de sus padres, pero si te están deslumbrando constantemente, al final te sales de la carretera. Con las cursivas, lo mismo: una o dos diseminadas por ahí son soportables, pero encontrártelas en cada página repele al filólogo más purista.

Mis argumentos convencieron y logré el indulto para whisky (ya anteriormente había evitado el horrible güisqui, que no hay quien se lo beba ni quien se lo lea) y para otras expresiones, como rock, pero los editores insistieron en conservar las cursivas de las palabras inglesas más raras y menos reiteradas.

Bien, vale, acepto barco. Quid pro quo, celebrémoslo con un whisky sin cursivas y con un hielito para mí. Sólo uno (lo digo porque el purista de Mario de los Santos se los toma sin, machote que es él).

Hasta ahí, todo normal. Una discusión civilizada sobre usos lingüísticos dentro de una relación de lo más normal entre autor y editores, defendiendo cada uno su trabajo. Pero, una vez alcanzado el acuerdo, seguimos platicando sobre estas cosas y sobre el papel de la RAE en este embrollo. Y mi editor aludió a la responsabilidad de los escritores para con el idioma, que no deberíamos usar tantos palabros en inglés y que deberíamos buscar sus equivalentes castellanos. En vez de crooner, por ejemplo, cantante melódico.

Pero es que un crooner no es un cantante melódico. Un crooner es un crooner.

Yo disiento radicalmente. No creo que el escritor tenga responsablidad ninguna para con el idioma. No es ni su guardián ni su divulgador. El idioma es simplemente un material y una herramienta de trabajo. Es más, reniego de cualquier responsabilidad social del escritor, lingüística o de ningún tipo. Su actitud para con su lengua puede ser conservadora o destructiva, admirativa o despreciativa, arcaizante o extranjerizante. Pero siempre tendrá una motivación individual, no tiene por qué ampararse en un fin superior a la propia escritura. Porque la escritura (y el arte en general) no ha de justificar su propia actividad.

Otra cosa son los periódicos y otras escrituras públicas de carácter utilitario. Esas sí que se deben a otros objetivos. Pero la literatura pertenece a otro ámbito, autorreferencial y estanco. La literatura no tiene que dar ejemplo, ni ser didáctica, ni servir para nada. La literatura sólo tiene que ser literatura. Y sólo siendo literatura conseguirá interesarnos a quienes vivimos apasionados por ella.

En un empeño a mi juicio delirante por preservar la pureza de la lengua (una lengua que nace y crece gracias al contacto con otras lenguas; si no, aún hablaríamos en latín), la RAE ha emprendido una campaña para incorporar fonéticamente muchas voces y siglas inglesas que utilizamos frecuentemente. Ya hemos visto escritos los horribles parquin y márquetin, y los pasables (quizá por costumbre) cedé y deuvedé. Es ridículo, porque la grafía original de esas palabras es sabida por todo el mundo, y su castellanización suena mostrenca y brutal.

¿Qué problema hay por incorporar palabras del inglés? Llevamos siglos y siglos calcando términos de las lenguas dominantes. Hasta los animales de bellota medievales asimilaron un montón de palabros del por entonces mucho más culto, expresivo e imperial árabe. De haber existido la RAE entonces no tendríamos azafrán, alacena u ojalá. Las cursivas y las castellanizaciones de la grafía no hacen más que retardar y acartonar un proceso de asimilación natural.

Lo que me lleva a confesar que no estoy de acuerdo con el tradicional matrimonio que se da en España, por influencia francesa (la RAE no es más que el más pedorro de los galicismos), entre lengua y literatura. Que filólogos y escritores compartan una misma institución y un mismo hueco en el mundo académico es un despropósito. Los arquitectos también trabajan con fuerzas físicas y materiales, pero no se sientan al lado de los físicos, y los pintores trabajan con compuestos químicos, pero no tienen cátedras en sus facultades.

Un escritor, por razón de su oficio, puede tener un conocimiento lingüístico muy superior al de un hablante medio, pero sus destrezas y talentos no le convierten en un experto en la materia. También un ingeniero de caminos aplica principios de unas ciencias a cuya academia no pertenece: entender las leyes que permiten construir un puente y construirlo según esas leyes no te convierte en físico. De la misma forma que entender las sutilezas idiomáticas y construir una obra literaria basada en ellas (en rasgos dialectales y sociolectales, por ejemplo) no te convierte en lingüista ni te capacita para participar en la redacción de un diccionario. ¿Qué tiene que ver estudiar las variedades dialectales de las Antillas menores con escribir Alatriste? ¿O ser una eminencia en lexicografía con componer versos alla maniera de Eliot?

Por suerte, conforme los estudios lingüísticos han avanzado y se han especializado, desde la gramática generativa a las más modernas escuelas, la brecha entre ambos mundos se ha hecho mucho más evidente, pero sigue sin serlo del todo para el común de los mortales.

La diferencia entre el ingeniero y el escritor es que, si el primero no aplica bien las leyes de la física, el puente se caerá, mientras que si el escritor se merienda las normas de la RAE… ¡no pasa absolutamente nada! Bueno, quizás algún viejo académico sufra de acidez estomacal, pero la tragedia no pasará de ahí.

Lo único importante de una transgresión es que sea consciente y buscada. Sólo así es una transgresión. Si no, es pura ignorancia. Me pasó hace poco cuando me pidieron ser jurado de un concurso de relatos. Dudé si defender un texto que me había provocado sentimientos encontrados. Dije: si la confusión es intencionada, se trata de un recurso genial, el cuento es brillante; pero, si no, es una cagada gordísima. Sospechaba más lo segundo, pero era tan grosero que no podía ser involuntario. Quiero decir, que yo acepto la voluntad del escritor siempre que esa voluntad no sea expresión de una incapacidad.

Y todo lo demás es vanidad.

CUARTO Y MITAD DE BERNHARD

Estamos preparando los detalles del lanzamiento de mi novela No habrá más enemigo, que entra en imprenta dentro de unos días, y la editorial ha escogido un pasaje de acompañamiento a los paratextos de la contraportada. Ni en mil millones de años habría sabido yo escoger un párrafo mejor, que condense con más nitidez el Geist del libro. Es este:

«¿Quién puede ser tan imbécil para preferir Kansas al País de Oz? ¿Es usted tan imbécil como Dorothy? Si vive en una ficción, acepte mi consejo y gócela.  Muchos quisiéramos traspasar el espejo y vivimos atrapados en este lado.»

De entre la decena escasa de personas a quienes he sometido a la tortura de leer la novela, los escritores coinciden en apreciar ecos de Thomas Bernhard en ella. Yo a todo digo que sí, que por supuesto, que aúpa Bernhard y tal. Pero, ahora que nadie nos oye, entre nosotros, os tengo que confesar que, entre las muchas lagunas y los insondables mares de mi culturilla literaria, se encuentra un pecado imperdonable: no he leído a Bernhard. Pero ni por casualidad. Ni por despiste.

Me encanta que me atribuyan influencias prestigiosísimas que ni siquiera conozco. Puestos a buscarme parecidos, que sean de tíos guapos y molones.

Como intuyo que lo de Bernhard seguirá coleando, porque son varios quienes coinciden en el mismo nombre —así que algo habrán visto en mis letrillas que justifique la cita—, me he pasado esta mañana por mi librería favorita y le he pedido a Félix que me pusiera cuarto y mitad de Thomas Bernhard. Para poder decir en qué me ha influido y explayarme un poquito sobre ello.

—A mí me gusta mucho este, Mis premios —me recomienda Félix, sacándome todo el muestrario austriaco de su fondo—. ¿Quieres poesía también?

—¿Poesía? No jodas, ¿no ves que llevo barba? Soy muy macho para andar leyendo versitos —le respondo, haciendo gala de mi proverbial sensibilidad.

Así que esta noche empezaré a buscar mi yo bernhardiano. A ver si voy a descubrir que Bernhard me copió a mí y no al revés.

Pensando en el porqué de estas atribuciones literarias, concluyo que, quizá, lo que perciben estos lectores es una cierta atmósfera austriaca. Es posible que lo que algunos interpretan como amargura bernhardiana tenga más que ver con los libros de Elfriede Jelinek y las pelis de Michael Haneke, autores que sí frecuento con placer morboso.

En cualquier caso, me fascina —y comprendo a la perfección, porque yo también lo hago— la pulsión cultista a la hora de buscar referencias y conexiones literarias. Siempre se citan grandes nombres y cimas inalcanzables, pero muy pocos son capaces de ver la carnaza pulp que sustenta muchas narrativas dizque sublimes. En mi caso, nadie me ha sacado hasta ahora (si bien es cierto que nadie ha leído aún el libro, más allá del círculo de editores, agentes y amiguetes escritores) una referencia que yo considero clara y que no me he esforzado en disimular: El Mago de Oz.

Pero, claro, El Mago de Oz no mola. Mola mucho más Bernhard.

Me alegra que los editores sí que hayan apreciado esa conexión trash. Eso significa que la han leído con ojos cariñosos y atentos. Y me halaga mucho, la verdad, porque esa cita de la contraportada es la única mención expresa que hay en la novela. El resto, son alusiones muy veladas, prácticamente ilegibles.

Para mí, el juego realidad-fantasía del mundo de Oz (mucho más oscuro en la novela que en la peli) no sólo es muy sugerente, sino que lo siento como una pieza clave de la cultura popular contemporánea. Su espíritu me ha ayudado a estructurar buena parte de la obra, y creo que se entiende mejor cierto simbolismo deliberadamente críptico si se pillan los guiños ozescos.

Pero, vamos, que yo no soy nadie para decir cómo ha de leerse mi novela. Si la cosa va de Bernhard, no me he de quejar. Viva Bernhard. Lo importante, para mí, es que se lea. Luego, que cada cual saque sus referencias y conclusiones.

Mientras tanto, me voy a leer a Thomas Bernhard, que ya me vale haber llegado a mis años y a mi posición sin haber tocado un libro suyo.

ESTA TARDE, EN ZARAGOZA

Si andáis por Zaragoza y os apetece, estáis todos invitados esta tarde al sarao que se anuncia en el cartel de abajo. Tanto si habéis leído el libro como si no. Charlaremos de lo que surja y procuraremos reírnos. Echaré firmas a quien lo solicite. Eso sí, os advierto de que estoy menstruando y no he tomado Saldeva. Quien avisa no es traidor. Ah, las Saldeva Forte (suspiro). Recuerdo que los quinquis del barrio se las robaban a sus hermanas mayores y se colocaban con ellas. Algunas las revendían. Qué tiempos. También había quien fumaba hebras de plátano, pero me da a mí que eso no pegaba mucho. Esto…, ¿de qué estaba hablando? Ah, sí, de lo de esta tarde. Pues eso, que estará Luis Alegre. Haciéndome preguntas. O no. Mejor me tomo una Saldeva. ¿Es vía oral? Hasta luego.

LO LIVIANO

Ya sé, ya sé, Rosa Montero se está convirtiendo en la nueva Pérez-Reverte de este blog, pero es que no deja de darme pie. Hoy, ni siquiera he leído la columna entera (nunca lo hago, ciertamente). Me basta el comienzo. Dice:

Llevo semanas queriendo escribir un artículo juguetón y liviano sobre el sexo (suena promisorio, ¿no?), pero no consigo hacerlo porque la realidad siempre acaba imponiendo un peso negro sobre esa ligereza. O sea, suceden cosas terribles que claman por ser dichas, o al menos yo lo siento así.

Ay, la pulsión por la trascendencia, ese síndrome que afecta al noventa por ciento de los columnistas españoles. Hay cosas que «claman por ser dichas». Claro, ¿cómo podemos perder el tiempo escribiendo sobre chorradas habiendo tantos dramas por ahí?

Esto me recuerda a una anécdota que relataba Muñoz Molina [corrección: me apunta Alberto Olmos que no fue Muñoz Molina, sino Javier Marías. En adelante, donde dije uno digo otro] en un texto de hace unos años. Cuenta que le presentaron a un insigne poeta y que se le ocurrió preguntarle, iluso él: «¿Qué tal está usted?». El poeta, suspirante y suspirado, respondió que mal, que muy mal. ¿Y eso?, inquirió con miedo Marías, pensando que le iba a contar que tenía un cáncer o que llevaba tres días sin poder sacarse un trozo de bacalao del premolar izquierdo. «¿Cómo se puede estar bien con tanto sufrimiento como hay en el mundo?».

No contento con dolerse de España, el poeta se dolía del mundo. No sabía nada el poeta: había encontrado el camino más corto para alcanzar el Nobel de Literatura.

Sin embargo, algo me dice que el común del gentío no se siente dolido por el mundo. A mí me duelen mis cosas y las de la gente a la que quiero. Me puede conmover tal o cual noticia, por supuesto. Y si me cuentan la historia de unos chavales de Manila que comen ratas del vertedero, no me hará gracia, pero no estoy sufriendo por los males del mundo. No podría aunque quisiera.

Pero los columnistas españoles, al igual que ese poeta, sí que pueden. Imbuidos por no sé qué iluminación, siempre están al quite para sacar el grano de la paja y destacar las historias que «claman por ser dichas».

En España, lo liviano no vende. Lo frívolo se asocia con la estupidez. La inteligencia es solidaria y seria o no es. Esto es así, me pienso yo, porque el columnismo español no tiene demasiado que ver con el periodismo o con la literatura y sí mucho con la predicación evangélica. Son demasiados siglos de homilías y sermones como para que no persista el empeño por salvar las almas de la congregación.

Por tanto, se pueden tolerar a los graciosillos que escriben de chorradas, pero si un columnista quiere hacerse respetar, debe hablar en serio y dolerse muy seriamente de los serios problemas del mundo. Siempre habrá graciosillos, pero nunca ganarán un Ortega y Gasset ni un Cirilo Rodríguez.

Así, como Rosa Montero en este párrafo, los columnistas asumen su oficio como una vocación trascendental. Qué más quisiera yo que escribir de lo que me diera la gana, se quejan, y componer artículos juguetones y livianos sobre sexo, pero el mundo —o Dios, o el Financial Times— me exige que me ocupe de sus miserias. Con la que está cayendo, no podemos perder el tiempo con tontaditas.

Alguna vez, en algún comentario, se me ha reprochado precisamente que pierda el tiempo con entradas tan insustanciales, habiendo tantas y tan graves cosas por tratar. Me divierten mucho esos reproches, como si al escribir nos debiéramos a algo o a alguien. Aquí, ni siquiera me debo a unos clientes, pues los contenidos son de acceso gratuito. No hay libro de reclamaciones al no existir transacción comercial.

La escritura que me interesa a mí, como lector y como escritor, es aquella que surge de los dedos distraídos de los autores. Aquella que no se siente concernida por ningún mal, que se reproduce sin justificación, que no pide disculpas por existir ni reclama una lectura arrobada. La escritura me gusta como las personas: que estén ahí porque sí, luchando por ser, gozando por estar, escribiéndose sin ánimo de redención ni de cura ni de destino manifiesto.

Siempre me situaré en el lado liviano y frívolo de las cosas. Nunca seré hard, siempre seré soft.

Y, ahora, la nota autopromocional:

Mañana, en la Fnac de Zaragoza, a las 19.30, tendremos una oportunidad de charlar de estas cosas con Luis Alegre, que anima un Club de Lectura sobre mi último libro, El restaurante favorito de Nina Hagen. Estáis todos invitados, espero que podamos conversar amigablemente. Si habéis leído el libro y queréis echarme algo en cara, es vuestra oportunidad de humillarme públicamente. Espero que no la desaprovechéis.

LOS MAPAS NO SIRVEN PARA NADA

Me ha molado mucho El mapa y el territorio. Creo que es la mejor novela de Michel Houellebecq, la más compleja y ambiciosa, aunque no tenga la fuerza de Plataforma.

No me siento capacitado para glosarla y, a decir verdad, estoy muy desganado. La sola perspectiva de desmenuzar y pensar sobre lo que acabo de leer me deprime. Pero me apetecía dejar constancia. Para todos los cansinos académicos, para los lectores reaccionarios de chimenea y encuadernado en cuero y para los metaliteratos amargados que, por diferentes motivos, insisten machaconamente desde hace medio siglo en la muerte de la novela, en el fin de la literatura y en el agotamiento creativo del arte escrito, que dejen de aburrirnos con sus monsergas de viejos y lean a Houellebecq. ¿Cómo coño va a estar muerta la literatura si tiene escritores como este, capaces de escribir novelas como esta? Ya quisieran todos los muertos mostrarse tan vivos.

Ahora que la estoy reposando, entiendo que El mapa y el territorio es la novela de un patriota, desde el título hasta el epílogo. Es un libro profundísimamente francés, que apunta al corazón de lo gabacho. Conocedor de sus puntos débiles, tira a dar, afectando a los órganos vitales. Desde las pequeñas puyas que salpimentan el relato hasta las cargas de profundidad diseminadas en varios niveles de lectura. Todo va contra Francia y lo francés. Francia como epítome de una civilización agotada que no tiene nada más que ofrecer al mundo que unos hoteles con encanto y especialidades regionales. Un verdadero patriota sólo puede desear que la caricatura de ese país implosione. Como los maltratadores y los celosos: si no puede ser mía, no será de nadie. Dentro de todo patriota anida un terrorista. Eso lo sabe cualquiera y lo sabe Houellebecq.

Pequeñas puyas: el personaje de Houellebecq, exiliado en Irlanda, sólo bebe vino argentino o chileno. Cuando el prota le lleva una botella de vino francés de 400 euros como obsequio, bebe a gollete y acaba cayéndosele al suelo. Ni se molesta en recogerla. Ustedes no lo entenderán, pero muchos franceses no saben concebir insulto mayor que el contenido en esas irrisorias bromas. Si alguien narrara una violación en grupo a la Virgen del Pilar, no escandalizaría tanto un aragonés conservador como esas pequeñas boutades a un francés de pro.

Cargas de profundidad: remiten al título, a la estética de las guías regionales Michelin, a la incapacidad del país de asumir que sus patrones culturales ya no le importan a nadie en el mundo. Todo ello, uniendo arte y declive industrial, soledades y frustraciones.

Hay una referencia clave, que espero que no haya pasado desapercibida a ninguna lectura atenta —la novela está trufada de aparentes naderías que, como sucede en los relatos policíacos, revelan el verdadero significado del texto o ayudan a entender el móvil del asesinato—. El protagonista llama a Houellebecq para preguntarle cómo va a pasar la noche de fin de año. El novelista no ha planeado nada. Estará solo en su casa leyendo a Toqueville, dice.

Toqueville aparece citado en otra escena. Houellebecq parece fascinado con el personaje histórico, pero, aparentemente, la digresión es un receso en la acción sin relación con ella. Todo lo contrario. Para mí, es la clave fundamental: la novela entera remite al autor de La democracia en América. Un intelectual que intentó comprender su tiempo y acabó como un modesto diputado sin ambiciones políticas, como si hubiera descubierto algo que hiciera inútil cualquier esfuerzo. Hay una conexión con el patriotismo de Alexis de Toqueville. Houellebecq interpela constantemente a Toqueville porque todo lo que este definió, fijó y planteó como pilares de la civilización occidental no es más que palabrería formal que no es útil para entender nada del mundo actual. De la Francia actual.

Es decir: el mapa de Francia hace tiempo que no coincide con su territorio. Las guías Michelin no sirven para recorrer el país porque topografían algo que dejó de existir hace mucho tiempo, si es que existió alguna vez fuera de la cabeza de Alexis de Toqueville. Porque Houellebecq parece insinuar que el propio Toqueville se dio cuenta de que su descripción de la democracia no reflejaba la sociedad real. Al menos, eso sospecha el novelista, aunque no dispone de las pruebas.

El mapa y el territorio es salvaje, denso, seductor, provocador y conmovedor. Es, en definitiva, todo lo que tiene que ser una gran novela moderna. Houellebecq es grande, un escritor llamado a ser un clásico. Quizá ya lo sea.

PD.- Ahora que lo pienso, menos cansado que cuando escribí el post, añado que la fuente intelectual más poderosa de este libro no es Toqueville ni la filosofía de los primeros teóricos de la democracia, sino los utopistas del siglo XIX. Hay muchísimas referencias a ellos, desde William Morris y su movimiento de arts & crafts hasta Charles Fourier y sus falansterios. Locos que soñaron con organizaciones sociales perfectas, a menudo como rechazo a la industria. Puede decirse que diseñaron mapas alternativos para un territorio que no querían.

Básicamente, ese es el espíritu que busca rescatar Houellebecq en la novela, al menos como punto de partida teórico o como hipótesis narrativa. Un mapa es una representación a escala y convencional de un territorio, como en muchos aspectos el arte lo es de la realidad. Sin embargo, por muy precisos que sean los mapas, no conseguimos dejar de sentirnos perdidos. No entendemos mejor el mundo de lo que lo entendía Alexis de Toqueville, aunque disponemos de instrumentos mucho más sofisticados para explorarlo. De hecho, puede que lo entendamos incluso peor. Por tanto, los mapas son inútiles, no nos guían. Hay que revertir el proceso: volver al territorio. No hay que modificar los mapas, sino el terreno, transformarlo al margen de lo que establezca su representación. Pero transformarlo en él, no proyectando mapas previos donde planifiquemos la transformación, porque entonces estaríamos siendo tan ingenuos como los utopistas.

El final del libro es una especie de distopía rural con economía de mercado: una Francia en la que los urbanitas han vuelto al campo, revitalizando los pueblos, convirtiéndolos en prósperos centros de ocio para los turistas rusos y chinos. Francia sólo encuentra un lugar en el mundo cuando abandona su sumisión al mapa y asume su territorio, su realidad. Es decir, cuando la soberbia imperial y la grandeur (pues eso son los mapas, al igual que el arte, representaciones de poder) se aparcan en pro del sentido común. O en otras palabras: no es posible encontrar acomodo en el mundo si no se desprecian antes las representaciones que hemos hecho de nosotros mismos. Pragmatismo social que puede ser también individual: sé tú mismo, no lo que se supone que eres. Jed Martin, abúlico protagonista de la novela, acaba aplicándoselo.

Es una lectura nihilista de los utopistas del XIX. El fin de toda ingenuidad. El fin (quizá ahora sí) del sueño imperial de Occidente.

MUY HEAVY

«Todos queremos ser “guays” y se hace duro para algunos de nosotros reconocer que no lo somos».

Chuck Klosterman, Fargo Rock City

Banda sonora de este post (lo que atormenta a mis vecinos mientras escribo): Appetite for Destruction, de Guns n’ Roses. Ahora mismo, Axl berrea sobre los primeros fraseos de Slash en Welcome to the Jungle. En unos segundos, empezará a aullar la letra.

Voy a hablar de este libro: Fargo Rock City, de Chuck Klosterman (Es Pop Ediciones). El post es largo y contiene fotos que dan mucha vergüenza ajena (en mi caso, puede que un poco propia, también). Lo aviso por si alguien se lo quiere saltar o dejarlo para un momento más relajado.

Pese a mi supuesta bibliofilia, maltrato bastante los libros durante la lectura. Básicamente, me dedico a doblar la esquina de las páginas que contienen pasajes que me interesan, y se puede medir la intensidad de mi gozo lector por la cantidad de esquinitas dobladas que dejo. Si el volumen sobrevive intacto, el detective más torpe puede deducir que no me ha gustado mucho (o que me ha dejado indiferente, que es lo peor que me puede provocar un libro: hay obras que me irritan, y en mi irritación, doblo muchas esquinitas). Mi valoración crítica, por tanto, se mide en páginas estropeadas. Los reseñistas profesionales ponen nota a los títulos con estrellitas o tinteros o cualquier otro recurso tipográfico. Yo prefiero las esquinas dobladas.

Este libro lo he dejado hecho un acordeón. Ni siquiera cierra bien. Es decir, que lo he gozado como un perro sin castrar contra un sillón recién tapizado.

Dios, cómo me ha gustado. Es lo más inteligente, provocador, divertido, honesto y hondo que he leído en meses. Y no exagero ni un poco. Bueno, a lo mejor un pelín, sí, pero me da igual.

Debo aclarar, antes que nada, que me he sentido directamente interpelado, y puede que no sea ese tu caso. Es un libro escrito para personas como yo, para gente con un pasado que purgar. Si nunca has tenido una chupa de cuero, si no te has dejado de hablar con un amigo por decir que los nuevos Kiss eran una puta mierda, si no has sido capaz de argumentar durante horas por qué los más virtuosos dioses de la guitarra no valían un refrote de entrepierna de David Lee Roth, si no eras capaz de hacer un ranking de los mejores berridos de cantantes —en discos de estudio y en directo—, si no sabes qué significa el comodín de AC/DC y si no has sido la envidia de tus colegas por haber estrechado la mano de Angus Young, Fargo Rock City te puede interesar y divertir, pero difícilmente te emocionará. Al menos, hasta los niveles en que me ha emocionado a mí.

Porque ha llegado la hora de salir del armario: sí, fui heavy. No me gustó el heavy, fui heavy: era una condición vital. Y aunque luego crecí, refiné mi gusto y descubrí que la inmensa mayoría de aquella música era una grandísima mierda, terminé asumiendo que era mi grandísima mierda y que renegar de ella suponía renegar de mí mismo. Apenas la escucho ya. En las clasificaciones del iPod no creo que haya más de cinco o seis canciones que puedan considerarse heavies  entre las cien más reproducidas (nota al margen: no quiere esto decir que ahora tenga mejor gusto. En muchos sentidos, soy más rústico hoy que cuando tenía dieciséis añitos). Y, sin embargo, durante unos años de mi vida, puede que los más importantes, los formativos e iniciáticos, el heavy fue lo principal. Me parecía inconcebible tener un amigo que no compartiera esa pasión y prácticamente todo nuestro ocio consistía en beber cerveza, escuchar música muy alta y hablar sobre esa música.

Si uno quiere disfrutar de cierta consideración social, debe guardarse esas cosas para uno mismo o, al menos, ironizar sobre ellas, dejar claro cuán estúpido fue uno y ser incapaz de reconocerse. Pero la verdad es que yo me sigo identificando con ese primate agitamelenas. No atemperé mi obsesión totalitaria debido a ningún hallazgo estético. No me caí de ningún caballo, cual Saulo de Tarso de Sub Pop. No cambié las camisetas de Iron Maiden por las camisas de franela por madurez: simplemente, dejé de ser absolutamente heavy para serlo sólo a medias porque descubrí que esa era la única forma de follar. Si quería tener vida sexual, debía distanciarme, ironizar, fingir que también me gustaba Pearl Jam y que le veía alguna gracia al hip hop, aunque me estomagase. Esa pose, combinada con cierta palabrería seudointelectual, podía funcionar. Y funcionó, ya lo creo que funcionó. Al parecer, la muerte de Kurt Cobain diseminó por los garitos rockeros a un montón de adolescentes siniestras y tristonas con la autoestima mellada que estaban deseando compartir sus fluidos con un alma gemela masculina que entendiera su sentido trágico de la vida. Y yo, si había que entender, entendía lo que fuera. Comprensión no me iba a faltar.

Pero, medio en secreto, tamizado por un cada vez más trabajado sarcasmo, seguía berreando el One de Metallica —fui uno de los tarugos que se cabrearon y dejaron de seguirlos cuando sacaron el disco Load, esa cosa insulsa y popera destinada triunfar en Los 40 Principales— y gritando con AC/DC no sé qué de un tío al que habían agarrado por los huevos. Literalmente: AC/DC no componen metáforas, todo es textual en ellos. Las bragas de tu hermana en los tobillos y los genitales cubiertos de aceite lubricante de sus letras no son símbolos de nada. Y gritábamos en bares sucios y negros donde las únicas chicas que había eran las primas gordas del pueblo de tu amigo, que se bebían su roncola en una esquina, entre aburridas y asustadas. No importaba que ellas nos vieran hacer el ridículo, ahí podíamos ser nosotros mismos, dado que el sexo estaba completa y rotundamente descartado.

La tesis del libro de Klosterman es muy seductora. Desde que Kurt Cobain se suicidó, o puede que un poco antes, la crítica musical ha denostado el heavy metal. No ha habido un estilo más ridiculizado y vilipendiado en toda la historia. Confesar tu admiración por él, aunque sólo te refieras a algún aspecto marginal o a un disco concreto, te desacreditaba intelectualmente ante cualquier interlocutor moderno —cuando se publicó ese libro, mucho; ahora, un poco menos—. El heavy es una música pretenciosa, innecesariamente barroca, de bajísima calidad compositiva, conservadora, reiterativa y sin el menor trasfondo o ambición creativa. Sonidos para primates envueltos en una estética que deja pequeño el término kitsch. Himnos para ser coreados por garrulos pueblerinos y onanistas con el bagaje intelectual de una sardina en lata.

Mötley Crüe, una burricie sexista y hormonada de muy mal gusto. Por eso molaban.

Klosterman lo asume. Es verdad, todas las objeciones que sus modernos y esnobs amigos le hacen dan en la diana (Klosterman es periodista y novelista y vive en Nueva York, así que imaginaos en qué ambiente se desenvuelve). Ninguna persona con un mínimo de gusto y sensibilidad puede refutarlas. Y, sin embargo, comenta (me voy a mis esquinitas dobladas):

Ninguna persona cultivada siente el más mínimo interés por el metal, ¿verdad? Pero luego se me ocurrió otra cosa: a mí me gusta el metal, y estoy como poco semialfabetizado. De hecho, muchos de los individuos más inteligentes que conocí en la universidad crecieron escuchando metal, igual que yo. Y es evidente que no éramos los únicos.

Yo podría haber escrito ese párrafo. Sigue:

¿Sabéis? Si alguien escribiera un ensayo afirmando que Thin Lizzy fue la columna vertebral de sus experiencias como adolescente a mediados de los setenta, hasta el último crítico de rock de Norteamérica se mostraría de acuerdo. Una discusión seria sobre el significado metafórico de Jailbreak resultaría completamente aceptable. La única diferencia es que yo creo que podemos mantener el mismo diálogo acerca de Slippery When Wet.

El asunto es: si el heavy metal fue tan importante para tantísima gente, y si muchas de esas personas, que han demostrado ser inteligentes y estar dotadas de una gran sensibilidad, se han emocionado y siguen gozando con unos buenos cabezazos —aunque ya no tengan melenas que sacudir—, no se puede despachar el fenómeno con un comentario desdeñoso. Se puede estudiar y se puede llegar al fondo de su significado. Porque significó algo: esos primates gritones y ridículos conectaron con muchísimos chavales con una intensidad y una pasión que rara vez se han visto en la historia de la cultura pop, con un gregarismo y una fidelidad muy superiores a la que los hippies sintieron nunca por sus pelmazos de ídolos. Sólo los Beatles, y durante un período brevísimo de su carrera, consiguieron algo parecido a lo que lograron los monstruos del metal en sus años de gloria. ¿Por qué pasó eso? ¿Qué tenían esas bandas de alcohólicos y obsesos sexuales que no tenía Bob Dylan o tan siquiera los Rolling Stones y que, desde luego, no ha vuelto a tener ningún otro movimiento musical posterior? ¿Y por qué despierta tanta aversión y rechazo en las élites de la cultura, hasta el punto de haber sido casi borrado de las historias del rock o despachado como una anécdota estrambótica y marginal, cuando lo marginal era lo que ahora se considera canónico?

Sebastian Bach, cantante de Skid Row: más allá de la androginia, un tío que casi era una chica guapa.

De eso va este libro, de responder a esa pregunta desde la propia pasión y la propia experiencia, en un formato muy poco convencional. Es un ensayo teórico muy libre entreverado con la autobiografía, escrito con una audacia que ya la quisieran para sí la inmensa mayoría de los escritores en español de mi generación y de las dos anteriores, con argumentos sorprendentes y fantásticos.

Para mi gusto, el libro es demasiado americano. Como está escrito desde un punto de vista personal, el autor se centra en el glam metal de California, con Guns N’ Roses como la realización más perfecta y artísticamente relevante del movimiento —y, a la vez, paradójicamente, como su punto final, su saturación definitiva—. En líneas generales, estoy de acuerdo, pero me molesta un poco su rechazo tan tajante del heavy británico. Es cierto que, en comparación con el playero metal de Los Ángeles, era mucho más triste, feo y con una carga sexual bastante más liviana, pero, al menos para un europeo como yo, fue tan importante o más que el americano. Cuestión de continentes, supongo.

Al menos coincidimos en una cosa fundamental: Metallica era un coñazo y nunca jamás nos tragamos un disco entero de tirón.

Escribe Klosterman, en el epílogo:

Hay cierta clase de individuos que se niegan a aceptar que el heavy metal fue importante o incluso ligeramente interesante. De hecho, la mera sugerencia parece cabrearles considerablemente.

De un tiempo a esta parte se han rehabilitado algunos nombres. Cierta crítica les concede mérito artístico y unos pocos grupos con ínfulas intelectuales (en Estados Unidos se les llama college bands, bandas para público universitario y, por lo tanto, refinado) han hecho versiones de canciones de tipos que hace unos años eran considerados la hez de la tierra. Ya es de buen tono sacar a colación a Kiss, por ejemplo (Drive by-Truckers tienen una versión cojonuda de Strutter), y se pueden hacer sampleos irónicos de Mötley Crüe, habida cuenta de que ellos mismos se ríen de sus propias poses. En algunos medios, Guns n’ Roses están plenamente rehabilitados como grupo seminal y renovador de cierta actitud punk, honesta y agresiva que el rock ha perdido.

Kiss, la frontera de lo grotesco.

Para muchos modernos, la frontera la marca Kiss. Todo lo que se sitúe más allá, estética y musicalmente, es imposible de reivindicar para alguien que pretenda ser tomado en serio en una discusión sofisticada.

Por ejemplo, nadie —ni siquiera yo, que he visto dos conciertos suyos— defendería a estos tiparracos:

Manowar. Estos tíos llevaban taparrabos. ¡Taparrabos! ¿Hace falta decir más? Pues sí, pero no es el momento.

Ni, por supuesto, a estos dementes que repelían hasta a mi yo quinceañero:

Se llamaban G-War, y no, no iban de coña. Por eso daban miedo de verdad.

La cuestión, como bien plantea Klosterman en su genial libro, es que a los heavies se la sudaba ser despreciados por los modernos. Les importaba tres cojones, ni siquiera dedicaban un pensamiento a las críticas de los esnobs. Y ahí radicaba su grandeza y su invulnerabilidad. De hecho, cuando los heavies se empezaron a ofender por las parodias y a protestar en cartas al director, su movimiento firmó su definitiva e inapelable sentencia de muerte. Cuando les importó la opinión de los demás, se acabó el chiste. Lo que queda de aquel glorioso heavy que encontró su más bella y rabiosa expresión en Guns N’ Roses es un puñado de iletrados aburridos en estado permanente de mosqueo y no muy diferentes de un espectador de Intereconomía.

La gracia del heavy consistía en su capacidad para crear un mundo divertido y autorreferencial inmune a los condicionantes culturales y sociales. Rock, cerveza y punto. De eso va la vida, chaval, déjate de hostias, decían las estrellas a sus fans. Un mensaje universal y hedonista que podía ser acogido por cualquier adolescente, con independencia de su condición y domicilio. Eso fue posible mientras sus grupos llenaban estadios. Cuando la cosa decayó y se fraccionó en cientos de sectas, a cual más siniestra y difícil de asimilar por lo mainstream, el mensaje se complicó. En resumen: cuando el satanismo dejó de ser la excusa para una juerga provocativa que escandalizara a unas cuantas monjas y alguien se lo tomó en serio, se terminó la fiesta.

Además de argumentaciones de un malabarismo intelectual asombroso —compara, por ejemplo, las canciones de la cara B del disco Lies de los Guns con los cuatro evangelios: así como la imagen moderna de Jesús es una mezcla de esas cuatro historias diferentes, la figura de Axl Rose se explica por una mezcla de esas cuatro canciones. Brillantísimo—, el libro está salpicado de perlas. Algunas citas:

Si alguna vez llego al punto en el que mi rutina diaria consiste en hablar de magia negra y meterme jaco en un castillo rural de Sussex, sabré que he llegado a lo más alto.

A pesar de que la letra de la canción habla de abrirse camino siendo un solitario, el director del vídeo interpretó el tema de un modo muy diferente y pareció pensar que la canción iba de una mujer que intenta follarse un coche.

Los críticos de rock continuamente cometen el error de pensar que los álbumes «disonantes» (es decir, «desafinados») que ellos aprecian están influyendo de algún modo en la cultura. Lo cierto es que a ningún oyente normal le importa un bledo ninguna maldita canción jamás creada por los New York Dolls. La única gente que ha escuchado su material son (a) críticos musicales, y (b) tipos que leen libros escritos por críticos musicales.

Como toda la gran música de los ochenta, la de Shout at the Devil era inadvertidamente postmoderna. Su importancia no tenía nada que ver con los conceptos manejados; su importancia residía en lo que simplemente era, de la manera más literal posible.

And so on.

Fantástico. Me reafirmo en lo escrito: de lo mejor, más audaz, profundo y divertido que me he llevado a los ojos en los últimos meses. Y si te parece una chorrada, me da igual: soy heavy, tío, paso de lo que opines.

Y ahora, me voy a abrir una cerveza y a poner You Could Be Mine, una canción que muchos odiamos en su día porque le gustaba a los pijos (estaba en la banda sonora de Terminator II), pero que al final hemos comprendido que mola más que todos los cantautores tristones y descuidadamente despeinados que hemos escuchado después.

Metal rules!

PS.- Un testimonio metalero: aquí estoy, retratado en la máquina de marcianitos del Rainbow. ¿Qué es el Rainbow? Una Meca heavy: el club de Sunset Strip, en Los Ángeles, donde nació Guns n’ Roses. Sigue siendo un garito rockero de intenso sabor y cerveza asequible. Qué noche aquella, qué ilusión me hizo ir al Rainbow.

PARA 2012

El año que termina no se puede calificar de mierda. Se queda corto. Ha sido el peor de mi vida, de la vivida y de la por vivir, y no puedo despedirlo más que con insultos y patadas. Y porque no tengo armas de fuego.

Nada me consuela ni me va a consolar, pero el año que está a punto de empezar promete buenas perspectivas. Al menos, en eso tan difuso y falsamente solemne que llamamos vida profesional. Trabajo no me va a faltar. Y, de momento, ganas de trabajar, tampoco. Me gustaría aprovechar este impasse de balances y buenos propósitos para anunciarles, en plan promo, algunas de las cosas que van a pasarme en los próximos meses. Sólo un adelanto de asuntos que están ya cerrados, firmados y garantizados. Hay otras cosas en el aire, y otras historietas menores que se irán anunciando a su debido tiempo.

Mi agenda empezará el 25 de enero. Ese día, la Fnac ha programado un club de lectura de El restaurante favorito de Nina Hagen en el Fórum de la tienda de Plaza de España de Zaragoza. Compartiremos un vino y charlaremos de lo que gusten. Si se han leído el libro, les invito a que vengan a comentarlo o a insultarme (no me agredan, eso sí que se lo ruego, usen sólo la violencia verbal). Y si no, acérquense, que pasaremos un buen rato igualmente. Firmaré ejemplares si alguien gusta. No hay fechas confirmadas, pero entre enero y febrero espero presentar este libro también en Huesca y Barcelona, entre otros sitios. Ya lo anunciaré en su momento.

Esto es lo más cercano en el tiempo, pero no es, ni mucho menos, lo más importante. Esto se lo reservo a la publicación de mi novela, que saldrá en marzo, y posiblemente no sólo en España, sino también en algún país latinoamericano. Se titula No habrá más enemigo y trata de… Pues no lo sé muy bien. ¿De sexo? Puede, pero no sólo. Creo que habla del aburrimiento, de la añoranza por vidas aventureras que no tenemos y de la imposibilidad de ser un buen padre. Hay algún que otro asesinato y muchas ganas de follar. En fin, yo qué sé. Dicen que toda escritura es autobiográfica, incluso la de Lovecraft y así. Dejémoslo en que hay sexo y crímenes, como en la Biblia, pero más chulo, sin sermones. Violencia y porno gratuitos.

El lanzamiento será en marzo, y la sacaremos de paseo en abril y mayo, coincidiendo con las ferias del libro y los Sant Jordi varios. Se augura una agenda apretadita, me va a tocar hacer kilómetros. De momento, tengo que corregir las pruebas, que no es poco trabajo. Recuerden el título: No habrá más enemigo.

También en torno a marzo se presentará un proyecto colectivo en el que he participado. Una conocida bodega va a lanzar una remesa de vino de 2011 en cuyas etiquetas se incluyen microrrelatos de jóvenes autores. Han seleccionado a diez escritores, entre los que estoy yo, y nos han encargado cuatro microrrelatos a cada uno. No doy más detalles concretos porque montarán una campaña de prensa cuando se lance y no les voy a chafar la sorpresa. Esta historia me hace mucha ilusión. Siempre me gusta participar en cosas que se salgan de lo convencional.

Sin salir de lo literario, también he sido incluido en una antología de cuentos que saldrá publicada en Bulgaria. Rada Panchovska, la traductora y editora, ha escogido mi cuento Calle Velarde, de Malas influencias, para presentarme a las amorosas lectoras búlgaras. Estoy deseando leerme en alfabeto cirílico. Esto no sé si se presentará en el Instituto Cervantes de Sofía, pero si es así, que me vayan esperando, que yo ese viaje no me lo pierdo. Dicen que Bulgaria es como el Hollywood europeo del porno, y me gustaría que hiciesen una adaptación pornográfica de mis cuentos. Hay muchos escritores con novelas adaptadas en películas, pero, ¿cuántas de esas pelis son porno? Marcaría un antes y un después.

Esto es el futuro inmediato, los primeros meses del año. Hay otras historias que se concretarán más adelante y que están pensadas a más largo plazo, de las que hablaré cuando toque.

En el terreno periodístico la cosa pinta bien, pero apenas puedo adelantar nada, pues aún estamos en la zona de los proyectos y de las promesas sin concretar. Es ya casi totalmente segura mi incorporación como colaborador a una radio, puede que me involucre mucho en una conocida revista y merodean dos o tres asuntos catódicos todavía en fase de cigoto (ni siquiera embrionaria). Aunque confío en que irán saliendo y concretándose. Yo no anuncio las cosas sin firmar los papeles antes, no soy de los que venden la piel antes de cazarla. Si no se tuerce el asunto, voy a dar la brasa en unos cuantos sitios más de los que tengo por costumbre. Y uno de los proyectos es bien bonito. Pero basta, cállate ya, Sergio, que lo gafas.

Por último, y aunque esto se publicitará la semana que viene, anticipo que el 3 de marzo estaré en Madrid participando en un interesantísimo encuentro de blogs literarios, con nombres ilustres del panorama nacional. Pueden salir cosas muy chulas de esa jornada. Ese mismo día, por la tarde, firmaré ejemplares en una librería de la capital. No necesariamente míos: me encantaría firmar ejemplares del libro de Punset o de la dieta Dukan. Y después, espero cenar y emborracharme en buena compañía, ése es el único punto del orden del día que tengo claro.

Ocupado, voy a estar. Ya que no ficho en una oficina ni percibo nómina, tengo que mantener una agenda ajetreada para que no me llamen vago ni parásito. ¿Me hará feliz el trabajo? No creo. Pero la ética del trabajo me permitirá fingir que sí. Y, a fin de cuentas, ¿qué es la vida sino una representación? Sin fingimientos no seríamos nada, ni orgasmos tendríamos.

No les deseo feliz año porque ya no sé desear felicidad, pero sí que espero que no me abandonen en este empeño por mantener la cabeza alta y el motor en marcha. Prometo sonreír, no quejarme demasiado y ser un buen compañero.

Pásenlo bien y quiéranse mucho.

LO SUPERFICIAL

¿Es tarde para incluir una addenda a la lista de mis mejores libros de 2011? No había leído aún esta obrita de Alejandro Zambra (lo primero suyo que leo, la verdad, y voy a agenciarme sus otras dos novelas) y lo merece: Formas de volver a casa.

La compré en primavera, cuando salió, en uno de esos larguísimos paseos que me obligaba a dar por Barcelona para sacudirme el olor a hospital y a suicidio. Era uno de los must de la temporada librera, y me lo llevé de La Central junto con El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron (Mondadori), advertido de que ambos hablaban de padres e hijos y memorias familiares. Leí el libro de Pron una noche hospitalaria, y me dejó bastante frío, sin llegar a disgustarme, y puede que esta gelidez tuviera la culpa de que olvidara la obra de Zambra. De pronto, enfrentarme a su lectura me causaba una pereza infinita.

Y allí lo dejé, enterrado en una pila de ilegibles, desganado por siempre. No estaba de humor para padres e hijos, y si encima la cosa iba de allendes y pinochetes, el sopor me vencía. Lo siento, pero yo oigo hablar del Palacio de la Moneda y me duermo. Y como me vengan con que si Neruda esto o Víctor Jara lo otro, es que me sale la vena nihilista y pasota y me pongo insoportable. Casi me pica el cuerpo del contacto con la pana y con las canciones de Joan Manuel Serrat.

Pero alguien de mi completa confianza elogió el libro hace unos días, así que lo rescaté. Y lo devoré en apenas tres horas.

Como he tardado tanto en leerlo, ya han salido reseñas suyas por doquier, y uno de los reproches más recurrentes que he leído en un garbeo por Google es que no es un libro sólido, que no está bien armado, que  contiene buenas ideas pero no se desarrollan… Y he pensado: ¿habremos leído lo mismo estos críticos y yo? A veces me cansa la obsesión rusa de algunos críticos, que quieren que todo sea Tolstoi. Quieren novelones, libros para señores convalecientes, donde nada quede insinuado y todo esté bien descrito y bien narrado. Hasta el detalle. Si no encuentran eso, se sienten estafados y acusan al autor de vago o de incompetente.

Contra lo que dice el Código Penal, yo no creo que haya delitos sin móvil. En la literatura, no. Y si la intención del autor no era armar un novelón perfectamente engrasado, difícilmente se le puede acusar de no haber conseguido lo que no quería conseguir. Reprochar la ausencia de algo que no se prometió roza lo paranoico. Como esas locas que se enamoran de los locutores de radio nocturna y les persiguen y les secuestran diciéndoles: «Me prometiste que te casarías conmigo, cabrón, y ahora vas a sufrir por no haber querido a la pobre María Antonia». No, María Antonia, estaba haciendo un programa de radio, no te lo decía a ti, estaba en el guión.

Pues eso: no, señor crítico, yo no quería escribir Guerra y paz, no me puede culpar por no haberla escrito.

Viene esto a cuento porque Formas de volver a casa es minimalista por vocación desde la primera página. Desde antes incluso: el título ya da muchas pistas. Guerra y paz también da pistas en su título, si se dan cuenta. Y Crimen y castigo, también. Ya intuyes desde la cubierta que el autor viene fuerte, que aquello no es para nenazas impresionables, sino para machos-machos que no se dejan nada en el plato. En cambio, una obrita intitulada Formas de volver a casa ya nos está diciendo que las mujeres y los hombres afeminados son bienvenidos, que en sus páginas no se va a hablar a gritos ni se va a decidir el destino de los grandes imperios, que hay más vino blanco y licores digestivos que Rioja tinto y vodka. Es difícil no verlo, resulta obvio para cualquier lector con dos ojos no muy dañados.

Formas de volver a casa es un libro sutil (no sé si llamarlo novela, aunque el género es tan elástico que aguanta cualquier obra que contenga narraciones), un dibujo sin colorear, una especie de aguafuerte, si me permiten el símil pictórico —en el que las grandes novelas rusas serían lienzos de Velázquez—. Es a la vez una novela fallida y el diario en el que el escritor consigna su fracaso novelístico y vital. Metaliteratura, vaya, nada nuevo. Entre medias, una trama muy tenue que mezcla el conflicto generacional con la historia política y las relaciones amorosas en la linde de la madurez, cuando los jóvenes empezamos a dejar de serlo. Todo ello, con una enunciación suave y directa. Minimalista al fin.

Pero nada de esto convierte en interesante el librito. Lo que lo hace especial y emocionante es la actitud que lo impregna. Se lo comenté el otro día a un amigo escritor con el que suelo hablar de literatura (algo extrañísimo: los escritores apenas hablan de literatura. Hablan de otros escritores, de política, de periodistas y de dinero, pero de literatura, poco): me importa poco la técnica y el estilo de un libro, siempre que éste transpire honestidad. Estoy harto de trampantojos y de malabaristas. Al leer, quiero encontrar una mirada limpia y sincera. Me gusta sentir que el autor es algo parecido a un amigo y que el libro discurre como una conversación, y esto se resume en una única exigencia: quiero sentir que al autor le importa lo que está contando, que su voz se involucra y se hace presente.

Para mí, ése es el único compromiso que un escritor debe asumir. Y en Alejandro Zambra lo encuentro. Su prosa, contenida y cuidadita, como un coqueto jardín vertical, contiene el temblor de la vida. De su vida. Y sólo por eso merece la pena ser leído. Dice hacia el final:

Recordamos más bien los ruidos de las imágenes. Y a veces, al escribir, limpiamos todo, como si de ese modo avanzáramos hacia algún lado. Deberíamos simplemente describir esos ruidos, esas manchas en la memoria. Esa selección arbitraria, nada más. Por eso mentimos tanto, al final. Por eso un libro es siempre el reverso de otro libro inmenso y raro. Un libro ilegible y genuino que traducimos, que traicionamos por el hábito de una prosa pasable.

Dejar las cosas en bruto, no traducir, no limpiar. Hay algo grunge en esta actitud, algo de amor por lo primigenio y de repudio por el maquillaje y el engolamiento. Algo que me atrae, claro.

No sólo no me molesta su minimalismo, sino que se lo agradezco. Lo entiendo como una invitación a fisgonear y como una forma de respetar al lector: es casi un insulto darle todo masticadito, dejarle claro qué debe pensar y sentir ante la historia que se le cuenta. Abierto y sutil, como la relación de los dos personajes.

Porque —y casi todos los críticos parecen haber pasado por alto esto, que me parece a mí tan evidente— Formas de volver a casa se duele de lo superficial desde la propia superficialidad. Zambra se duele de no poder penetrar el mundo y sus seres, de que todo (las relaciones con sus padres, su propia relación de pareja y su relación con la historia y con el país que le ha tocado vivir) pase tan sin sentirse, sin dejarse conocer, sin poderse asimilar. Es un libro superficial sobre lo superficial de la vida, sobre el deseo frustrado de ver y de sentir más de lo que las personas y las cosas nos dejan ver y sentir.

No será Guerra y paz, pero no le hace falta. Un librito precioso que interpela sin decir apenas nada. Sin gritos, sin sermones, despacito.

NINA HAGEN EN LOS PAPELES

Hoy sale un reseñón de El restaurante favorito de Nina Hagen en el suplemento literario de Heraldo de Aragón. Casi una página, agüita. Ni que yo fuera ministrable o algo. Se han debido de equivocar, querían hablar del otro Del Molino, ese al que le gustan los toros y fuma puros.

Aquí la pego.

PD ibérica.- Mi libro no está sólo en los papeles (señores de la RAE, observen la importancia de una tilde: mi libro no está sólo en los papeles significa algo muy distinto de mi libro no está solo en los papeles. Pero ustedes verán, oh, guardianes de la lengua). Mi editor me manda una foto digna de Bigas Luna: el libro expuesto en Bodegas Almau, una centenaria y reconocida tasca de Zaragoza a la que acuden los modernos del lugar, atraídos sin duda por su aire antañón y sus barriles de madera. Ya saben ustedes que Miguel Ángel, el infatigable tabernero, organiza exposiciones y conciertos para satisfacer a su postmoderna clientela. Allí se vende también mi libro, expuesto junto al castizo Reservado el derecho de admisión. Y se mancha con la grasilla del jamón. Qué cutrerío más entrañable.

LA HORA VIOLETA

No entiendo a la gente que no viaja. No a la que no viaja por imposibilidad financiera, claro, sino a quienes, teniendo la cartera rebosante de billetazos, prefieren verlos pudrirse antes que dilapidarlos de cuando en cuando en una huida de su barrio. Yo prefiero quitarme de comer antes que quitarme de viajar. Aunque sea al pueblo de al lado. Un cambio de paisaje periódico es tan higiénico para el alma y la mente como una ducha lo es para el cuerpo.

Cuando viajo, suelo llevarme un ordenadorcito con la esperanza, siempre vana, de avanzar un poco en lo que sea que esté escribiendo en ese momento. Por supuesto, nunca redacto ni una línea, y los días se me van entre paseos, conversaciones (lo que se habla en los viajes) y, en el caso londinense que nos acaba de ocupar, pintas de cerveza. Pero lo que sea que tenga entre manos sigue obsesionándome y ocupando casi todos mis pensamientos. Yo estoy viendo una exposición en la British Library, o zampándome un pato Pekín en una tasca china del Soho, o bebiendo mi cuarta pinta en un bareto de Candem Town cuyo DJ lleva una chaqueta de chándal con capucha que se le cae todo el tiempo y se vuelve a colocar, empeñado en que la fuerza de la gravedad no boicotee su espíritu moderno. Y, mientras hago todas estas cosas, charlo con Cris, me río y ejerzo a veces de traductor simultáneo. Pero mi mente no está sintonizada con el momento, y piensa y repiensa en todo aquello que debería estar escribiendo y no escribo. Corrijo mentalmente, compongo pasajes nuevos, me peleo con el narrador.

En cierto sentido, los días de viaje son más productivos que los días de escritura. Esa forma de pensar sin pensar, esa obsesión despreocupada, me ayuda a avanzar más que un mes de escritura de machaca atado al ordenador, y, de vez en cuando, hace visibles las revelaciones allí donde se me presentan. Y eso, para un miope como yo, es importante.

Llevo un tiempo escribiendo un libro extraño que sólo los más cercanos a mí conocen. Espero rematar la primera versión muy pronto, pero la escritura no fluye con rapidez porque avanza por un canal sin lubricante. La penetración es dolorosa, y tengo que parar a menudo. Escribo a pequeños tramos, porque una inmersión completa en el libro me provocaría una muerte rápida por colapso. Como los buceadores que suben demasiado rápido. Hago incursiones guerrilleras: esto no se puede ganar con grandes batallas a cielo abierto, como una novela tradicional. Este combate requiere precisión, sorpresa y ocultamiento.

(Nota al margen: este libro no tiene nada que ver con la novela que saldrá publicada en marzo y de la que pronto hablaré).

No contaré gran cosa. Sólo responderé a una única pregunta: sí, es autobiográfico. Y sí, tiene que ver con dolores que no se expresan con gritos convencionales.

La escritura está lo bastante avanzada como para que tenga claras incluso las citas que van a presidir el atrio del libro. Un detalle que, como quizá algunos sepan, para mí es muy importante. En este caso va a haber dos frases, y es de la segunda de la que quiero hablar.

Leí La tierra baldía cuando hay que leerla, en la adolescencia letraherida. Y no me enteré de una puta mierda. Pero se me quedó grabado un verso:

Te mostraré el miedo en un puñado de polvo.

En inglés es mucho más sobrecogedor:

I will show you fear in a handful of dust.

Hace un par de meses, en una novela que estaba leyendo, lo vi citado. Inserto en el texto en plan anecdótico, casi con ironía, como el topic (o el trope, que diría con más propiedad un profe de literatura inglesa) desgastado que es. Después del primer verso de La tierra baldía (“Abril es el mes más cruel”), éste es uno de los más citados y crípticos. Hay cientos de estudios dedicados a su exégesis. El simbolismo de Eliot ha dado para muchas discusiones eruditas, y sigue alimentándolas. No soy, por tanto, nada original: mis ojos retuvieron las mismas palabras que miles de personas mucho más inteligentes retuvieron antes que yo.

Pero encontrarlo citado en clave despreocupada me incomodó. Y, a la vez, me emocionó. Fue como tropezarse con un viejo y querido amigo a quien hace mucho que no ves y en quien no piensas a menudo, pero en cuya compañía sientes un calor y una sensación uterina de hogar que no disfrutas con mucha más gente.

Así que lo rumié, lo rumié y lo volví a rumiar, y decidí usarlo como cita en el libro. Porque mi libro va de eso, de enseñar el miedo en un puñado de polvo, y si T. S. Eliot encontró las palabras justas en su poema, ¿quién soy yo para corregírselas o para despreciarlas? Por mucho que la reiteración y el resobe académico las hayan convertido en un lugar común vacío, para mí conservan intacta toda su potencia significativa. Un montón de estirados eruditos y un porrón de poetastros asexuados no bastan para desactivar un verso tan grande.

Así estaba yo, pensando en miedos que se enseñan en puñados de polvo, cuando un libro me asaltó en una de esas megalibrerías londinenses.

A Handful of Dust. Un puñado de polvo. Qué casualidad. La expresión en el título de una novela de un autor, Evelyn Waugh, que me resulta muy simpático (él como personaje bastante más que sus libros, pero esa es otra historia).

Lo empiezo a hojear, y al abrir la cita inicial, me encuentro esto:

La estrofa con el verso de Eliot. La novela se titula así por Eliot. Compruebo las fechas. Waugh publicó A Handful of Dust en 1934, doce años después de la aparición de La tierra baldía, en 1922. Para el novelista no era, por tanto, un verso muerto. El poema de Eliot era aún un texto vivo, impregnado de contemporaneidad, que apelaba directamente a gente como Evelyn Waugh.

Y, sin embargo, Waugh no lo usa para componer algo tan oscuro, simbólico y preapocalíptico como The Waste Land, sino como título de una de sus novelitas bestsellers, una comedia ácida llena de diálogos afilados sobre adulterios y trepillas en la decadente high society del Londres postvictoriano. Rebaja la carga del verso para instalarlo en un ámbito más propio del folletín. La novela, como tantas otras de Waugh, retrata la caída ridícula y extemporánea de la aristocracia británica. Un canto de cisne, que se suele decir.

Lo aplaudo, la verdad. Quizá es el ejemplo más temprano de desdramatización de un tópico de Eliot. Supongo que no le haría ninguna gracia que su obra se reclamase como inspiración para libritos dirigidos a un público, si no grande, sí mucho más amplio que el que leía los inextricables poemas del estirado americano (que era tan estirado, que ni siquiera soportaba la idea de ser americano y quiso ser londinense).

Mi siguiente impulso fue correr a la sección de Poetry —que, en España, suele estar desierta, si es que existe, pero que en esa librería era muy amplia y estaba llena de chicos delgados con cara triste— y buscar una edición bonita de The Waste Land. La encontré rápido. Muy bonita. Y muy barata también.

Paso por caja y, aprovechando que estoy solo, ya que Cris se ha marchado a otra parte de la ciudad a otros menesteres, me meto en el pub donde hemos quedado luego, que a esa hora está tan baldío como la tierra de Eliot, pido una pinta y me pongo a leer. Y tengo que hacer esfuerzos para no llorar. Por muy vacío que esté el sitio, no es lugar ni momento. Me concentro en la lectura y mantengo el miedo fuertemente apretado en un puñado de polvo.

Y es allí, en ese pub desierto de una ciudad extraña e irreal (unreal city, llama a Londres Eliot varias veces en su poema), donde creo entender al fin lo que quería decir Eliot. Y felicito al adolescente letraherido e imbécil que fui, porque, aunque no comprendió en su día nada con la cabeza, intuyó algo con las tripas. Algo que era verdad, que estaba en los versos, al alcance de todos los que hayan visto el miedo en un puñado de polvo. En la hora violeta.

At the violet hour, when the eyes and back
Turn upward from the desk, when the human engine waits
Like a taxi throbbing waiting.

Que yo traduzca a Eliot es lo más parecido a una blasfemia que se me puede ocurrir, pero, poco más o menos, estos versos dicen:

En la hora violeta, cuando los ojos y las espaldas
se levantan del escritorio, cuando el motor humano
espera como un taxi parado en marcha.

A veces me siento suspendido en una eterna hora violeta, hipnotizado por el miedo que me mostraron y del que no puedo apartar la vista. Otros salen de esa hora violeta, se levantan y se van, se montan en ese taxi que les lleva a algún sitio deseado. Yo ni vengo ni voy. Me quedo con el motor del cuerpo estremecido, en punto muerto, sin poder meter la primera marcha y salir de la parada.

Pero eso no lo sabía cuando era un adolescente. En aquellos días no me imaginé nunca atrapado en una hora violeta. Es más: en aquellos días envidiaba a los escritores atormentados y quería que el sufrimiento me elevara a las habitaciones secretas del Parnaso. Pero, ahora que vivo en la eterna hora violeta y encuentro en mi vida el dolor que puede justificar una actitud de sabiduría apocalíptica, nada deseo más que sentir que el taxi arranca y me lleva lejos, a algún teatro del West End, a alguna fiesta de borrachos cínicos y carcajeantes. Cualquier cosa antes que esta espera, que esta hora violeta que vibra para nada, que no concluye ninguna jornada ni promete velada alguna.

Cualquier cosa menos Eliot.

VIOLADORES Y VIOLADOS

Como sé que dos o tres de ustedes cometen la insensatez de dejarse guiar por los libros que aquí comento para cuando visitan su librería o su biblioteca (saben que no me hago responsable ni admito reclamaciones), voy a escribir acerca de un par de títulos recientes que quizá amenicen sus deprimentes días navideños. Por lo menos, ninguno de los dos suena a villancico ni habla de fraternidad ni de hijos pródigos ni de esas mierdas tan propias de estas entrañables fiestas.

No mezclo las dos por sus semejanzas sino por sus diferencias. A saber:

Uno tiene una portada potable, sin ser de las más brillantes de una editorial (Libros del Silencio) que nos tiene acostumbrados a portadas muy rechulas:

El otro tiene una portada espantosa, como de Harlequín premenopáusico:

Uno está escrito por un hombre; el otro, por una mujer. Uno, por un inglés; el otro, por una americana. Uno, por un escritor fracasado que se volvió tarumba de pura derrota; el otro, por una autora muy vendida y muy bien criticada que todos los años se postula al Nobel. Uno es muy largo; el otro, muy breve, apenas una nouvelle.

Es difícil encontrar libros con más antagonismos entre sí. Los une el hecho de que ambas novelas hablan de violencia, pero una, desde la perspectiva de un criminal, y la otra, desde el punto de vista de unas víctimas. ¿Adivinan cuál es cuál?

Exacto: las víctimas siempre se llevan la portada fea.

La novela de Colin Wilson es extraña y difícil de asimilar para un lector  moderno, porque trasgrede casi todas las convenciones del arte narrativo e incurre en bastantes de los vicios que muchos deploramos en los malos escritores y que, quienes damos talleres literarios, intentamos corregir y hacer notar a nuestros polluelos. Y, sin embargo, es tal el talento del autor y tan sugestivo el planteamiento de la obra que convierte todos esos errores en virtudes.

En cambio, la novela de Joyce Carol Oates es casi perfecta, de una técnica impecable y audaz. Ritmo medido, información dosificada y administrada con sabiduría y estructura caleidoscópica, con narradores extraños que a veces se expresan en segunda persona y parecen hablar desde un presente que es futuro. Pero falla en lo principal, en ese reducto que la técnica no puede suplir: la emoción. Conforme avanzo en la lectura, menos me interesa el drama que me están contando, menos implicado estoy con la tragedia de la protagonista (a la vista del título, creo que no destripo nada si les digo que es una mujer a la que violan). Porque Oates acaba poniendo su impecable y soberbia técnica narrativa, digna de una Messi de las letras, al servicio de una tesis política en lugar de al servicio de sus personajes. Oates quiere demostrarnos algo y convencernos de una idea, y para ello no duda en forzar la máquina hasta hacer zozobrar la verosimilitud del relato.

No tengo nada en contra de la novela feminista ni de ninguna otra novela ideológica, siempre y cuando se respete el pacto de lectura y el relato sea coherente con sus propios planteamientos narrativos. Y aquí no lo es.

Me explico: Teena Maguire es violada salvajemente en presencia de su hija de doce años por una panda de adolescentes puestos de metanfetamina. La agresión casi la mata, y cuando se recupera, tiene que enfrentarse al juicio y a una especie de segunda violación, esta vez social. Resulta que el pueblo y la opinión pública no simpatizan con ella, insinúan que era una guarra que iba provocando y acaba despertándose cierta corriente de empatía hacia los animales que la atacaron. El planteamiento es sugerente y creo que no faltarán víctimas de violación que se sientan identificadas con ese sentimiento de indefensión y de vapuleo social («algo habrá hecho», «las visten como putas», etc.). Pero, para expresarlo, Oates dibuja unas situaciones demasiado burdas. No me creo ese linchamiento, especialmente con la mala reputación que tienen los delincuentes sexuales. Parece que está hablando de una aldea de Arabia Saudí. El machismo institucional, en las sociedades occidentales, se manifiesta de maneras mucho más sutiles. Oates crea monstruos que no existen o que no se atreverían a vilipendiar a una víctima de violación. Sencillamente, porque, diga lo que diga Oates, las víctimas tienen un carácter sagrado en nuestras sociedades. Quien las mancilla, sufre el repudio social. Y eso no se refleja en la novela.

Pero incluso eso podría tener un pase —o no molestar tanto— si el presunto mensaje o moraleja de la historia no se pareciese tanto a un episodio de El equipo A: la justicia no funciona, no protege a las víctimas, así que hay que tomarse la venganza por la mano. Lo hace un policía que se va cargando uno a uno a los violadores. Lo que empieza siendo un alegato feminista acaba sonando a un reclamo fascista. Y no es la primera vez que, bajo un maquillaje progresista, los novelistas realmente existentes nos cuelan discursos reaccionarios de populismo subido de tono que dejan los argumentos de Harry el Sucio a la altura de una diatriba socialdemócrata.

Hay, a pesar de todo, muchos aciertos, especialmente en cómo narra la destrucción psíquica de la protagonista y cómo se recluye y rechaza el mundo, pero el empeño por politizar el relato lo enfría mucho y acaba rompiendo su hechizo. Además, sucumbe al happyending de la forma más cursi que imaginarse pueda (¡con campanas de boda! Para que las sufragistas se retuerzan en sus tumbas: doscientos años de lucha para acabar de tul ilusión. Hay que joderse), lo que confirma que los escritores más aficionados a la violencia son finalmente los más tiernos.

(Alberto Olmos dijo el otro día cuando estuvo por este pueblo que los escritores cursis suelen ser unos hijos de puta, y los duros, bellísimas y amables personas. Lo suscribo y brindo de nuevo por ello, hics. Al menos, en lo que a Olmos se refiere, es verdad, un tipo encantador).

Ritual en la oscuridad es, ya desde el título, otra cosa. Para mí, mejor, más genuinamente literaria, más parecida a lo que yo pienso que debe ser la buena literatura.

El principal vicio de los que aludía al principio en el que incurre esta obra inglesa tiene que ver con el prejuicio dialógico que padecemos muchos lectores: sospechamos de las novelas que tienen páginas y páginas de diálogos. Y esta, queridos míos, es un diálogo de 600 páginas.

¿Por qué somos muchos —bueno, quizá no tantos, a la vista de los cosos que se publican hoy en día— los que creemos que un exceso de diálogo es síntoma de una escritura mala? Porque el diálogo, cuando no se utiliza en sus dosis adecuadas, deviene relleno o, lo que es peor, sustitutivo de la narración. Las malas novelas policíacas están llenas de diálogos informativos, cuya única finalidad es facilitar datos al lector; y las malas novelas en general están llenas de diálogos café con leche, del tipo:

—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Descansó el señor?
—Divinamente.
—Y yo que me alegro. ¿Tomará café o té?
—Té, por favor, con una nubecita de leche.
—¿Limón también?
—No, sólo la leche, gracias.
—¿Querrá tostadas o pastas?
—No sé decidirme… A ver…

Y así, hasta que el lector, desesperado, empieza a pasar páginas gritando: «¡Cómete las putas pastas y métete el té por el culo!». Ante los diálogos café con leche que se prolongan páginas y páginas, el lector agudo e intelectual se pregunta, irritado: «Pero, vamos a ver, ¿aquí cuándo dejan de hablar y se ponen a follar?».

Pues eso. Espero que haya quedado clara la cuestión del prejuicio dialógico.

Sin embargo, en esta novela, aunque hay algunos ejemplos de esas conversaciones café con leche, por lo general, es muy interesante la estructura dialógica, pues aquí funciona en clave platónica (de diálogo socrático-platónico, vaya: repasen el BUP si no saben de qué hablo). En las conversaciones se intercambian ideas. Ideas muy interesantes. Básicamente dos. A saber:

a) ¿Merece la pena el esfuerzo de follarse a todas las mujeres del mundo, o el sexo no es tan la hostia como nos lo han vendido y con un polvo de vez en cuando vamos servidos?

b) Si te enamoras de alguien que resulta ser un asesino destripador de prostitutas, ¿le ríes las gracias o acudes a la policía?

La respuesta a la pregunta a) es: con un polvo de vez en cuando vamos servidos, pero con todas las mujeres del mundo. O, al menos, con todas las apetecibles que se crucen por nuestro camino. Y a la pregunta b) es: le ríes las gracias, faltaría más, ¿para qué están los amigos-amantes, si no?

A diferencia del librito de Oates, este no quiere moralizar, no busca enseñarnos lo perverso y machista que es el mundo, sino que juega con la amoralidad para hacer aflorar nuestras contradicciones éticas. Al final de la novela se plantea: ¿qué diferencia hay entre un funcionario del Tercer Reich, por muy segundón e ignorante del genocidio que fuera, y un encubridor de un asesino en serie? ¿Son mejores las razones de uno que las del otro?

¿Por qué me ha parecido mejor la novela de Wilson que la de Oates? Básicamente, porque, aun siendo aproximaciones al mismo problema desde enfoques contrapuestos, la de Wilson quiere hacerme pensar. Pensar a secas, sin complemento circunstancial. En cambio, Oates quiere hacerme pensar de una determinada forma, la suya: aspira a convencerme de que su elección moral equivale a una verdad ontológica. Quiere señalarme la divisoria entre buenos y malos y busca una forma de que los malos paguen su maldad. Ésa es la diferencia entre la literatura y el editorial de un periódico.

La buena literatura, la que me interesa, la que me enseña algo de la vida y de mí mismo, no diagnostica sociedades ni postula remedios. Para eso ya está el ensayo y el periodismo. Y una narradora como Joyce Carol Oates debería saberlo. Confío en que no lo sepa, porque si retuerce las cosas a sabiendas, está cometiendo un fraude literario, y a mí me gusta creer en la honestidad de los buenos escritores. Aunque, si no lo sabe, mejor que no lo descubra, porque el día que abandone su vocación panfletera y de denuncia y se ponga a escribir literatura al servicio de la literatura, la borrarán de la lista de candidatos al Nobel.

GRUPO DE ROCK SERIO BUSCA

Ya es famoso el anuncio que Barry (Jack Black en la versión peliculera) coloca en la tienda de discos de Rob en la nickhornbyana Alta fidelidad: «Grupo de rock busca guitarrista, bajista y batería». ¿No sería más razonable que pusiera «cantante busca unirse a banda de rock»?, le objetaban sus amiguitos, entre la irritación y el cachondeo. Pero Barry tenía muy claro que el grupo era él.

Un amigo me ha chivado un anuncio real aparecido en la página del Cipaj (información juvenil movida y promovida por el ayuntamiento) que publica Heraldo de Aragón:

Grupo de rock serio busca batería.

Ya no son serias sólo las señoritas que se ofrecen a cuidad niños ni los pintores (españoles, también destacado) que pintan tu casa con un presupuesto muy económico. Queridos todos: vivimos tiempos en que las bandas de rock también son serias. Como los ingenieros de caminos, oiga. Esta es la España que nos deja ZP, este es el mundo que nos toca vivir.

La seriedad, esa peste silenciosa y aburrida, ha alcanzado sus últimos objetivos militares, cautivo y desarmado el ejército cómico.

¿Cómo puede asociarse la seriedad con el rock? Es más, ¿cómo puede asociarse la seriedad con cualquier forma de espectáculo?

Jethro Tull, que son unos señores escoceses —bueno, un señor escocés llamado Ian Anderson— que llevan cuarenta años dándole a la flautilla, sacaron en 1971 un disco conceptual, Aqualung. La crítica lo frió hasta achicharrarlo, y una de las más contundentes refutaciones, puede que en el New Musical Express, proclamaba con fastidio y crueldad británica: «Vaya, ahora resulta que Ian Anderson quiere que pensemos».

¿Qué le reprochaban? Su seriedad, que quisiera poner al público grave y solemne con su música cuando lo que de verdad quería la muchachada era drogarse un poco y refrotar su pliegue inguinal con el correspondiente de la hippie de al lado. Que de eso va esta historia, Ian, que no te enteras, contreras, le dijeron los críticos (lo de contreras se decía mucho en 1971).

Contra la seriedad se rebeló el punk pocos años después, encontrando una sana y eufórica respuesta en una chavalería empachada de discos conceptuales y de solos de teclado de cuarenta y tres minutos que no habían abierto ninguna puerta de la percepción —puede que ni siquiera una rendija—. Sólo los japoneses, que quizá vivan desde hace mucho tiempo al otro lado de esa puerta, siguieron asistiendo con educación y calma a los pasotes del rock progresivo y sinfónico, casi hasta nuestros días.

No soy dogmático ni doy consejos (prefiero recurrir directamente al asesinato, las razones y los discursos me fatigan y no hay nada que inspire mayor obediencia que una cabeza clavada en una pica a la vista del populacho. Las palabras, fíjense, me agotan, prefiero vencer a convencer), pero en esta ocasión seré magnánimo y os desengañaré con mi evangélico poder de persuasión, oh, pobres y muy solemnes criaturas: la seriedad es el camino más equivocado para que alguien os tome en serio.

O peor: es el más ridículo de los caminos para ser tomado en serio.

Alguien que asume la seriedad como una actitud está haciéndole el trabajo por adelantado a sus caricaturistas.

Para mí, la seriedad de un artista (me da igual que sea músico, escritor o hacedor de performances acrobáticas) es indicio de muchas cosas, todas ellas nefastas. La seriedad denota inseguridad, prevención ante las reacciones del público, una más que plausible y nada disimulada mediocridad y una incapacidad enorme para la autocrítica, la corrección y la valoración de la propia obra. Todas estas cosas son minusvalías para cualquier artista que quiera hacer algo interesante. Puede que tenga algo que decir, pero las capacidades de crecimiento y aprendizaje, imprescindibles para encontrar la propia voz del artista, están considerablemente mermadas. Alguien serio rara vez se mueve: no sabe ir ni más allá de sí mismo ni más acá de sí mismo, pues su pose lo paraliza tanto para explorar espacios donde no se siente seguro —y donde su seriedad puede fracturarse— como para renegar de lo ya hecho y, en consecuencia, superarlo y superarse.

Un ejemplo de escritor con actitud seria: Gabriel García Márquez. Un ejemplo de escritor con actitud despreocupada: Mario Vargas Llosa. Ambos fueron amigos una vez, ambos fueron pares. Hoy, uno es un vejestorio que babea incoherencias y el otro es un autor que —a pesar de decepciones enormes como la de su última novela, que me pareció espantosa— sigue avanzando y sigue proponiendo cosas interesantes, preocupándose por refrescar su literatura, en permanente búsqueda de ese no-sé-qué que persiguen los artistas. El primero, solemne, se enmohece en su propia grandeza. El otro, se airea y puede que incluso siga follando con alegría, renovando en cada polvo los votos de una juventud nunca abandonada del todo.

La actitud, lo he descubierto con el tiempo, y cada vez estoy más convencido de ello, hace al artista. Quien descubre esta verdad muy pronto y la aúna a su talento, tiene muchas posibilidades de hacer cosas grandes en la vida. Cuanto más tardes en darte cuenta y menor sea tu talento, más posibilidades tendrás de acabar yaciendo entre las miasmas de tu propia solemnidad, eternamente mediocre y ridículo.

Hay demasiada gente queriendo ser seria. Demasiada gente dolida por no sé qué misteriosos dolores que nunca se explicitan. Demasiado poeta que ve la intensidad reflejada en el blanco pulido de su nevera llena de productos Hacendado o en la pobrecita desgracia de los niños de Somalia a los que vio de lejos en un safari.

Sylvia Plath, poeta a la que dediqué un cuento de mi libro Malas influencias [inserción publicitaria], no se suicidó: implosionó ahogada en su propia solemnidad, obsesionada con el crecimiento de sus propias uñas (literalmente), aislada y ensimismada en un apartamento gélido. Por eso ella, como personaje, es más interesante que los poemas que escribió. Por eso escribimos sobre ella y no sobre su poesía. Pero eso es un fracaso enorme —y si no se hubiera suicidado, nadie escribiría de ella, ahora sería una anciana olvidada y amargada—: todo autor honesto quiere que su obra le trascienda, no trascender él mismo su obra por una anécdota cualquiera.

Y sí, el suicidio es también una anécdota. Todo lo es, al fin y al cabo.

Lo habéis comprobado en el post anterior: siempre que se bromea sobre algo, salta un ofendido. El humor tiene un poder que la seriedad nunca tendrá. Un tipo serio puede dejar indiferente a la concurrencia o dormirla, pero un buen chiste siempre molestará a alguien. Al menos, eso nos llevamos por delante.

Mi consejo como dentista es: no seáis serios, no os dejéis vencer por ese virus que todo lo invade. La seriedad se logra en la honestidad de la obra bien armada y en la originalidad e intensidad de lo que dices y de cómo lo dices, pero como actitud vital y artística es un lastre insufrible. Practicad un poquito de self-deprecation, no le hagáis el trabajo a vuestros caricaturistas. Y, sobre todo, procurad ser agradables: pensad que estáis en una fiesta con más gente, y que la única estrategia de supervivencia en ella es la seducción. Nadie seduce tomándose en serio a sí mismo. O, por lo menos, nadie seduce así a alguien interesante: lo más probable es que acabes ligando con una tipa o un tipo tan imbécil como tú. Ya sabéis, dios los cría. La cuestión es: ¿queréis vivir rodeados de imbéciles seriotes como vosotros o realmente queréis llegar con vuestro arte a todo el mundo? En la respuesta a esa pregunta encontraréis la clave.

Y ya está, que me empiezo a parecer a un panfleto de Paulo Coelho y, encima, les estoy tuteando, como si nos hubieran presentado o algo así.

Tomen como ejemplo a Marlon Brando, el más intenso de los actores que el mundo ha dado, que acabó siendo el mejor de su arte y oficio por pura diversión, porque vio que aquello molaba y decidió intentar hacerlo lo mejor posible. Pero, para ello, antes tuvo que hacer algo de self-deprecation e insistir en todas las entrevistas que él se había convertido en actor porque era un inútil, porque no sabía hacer ninguna otra cosa ni se creía con talento ni vocación para nada. Incluida la interpretación, cuya vocación, aseguraba, fue sobrevenida: ya que he encontrado algo que hago bien, voy a intentar hacerlo lo mejor posible, se dijo. Pero sin tontadas ni mesianismos, sin ánimo ninguno de cambiar el mundo. Ni siquiera de cambiarse a sí mismo.

Así son los putos genios, rara vez suenan serios.

HERE COMES A REGULAR

Este es el vídeo (amateur y en plano fijo, aviso, pero se ve y se oye admirablemente bien) de la presentación de El restaurante favorito de Nina Hagen en Los Portadores de Sueños el miércoles pasado.

Fue un día excepcional, y creo que no le he agradecido lo suficiente a Ana Usieto (a otra gente tampoco, pero mi deuda es mucho más grande con Ana) el cariño y el esfuerzo gastados. Le hice pasar un mal rato y en algún momento me he sentido culpable por haberla puesto en ese brete, pero cuando aceptó me hizo muy feliz, y lo que dijo y cómo lo dijo me hacen temblar aún las canillas, sean lo que sean las canillas.

Es cierto que nuestra relación funciona mejor en el registro somarda que en el floral, pero el miércoles estuvo sublime e hizo de la presentación lo que yo quería que fuera: una celebración, un abrazo colectivo, un cariño desprejuiciado. Para disquisiciones académicas y comentarios de texto filológicos ya están los pelmazos de siempre: yo quería compartir ese rato con mis amigos, con la gente a la que quiero y que me quiere. Y Usieto ocupa uno de los sitios más altos y cómodos de ese escalafón.

En las entrevistas y crónicas sobre el libro que han ido saliendo esta semana en los medios se ha destacado mucho la ocurrencia del pijama. Y está bien, resume estupendamente el espíritu de la obra, pero yo quería aprovechar este post para llamar la atención sobre una cosa que parece protocolaria y que todo el mundo pasa por alto —yo el primero— cuando lee un libro: la cita inicial.

No es extraño, porque, como muchas otras historias de la liturgia librera, ha perdido buena parte del sentido y ha quedado como un ritual vacío o un mero adorno para que el autor exhiba la longitud y profundidad de sus insondables lecturas. Pero en mi caso no es así. O no he querido que fuera así. La que encabeza El restaurante favorito de Nina Hagen no es un verso de un gran poeta ni una sentencia de un filósofo tremebundo, sino unas palabras de un songwriter yanqui (lo siento, traduciría songwriter por cantautor, pero es que, en España, cantautor es un término tan roñosamente cargado de connotaciones que me parece un insulto equiparar la actitud y el trabajo de un songwriter americano con la mediocridad melosa de un cantautor patrio): Paul Westerberg. Es una estrofa de una canción titulada Here Comes A Regular que dice así:

Here comes a regular.
Call out your name.
Here comes a regular.
Am I the only one who feels ashamed?

El regular de la canción se erige en contraposición a los specials. En otro verso dice: «Everybody wants to be special here». Todo el mundo aquí quiere ser especial. Pero la canción planta en el centro del cuadro a un regular, a un tipo corriente, y remite a una estética invernal y springsteeniana con la que me siento muy cómodo. Un sitio de cerveza y pantalones vaqueros, un espacio de gente conformada, pero no por ello conformista. Frente a los que se desviven por epatar, por pisar el cuello del vecino y por llamar desesperadamente la atención para alimentar egos voraces y desquiciados, nos situamos los regulars, los que poblamos las canciones de John Mellencamp, los que no tenemos miedo de enseñar los dientes en una carcajada.

Y es esa la estética que me pertenece y a la que pertenezco. Una estética cómoda y amigable, ajena a las modas, mucho más parecida a la de un pub cervecero que a la de un club minimalista. A todas estas cosas remite el concepto “pijamista”. Y creo que la presentación del miércoles fue un punto de encuentro para los que nos sentimos cercanos a esa forma calmada y amigable de vivir la vida.

Hoy me he cruzado con un bicho venenoso, con una de las pocas personas que conozco que considero nocivas y cuyo trato desaconsejaría vivamente a cualquiera. Alguien a quien he visto hacer cosas miserables y de la que sospecho cosas muchísimo más miserables, la típica persona que no querrías tener a tu lado en el caso de que surja un Cuarto Reich, pues sabes que te delatará a las SS en cuanto tenga ocasión. Me ha preguntado por este libro y he tratado de ser educado. Se ha sorprendido cuando le he dicho que la librería estaba llena a reventar y me ha mirado con lástima impostada. Yo le he dejado atrás afianzado en mi actitud de regular y plenamente consciente —por intuición pura— de que el desgraciado es él. Porque yo, pese a no tener de mi hijo más que sus fotos y el recuerdo de su olor, soy un tipo afortunado, porque la gente que me quiere así me hace sentir. Y esta persona, en cambio, tiene que caminar mirando hacia atrás por miedo a ser apuñalada por alguna de sus víctimas.

Dice un proverbio árabe que si te sientas en la puerta de tu casa verás pasar el cadáver de tu enemigo. Yo me contento con adivinar la soledad y la envidia en sus ojos.

Durante la enfermedad y muerte de mi hijo he descubierto lo mejor de las mejores personas y he terminado por despreciar lo peor de las peores. Y tiene cojones que yo, que soy un regular derrotado y dolorosamente consciente de mi derrota, me sienta envidiado por uno de esos specials que tan claro han manifestado siempre su desprecio.

Los regulars, los pijameros, llevamos la razón. No dejéis que uno de estos petimetres os la quite.

ME HAN PILLADO EN PIJAMA

Lo que pego a continuación es la entrevista que sale hoy en las páginas de Cultura de Heraldo de Aragón. El que está tirado en el suelo soy yo, y el que formula las preguntas y me hace parecer un poco menos idiota de lo que en realidad soy es Mariano García, un tipo que empieza a merecerse un monumento (y no por esta cosa, precisamente). Lo digo sin hipérbole ni ánimo de halagar: esta entrevista es una de las cosas que más orgullo me han hecho sentir desde que publiqué mis primeras letritas. Qué cojones: yo sólo hacía libros para que algún día me entrevistara Mariano García. Ya lo he conseguido. Ya me puedo retirar.

Creo que hoy también me sacan en una radio y en los informativos de la tele autonómica. Y, a las 20.00, si andan por Zaragoza, están todos invitados a un brindis en vaso de plástico en Los Portadores de Sueños (c/Blancas, 4). Si la emoción me lo permite, diré algunas palabritas y charlaré en público con Ana Usieto (otro honor igual de grande que esta entrevista).

No sé qué alegría tan grande siente uno el día de su boda, pero dudo mucho que sea mayor que la que siento yo hoy, con tanta buena gente alrededor.