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EL SENTIDO DE LA VIDA

Liquido mis diatribas vargasllosistas con esta cita de La civilización del espectáculo (y remito a un artículo que saldrá el 1 de julio en una nueva revista digital, en el que utilizo el libro de Vargas Llosa como excusa para hablar de otras cosas). Ahí va esta cita de la página 200:

Nunca hemos vivido, como ahora, en una época tan rica en conocimientos científicos y hallazgos tecnológicos, ni mejor equipada para derrotar a la enfermedad, la ignorancia y la pobreza y, sin embargo, acaso nunca hayamos estado tan desconcertados respecto a ciertas cuestiones básicas como qué hacemos en este astro sin luz propia que nos tocó, si la mera supervivencia es el único norte que justifica la vida, si palabras como espíritu, ideales, placer, amor, solidaridad, arte, creación, belleza, alma, trascendencia, significan algo todavía, y, si la respuesta es positiva, qué hay en ellas y qué no. La razón de ser de la cultura era dar una respuesta a este género de preguntas. Hoy está exonerada de semejante responsabilidad, ya que hemos ido haciendo de ella algo mucho más superficial y voluble: una forma de diversión para el gran público o un juego retórico, esotérico y oscurantista para grupúsculos vanidosos de académicos e intelectuales de espaldas al conjunto de la sociedad.

No tengo nada en contra de la neorreligiosidad ni de la neomística. Incluso creo que se puede armar una obra interesante persiguiendo el viejuno y escurridizo sentido de la vida, pero lo que no estoy dispuesto a aceptar es que quienes renunciamos de plano a esa trascendencia seamos unos brutos cavernícolas o unos degenerados torremarfileños. Parece que, desde el momento en el que el arte (entendido como sinónimo de cultura) renuncia a intentar tocar a dios con los dedos, sólo caben dos posibilidades, tal y como se expresan en esta cita: o la banalidad frívola de usar y tirar o el sofisma oscuro, el juego de palabras de salón, la sofisticación vacua. Parece que tenemos que elegir entre La hora de José Mota y los jueguecitos culteranos de Georges Perec.

Pues no. Efectivamente, hemos renunciado a buscar el sentido de la vida. Sabemos que es un empeño ingenuo y propio de alelados o de cursis (sí, yo también puedo reducir al absurdo). No vagamos alucinados por este astro sin luz propia (sic) preguntándonos quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos, o si estamos solos en la galaxia o acompañados.

Son precisamente esos hallazgos científicos que menciona Vargas Llosa al principio, y no los libros de Nietzsche (que también), los que han convertido la búsqueda del sentido de la vida en un chiste de los Monty Python. La física y las neurociencias pueden dejarnos a los neófitos mareados y aturdidos, pero con una idea clara: lo que antes era oficio de filósofos —y, a veces, de poetas—, ahora lo es en exclusiva de científicos. La especulación suena ridícula al lado del método científico. El más sofisticado pensamiento especulativo es una pedorreta infantil al lado de una ecuación bien formulada (incluso concediendo que las matemáticas tienen un altísimo contenido especulativo). Fíjese a qué niveles de idealismo filosófico y artístico ha llegado la ciencia que ya cultiva disciplinas que estudian lo que no existe, como la astrobiología, cuyo objeto de estudio es la posible (y plausible) vida extraterrestre. Ni Baudelaire, en su más regio colocón de opio y porquerías del siglo XIX, imaginó algo así.

La física le ha quitado el trabajo a los poetas y a los filósofos, y las neurociencias llevan camino de quitarle el trabajo hasta a los psiquiatras (a los psicólogos prácticamente los ha desahuciado ya). Los novelistas, sin embargo, pueden aguantar siempre que no sigan ninguno de los consejos de Vargas Llosa.

La literatura, que al contrario que la filosofía, no aspira a convertirse en una forma de conocimiento, no colisiona con el método científico y, por tanto, se ha convertido —junto a las tertulias de El gato al agua y los programas de Arguiñano— en el único espacio donde la especulación se puede cultivar. Siempre, claro está, que no aspire a una comprensión totalizadora. Es decir, siempre que resista la tentación de dar soluciones y respuestas que en ningún caso están a su alcance. La literatura puede explorar la condición humana como siempre ha hecho, pero ahora, además, puede hacerlo libre de catecismos y de sofocos de monjita de clausura. Puede ahondar en los sentimientos de las personas y en las paradojas de la vida sin tener por ello que desentrañar sentido alguno. Y esto se puede hacer desde una perspectiva descreída, materialista, epicúrea e, incluso, nihilista. De hecho, es posible que estos puntos de partida sean más adecuados para la prospección sentimental que el idealismo en cualquiera de sus formas.

Es decir, que la ausencia de una trascendencia que nos ilumine en este astro sin luz propia (resic),  no implica necesariamente que devengamos gorilas masturbadores o aristócratas adictos a los palíndromos y a los jueguecitos literarios para iniciados. Hay más salidas, y la más honesta tiene que ver con la esencia del oficio de narrar: la literatura como un ensayo de comprensión que se ejecuta desde la convicción de que no hay comprensión posible, que tras las zonas de oscuridad sólo hay más oscuridad. Un ejercicio paradójico y sin meta que nos enseña a crear de la misma forma en que vivimos: gozando y gozándonos. Carpe diem, que dirían los amigos. Las paradojas, como sabe cualquiera que domine un poco la lógica, no se resuelven, se asumen.

Me fastidia mucho ponerme como ejemplo porque me resisto a colocar mi experiencia por encima de la de los demás, pero hay veces en que me tengo que rendir a la evidencia de que yo he visto y sentido cosas horribles que la mayoría de la gente con la que me cruzo y me cruzaré en la vida no han visto ni verán. Por suerte para ellos. Y quienes hemos vivido una situación límite, que dinamita nuestros parámetros de comprensión y fuerza nuestros sentimientos mucho más allá de lo que nunca pensamos que podrían llegar a forzarse, comprendemos una cosa. Sólo una: que la tentativa de comprensión —preguntar por qué y tratar de responder— es el pasaje más rápido a la locura, que buscar un sentido es estéril y ridículo, y no creo que a nadie le sirvan como consuelo los sucedáneos de sentido que otorgan la religión o los gurús de la psicología barata. La renuncia a la búsqueda de un sentido no hace que mis sentimientos sean menos hondos, ni la expresión de mi lamento menos refinada.

Desde la incredulidad, desde la negación de la trascendencia, se puede penetrar muy profundo en la contemplación de la condición humana. No necesitamos idealistas. Líbrenos Stewie Griffin de los idealistas, ya nos hicieron demasiado daño en el pasado.

FRIVOLIDAD

Haré un comentario extenso que se publicará en una nueva revista cultural online en la que colaboro, pero de momento, aquí les dejo esta perla:

La frivolidad consiste en tener una tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y en la que el gesto y el desplante —la representación— hacen las veces de sentimientos e ideas. En una novela medieval que yo admiro, Tirant lo Blanc, la esposa de Guillem de Vàroic da una bofetada a su hijo, un niñito recién nacido, para que llore por la partida de su padre a Jerusalén. Nosotros los lectores nos reímos, divertidos con ese disparate, como si las lágrimas que le arranca esa bofetada a la pobre criatura pudieran ser confundidas con el sentimiento de tristeza. Pero ni esa dama ni los personajes que la contemplan se ríen porque para ellos el llanto —la pura forma— es la tristeza. Y no hay otra manera de estar triste que llorando —«derramando vivas lágrimas» dice la novela— pues en este mundo es la forma la que cuenta, a cuyo servicio están los contenidos de los actos. Eso es la frivolidad, una manera de entender el mundo, la vida, según la cual todo es apariencia, es decir teatro, es decir juego y diversión.

Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo

Palabra de Nobel. Amén.

Y esto es sólo un pasaje. Háganse a la idea de que todo el libro es así, de principio a fin. Hay que leerlo después de una relajante tila o de un porrito, para que no te suba la tensión demasiado.

A ver, ¿por dónde empiezo? Quizá por lo más preocupante, lo que roza lo delictivo: a los lectores de Tirant lo Blanc les parece muy divertido que una madre golpee a su recién nacido. Qué juerga, qué deliciosa ironía. ¿Quién no se ha carcajeado con una buena escena de maltrato infantil? Los médicos de urgencias pierden el control de sus esfínteres (se mean de la risa, vaya) cada vez que les llega un bebé medio muerto y con las costillas rotas. Qué bien lo pasemos todos, la de chistes que cuentan los fiscales y los asistentes sociales cuando les llega el caso de un mocoso al que sus padres han zurrado a base de bien. Sin embargo, los personajes de Tirant lo Blanc no se ríen. Qué sosos, no le ven la gracia al asunto. Bárbaros, primitivos, pazguatos, no saben divertirse con una buena paliza infantil.

Allá cada cual con lo que le resulta divertido o no, no seré yo quien juzgue el humorismo de todo un premio Nobel. Me centraré en el meollo de este asunto. Dice Vargas (el escritor, no la cantante de boleros): «La frivolidad consiste en tener una tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y en la que el gesto y el desplante —la representación— hacen las veces de sentimientos e ideas». Eso no es frivolidad, eso es literatura, y es muy sorprendente que un Nobel de ídem no identifique la esencia de su arte aquí: la literatura es representación, y en ella, la forma siempre importa más que el contenido. En literatura, la apariencia, los gestos y los desplantes hacen las veces de sentimientos e ideas. Porque los sentimientos e ideas, dada su naturaleza inconcreta, no se pueden manifestar más que a través de apariencias y gestos.

Cuando Vargas (el escritor, no el guitarrista de la Vargas Blues Band) quiso profundizar en la idea de violencia y en los sentimientos asociados a ella, escribió una novela magnífica llena de gestos y hechos violentos. En ningún momento teorizó en plan filósofo sobre la violencia, no hizo un planteamiento socrático, sino que narró la historia de un grupo de chavales disparándose, golpeándose y tiranizándose entre ellos, en el contexto frívolo de un internado militar. Eso es La ciudad y los perros, una novela llena de frivolidades en la que la apariencia hace las veces de sentimientos e ideas.

¿Son los personajes de Tirant lo Blanc idiotas por confundir la representación de la tristeza con la tristeza misma? ¿Es que Vargas (el escritor, no el futbolista peruano que actualmente juega en la Fiorentina) ha visto la idea platónica de la tristeza, ha contemplado su forma pura? Por supuesto que no: ha visto lo que todos hemos visto, sombras en la caverna. No hemos visto la tristeza porque la tristeza no existe. Lo que existe es la gente triste. El mundo es una representación de universales, de eso va la literatura. Creía que estábamos de acuerdo en eso, pero parece que ni los premios Nobel lo tienen claro. Lo bárbaro de la escena de Tirant lo Blanc es que la convención social sustituye a la expresión genuina del sentimiento. Ahí está la frivolidad, en la adulteración de la representación y en su descontextualización, no en la representación misma.

Hablaré largo y tendido de este libro en esa nueva revista digital en la que me han invitado a escribir, pero no me podía aguantar estas notitas marginales.

TAXONOMÍAS

En la revista Rockdelux, como en tantas otras, los críticos etiquetan el disco que reseñan adscribiéndolo a un estilo o género musical. Me he molestado en enumerar todos los estilos y géneros glosados en el número de abril de la revista. Los pongo en columna, que acojonan más (son todos reales, no me invento ni uno):

Revolution Rock
Folk-rock
Vanguardia
Acústico
Rock
Americana
Punk-rock
Pop pretencioso
Dad’s rock esquivo
Banda sonora
Indie Folk
Folk-psicodelia
Pop-folk
Blues
Étnica
Drone
Vapores y voces
Art Pop
Hip hop
Pop
Pop sofisticado
Noise-R&B
Canción de autor
Psicodelia pop
Jazz
Arizona Sound
Cubana
Anti-Hype
Réquiem flamenco
Jazz-pop
Jazz-funk
Mestizaje
Psicodelia
Cabaret folk
Canción brasileña
Rock-vanguardia
Avant-pop
Folk soñado
Canción estratosférica
Arpa, beats y falsete
Música de cine-jazz
Electro-pop
Folk-pop de cámara
Country-rock
Dream pop
Punk-rock épico
Folk
Prog
Africana
Punk
Experimental
Swing
Tropicalia
Folk-rock psicodelia

Primera imagen que te viene a la cabeza: un inuit diciéndote que los esquimales tienen mogollón de palabras para decir nieve. Mentira: sólo tienen una, no son gilipollas.

Segunda imagen que te viene a la cabeza: la destrucción de Babilonia, Yahvé señalando con su dedo justiciero a un Nabucodonosor tan soberbio como para erigir una torre altísima. En justo castigo, humanos sodomitas —bramó Dios—, no sólo hablaréis mil lenguas, sino que diseminaré entre vosotros a la tribu de los rockdeluxitas para que confundan vuestra música con cien millones de etiquetas incomprensibles.

Incluso aceptando la carga irónica y cachonda de muchas de estas etiquetas musicales (aunque muchas otras vayan ciertamente en serio, con talante imperativo y prescriptivo), a cualquier persona normal le repele tanto encasillamiento, tanto matiz, tanta territorialidad, tanta obsesión botánica.

No se clasifica inocentemente. Las taxonomías y los mapas (que no dejan de ser una clasificación en forma de dibujo) se diseñan no sólo para conocer un campo y sus elementos, sino para dominarlos y someterlos. Linneo no se dejó los ojos en sus herbolarios por amor a la naturaleza, sino para que se pudiera explotar mejor y más eficientemente esa naturaleza. La relación que hay entre la tabla periódica y la bomba atómica es mucho más estrecha y directa de lo que se suele suponer.

Ordenar y clasificar es imponer una autoridad sobre lo ordenado y clasificado. Se etiqueta para tiranizar mejor. Los etiquetadores incluso prevén etiquetas para lo que no se deja etiquetar, y dicen que algo es transversal, heterogéneo o bizarro.

Las etiquetas dan seguridad a quien se siente inseguro, crean una ficción de orden en un mundo casi siempre caótico y difícil de comprender. El periódico clasifica y jerarquiza las cosas que suceden, dándole un sentido a lo que probablemente nunca lo tuvo ni lo tendrá. No nos gusta sentirnos perdidos, necesitamos saber qué es qué y quién es quién, que una autoridad nos lo aclare.

Entiendo que Repsol necesite una buena y muy exacta taxonomía geológica para sacar el petróleo allí donde se encuentra (aunque quizá ya no la precise), pero, nosotros, ¿por qué necesitamos taxonomías para vivir? ¿Por qué parcelamos todo, incluidas las personas? ¿Qué ganamos con eso, aparte de negarnos el disfrute del descubrimiento? ¿Por qué preferimos la áspera y pacata timidez del prejuicio al goce extrovertido de quien no sabe etiquetar?

Yo procuro suprimir todas las taxonomías de mi vida. En mi biblioteca sólo hay un criterio de orden: el alfabético. Autores de la a a la z. Todo es literatura, no distingo géneros, países ni épocas. Ni siquiera idiomas.

Luego me llaman ecléctico, inconsistente, chaquetero. Simplemente, detesto las etiquetas y detesto que me etiqueten. Pero, si han de hacerlo, que por lo menos me pongan una etiqueta original y cachonda, como alguna rockdeluxiana. Quiero ser dad’s rock esquivo o punk-rock épico. Algo que necesite al menos tres palabras y un guión, algo que no se reduzca a la contundencia lapidaria de un término, algo que precise de matices y humorismos para expresarse.

Por favor, no me reduzcan a un término. No lo soportaría.

DÍA DEL LIBRO

Por la mañana y por la tarde:

Sólo por la mañana:

Y sólo por la tarde:

MADRID ERA UNA FIESTA O UN ENSAYO SOBRE EL PUDOR

Última entrega de las crónicas de presentaciones de No habrá más enemigo. Además de aburriros un montón con ellas, estoy cumpliendo mi viejo sueño de convertirme en un cronista social de esos que escriben textos con nombres propios en negritas. Yo hubiera sido feliz en el ¡Hola! de 1975, glosando parties de Marbella.

En Madrid no tuve problemas de agenda ni de presentadores ni de nada. La larguísima sombra de Vila-Matas no llegó hasta Malasaña. Me dijeron, eso sí, que Vargas Llosa tenía un sarao a la misma hora que el mío.

—¿Cómo? ¿Qué estaba Vargas Llosa in town y hemos venido a perder nuestro tiempo con un gualdrapa como tú? —se lamentó con razón uno de los letraheridos asistentes.

—Bueno, no te quejes tanto —le contesté—: no tenéis ni padrino ni un fucking tuxedo para asistir a un sarao de Vargas Llosa. De hecho, por no tener, casi no tenéis ni tiempo, así que tampoco vais a perder mucho. Conformaos con alternar con la prole y la hez de la literatura y pedid otra ronda de cañas.

La cita era en Tipos Infames, nombre muy apropiado para nuestra condición, pero quedamos un rato antes en una boîte llamada La Realidad, para empezar a ponernos pedantes y que se conocieran los dos Albertos que me presentaban: De Frutos y Olmos. El primero, amiguete de hace muchos años, redactor-jefe de cierta revista histórica y autor de este libro que comenté en su día. El segundo, el trasunto de Juan Malherido y bien conocido por muchos de los merodeadores de esta leonera.

Aunque lo intenté, no conseguí emborracharme antes del sarao, y eso que empecé a darle al gintonic robusto, a lo Winston Churchill, desde media tarde. Quería que mi voz saliera rota y castigada, canalla en suma, pero sonó igual de ñoña y educadita que siempre.

Abrió fuego Óscar Sipán, el editor, diciendo en público todas las lindezas que en privado me niega.  Noté que quizá yo estaba más intoxicado de alcohol de lo que pensaba, porque me emocioné mucho cuando glosó las razones por las que había apostado por mi novela y cómo Tropo Editores quería que su publicación fuera un motivo de festejo y alegría, una revancha por la putada tan grande que nos había hecho la vida al llevarse a Pablo. «Pablo es también nuestro niño», dijo, y yo pensé que ya no iba a poder decir nada, que la velada se terminaba ahí mismo para mí, que sólo me quedaba salir corriendo.

Sipán, cabroncete, no me podías hacer esto, no podías dilapidar tu verbo y tus refinadas dotes de galán televisivo en hacerme sentir tan querido. Qué puto es el cariño a veces, cuánto nos gustaría ser témpanos, marcar distancias, no decirnos lo que sentimos.

Menos mal que pronto entró Olmos, en plan ametralladora, disparando contra todos los blancos de la novela. Dijo muchas cosas, todas interesantes y con las que, en términos generales, coincido, pero me quedé con una idea: la falta de pudor.

El pudor, lo he escrito alguna vez, es el mayor enemigo de la literatura. Cuando imparto talleres (cada vez menos, me he quitado ya) es una de las primeras cosas que digo a los alumnos: hay que sacudirse el pudor, el miedo a mostrarse. Es un error muy grave y básico pensar que lo que sientes y eres no le interesa a nadie. Muchos letraheridos construyen mundos fantásticos o les da por escribir de países exóticos o de cosas muy serias e importantes, como la reforma laboral o el nazismo. O la Guerra Civil, eso sí que es serio. Escogen temas de primera página de periódico o del Señor de los Anillos porque están convencidos de que así despertarán mejor el interés del lector. Cualquier cosa, menos ellos mismos.

Sin embargo, hasta los escritores de viajes saben que la literatura de ídem dice mucho más del viajero que la escribe que del país que se descubre, y hasta los autores de ciencia-ficción y asimilados más interesantes lo son precisamente porque están hablando de sus obsesiones y de sus miedos. Ni Lovecraft ni Philip K. Dick hablan de otra cosa que no sea de ellos mismos. Por eso nos importan, porque sus relatos les importan a ellos, porque los escriben pensando en sí mismos y no en cómo quedarían en forma de editorial de periódico.

En mi literatura estoy yo. ¿Quién coño va a estar si no? Para eso la firmo. Pero es cierto que el pudor impone unas barreras que hacen imposible una escritura honesta. El pudor enmudece y distorsiona la voz, la imposta y la aplana. La literatura que me interesa es impúdica, los escritores que me emocionan escriben en pelotas, abiertos en canal, exhibiéndose con las vísceras colgando. Yo no he llegado a esos extremos de pornografía emocional, pero siento de forma indudable que mi literatura tiene que ir por ahí, que es el único terreno en el que me siento reconocido y en el que tengo algo que decir que no suene a ya dicho mil millones de veces.

Joder, qué intensos nos pusimos, ¿no? Me tenía que haber emborrachado más, sin duda.

Alberto de Frutos se pasó un montón calificando mi imperfecto librito de obra maestra, aunque lo dijo así como de corrido, pero yo lo oí. Menos mal que también habló de su estructura abierta y proyectada hacia fuera, de su estilo a ratos alucinado. Ese era el objetivo, que tuviera un punto alucinatorio, sin necesidad de ser lisérgico.

Los dos Albertos estuvieron sensacionales, y yo creo que el público la pasó bárbaro, que diría mi presentador en Barcelona, Raúl Argemí. Desde luego, no pillé a nadie bostezando, todos parecían muy contentos.

Y en ese todos me voy a dejar a un montón de gente, pero me siento obligado (porque es de bien nacidos ser agradecido, y yo soy muy educadito) a levantar acta de asistentes. Pueden saltarse el siguiente párrafo si no están aludidos y quieren ir directamente a las copas.

Además de los incondicionales Chela y Dani, para quienes el calificativo de amigos se quedó corto hace mucho tiempo, y de Alberto y Paloma, y de Luisma y Ana, me dio mucho gusto reencontrarme con caras queridísimas a las que el tiempo y la distancia ya casi habían emborronado. Qué enorme Miguel Pérez Alvarado, Miguelón, el poderoso poeta canario, que me trajo su último librito de aforismos, y Julio de la Fuente, que ya es un veterano de Europa Press, uno de esos periodistas que resisten en redacciones cada vez más pequeñas. También fue un gusto ver a Martin Dahms, corresponsal en España del Berliner Zeitung y un tipo inteligentísimo y entrañable que me descubrió a un autor que habló de la banalidad del mal antes de que Arendt se inventara el término. Hablaré de ello otro día. Pero, como el sarao era literario, abundaron los literatos: la encantadora Marta Sanz, el torrencial Federico Guzmán (qué grande eres, güey), el calmo David Pérez Vega, el también sosegado Matías Candeira, los nada sosegados Antonio J. Rodríguez (aka Ibrahím B.) y Luna Miguel y el completamente opuesto a sosegado Daniel Arjona, entre otros nombres que me estoy dejando sin querer pero sin disculpa.

Así empezó una noche que sólo podía terminar mal. No sé quién se empeñó en maridar papas bravas con gintonics mucho más robustos que los que salen en mi novela, y la noche y mis mucosas gástricas fueron degenerando hasta el punto de que mantuve una discusión a tres bandas sobre Rayuela y Cortázar. La conclusión fue: quisimos tanto a Julio, nos gustó tanto Rayuela, nos deslumbró de tal forma, que ahora sólo podemos repudiarla. Rayuela es indefendible, me oí decir, y Eugenia, que es profe y la que más sabía de literatura de todos los pánfilos allí congregados, me dio la razón con énfasis. Y yo, cuando una sabia me da la razón, me crezco.

La cosa acabó muy de madrugada golpeando la puerta de un bar clandestino (que, de forma muy optimista, tenía dos baños, uno para tipos y otro para tipas, a pesar de que en ese antro no entraba una mujer desde 1963). Y no acabamos a hostias porque estamos muy mayores y ya no sabemos ser tan vehementes como a los veintitantos. Recuerdo muy vagamente a Olmos decir mientras buscábamos algo para comer en la Gran Vía a las cuatro y media de la mañana: «Estas son las cosas que recordaremos cuando seamos viejos, hay que aprovechar, que cuando tengamos cincuenta años estas juergas serán patéticas; ahora, todavía son guays» (seguro que no dijo guays, me lo invento: decir guay no es guay).

No sé yo. Guay nos veíamos nosotros, pero no sé qué opinaban las chavalas que hacían cola para entrar en la discoteca del Palacio de la Prensa. No les debían de resultar muy atractivos esos maromos barbados que iban hablando a gritos de literatura (¡literatura!, es como hablar de hachas de sílex o de gramófonos o de colecciones numismáticas). Si fueran sensatas (no lo eran, por eso estaban haciendo cola en una discoteca un miércoles de madrugada), huirían de nosotros. Todo el mundo debería huir de nosotros.

Menos mal que al día siguiente tenía a mano mi alijo de Espidifén (trade mark). Espidifén debería patrocinar la promoción de mi novela, pues sin ibuprofeno no podría seguir con ella.

ESTA SEMANA, EN MADRID…

Todos ustedes serán bienvenidos. Y les recuerdo que Tipos Infames también vende vino, por lo que se abrirán unas botellas para brindar. Les espero.

BARCELONA CALLING

Amiguetes y amiguetas, espero verles a todos este miércoles en la Fnac de Plaza de Catalunya.

En la crónica de este sarao, que escribiré a la vuelta, añadiré un despiece titulado Vila-Matas, ¿por qué me odias? Pero eso lo contaré después.

Mientras yo me muevo por la España plural y preapocalíptica, mi novela viaja en el tiempo y en el espacio.

Aquí la tienen, por ejemplo, presidiendo una comida en casa de mi amigo, el puntilloso crítico de teatro (y dramaturgo cuya obra vamos a ver publicada muy pronto) Joaquín Melguizo.

Sí, el de la foto de la botella de vino también soy yo. Y no es broma: Torrelongares comercializa cuatro modelos diferentes con cuatro microcuentos míos. Otro día les cuento, por si no se han enterado.

La señora de la foto es Helene Weigel, que fue también señora (tormentosa y a ratos) de Bertolt Brecht. Formaban pareja artística: Brecht escribía y Weigel interpretaba sus escritos en el Berliner Ensemble. Pero Weigel era, además de actriz de genio, una excepcional cocinera, y cuando terminaba la función, invitaba a un montón de gente a su casa y les preparaba guisos de su Austria natal. Era muy famoso su gulasch, un guisote que nadie debería comer a las dos de la madrugada.

Quienes hayan leído mi novela sabrán que el gulasch es una referencia extraña y recurrente. Se cocina los domingos y lo cocinan mujeres. Es así por Helene Weigel y porque creo que el gulasch es uno de esos platos que representa el respeto por la herencia paterna: en su salsa se liga la tradición familiar. Una tradición fuerte, centroeuropea, recia. Podría haber escogido el cocido o las croquetas, más ibéricas, pero como soy un raro y un esnob, escogí el gulasch. Por eso, Joaquín y su mujer, Zoya, nos invitaron a un ídem. En honor a mi novela y a Helene Weigel. Estoy convencido de que lo hizo más bueno que los de la mujer de Brecht.

Este es el viaje en el tiempo de mi novela, pero también ha viajado por Europa, o lo que queda de ella. Mi amigo Javier Rodrigo, historiador de la Universidad Autónoma de Barcelona, se fue hace unos días a dar una conferencia de sus cosas de historiador a Dublín y, en vez de llevarse una petaca de Anís del Mono o un montón de cocaína, como cualquier persona razonable, prefirió viajar acompañado de mi novela. Le hizo esta foto en la puerta del celebérrimo Trinity College, donde él oficiaba.

Es lo más cerca que mi obra va a estar nunca de las glorias académicas.

Vengan a la Fnac Triangle de Barcelona este miércoles, lo pasaremos bien.

FÍATE DE LOS CURSIS

Con la venia, señoría, yo, Sergio del Molino, que ejerzo mi propia defensa, aporto aquí la prueba número uno:

«Con ese aspecto de chico tan educado que tienes, dicho sea esto con todo el cariño del mundo, la verdad es que impacta ese sexo tan duro que hay en tu novela».

Miguel Mena, en espléndida entrevista a mi personita educada en la Cadena Ser Aragón, el pasado 1 de abril (se puede escuchar aquí, es la última media hora del podcast).

Esta es la prueba número dos:

siempre me arrepentiré de no pararte cuando te vi paseando pos Sagasta para decirte lo mucho qué me gusto El Restaurante.

pero claro esa misantropía de la que tanto alardeas, cualquiera te dice nada jajajaj….y firmadito por ti.

Isabelll (@clik44), hace unos días, en conversación mantenida en Twitter.

Y, finalmente, prueba número tres:

Después de leer la primera novela del escritor Sergio del Molino (…) se hace un poco complejo mirarle a la cara. Da la impresión, terrible impresión, de que cualquier cosa que se le diga va a resultar vana. Luego resulta que no: el mozo no se come a nadie. Pero asusta.

Pablo Ferrer, reportaje sobre mi novelita y mi personita en el Mondosonoro de abril, pegado aquí debajo.

Señoría, podría aportar algunas pruebas y testimonios más, pero las considero redundantes. A la vista de estos documentos, se puede concluir que existen estas creencias generalizadas:

a) Las personas educadas practican coitos educados. El sexo salvaje es propio de quienes no son educados (prueba uno).

b) Sergio del Molino alardea (mucho) de misantropía. Por tanto, sus libros no proyectan la imagen de una persona educada, sino de alguien que tiene por costumbre escupir a quienes le abordan por la calle (prueba dos).

c) Cualquier cosa que se le diga a Sergio del Molino va a resultar vana (prueba tres).

Pues vaya imbécil, el tal Sergio del Molino. En el mejor de los casos, es un pervertido reprimido bajo una máscara de simpatía y buenos modales, y en el peor, un ogro que odia a todo el mundo, está lleno de mezquindad y reza por que llegue una guerra nuclear.

Y que conste que estos documentos surgen del cariño y como muestras de tal los tomo, no son agresiones a mi persona, no me he vuelto loco. Simplemente, quiero apoyarme en estos ejemplos precisamente porque están enunciados por personas que aprecian mi trabajo (y yo los acojo con gratitud, que quede subrayado).

Estas pruebas me han hecho pensar, pero me gustaría que el jurado las valorase como la validación del prejuicio social que representan. Es decir, que las aporto no para que me juzguen a mí, sino para que interpreten cómo funcionan los arquetipos y hasta qué punto nos impiden disfrutar de una mirada razonable y franca sobre el mundo y los personajes que lo sufren.

Me remontaré bastante en el tiempo, a la época en la que sólo era o intentaba ser periodista, aunque acababa de ganar un premio literario y empezaba a balbucear cosas letraheridas fuera de las páginas del periódico (y de los cajones de mi escritorio). En aquellos primeros y atolondrados pasos por el mundillo cultureta, me ofrecieron presentar una novela de Hernán Migoya. Era su primera aparición literaria desde el escándalo de Todas putas (como recordarán, en 2003, la directora del Instituto de la Mujer fue machacada porque, antes de acceder al cargo, había publicado este librito de cuentos considerado misógino, en un delirio gritón en el que se mezclaron política, literatura, puritanismo hipócrita y una profunda estupidez). Aceptar la invitación me costó el acoso cansino e irritante de una compañera, que aprovechó que yo había escrito algún cuento con cierto aire pornográfico para insultarme constantemente y tildarme de machista y fascista y no sé cuántas cosas más terminadas en -ista. Era como algunos trolls de internet, persistente y aburrida, y me llegó a molestar mucho. Por suerte para ella, como bien sabe Miguel Mena, soy muy educado y no me gusta discutir idioteces ni gastar esfuerzos retóricos en ladrar contra un muro.

Por supuesto, esta chica ni había leído a Migoya ni sabía mucho más del asunto que lo que se había bramado en la tele: Migoya, machista, violador, capullo. Y yo, por alusiones, también. Desde entonces, cada vez que salía una polla o un coño con estas letras en un texto mío, esta chica me señalaba con el dedo y me llamaba ‘migoyo’. Es decir: violador, machista, falócrata, aprendiz de Hitler.

Como mi estilo tiende a lo directo, exploro un humor que a veces es cáustico, me gusta la literatura pornográfica y suelo expresar mis opiniones con vehemencia cuando escribo, estoy más que acostumbrado a que se me tome por un monstruo que alardea de misantropía (sic). El estilo dibuja al personaje. Algún crítico incluso ha abogado en sus reseñas por darme dos hostias porque al leerme me pintaba como un matón fascista o un petimetre provocador. Incluso instaba a los lectores a dármelas si lo creían necesario. Confieso que esas cosas me cabrean muchísimo, no hay nada que deteste más que un perdonavidas grosero.

No hay contradicción entre mi persona y mi literatura. No soy un Doctor Jeckyll que se transforma en Mister Hyde cuando se pone a teclear. No pongo por escrito lo que no me atrevo a decir en una conversación. Mi literatura soy yo, y en lo que algunos lectores identifican como salvajismos no hay más que un deseo por alcanzar cierta verdad estética, por parir páginas honestas. Y eso, señores, es ser educado. Yo tengo buenos modales en la conversación y en mis libros. Trato a mis lectores con el mismo respeto con el que trato a mis interlocutores.

Alberto Olmos (quien, además de ser un chico más educado incluso que yo, presentará mi libro en Madrid la semana que viene, junto a mi amigo Alberto de Frutos; será una presentación de Albertos) sostiene que un estilo literario cursi suele delatar a un hijo de puta. No es una norma que se cumpla siempre, pero somos muchos quienes hemos aprendido a desconfiar de los cursis. Alguien cursi y exaltado está construyendo una imagen sublime e inmaculada de sí mismo, quiere ser tomado por alguien puro, por alguien santo. La cursilería es el camino de la santidad. Por tanto, lo cursi sólo puede ser una piel de cordero. Yo he conocido a unos cuantos autores rematadamente cursis y delicados que han demostrado ser unos nazis implacables, tipos a quienes no les tiembla la mano a la hora de apuñalar a su amigo o de vender a su madre.

Todos los fascistas procuran rodearse de una corte de poetastros y bardos cursis. Nerón era un cursi. Hitler era un cursi. Franco, cineasta en Raza, era un cursi.

Fíate de los cursis.

En cambio, he conocido a unos cuantos autores considerados broncos, o cuyo estilo se vende como agresivo y afilado, y casi todos son tipos de lo más amigable, con los que da gusto beber y charlar.

Otra prueba: los escritores cursis suelen estar muy apegados al poder. De hecho, el poder es un catalizador de cursilería. Los no cursis tienden a ir por libre.

Aquella misma compañera que me afeaba mis compadreos con Migoya, tenía el verbo exaltado y cursi por lo general, y demostró con el tiempo que tampoco era de fiar, que su mano temblaba mucho menos que su pluma a la hora de guardar cadáveres en el armario.

Once again: fíate de los cursis y de los defensores de la moral y de las buenas costumbres.

Lo cursi es una falta de respeto al lector, es una forma de insulto tanto más grave cuanto que está pensada para que el insultado no se dé por aludido. Es esquinera y ladina. Yo, como lector y como persona, me siento mucho más respetado por un Henry Miller violento y pornográfico que por un Manuel Rivas bucólico y soñador. Tanto para leerlo como para tomarme unas cañas, prefiero mil veces a Miller.

Así que no se sorprendan por encontrarme tan educado y formal en las distancias cortas: en mi literatura también soy educado y trato con el debido respeto a mi lector. Por eso no le vendo humo, por eso intento darle literatura, no palabras en conserva. Que lo consiga o no es otra cuestión, pero al menos lo intento, nadie podrá acusarme de lo contrario.

ESTA TARDE, EN ZARAGOZA…

Huelga decir que están todos invitados.

Para abrir boca, esta página correspondiente al Mondosonoro de abril.

COMO UN CHINO QUE VA A CASA

Creo que no es cierto que los hombres queramos, como Ulises, regresar a nuestro hogar. No todos estamos tan locos para querer algo así. En una carta maravillosa, Franz Kafka dijo acerca de su estado de ánimo en el momento de escribir esa misiva (de amor, la envió a Felice Bauer): «Me siento como un chino que va a casa». No dijo que volviera a casa, sino que iba. Es una frase que me recuerda a Bob Dylan al comienzo de No Direction Home: «Salí para encontrar el hogar que había dejado hacía tiempo, y no podía recordar exactamente en dónde estaba, pero se hallaba en el camino. Y al encontrar lo que me encontré en el camino todo era tal como lo había imaginado. En realidad, no tenía ninguna ambición, no creo que tuviera ambición para nada. Nací muy lejos de donde se supone que debo estar, y por lo tanto voy de camino a mi hogar».

Enrique Vila-Matas, Aire de Dylan, página 309.

Me fascina la manera que tiene Vila-Matas de cachondearse de todo y, con su ironía —fina, anglosajona, sin ningún pegote de grosería latina—, decir siempre las cosas más serias. Su Aire de Dylan es una carcajada y una parodia, pero también es una novela trágica sobre la identidad y sobre la herencia que nuestros padres nos imponen. Una novela del desencanto de la senectud y, a la vez, una Künstlerroman. Un relato sobre la lucha generacional y, a la vez, una burla que ridiculiza toda la cultura y la literatura contemporáneas.

No voy a destripar ni diseccionar la novela. Prefiero hablar de algo más personal, de ese aire de Dylan que impregna tantos y tantos libros. Incluido el mío, incluida esa novelita titulada No habrá más enemigo que (alerta de autopromo) se presentará en Zaragoza el próximo miércoles. Es decir, que prefiero hablar de mis cosas, aunque sean a propósito del libro de Vila-Matas.

Bob Dylan es un estereotipo. Es un recurso gastado, un artista de artistas, una referencia caduca y naftalinosa. Dylan es influyente porque ha sabido convertirse en un aire que contamina buena parte de la cultura occidental. Especialmente, la literaria. Un artista no es influyente porque influya en el público, sino porque lo hace en otros creadores. Sólo así, su aire persiste, pegajoso e insoslayable.

Bob Dylan es el epítome de la lucha generacional. Un judío que se cambia de nombre y adopta el de un poeta borracho y violento, que se inventa un personaje para huir de su hogar. Dylan es un tipo que siempre está huyendo de casa, que siempre está renegando de sus padres, que siempre se está oponiendo a ellos. Por eso se inventa un nuevo personaje cada cierto tiempo, por eso hay tantos Dylan. Dylan es la huida constante, el empeño ridículo y vano de construirnos una identidad propia que no le deba nada al padre, a ese cabrón castrador que nos imaginó como una versión mejorada de sí mismo.

Vilnius Lancastre, el protagonista de Aire de Dylan, se parece al Dylan joven y odia a su recientemente difunto padre. Odia todo lo que fue y todo lo que hizo, y se esfuerza por convertirse en su antagonista. Pero, cuando su padre muere, éste empieza a infiltrarse en sus pensamientos y en sus sueños. Su fantasma se adueña del hijo hasta el punto de ir convirtiéndolo poco a poco en él, en un juego lleno de referencias a Hamlet (en realidad, es una parodia de Hamlet). Con esa tensión, Vila-Matas se burla —y admira al mismo tiempo— de nuestro empeño dylaniano, de nuestra obcecación por salir a la carretera, no direction home.

Para muchos escritores (pienso, por ejemplo, en mi querido Rodrigo Fresán, sin irme muy lejos), Dylan es la libertad hipster, la anarquía creativa, la búsqueda del genio a través de la introspección y el individualismo. Sin embargo, para mí, la figura de Bob Dylan es, esencialmente, un icono de ruptura generacional, de afirmación del hijo frente al padre. Y en ese sentido aparece en mi novela. Vila-Matas convierte este aire de Dylan en el leitmotiv central de su libro, empezando por el título, y va muchísimo más lejos que mis leves apuntes y citas, que no dejan de ser más que una música de fondo. Pero el sentido de su figura es el mismo que yo manejo.

En No habrá más enemigo, Dylan suena en la radio de dos coches. Pincho tres canciones suyas en mi novela. Las tres, de la misma época, del Dylan de los 70, que es el Dylan que más me interesa, el más nihilista y solipsista: Oh Sister, Gotta Serve Somebody y Knokin’ On Heaven’s Door.

Oh Sister es una especie de cántico de San Juan de la Cruz, con ambigüedad incestuosa. Si se interpreta en su sentido literal, habla de dos hermanos que desafian la figura del padre de la forma más brutal posible: follando entre ellos. Gotta Serve Somebody es una carcajada descreída sobre la ingenuidad de quienes creen que podrán ser libres algún día y no rendirán cuentas a ninguna autoridad. Knockin’ On Heaven’s Door pertenece a la banda sonora de Pat Garrett and Billy The Kid y es un canto fúnebre. Esta última, en mi novela, contrapesa la escena de un funeral: pretende subrayar la austeridad de un dolor real expresado con elegancia y contención frente a la hiperbólica escenificación de un ritual fúnebre pueblerino.

Siempre recurro a Dylan cuando quiero representar la naturalidad y la honestidad frente a la impostura barroca del mundo. Es paradójico que alguien tan complicado y que ha vestido tantas pieles, tantos disfraces y ha querido ser tantas personas distintas me evoque anhelos de autenticidad (si no le tuviera tanto miedo a esa palabra, diría de pureza), pero creo que Dylan, ese Dylan estereotipado y resobado, es la síntesis dialéctica de la contradicción entre realidad y deseo: Dylan es consciente de que nunca encontrará su identidad huyendo del hogar y negando al padre, pero la conciencia de esa imposibilidad no le impide que su vida sea un intento constante de huida.

Puede que Dylan esté muerto y se haya convertido en un lugar común, pero, como alegoría, sigue siendo pertinente. De hecho, no tiene otro sentido que el alegórico. Dylan hace tiempo que sólo es su aire, el que sopla en libros como este de Vila-Matas.

Aire de Dylan me ha divertido mucho, pero también me ha emocionado. Y no sé si esto se debe a la habilidad narrativa de Vila-Matas o a que me estoy volviendo gilipollas perdido. O a ambas razones.

ENEMIGO, BY GUILLERMO BUSUTIL

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Esto salió este sábado en La Opinión de Málaga. La considero una de las mejores y más hondas lecturas que se han hecho de mi novela. Por si a alguien le importa (que no creo).

ENEMIGO, BY ANTÓN CASTRO

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¿QUIÉN CRITICA A LOS CRÍTICOS?

Sobre ¡Despidan a esos desgraciados!, de Jack Green (Alpha Decay)

Fusilo grosso modo el prólogo de José Luis Amores: en 1955, un joven y desconocido escritor de 32 años llamado William Gaddis publicó su primera novela, The Recognitions (Los reconocimientos, en español, idioma en el que apareció en 1987 y en el que vuelve a reeditarse este año en una nueva y mejorada traducción gentileza de la editorial Sextopiso). La novela tenía unas mil páginas y se vendía al desorbitadísimo precio de 7,50 dólares en una edición primorosa de la primorosísima casa Harcourt, Brace & Company. Todas estas circunstancias (a saber: a) juventud e intrascendencia pública del autor; b) desmedida y rusa extensión, y c) envidia cochina por que un Don Nadie recibiese los mimos de una exquisita casa editora que negaba el saludo a muchos Don Alguien) condujeron a un menosprecio, cuando no directamente desprecio, de la crítica literaria. Los reconocimientos motivó 55 reseñas en periódicos y revistas estadounidenses el año de su publicación. Sólo dos hablaron del libro en términos positivos. El resto (53 de 55) lo despachó como fatuo, incomprensible, megalómano, ridículo, bisoño, naíf, etc., etc., etc.

En 1962, siete años después del vapuleo (que provocó que ni siquiera los familiares cercanos del autor comprasen la novela), un tal Jack Green, admirador entusiasta de la obra, que considera una de las mejores novelas escritas en Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX, se propuso desmontar el ninguneo y los ataques que recibieron el libro, a su parecer no sólo injustos, sino claramente incompetentes. Analizó las 55 reseñas y encontró en ellas errores de planteamiento, de análisis y de juicio tan graves que concluyó que la mayoría de los críticos ni siquiera se habían molestado en leerse el libro del que estaban escribiendo.

Jack Green detectó errores en la enumeración de los personajes, en la identificación de los temas, en el resumen de las tramas e, incluso, en la reproducción de pasajes del libro, que estaban mal transcritos. Parecía que estaban hablando de una novela distinta, atribuían al autor intenciones que no se justificaban en el texto y tomaban en serio escenas que tenían una función claramente humorística. Los más finos acusaban a Gaddis de ser un reaccionario que preconizaba la vuelta a una religiosidad cristiana primitiva, cuando planteaba justamente una crítica al fanatismo religioso. Muchos se limitaron a fusilar la contraportada de la novela, sin molestarse demasiado en cambiar las palabras.

Jack Green (seudónimo), cabreado, decidió escribir y costear la publicacion de unos fanzines, que tituló newspaper, en los que desmontó la impostura de estos críticos y demostró que Los reconocimientos había sido víctima de unos reseñistas ineptos que no sabían hacer el trabajo por el que supuestamente le pagaban: les habían puesto una obra maestra delante de los ojos y habían sido incapaces de verla. Lo cierto es que, hoy, Los reconocimientos sí que goza de mucho ídem. La crítica que en su día escupió sobre ella, veinte años después empezó a reivindicarla como una pieza fundamental de la narrativa estadounidense. En los resúmenes de los mejores libros del siglo XX, casi todos los diarios y revistas literarios la han incluido en lugares altos de las tablas, su lectura es obligatoria en la mayoría de las universidades americanas y existe un consenso que la coloca a la altura de escritores como James Joyce o Thomas Mann.

De hecho, el panfleto de Jack Green sacudió las redacciones de muchos periódicos y revistas. Algunos de los críticos denunciados fueron, efectivamente, despedidos, y la crítica literaria hizo un ejercicio de autocrítica. Este librito no pasó desapercibido ni predicó en el desierto. Por eso es interesante leerlo hoy. Y porque, pese a todo, muchos de los estereotipos que se identifican en él siguen lastrando la manera de hacer crítica. Al menos, en España y en sus suplementos y revistas mainstream. Hoy también puede pasar: hoy también puede aparecer una obra maestra que los críticos despachen con dos adjetivos semiocurrentes.

El hallazgo más audaz e inquietante de Green es el de los clichés de la crítica. Analizando las 55 reseñas se dio cuenta de que, por lo general, la crítica abordaba los libros atendiendo a una serie de clichés o prejuicios que se anteponían siempre a la lectura del libro en cuestión. De hecho, no era necesario leer el libro para reseñarlo: una obra voluminosa, escrita por un autor novel y joven y editada por un sello de prestigio acumula tantos clichés que impiden una valoración honesta de lo que realmente está escrito.

Es decir: una novela de un autor joven ha de ser por fuerza inmadura. Si es larga y de trama compleja, además, es pretenciosa. Hay que bajarle los humos al chaval, que sin duda se cree Proust o algo peor. Si maneja y cruza muchas referencias culturales, añade información superflua con el único objetivo de quedar por encima del lector y demostrarle su sapiencia (erudición fatua). Valoraciones así las encontramos constantemente, pero son simples prejuicios de portera envidiosa: ¿quién nos dice que un joven escritor primerizo no puede ser, efectivamente, tan grande como Proust? ¿Quién dice que no pueda escribir una novela madura, sólida y original? ¿Quién dice que las referencias culturales no sean esenciales para la construcción del libro?

Lo mejor es que también hay clichés si el autor escribe una obra breve y desnuda de erudición. En ese caso, el jovenzano se ha limitado a hacer un ejercicio de estilo, quizá bienintencionado, pero insuficiente.

En general, los críticos vilipendiados por Green escenificaron el mito de Procusto: ante una obra que no encajaba en su estrechísima visión de la literatura, la mutilaron hasta hacerla encajar en sus prejuicios, sin molestarse en juzgarla como merecía, dedicándole la atención que reclamaba. Green está convencido de que hubieran hecho exactamente lo mismo con el Ullises de Joyce o con alguna de las grandes novelas de Thomas Mann. Incluso llega a sugerir (y no le falta razón) que los mismos argumentos que emplean para cargarse Los reconocimientos servirían para despachar Guerra y paz como un pomposo e insufrible libro fallido.

Poniéndonos estructuralistas (qué coñazo, ponerse estructuralista), el problema es, sin embargo, sistémico. Resulta obvio que los clichés de la crítica cumplen una función en cualquier época: preservar el canon dominante. Cualquier obra que no encaje en él o que aspire a transgredirlo, encontrará a la crítica coetánea de frente, absolutamente incapacitada para valorar positivamente su audacia o su transgresión. Si no fuera así, no habría poéticas ni discursos dominantes ni modas ni tendencias ni capillas. La literatura, aún hoy, sigue siendo una cuestión de militancia. El gusto es ideológico.

Como lector, se me suele tachar de ecléctico. Soy un lector raro, sin gustos monolíticos. Disfruto de autores con poéticas opuestas, casi nunca tomo partido. Eso me convierte en un lector melifluo, oportunista, de poco fiar. Porque concibo la literatura como una pasión sin ideología. Porque me emociona el hecho de encontrar la voz honesta del autor en las páginas, sin importarme su escuela o en qué partido literario milita.

Claro que tengo un gusto que procuro educar y que me predispone mejor hacia unas narraciones que otras. Claro que prefiero a unos escritores sobre otros. Claro que prefiero la garra de un norteamericano a un seudoexperimentalista francés, claro que prefiero un chuletón a un suave lecho de hidrógeno líquido, pero mis gustos no son anteojeras ni carnets de afiliado y no me impiden gozar de un autor ajeno por completo a ellos o dejarme sorprender por algo nuevo. Me considero lo bastante refinado para reconocer la buena literatura incluso en aquellos territorios que me repelen.

Quiero creer que mi actitud me habría permitido reconocer la grandeza de Los reconocimientos. Pero, quién sabe. A veces, ni eso es una garantía.

VAGINAS PRENSILES

Todas las vaginas son prensiles, al fin y al cabo. Tubulares y anilladas como una serpiente que traga huevos. Puritanos, tontos, hipócritas. Ninguno se atreve a confesarse que los amores más profundos se labran sobre la tierra de los colchones. Y que ésa es la única forma de pasar luego los años jugando a la brisca. Sin aburrimiento. Con complicidad.

Marta Sanz, Un buen detective no se casa jamás

Esta tarde, a las 20.00, estaré con Manolo Vilas y Marta Sanz en la Librería Cálamo de Zaragoza hablando de este libro. Y de lo que surja, vaginas incluidas.

Copipegado de la convocatoria de la librería:

Presentación: Un buen detective no se casa jamás

Jueves 15 de marzo de 2012 a las 20 horas en Librería Cálamo

(Plaza San Franciasco, 4)

Presentación de la nueva novela de Marta Sanz,  Un buen detective no se casa jamás, obra editada por Editorial Anagrama en su colección Narrativas Hispánicas.

Junto a la autora intervendrán los escritores Sergio del Molino y Manuel Vilas

Agradeceremos su asistencia.

Se servirá un vino por cortesía de Care Bodegas y Viñedos

READING IN PROGRESS

Lo esencial de una persona, dijo mi padre, sólo se nos mostraba cuando teníamos que considerarla perdida, cuando esa persona se estaba despidiendo aún de nosotros. De pronto podía descubrirse su verdad en todo lo que, hasta entonces, había sido sólo una preparación para su muerte definitiva.

Thomas Bernhard, Trastorno (1967)

Leyendo a Bernhard. Acojonado, triste y severamente concernido.