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MÉDULAS

Algunos creemos que lo que está pasando con la polémica entre DKMS y la Organización Nacional de Trasplantes sobre el modelo de registro y captación de donantes de médula ósea en España es muy grave. Porque DKMS ha arrojado unas sombras de duda sobre el sistema español (gestionado por la Fundación Josep Carreras) aprovechándose del desconocimiento que la sociedad tiene sobre el tema. Porque nadie tiene formada una opinión al respecto, salvo los afectados y los profesionales implicados, y como los afectados son numéricamente escasos, casi nadie tiene una opinión sobre el asunto. Que una organización insinúe que el sistema sanitario español está dejando morir a los enfermos que esperan un trasplante de médula es gravísimo, además de una mentira monstruosa, y quienes conocemos de primera mano cómo funciona, no deberíamos consentirlo. Por eso, y aunque entendemos que haya enfermos y afectados que no estarán de acuerdo con nuestros argumentos —estamos abiertos al debate, faltaría más, pero siempre que esté basado sobre datos reales y hechos constatados, no sobre falacias interesadas—, Cristina y yo publicamos la semana pasada sendos artículos en Heraldo de Aragón, porque hemos echado en falta voces como las nuestras en la prensa. Para quienes os los habéis perdido, aquí os los pego.

Primero, mi texto de La ciudad pixelada de ayer domingo:

Altruista, anónimo y comprometido

Tiene razón Rafael Matesanz al pulsar todas las alarmas y llamar la atención sobre el debate que se ha abierto en torno al sistema de donación de órganos en España. Ha surgido a raíz del caso de Hugo Pérez, enfermo de leucemia que ha recurrido a los servicios de una organización alemana, DKMS, para buscar un donante de médula ósea compatible.

Por desgracia, conozco demasiado bien el funcionamiento del sistema de donación de médula ósea en este país, he visto trabajar a los profesionales que lo hacen posible, y comparto plenamente los temores de Matesanz: si se abre un debate que cuestione el modelo español, corremos el riesgo de quebrarlo. Entiendo la desesperación de un enfermo de leucemia que se siente desahuciado —no saben hasta qué punto—, y comprendo también que ese enfermo toque todas las teclas y remueva todas las arenas posibles para encontrar su salvación. Pero la sociedad debería serenarse, informarse y no agitar un debate al calor de las emociones del momento, porque las cosas son mucho más complicadas y peligrosas de lo que un arrebato sentimental puede dejar entrever.

Padezco una enfermedad congénita que no es grave ni me incapacita para nada, pero que me excluye como posible donante de médula ósea. Aunque me inscribí en el registro internacional y me hice las pruebas pertinentes, la Fundación Josep Carreras rechazó mi solicitud por esta causa. Me enfurecí mucho conmigo mismo, pero entendí el rigor de sus criterios de selección. No pueden jugar con algo tan serio.

Cualquiera no sirve para donante. ¿No se han fijado en que apenas hay campañas en los medios para convencer a nuevos donantes de médula? Así como varios organismos solicitan constantemente donaciones de sangre, no hay marquesinas de autobús ni anuncios televisivos que reclamen médula ósea. De hecho, cualquier persona que, como yo o muchos de mis familiares y amigos, haya acudido a un centro médico autorizado para inscribirse como donante, habrá sentido que los hematólogos responsables intentan disuadirlo en lugar de convencerlo, haciendo mucho hincapié en los contras del proceso.

Esto es así porque se buscan donantes comprometidos, no personas conmovidas por un caso concreto que sueñan con salvar a tal niño o a tal enfermo. Se reclama serenidad y buen juicio, no entrega pasional y pasajera. Desde que alguien se inscribe en el Registro de Donantes de Médula Ósea (REDMO, en Aragón lo atienden los servicios de hematología de los hospitales Miguel Servet y Clínico) hasta que efectivamente algún enfermo de cualquier parte del mundo necesita esa médula, pueden pasar muchos años. De hecho, lo más probable es que no llamen nunca al posible donante, las posibilidades son de una entre quinientas. Cuando contactan con ellos, muchos de estos donantes compulsivos no solo han olvidado al emotivo enfermo que les indujo a inscribirse, sino que han olvidado incluso que estaban inscritos. Y, en algunos casos, la perspectiva de acudir a un quirófano para someterse a un proceso molesto, les horroriza. Por tanto, se niegan, condenando a una probable muerte al posible receptor. Para evitar estas situaciones, los gestores de REDMO solo quieren candidatos convencidos y plenamente conscientes de la importancia de su compromiso, por eso no hacen llamamientos masivos y han establecido un protocolo de inscripción muy rígido que no todo el mundo entiende. Se trata, efectivamente, de salvar vidas, y para eso se ha revelado mucho más eficaz el trabajo discreto y puntilloso de los profesionales que el ruido grosero del márquetin.

Y esta es la columna que Cris publicó el viernes en las páginas de opinión (pinchando en ella se puede ampliar la vista):