Liquido mis diatribas vargasllosistas con esta cita de La civilización del espectáculo (y remito a un artículo que saldrá el 1 de julio en una nueva revista digital, en el que utilizo el libro de Vargas Llosa como excusa para hablar de otras cosas). Ahí va esta cita de la página 200:
Nunca hemos vivido, como ahora, en una época tan rica en conocimientos científicos y hallazgos tecnológicos, ni mejor equipada para derrotar a la enfermedad, la ignorancia y la pobreza y, sin embargo, acaso nunca hayamos estado tan desconcertados respecto a ciertas cuestiones básicas como qué hacemos en este astro sin luz propia que nos tocó, si la mera supervivencia es el único norte que justifica la vida, si palabras como espíritu, ideales, placer, amor, solidaridad, arte, creación, belleza, alma, trascendencia, significan algo todavía, y, si la respuesta es positiva, qué hay en ellas y qué no. La razón de ser de la cultura era dar una respuesta a este género de preguntas. Hoy está exonerada de semejante responsabilidad, ya que hemos ido haciendo de ella algo mucho más superficial y voluble: una forma de diversión para el gran público o un juego retórico, esotérico y oscurantista para grupúsculos vanidosos de académicos e intelectuales de espaldas al conjunto de la sociedad.
No tengo nada en contra de la neorreligiosidad ni de la neomística. Incluso creo que se puede armar una obra interesante persiguiendo el viejuno y escurridizo sentido de la vida, pero lo que no estoy dispuesto a aceptar es que quienes renunciamos de plano a esa trascendencia seamos unos brutos cavernícolas o unos degenerados torremarfileños. Parece que, desde el momento en el que el arte (entendido como sinónimo de cultura) renuncia a intentar tocar a dios con los dedos, sólo caben dos posibilidades, tal y como se expresan en esta cita: o la banalidad frívola de usar y tirar o el sofisma oscuro, el juego de palabras de salón, la sofisticación vacua. Parece que tenemos que elegir entre La hora de José Mota y los jueguecitos culteranos de Georges Perec.
Pues no. Efectivamente, hemos renunciado a buscar el sentido de la vida. Sabemos que es un empeño ingenuo y propio de alelados o de cursis (sí, yo también puedo reducir al absurdo). No vagamos alucinados por este astro sin luz propia (sic) preguntándonos quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos, o si estamos solos en la galaxia o acompañados.
Son precisamente esos hallazgos científicos que menciona Vargas Llosa al principio, y no los libros de Nietzsche (que también), los que han convertido la búsqueda del sentido de la vida en un chiste de los Monty Python. La física y las neurociencias pueden dejarnos a los neófitos mareados y aturdidos, pero con una idea clara: lo que antes era oficio de filósofos —y, a veces, de poetas—, ahora lo es en exclusiva de científicos. La especulación suena ridícula al lado del método científico. El más sofisticado pensamiento especulativo es una pedorreta infantil al lado de una ecuación bien formulada (incluso concediendo que las matemáticas tienen un altísimo contenido especulativo). Fíjese a qué niveles de idealismo filosófico y artístico ha llegado la ciencia que ya cultiva disciplinas que estudian lo que no existe, como la astrobiología, cuyo objeto de estudio es la posible (y plausible) vida extraterrestre. Ni Baudelaire, en su más regio colocón de opio y porquerías del siglo XIX, imaginó algo así.
La física le ha quitado el trabajo a los poetas y a los filósofos, y las neurociencias llevan camino de quitarle el trabajo hasta a los psiquiatras (a los psicólogos prácticamente los ha desahuciado ya). Los novelistas, sin embargo, pueden aguantar siempre que no sigan ninguno de los consejos de Vargas Llosa.
La literatura, que al contrario que la filosofía, no aspira a convertirse en una forma de conocimiento, no colisiona con el método científico y, por tanto, se ha convertido —junto a las tertulias de El gato al agua y los programas de Arguiñano— en el único espacio donde la especulación se puede cultivar. Siempre, claro está, que no aspire a una comprensión totalizadora. Es decir, siempre que resista la tentación de dar soluciones y respuestas que en ningún caso están a su alcance. La literatura puede explorar la condición humana como siempre ha hecho, pero ahora, además, puede hacerlo libre de catecismos y de sofocos de monjita de clausura. Puede ahondar en los sentimientos de las personas y en las paradojas de la vida sin tener por ello que desentrañar sentido alguno. Y esto se puede hacer desde una perspectiva descreída, materialista, epicúrea e, incluso, nihilista. De hecho, es posible que estos puntos de partida sean más adecuados para la prospección sentimental que el idealismo en cualquiera de sus formas.
Es decir, que la ausencia de una trascendencia que nos ilumine en este astro sin luz propia (resic), no implica necesariamente que devengamos gorilas masturbadores o aristócratas adictos a los palíndromos y a los jueguecitos literarios para iniciados. Hay más salidas, y la más honesta tiene que ver con la esencia del oficio de narrar: la literatura como un ensayo de comprensión que se ejecuta desde la convicción de que no hay comprensión posible, que tras las zonas de oscuridad sólo hay más oscuridad. Un ejercicio paradójico y sin meta que nos enseña a crear de la misma forma en que vivimos: gozando y gozándonos. Carpe diem, que dirían los amigos. Las paradojas, como sabe cualquiera que domine un poco la lógica, no se resuelven, se asumen.
Me fastidia mucho ponerme como ejemplo porque me resisto a colocar mi experiencia por encima de la de los demás, pero hay veces en que me tengo que rendir a la evidencia de que yo he visto y sentido cosas horribles que la mayoría de la gente con la que me cruzo y me cruzaré en la vida no han visto ni verán. Por suerte para ellos. Y quienes hemos vivido una situación límite, que dinamita nuestros parámetros de comprensión y fuerza nuestros sentimientos mucho más allá de lo que nunca pensamos que podrían llegar a forzarse, comprendemos una cosa. Sólo una: que la tentativa de comprensión —preguntar por qué y tratar de responder— es el pasaje más rápido a la locura, que buscar un sentido es estéril y ridículo, y no creo que a nadie le sirvan como consuelo los sucedáneos de sentido que otorgan la religión o los gurús de la psicología barata. La renuncia a la búsqueda de un sentido no hace que mis sentimientos sean menos hondos, ni la expresión de mi lamento menos refinada.
Desde la incredulidad, desde la negación de la trascendencia, se puede penetrar muy profundo en la contemplación de la condición humana. No necesitamos idealistas. Líbrenos Stewie Griffin de los idealistas, ya nos hicieron demasiado daño en el pasado.
























