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BSO DE LA HORA VIOLETA

Esta tarde, a las 20.00, presento La hora violeta en el Teatro Principal de Zaragoza, acompañado de Miguel Mena, en un acto organizado por la librería Los Portadores de Sueños. La entrada es libre, como la mayoría de ustedes sabe ya, y están sobradamente invitados.

La hora violeta, como casi todo lo que escribo, viene con banda sonora. Podríamos editar un disco con las canciones que suenan en el libro. En lugar de eso, y mientras hacemos tiempo para la que va a ser una hermosa presentación (pues el amigo Mena se lo curra mucho y sabe usar su magia buena de locutor radiofónico), les pincho en este post algunas canciones importantes que aparecen en varias partes. Es la BSO de La hora violeta. Como ven, no son canciones para bailar ni para animar una fiesta. Casi todas son tonadas para degustar en soledad y llorar tranquilamente, sin reproches ni vergüenzas.

1 // Saskatoon Tonight / NQ Arbuckle

Saskatoon Tonight

(Ojo: el icono del play es un link que remite al archivo mp3 de la canción en el Myspace de NQ Arbuckle. Al pincharlo, sales del blog)

La segunda parte de La hora violeta se titula «La noche de Saskatoon», que fue, a su vez, uno de los primeros títulos que barajé y acabé desechando. NQ Arbuckle es un songwriter canadiense y la canción pertenece al álbum Let’s Just Stay Here, firmado a dúo con Carolyn Mark. NQ Arbuckle tiene una voz levemente rasgada, levemente cálida, levemente leve. Me ha acompañado tantas veces, que la ciudad de Saskatoon que retrata en esta canción, convenientemente descontextualizada, devino metáfora del deseo. Un deseo cernudiano, dolorosamente anclado en la realidad.

2 // The Streets of Laredo / Johnny Cash

Cash grabó varias versiones de esta canción a lo largo de su carrera, pero la mejor, la que suena en La hora violeta, es esta, que pertenece a The Man Comes Around, de 2002. Guitarra, voz y unos toques de piano y violín muy sutiles. Sin arreglos, sin coros, sin apenas producción. Cruda y crepuscular, con la rotísima y ancianísima voz del hombre de negro, convertido ya en leyenda de sí mismo. Es una canción popular cuyo origen se remonta al siglo XVIII en Inglaterra y que viajó en el XIX a América, donde la letra fue cambiando hasta ubicarse en un pueblo de Texas fronterizo con México y acabar protagonizada por un cowboy herido al borde de la muerte que imagina su propio entierro. Un extraño e inconsolable canto fúnebre que me hace llorar con mucha frecuencia. Si por casualidad suena en el coche, a veces tengo que buscar un sitio donde parar.

3 // Sylvia Plath / Ryan Adams

Hay mucho Ryan Adams en este libro, pero para esta sesión elijo sólo un par de canciones. Sylvia Plath me ha acompañado desde que publiqué mis primeros cuentos. Fue la banda sonora de Malas influencias. La Sylvia Plath de Ryan Adams es tan triste e inconsolable como la mía. Ambas dejan caer «cigarette ashes on her drink».

4 // Come Home / Ryan Adams

Esta canción no aparece citada en La hora violeta porque se editó después tras la muerte de Pablo, pero ha acompañado la escritura y siento que su espíritu se engarza perfectamente con la última parte del libro. Habla de volver a casa, a una casa construida piedra a piedra. La metáfora de la casa, del hogar al que volver, es una constante en la poética de Ryan Adams, y es una de las cosas que lo hacen tan especial. La mística de la música popular habla de fugas, de volar libre, de escapar a la planicie, de noches al raso. El vagabundo como ideal frente al burgués como enemigo. Sin embargo, Adams busca una casa a la que volver, siempre anda reclamando un refugio, un lugar en el mundo. Sus viajes son siempre de vuelta, nunca de ida. Por eso me llega tanto esta canción, porque La hora violeta ha sido para mí un viaje de regreso.

5 // Apágalas / Leño

El diablo le decía a Don Juan en la novela de Gonzalo Torrente Ballester que nadie puede huir de la música que sonó en su infancia y juventud. No importa lo mucho que se refine o cambie el gusto en los años adultos, cada cual encuentra la perfecta expresión a sus sentimientos más hondos en la música que mamó. Quien tuvo la suerte de nacer en una casa donde se escuchaba a Mahler, encontrará consuelo en Mahler, y quien tuvo la desgracia de nacer en una casa donde se escuchaba a Julio Iglesias, llorará cual perro pavloviano ante el más ñoño y almibarado de los boleros. Yo crecí con el rock and roll primario y guitarrero de Leño, y creo que es la única banda sonora de mi infancia que me sigue acompañando hoy. La compartía con Pablo, en transfusión generacional, y la comparto ahora con Daniel.

6 // I Wonder Who / Rory Gallagher

No puedo citar a Leño o a Rosendo sin mencionar al padre musical de Rosendo, el bluesman irlandés Rory Gallagher. En realidad, en el libro no hablo tanto de Rory Gallagher como de su puto hígado necrosado. Gallagher se mató bebiendo. Bebió whisky hasta reventar, y los trozos de su hígado podrido se insertaron en la leyenda del rock. Una leyenda de muerte, radicalmente atemporal y ajena a las modas.

7 // Feelin’ Alright / Grund Funk Railroad

Se pueden imaginar la paradoja de que una canción titulada así suene en un libro de enfermedad y duelo. Saquen sus propias conclusiones. Esta es la versión de Grund Funk Railroad. Una de las muchas que se han hecho de este tema original del grupo inglés Traffic. Me gusta la de Grund Funk por las mismas razones por las que me gusta casi toda la música que me gusta: por primaria, sucia, distorsionada, poco elegante y sin afeitar.

8 // Victor Jara’s Hands / Calexico

Hay en Barcelona un garito que se llama Caléxico. Una escena de La hora violeta transcurre en él, entre la borrachera y la desilusión al descubrir que el nombre del bar no se debe al grupo de Tucson, Arizona, que tanto me gusta. No suena Calexico en Caléxico, pero yo sí hablo de esta canción en la novela.

Cuando lean La hora violeta, si es que la leen, piensen en estas canciones y en cómo se emplastan en sus páginas.

Nos vemos esta tarde. Si ustedes quieren, claro.

invitación LA HORA VIOLETA

LENINGRADO

Mi ciudad pixelada de Heraldo de Aragón de ayer domingo. Contra quienes nos quieren amargar hasta el postre.

La historia de los músicos del Titanic que siguieron tocando mientras el barco se hundía parece una bonita leyenda que, según muchos testimonios, ha sido edulcorada y mitificada. Nos gustan los relatos de resistencia, así que no es extraño que los exageremos a conciencia. Déjenme, sin embargo, que les cuente otra historia musical, bien documentada y sin riesgo de hipérbole.

En 1941, los ejércitos nazis sitiaron Leningrado (hoy, San Petersburgo), empezando uno de los cercos más duros y largos de la Segunda Guerra Mundial. Dimitri Shostakovich empezó entonces a componer una sinfonía inspirada en la heroica resistencia del pueblo de Leningrado, que pasó el peor invierno de su historia, sin calefacción, sin agua corriente, sin electricidad y sin comida. A más de veinte grados bajo cero. La obra se tituló ‘Séptima sinfonía, Leningrado’, y se estrenó en 1942 en varios escenarios de la URSS y de Estados Unidos.

Sin embargo, el empeño de Shostakovich era que se estrenase en la ciudad de la cual tomaba el nombre y a la que homenajeaba. Una ciudad que seguía sitiada por los nazis, prácticamente irreconocible, sus bellos palacios y museos cubiertos de mugre y ruina. Está usted loco, camarada Dimitri Dimitriyevich (me encanta esa forma que tienen los rusos de llamarse usando el nombre y el patronímico), le decían. No se puede organizar un concierto en una ciudad sitiada. Al partido comunista, además, no le interesaba el proyecto, le parecía una frivolidad burguesa. La URSS no estaba para frivolidades. Pero el maestro sabía que se podía. Menudo era el maestro cuando quería algo.

Logró enviar a Leningrado una versión microfilmada de la partitura y reunió a lo que quedaba de la Orquesta de la Radio de Leningrado bajo la dirección de Karl Eliasberg. De toda la formación, solo habían sobrevivido quince intérpretes. Quince hambrientos, demacradísimos y esqueléticos músicos que respondieron a la llamada de su director. Los trajes de gala les venían grandes. Se las arreglaron para empapelar los pocos muros de Leningrado que quedaban en pie con carteles que anunciaban el concierto, y el 9 de agosto de 1942, mientras las bombas y las ametralladoras sonaban fuera, los quince músicos de la Orquesta de la Radio de Leningrado empezaron a interpretar la Séptima Sinfonía de Shostakovich, en el primer concierto que se celebraba en la antigua capital de los zares desde que los nazis llegaron a sus puertas. Sobre el escenario, las sillas de los intérpretes muertos estaban vacías y, sobre ellas, habían colocado sus instrumentos.

Esto sí que es resistencia. Esto sí que es afirmación de la dignidad frente al horror. Cuando el mundo se derrumba, cuando los bárbaros nos bombardean, pocas cosas hay más desafiantes que perseverar en la propia identidad. Que los músicos sigan haciendo música. Que la vida siga impasible y firme. A todos los que nos instan a no tocar sinfonías «con la que está cayendo», les recuerdo hoy esta historia de la Séptima de Shostakovich y los quince intérpretes de la Orquesta de la Radio de Leningrado.

MÚSICA Y LÁGRIMAS

Que la música despierta emociones muy hondas es algo sabido. Su capacidad para adherirse a (o incrustarse en) ciertos recuerdos es muy superior y más intensa que la de los aromas, los tactos o los gustos. Aunque Proust revivía el Combray de su infancia al probar las magdalenas mojadas en té (qué asco, por cierto, mojar magdalenas en té, yo soy más de leche y colacao), para la mayoría de nosotros, la música es un catalizador mucho más eficaz y definitivo. ¿Quién no tiene una canción capaz de despertar su llanto por motivos y emociones que ni él mismo alcanza a entender del todo?

Gonzalo Torrente-Ballester expresó esta convicción en su Don Juan. El demonio (aka ángel caído) se pone flaubertiano y le dice al seductor maldito que todos tenemos una música que nos acompaña y nos enseña a ver y sentir el mundo. Por desgracia, le añade, Don Juan tiene un gusto de mierda y ha de conformarse con boleros y basurillas, mientras que la educación sentimental del diablo se forjó con coros angelicales y música celestial. A cada cual, lo suyo. En el fondo, viene a decirle el satanillo de turno, da lo mismo la calidad de las partituras, lo único que cuenta es que funcionen bien, que reverberen en sentimientos poderosos.

[Aunque de Proust sólo nos acordemos al comer magdalenas, no es esa la única epifanía de En busca del tiempo perdido. El personaje de Swann se siente hechizado por una «frasecita» de un músico misterioso que un pianista toca en las veladas de Madame Verdurin: «Y en aquellos momentos el placer que le daba la música y que no iba a tardar en crear en él una auténtica necesidad, se parecía, en efecto, al que habría sentido al percibir perfumes, al entrar en contacto con un mundo para el que no estamos hechos, que nos parece sin forma, porque nuestros ojos no lo perciben, y sin significado, porque escapa a nuestra inteligencia y lo alcanzamos con un solo sentido». También para Proust, la música es la más poderosa máquina de evocar.]

En La hora violeta, mi próximo libro, suena mucha música. De hecho, antes de llamarse La hora violeta llevaba un título sacado de una canción. Y suena mucha música porque mis recuerdos y emociones de aquellos días están pegados, como átomos que forman moléculas, a un repertorio concreto de canciones. Uno de los escritores que han leído el libro me sugirió, como único pero, reducir uno de los excursos musicales que incluyo. Lo pensé, lo estudié, le di vueltas. Y, al final, no le hice caso. Lo que pienso y lo que siento sobre esas canciones amplifica y da sentido a mi dolor, no es cháchara vacua  ni falsa erudición melómana.

De hecho, si he escrito un libro sobre mi dolor es porque no sé hacer música con él.

Por desgracia, hay canciones que me transportan a pretéritos imposibles de recrear. Ojalá mis epifanías fueran soportables y me trajesen sólo ecos de besos de verano y escotes de chicas en los que me perdí. Y me jode mucho entender algunos casos extremos de emotividad musical, la asociación lacrimosa entre un recuerdo y una interpretación de un disco concreto (no cualquier versión, no una composición en potencia, sino el acto concreto de una ejecución concreta en una grabación concreta, los acordes y las notas ejecutadas de una determinada forma, con unas determinadas y únicas imperfecciones).

Hans Fantel, austriaco expatriado que fue crítico musical de The New York Times durante muchos años, tenía una relación intimísima con una grabación que no ha dejado de reeditarse: la Novena Sinfonía de Mahler interpretada por la Orquesta Filarmónica de Viena bajo la dirección de Bruno Walter el 16 de enero de 1938. Aquel concierto fue el último que dio la Filarmónica de Viena antes del Anchluss (la anexión de Austria al Tercer Reich alemán y, por tanto, la disolución del Estado austriaco), que sucedió dos meses después.

Esa grabación tiene, lógicamente, un enorme valor histórico y documental, pero, para Hans Fantel, va mucho más allá. Siendo él un adolescente, asistió a ese concierto acompañado por su padre, quien le transmitió su melomanía. Y fue el último concierto que vio con él. Cuando los nazis ocuparon Austria, el padre de Fantel, acusado de antifascista o de hostil al régimen, desapareció. En un artículo de 1989 en el que reseñaba la primera edición en CD de la pieza, el crítico de The New York Times escribía (la torpe traducción del inglés es mía):

Este disco retiene una velada que compartí con mi padre: setenta y un minutos de los dieciséis años que tuvimos juntos. Poco después, como un ‘enemigo del Reich y del Fuhrer’, mi padre también desapareció en el abismo de Hitler. Esto me hizo darme cuenta de algo sobre la naturaleza de los fonógrafos: no admiten finales. Implican perpetuidad. Algo de la vida misma atraviesa los límites normales del tiempo.

Escucho ese disco mientras escribo esto, y casi me ahoga un recuerdo que no es mío.

Esta historia, y muchas más relacionadas con la música y las emociones, se pueden leer en Listen to this (hay traducción al castellano: Escucha esto), la colección de ensayos melómanos de Alex Ross, crítico musical de The New Yorker. Un libro fantástico lleno de pasión, erudición y cariño al que no le sobra ni un solo excurso musical.

SIN MIEDO A PERDER

Partamos de la premisa de que el rock español no existe. Quizá exista un rock hecho en España que pueda alegar denominación de origen, pero no existe como movimiento estético acotable dentro del genérico internacional de rock. Lo mismo pasa con el cine español: no existe. Lo decía Fernando Fernan-Gómez en el docu de Luis Alegre y David Trueba La silla de Fernando (cito de memoria): «Llevamos muchos años empeñados en hacer cine en España y no se nos da nada bien. Ni siquiera hemos conseguido un estándar. No ya una mínima calidad o un buen nivel artístico, sino un simple estándar, un repertorio básico que marque las pautas generales. Llevamos demasiados años intentándolo y no hemos conseguido ni siquiera eso, así que tendríamos que empezar a pensar que a lo mejor no servimos para ello». Lo mismito puede decirse del rock español. ¿Dónde está el estándar?

Las que sí que se han dado en España son excepciones. Nosotros somos un país muy de excepciones. Así, en el rock, hay unos cuantos nombres que han dejado una obra situada dos pasos por delante de la brillantez y uno por detrás de la genialidad —con momentos de genialidad, incluso—, pero son demasiados pocos para justificar una corriente artística. Unos cuantos más como ellos podrían haber creado ese estándar, con su escuela y su industria adyacente, pero sus chispas son solitarias y no alcanzaron para prender incendio ninguno. A lo sumo, una o dos hogueritas. Burning fue una de esas fogatillas, y no sólo por el nombre.

La historia de Burning mola tanto que consigue que un libro tan mal escrito y tan pésimamente estructurado como Burning Madrid, de Alfred Crespo (recién salidito en 66 rpm Ediciones), se lea en una sentada y media. Hay tanta droga, tanta gañanería, tanta amistad mística y tantas canciones chulas que se puede perdonar el defectuoso envase en el que viene empaquetado este relato. Qué maravilla podría rodar un buen documentalista con este material, o qué librazo escribiría un buen escritor con estos mimbres.

Lo bonito de Burning es que es una historia de resistencia. En Estados Unidos, los grupos se separan porque les salen los billetazos por el orto y se aburren tanto que no les queda otra cosa que hacer que pelearse mientras esnifan las cenizas de sus madres. Pero, en España, los grupos se separan porque se hartan de tener la cuenta al descubierto o de comer bocatas de choped del Dia o de conducir cinco horas después de un concierto para ahorrarse el hotel (perdón, el hostal). Hay que ser muy descerebrado o muy tenaz o creer mucho en ti mismo o estar muy enganchado a la heroína —o todas las cosas a la vez— para persistir machaconamente en un negocio que te expresa todos los días una hostilidad insoportable.

Mi teoría, una vez leído el libro, es que la gente como Burning aguantaba porque no tenía ningún sitio al que volver, porque, incluso sin dinero y con hepatitis, esa vida era mucho mejor que cualquier otra vida posible. Cuando los niños de la Movida se cansaron de no vender discos, regresaron a su cuna. Siempre habría para ellos una columnita en El País, una plaza de profesor asociado o la gerencia de una Casa de la Mujer. La silla de los hijos pródigos siempre se guarda calentita. Pero unos chavales de La Elipa sin oficio ni ganas de ejercerlo sólo tenían dos opciones: triunfar o joderse. Y joderse era muy preferible a entrar de aprendiz en el taller mecánico de su primo a punto de cumplir los cuarenta o a gastarse la última liquidación de la SGAE en la entrada de un camión. Puestos a penar, que sea con una aguja en el brazo y una canción a medio componer. Puestos a fracasar, mejor hacerlo a lo grande.

Aunque la carrera de Burning no puede calificarse rotundamente de fracasada, tampoco fue exitosa (y eso que pocas bandas pueden presumir de aportar al cancionero español tantos clásicos populares como ellos). Fueron víctimas de sí mismos, de su propia incapacidad para ponerse a buenas con la vida, y ahí está su tragedia: acertaron con la música, pero se equivocaron con el negocio.

Lean el libro, que es muy entretenido y rico en anécdotas. Algunas, geniales, como las galas delirantes que compartían con Manolo Escobar, y otras, prescindibles (por ejemplo, creo que podría pasar sin enterarme de que a los heroinómanos les gusta meterse un piquito mientras cagan; y usted también podría pasar sin esa información, pero he decidido que si no la comparto se me va a pudrir dentro). Pero a mí me ha interesado especialmente la parte en que cuenta su relación con la gente de la Movida. La tesis es que molaban en la distancia. Les iba su rollo glam y, con reparos, los asimilaban en la modernidad. De hecho, implícitamente, reconocían que eran más modernos que ellos y, por supuesto, mucho más salvajes y ‘auténticos’. Pero preferían tenerlos lejos, no los consideraban una buena compañía. ¿Por qué? Pues porque eran de barrio, unos paletos de profundo acentazo madrileño-meridional (en La Elipa nací, Ventas es mi reino y para tu papá solo soy un mal sueño, cantan en Jim Dinamita). Básicamente, lo que sostienen varios testimonios del libro es que los niñatos de la Movida no soportaban que unos parvenus de La Elipa (estuviera donde estuviera aquello, que ni el metro llegaba por entonces allí) les superasen ampliamente en descaro, actitud, talento y protomariconería machista (una paradoja no tan paradójica). El único movidero que les abrió sin condiciones las puertas de su casa —y de su rico y variado alijo de drogas— fue Eduardo Haro Ibars, el dandi y drogadicto hijo de Eduardo Haro Tecglen, que era lo bastante inteligente y lo bastante hedonista como para no tener ningún tipo de prejuicio por los orígenes suburbiales de sus amigos.

Lo curioso es que, aunque los Burning vendían su imagen de barrio y su público así lo aceptaba, sus temas y su imaginario no se correspondían con su extracción social. Por mucho que se empeñen, el mundo de las canciones de Burning no es un mundo de currantes (que es lo que ellos eran), sino un mundo lumpen. Su rollo canalla —¿no huele a pedo en cuanto alguien escribe o pronuncia la palabra canalla? A mí me suena a flatulencia de Sabina— y hampón no describe absolutamente nada de la vida cotidiana de un estudiante de FP rama fontanería o del hijo de un taquillero de la Renfe.

El mundo de Burning está lleno de yonquis muertas, de nenas a las que les gusta que les den de rodillas y por detrás (sic, es literal de una canción: de rodillas y por detrás es como me gusta más), de atracadores con bardeo y recortá, de maltratadores domésticos (te voy a zurrar para que seas más divertida, dice otra canción), de chulos (no es extraño que tú estés loca por mí), de presos que se fugan del chabolo y de unas chicas del Drugstore que ya sabes como son.

El mundo de Burning es chungo, el mundo de Burning es un mundo de quinquis navajeros. Pero los quinquis navajeros no escuchaban rock and roll. Los quinquis navajeros escuchaban a Los Chichos. ¿Quién escuchaba a Burning? Pues los chicos buenos que estudiaban BUP y FP en su barrio de La Elipa y en todos los barrios de España, y también los chicos malos del Rockola y del Penta que eran hijos de Eduardo Haro Tecglen. Ese es el hallazgo estético de Burning: que recogieron un imaginario marginal socialmente inaceptable, pero, al tamizarlo a través del blues y de los Rolling Stones, lo convirtieron en un producto que resultaba intelectualmente digerible para las élites y moralmente soportable para la plebe. No era bonito que Los Chichos hablasen de robar bancos, pero sí lo era que lo hiciera Pepe Risi. Habían encontrado la clave del éxito, la fórmula perfecta para hispanzar el rock, llenándolo de un humor y de un casticismo inexportables y genuinos. ¿Por qué no se convirtió su descubrimiento en el estándar del rock español?

Probablemente, porque eran demasiado auténticos, porque se creyeron demasiado literalmente sus propias canciones y porque no midieron bien la distancia que separa la forma de vida y la profesión. Y por el jaco, claro está, porque no se pueden esperar estrategias inteligentes de dos adictos como eran Toño y Pepe Risi. Probablemente, en otro país y con otra industria, la estructura de managers y ejecutivos de discográfica hubiera sabido hacer de Burning algo sólido e inapelable a pesar de las drogas (incluso gracias a ellas), pero en otro país y con otra industria, Burning son inconcebibles. Incluso son inconcebibles en otra ciudad y en otra época que no sea el Madrid de los años setenta. Por eso digo que el rock español no existe, porque, si existiera, los grupos como Burning serían norma y no excepción. Algo tan genuino, tan profundamente localista y tan arraigado en su hic et nunc debería marcar la pauta y no ser una pequeña hoguera de brillantez y, a ratos, genialidad. Una luminaria apenas visible en un panorama de oscuridad mediocre, intensidad impostada y ripios floridos.

Porque, amigos, Burning casi siempre están bien. Rara vez disuenan. En sus peores momentos, siempre parecen, al menos, divertidos. Tienen un par de hits redondos y perfectos (Mueve tus caderas y Qué hace una chica como tú en un sitio como este) y, en unos pocos y rotundos compases, fueron geniales. Siempre haciendo equilibrios entre lo sublime y lo cursi, canciones como Corazón solitario (esas cortinas anchas de terciopelo, que hasta se les puede oler la humedad) o en Una noche sin ti (esos recuerdos de pelo largo, qué apelativo generacional, qué forma tan sencilla de sonar profundamente sentimental sin recurrir a ningún tópico) tienen propiedades sinestésicas, son canciones con aroma y tacto. Olor a serrín y cerveza derramada, a garito sucio. Tacto a botellín de Mahou, a sábana arrugada, a domingo de resaca.

Quizá lo que les pasaba a Pepe Risi y a Johnny (y antes a Toño, el cantante de la primera formación, que murió antes que Risi) era que no tenían miedo a perder, como dicen en una canción. Fue esa falta de miedo lo que les mantuvo unidos. Alguien con miedo se mete de aprendiz en el taller de su primo o paga la entrada del camión o se matricula en un grado de FP. Ellos no tenían miedo a perder. Y por eso, en realidad, no perdieron nunca. Nosotros les perdimos a ellos.

MARCO ALDANI MATÓ AL VATE

Hoy he visto esta foto ilustrando un artículo de Santiago Auserón en El País (que, por rococó y farragoso, a duras penas he comprendido):

Y me he dicho: coño, Bob Dylan con Steve Earle. Es más, el Bob Dylan joven con el Steve Earle viejo, juntos en un agujero de gusano o en una máquina del tiempo (que debe de ser ese extraño artefacto que sostiene el joven Dylan con sus manos de nena). Luego, he leído el pie de foto y he descubierto que el de la derecha es Allen Gingsberg, el autor de Joooorl!, en el que Chiquito de la Calzada se inspiró posteriormente para su famosa coletilla.

Pero el parecido es inquietante. Observen estas dos fotos:

 

 

 

 

 

El de la izquierda es Allen Gingsberg, y el de la derecha, Steve Earle.

Y este, el Loco de las Coles:

Conclusión: la peluquería fue el fin de la poesía y de la canción. Marco Aldani mató al vate.

JON LORD, EL INGLÉS TOTAL

Fue en el Palacio de los Deportes de Madrid, antes del incendio. Buscamos unos buenos asientos en la grada, porque el concierto era para sentarse, y esperamos hasta que se atenuaron las luces y una voz grabada anunció: «Damas y caballeros, la Comunidad de Madrid les da la bienvenida…». No se oyó más que eso. Tras las palabras comunidad, de y Madrid, la gañanada empezó a berrear: «¡Gallardón, tócame un cojón!» y «¡Manzano, agárramela con la mano!». Selecto público el de aquella velada.

Casi toda la escena estaba ocupada por la orquesta, cuyos miembros empezaron a sentarse en sus puestos con orden y elegancia. La mayoría eran hombres, pero había algunas instrumentistas femeninas. Cada vez que una de ellas hacía el paseíllo desde el backstage hasta su lugar en la formación, la gañanada silbaba tivihacer un trajesaliva o venaquí, que tenseño atocar mi oboe. Las aludidas —intérpretes de la muy exquisita Orquesta Filarmónica George Enescu de Rumanía— ignoraban los gritos, pero los pensamientos se transparentaban a través de sus lindas y postsoviéticas frentes. Decían: «Quince años de conservatorio, tres de perfeccionamiento en el Mozarteum de Salzsburgo, cuatro giras mundiales y siete discos con Deutsche Grammophon, para acabar actuando ante el mismo público que mi prima la que se metió a acrtiz porno. Y ganando mucho menos dinero por concierto que ella por una felación.»

Cuando el director de la orquesta apareció y saludó protocolariamente al ¿respetable?, se apagaron todas las luces y un foco iluminó una figura blanca de pie tras un viejo teclado Hammond. Un traje blanco pensado para contrastar con la escenografía oscura. Cada detalle, bien cuidado. La figura blanca, con el pelo igualmente blanco, se inclinó hacia el micro y habló con voz profunda y calmada en un inglés impoluto propio de un locutor de la BBC. Más o menos, dijo: «Buenas noches, damas y caballeros. El espectáculo que vamos a ofrecer esta noche es un poco distinto al que solemos dar. Como ven, nos acompaña la Orquesta Filarmónica George Enescu de Rumanía, con quien interpretaremos nuestro Concerto for Group and Orchestra. Por eso, les ruego que permanezcan en silencio mientras dure esa parte de la función. Espero que la disfruten.»

Buena parte de las damas y de los caballeros aludidos llevaban bebiendo litronas Mahou y fumando porros de costo cular desde las cuatro de la tarde, y calculo que no más del 5% del total de asistentes sabía el suficiente inglés como para entender una fucking palabra del speech. El orador era consciente de ambos extremos. Aun así, les habló como un premio Nobel hablaría al rey de Suecia, y consiguió que aquel público se tragara sin rechistar cuarenta y cinco minutos de experimentalismo musical sinfónico.

Ese hombre se llamaba Jon Lord, y murió hace unos días de un cáncer de páncreas, a los 71 añazos. Fue un tipo interesante. A mí, al menos, siempre me interesó, hasta el punto de que me ha jodido leer un montón de obituarios repletos de incorrecciones cortipegadas de la Wikipedia y que le atribuyen unos méritos que a él le habrían espantado. Entre ellos, el de ser padre del heavy metal. Abuelo, quizás; padre, never.

Jon “el Manitas” Lord.

Jon Lord resume y condensa en su figura todo lo que un inglés puede ser. Es el Geist de Inglaterra, la síntesis de todas sus contradicciones. Empezando por su nombre: el uso del apócope (de Jonathan) revela cercanía e informalidad working class, pero su apellido remite a la aristocracia. Un obrero aristócrata.

Y en verdad que era algo así: la rudeza de un tradeunionista y la exquisitez de un dandy en una misma persona. Mezcladas e indisolubles. Bronco y delicado, academicista y ácrata, respetuoso con la tradición y rupturista, moderno y antiguo, barroco y sencillo.

Jon Lord en los heroicos y barrocos años 70, cuando las estrellas del rock y los camellos se vestían con la misma ropa y, a menudo, eran la misma persona.

Jon Lord tenía una soberbia y muy académica formación pianística. Fue un hijo de la Gran Bretaña de la guerra criado en la mojigata sociedad provinciana postbélica, en Leicester. Así que estaba acostumbrado a los rigores de la disciplina y a la ética del trabajo duro, que le ayudaron mucho a destacar en el conservatorio, donde fue un alumno dotado. Supongo que sus padres soñaban para él un exquisito futuro de recitales y premios en selectos auditorios, pero el joven Lord tenía otras inquietudes. Al chaval le iba el jazz, le obsesionaban esos rugidos sexuales del be bop, tan de moda a finales de los años 50. Le gustaba más improvisar que seguir una partitura, el trance de la jam session, la conexión con el público en un local pequeño, oscuro y ahumado. Sus primeros escarceos de músico profesional fueron como pianista de jazz en clubes de su ciudad y de Londres. Su primera traición.

En Londres descubrió la incipiente escena pop. Llegaron los Beatles y los Rolling y todo aquel rollo y parecía que el mundo giraba más deprisa. De repente, el jazz se había vuelto viejo, burgués y conservador. Jon Lord estaba fuera de onda, corría el riesgo de encerrarse en los circuitos de culto, así que se electrificó, cambió el piano por un órgano Hammond y se hizo músico de estudio. Trabajó de mercenario en la embrionaria pero muy lucrativa industria discográfica inglesa y muy pronto fantaseó con la idea de sacar tajada de la movida: si músicos mucho menos dotados que él triunfaban y se hacían ricos, ¿por qué no iba a poder montar él un grupo de éxito que gustara a las niñas de las minifaldas? Ser feo ni siquiera parecía ya un inconveniente, el rock estaba lleno de tipos feísimos que se lo llevaban crudo. Además, hacía años que él trabajaba para los estudios, conocía el mundillo, tenía los contactos, sabía qué teclas había que pulsar. No era un chaval idealista, sino un emprendedor con un plan de negocio.

A mediados de los sesenta, Lord empezó a reclutar a gente para su grupo. Al principio, lo llamó Roundabout (Rotonda), pero alguien le convenció de que no tenía gancho comercial, por lo que, in extremis, a punto de firmar su primer contrato, lo cambió por otro mucho más à la mode de la fiebre lisérgica y psicodélica del momento: Deep Purple. Era el año 1968.

Portada del primer disco de Deep Purple. El del bigote es el jefe. En otros contextos, el del bigote es siempre el taxista o tu cuñado.

Al principio, nadie tenía muy claro qué cojones era Deep Purple. Parecían unos imitadores más de los Beatles. De hecho, versioneaban algunos de sus hits, aunque también hacían covers de clásicos americanos (Hey Joe, popularizada en 1967 por Jimi Hendrix) o de éxitos recientes, como Hush, de Billy Joe Royal. Sonaba a grupito oportunista sin nada nuevo que decir, a chuparruedas de la moda, a parásitos que recogen las sobras del pop. Y así era: Deep Purple no pasaba de ser un recurso de relleno en la programación de la BBC. Easy come, easy go. Así grabaron dos discos que hoy sólo se pueden escuchar como ejercicio de arqueología musical, apestan a polilla.

Nadie se acordaría de Deep Purple si la ambición artística de Jon Lord no hubiera sido más grande que su oportunismo comercial. Lord, quizás a su pesar, era un artista con cosas que decir, y no se conformaba con hacer el tonto en la tele tocando las cancioncillas de moda. El pianista de Leicester quería más, pero, para poner en marcha su proyecto necesitaba otros músicos. Los que tenía no daban la talla.

Fue en Camden Town donde empezó a reclutar a los intérpretes que le hacían falta, en el entorno de la Roundhouse, un garito que todavía funciona como sala de conciertos. En aquellos bares se fraguó la que los deep-purpleólogos conocemos como mark 2 (o mk 2), la segunda formación del grupo, la clásica, la guay, la canónica.

En ella, Jon Lord compartía liderazgo ideológico con Ritchie Blackmore, guitarrista de genio y carácter agrio sobradamente consciente de su genialidad que ya estaba en la formación anterior y que compartía con él la convicción de que había que cambiar de rumbo, endurecerse, acelerarse, desmelenarse. Ambos compusieron la mayoría de las canciones de la banda y definieron su sonido básico. Como frontman pusieron a un guaperas dotado de una garganta prodigiosa, capaz de romper micrófonos con sus alaridos: Ian Gillan. Un cantante muy versátil de poderosa presencia escénica, histriónico y simpático que, además, era un fanático absoluto de Elvis Presley. En la sección rítmica, Roger Glover, un bajista duro y manierista, y Ian Paice, viejo amigo de Jon Lord y cofundador de Deep Purple, formado en los clubes de jazz y camarada de las noches de jam sessions con el pianista Lord en los peores tugurios de Londres.

Ian Gillan en pleno berrido. El secreto para romper la barrera del sonido, según su propia confesión, es ponerse unos pantalones muy ajustados, que aprieten bien los huevos.

Su primer disco como los renovados Deep Purple fue una especie de manifiesto musical: contrataron a la Orquesta Sinfónica de Londres, se metieron con ella en el Royal Albert Hall y ofrecieron un pretencioso pastiche titulado Concerto for Group and Orchestra. Una barbaridad desmesurada que presagiaba los aires rococó de los años 70, los que iban a matar para siempre al rock antes de que el punk viniera a darle una puntilla digna y diarreica.

La cosa estaba clara: estos chicos iban en serio y a lo grande. Pero el Concerto no pasaba de ser una boutade, no podía tomarse en serio como proyecto musical. Lo bueno de verdad, lo memorable, estaba a punto de llegar. Era el año 1970 y Londres aún estaba de fiesta. De fiesta hippy y buenrollera, claro. Nadie sabía que Jon Lord y sus chicos planeaban joderle el aura a todo el mundo y darle una patada en los huevos a los hipsters con flores en el pelo.

En 1970 Deep Purple grabó In Rock. Un disco salvaje registrado en unas pocas sesiones furiosas, entre broncas, gritos y amenazas de muerte. Un puñado de canciones rabiosas fruto de jam sessions al más puro estilo jazzístico. Composiciones contundentes, donde Lord consigue que su teclado Hammond suene con la misma fiereza que una guitarra eléctrica. Berridos de Ian Gillan, punteos desesperados de Glover, resoplidos exhaustos de Paice y una constante pelea entre Blackmore y Lord dieron como resultado uno de los discos más complejos, incomprendidos, oscuros, densos y ambiciosos de la historia del rock. Nada recordaba ya a aquellos tíos moñas que unos meses atrás salían en la BBC cantando el We Can Work It Out de los Beatles. No, ya no les daba la gana mejorarlo.

¿Qué querían transmitir con esta portada? ¿Tenemos la cara de cemento armado?

¿Qué les había pasado? ¿Se habían vuelto locos? Un poco, sí. Lord convenció al grupo para tocar rock con espíritu de free jazz, rompiendo la base blues. Ritmos complejos y atrevidos, composiciones largas, fraseos impredecibles. Querían que su disco sonara como su título: como una pedrada. Pasional y bruto, aunque delicado y profundo a la vez. La historia oficial siempre destaca un trabajo posterior, Machine Head, como el canon y la cumbre creativa de Deep Purple. Mentira. Machine Head es un buen disco de rock, pero muy convencional y conservador al lado del In Rock. El propio Jon Lord siempre dijo que In Rock fue su mejor trabajo como músico, el más sutil, el más arriesgado y el que más satisfecho le había dejado. También fue el peor comprendido. En parte, fue devorado por el éxito de los discos posteriores. Jon Lord persiguió durante años el espíritu del In Rock, pero nunca jamás se le volvió a aparecer. Como tantas otras cosas geniales, In Rock fue hijo de muchas casualidades irrepetibles. El hic et nunc.

Factores que explican la grandeza del In Rock: la juventud y ambición de sus creadores, que aún no conocían el éxito planetario y no se sentían observados. Por tanto, trabajaban libres, atentos solo a sus obsesiones. La necesidad urgente y rabiosa de hacer algo nuevo, algo que no se hubiera oído antes. La sintonía de unos músicos excepcionales. Pero, sobre todo, la rivalidad entre Lord y Blackmore, que se detestaban y trataban de imponerse el uno al otro. Los piques de los teclados y las guitarras purpleanas eran algo más que un recurso musical o una forma de construir las canciones en contrapunto. Por eso sonaban tan auténticos.

En 1972 sacaron Machine Head y los peludos Deep Purple devinieron superestrellas mundiales. A Jon Lord le salieron imitadores, puso el órgano Hammond de moda, lo sacó del fondo del escenario y del muro de sonido de los arreglos y lo colocó en el centro de la escena y de las canciones. Deep Purple siguió comportándose como un quinteto de jazz que hacía rock, un rock salvaje y muy ruidoso que cada vez enganchaba a más gente. Pero ni siquiera el superéxito alivió las peleas con Blackmore, que se hicieron insufribles. Casi ni se dirigían la palabra.

Jon Lord podía ser muchas cosas, pero por encima de todo era un músico. Ritchie Blackmore podía ser también muchas cosas, incluso un músico, pero por encima de todo era una persona insoportable que hacía la vida imposible a cualquiera que se cruzara con él. Ególatra, caprichoso, antipático y altivo. No se llevaba bien con nadie del grupo. Como Lord, era un compositor de formación clásica, un erudito musical, y estaba obsesionado con el folclore británico y las formas e instrumentos medievales. Mucho más clasicista y academicista que Lord, quería que Purple sonaran más directos y tradicionales, con una base folk que a Lord le repelía.

Hasta ahí, las diferencias eran tolerables, pero Blackmore estaba también obsesionado con el ocultismo y con Aleister Crowley. Lord y otros miembros de la banda denunciaron que Blackmore les hacía magia negra. Blackmore nunca lo desmintió.

Ritchie Blackmore, aka El Santón del Payatú. Si este tío dice que me hace un conjuro, yo me cago myself.

Un coñazo de tío, el Blackmore, vaya. Y para Lord, un lastre creativo, una piedra en el zapato que le impedía dar pasos atrevidos en direcciones inexploradas. Blackmore estaba llevando al grupo por un peligroso y muy aburrido sendero lleno de dragones, mazmorras, elfos saltarines y caballeros artúricos. En 1974 grabaron Stormbringer, el disco más épico y vikingo de la banda. Pretencioso, infantil, ridículo. A Gillan y Glover, hijos del hedonismo urbano, acostumbrados al humor de borrachos y al sexo, aquellos delirios de caballero cruzado les daban ganas de potar. Ellos se fueron en 1973. Blackmore, después de Stormbringer.

El grupo implosionó y cada uno se fue por su lado. Deep Purple era insostenible. Pero Jon Lord no estaba dispuesto a dejar morir a su juguete. Cuando Gillan y Glover se fueron, contrató a un guaperas americano llamado David Coverdale y a un bajista que también cantaba llamado Glenn Hughes. Los dos hicieron muy buenas migas con Lord, así que los tres convinieron que no sólo podían sobrevivir a la marcha de Blackmore, sino que ésta era su oportunidad para hacer algo interesante y chulo.

Ficharon a un chaval americano que tocaba la guitarra con elegancia y frescura. Un pequeño, amigable y sonriente genio, la antítesis de Blackmore: Tommy Bolin. Y con él grabaron en 1975 un disco divertido, ocurrente y muy negro, profundamente influido por el funky y el sonido Motown: Come Taste the Band. Hasta el título era una invitación a la ligereza, a recuperar el espíritu risueño de las noches de bar, de músicos que se divierten tocando y haciendo bailar al público.

Por desgracia, el genial Tommy Bolin practicaba un hedonismo extremo. Hizo algo más que coquetear con la heroína, y una sobredosis se lo llevó en 1976, cuando empezaba a deslumbrar al mundo con sus dedos y su carisma.

Tommy Bolin, por dios, descálzate antes de tumbarte en la cama, cacho cerdo.

Deep Purple tampoco sobrevivió a la muerte de Bolin y se disolvió.

Después de varios años de vida de rock star y de sufrir los conjuros y los hechizos de Ritchie Blackmore, Jon Lord estaba muy cansado y se había propuesto retirarse con sus millones. Quería dedicarse a componer lejos del rock, lejos de los escenarios, lejos de todo, en su casita de Leicester. De hecho, llegó a sacar un par de discos en solitario, composiciones experimentales e inaudibles, que ni siquiera un fan como yo puede soportar sin dormirse profundamente. Pero David Coverdale no estaba dispuesto a dejar que se convirtiera en un excéntrico artista de culto. Le contó que quería montar otro grupo, aprovechando el tirón de Purple. Un grupo de rock duro y molón, con unos teclados potentes, los teclados de Jon Lord. Básicamente, quería montar un Deep Purple sin pretensiones, con cierto resabio jazzy, travieso y que sonara muy bien en directo. Lo iba a llamar Whitesnake.

A Lord se le planteó esta disyuntiva: retirarse cual ermitaño a experimentar con pentagramas en su torre de marfil o tirarse a la carretera con un grupo de desustanciados folladores compulsivos que tocaban un rock machista y violento.

David Coverdale en pleno concierto de Whitesnake. Todo elegancia, discreción y buen gusto.

Obviamente, eligió la segunda. Fue lo más parecido a convertirse en pianista de burdel. Intercalaba solos macarras entre estribillos que instaban a las mujeres a tumbarse para venerar la virilidad del cantante, un cantante que se refrotaba el palo del micrófono entre unas piernas enfundadas en pantalones ajustados de cuero. Jon Lord ya no ocupaba el centro del escenario. De hecho, parecía que se contentaba con ambientar la orgía sin participar en ella, soltando fraseos aquí y allá, acentuando el carácter gamberro de la música.

Jon Lord ya no volvió a hacer nada memorable. Se conformó con ser una comparsa. Parece que ya no sabía vivir sin tocar en directo, que prefería mantener su estatus de rock star en decadencia antes que recuperar su aura de artista excéntrico y etéreo. En 1984, la mark 2 de Deep Purple se reunió, y él permaneció en el grupo hasta 2002, cuando se retiró por completo del negocio. Fue un regreso de cartón-piedra. No grabaron ningún disco memorable, se contentaron con pasear sus cada vez más gordas y calvas figuras por salas con aforos cada vez más modestos. ¿Qué fue de su sueño de retirarse a componer lieds? ¿Por qué no se dedicó a restaurar órganos de iglesias de pueblo inglesas? ¿Por qué renunció a su destino eremita?

Un día, ya en los años 90, Jon Lord encaneció. Dejó de ser el chico feo del bigote para convertirse en un venerable señor canoso y casi siempre bien vestido. En los conciertos parecía tocar con desapego, las viejas canciones convertidas en tópicos sin valor, su sustancia exprimida muchos años atrás. Nada nuevo, rutina, liquidación de impuestos, aburrimiento.

Jon Lord crepuscular, en plan: “Al próximo que me pida que toque ‘Smoke On The Water’ le voy a meter esto por el orto”.

Jon Lord parecía muy aburrido. Por eso quizá resucitó el Concerto for Group and Orchestra en una gira en 2001. Después, se retiró. Quizá quería irse con un buen sabor de boca, recordando por qué había dedicado una vida entera a aquella mierda tan tediosa. En aquel concierto del Palacio de los Deportes de Madrid sólo se le vio disfrutar durante la primera parte, mientras tocaba su pretenciosa y vacua composición juvenil, con el grupo peleándose con la orquesta. La segunda parte, con el repertorio convencional y previsible de la banda, casi le hacía bostezar. Se le veía ausente, desconectado de la actuación. Tocaba los temas mecánicamente, quizá pensando en otras cosas: si había cortado la luz cuando se fue del piso o si el fontanero habría arreglado al fin esa gotera en la casa de la playa.

Hastiado o no, Jon Lord pudo morirse tranquilo, con la conciencia musical bien limpia.

TAXONOMÍAS

En la revista Rockdelux, como en tantas otras, los críticos etiquetan el disco que reseñan adscribiéndolo a un estilo o género musical. Me he molestado en enumerar todos los estilos y géneros glosados en el número de abril de la revista. Los pongo en columna, que acojonan más (son todos reales, no me invento ni uno):

Revolution Rock
Folk-rock
Vanguardia
Acústico
Rock
Americana
Punk-rock
Pop pretencioso
Dad’s rock esquivo
Banda sonora
Indie Folk
Folk-psicodelia
Pop-folk
Blues
Étnica
Drone
Vapores y voces
Art Pop
Hip hop
Pop
Pop sofisticado
Noise-R&B
Canción de autor
Psicodelia pop
Jazz
Arizona Sound
Cubana
Anti-Hype
Réquiem flamenco
Jazz-pop
Jazz-funk
Mestizaje
Psicodelia
Cabaret folk
Canción brasileña
Rock-vanguardia
Avant-pop
Folk soñado
Canción estratosférica
Arpa, beats y falsete
Música de cine-jazz
Electro-pop
Folk-pop de cámara
Country-rock
Dream pop
Punk-rock épico
Folk
Prog
Africana
Punk
Experimental
Swing
Tropicalia
Folk-rock psicodelia

Primera imagen que te viene a la cabeza: un inuit diciéndote que los esquimales tienen mogollón de palabras para decir nieve. Mentira: sólo tienen una, no son gilipollas.

Segunda imagen que te viene a la cabeza: la destrucción de Babilonia, Yahvé señalando con su dedo justiciero a un Nabucodonosor tan soberbio como para erigir una torre altísima. En justo castigo, humanos sodomitas —bramó Dios—, no sólo hablaréis mil lenguas, sino que diseminaré entre vosotros a la tribu de los rockdeluxitas para que confundan vuestra música con cien millones de etiquetas incomprensibles.

Incluso aceptando la carga irónica y cachonda de muchas de estas etiquetas musicales (aunque muchas otras vayan ciertamente en serio, con talante imperativo y prescriptivo), a cualquier persona normal le repele tanto encasillamiento, tanto matiz, tanta territorialidad, tanta obsesión botánica.

No se clasifica inocentemente. Las taxonomías y los mapas (que no dejan de ser una clasificación en forma de dibujo) se diseñan no sólo para conocer un campo y sus elementos, sino para dominarlos y someterlos. Linneo no se dejó los ojos en sus herbolarios por amor a la naturaleza, sino para que se pudiera explotar mejor y más eficientemente esa naturaleza. La relación que hay entre la tabla periódica y la bomba atómica es mucho más estrecha y directa de lo que se suele suponer.

Ordenar y clasificar es imponer una autoridad sobre lo ordenado y clasificado. Se etiqueta para tiranizar mejor. Los etiquetadores incluso prevén etiquetas para lo que no se deja etiquetar, y dicen que algo es transversal, heterogéneo o bizarro.

Las etiquetas dan seguridad a quien se siente inseguro, crean una ficción de orden en un mundo casi siempre caótico y difícil de comprender. El periódico clasifica y jerarquiza las cosas que suceden, dándole un sentido a lo que probablemente nunca lo tuvo ni lo tendrá. No nos gusta sentirnos perdidos, necesitamos saber qué es qué y quién es quién, que una autoridad nos lo aclare.

Entiendo que Repsol necesite una buena y muy exacta taxonomía geológica para sacar el petróleo allí donde se encuentra (aunque quizá ya no la precise), pero, nosotros, ¿por qué necesitamos taxonomías para vivir? ¿Por qué parcelamos todo, incluidas las personas? ¿Qué ganamos con eso, aparte de negarnos el disfrute del descubrimiento? ¿Por qué preferimos la áspera y pacata timidez del prejuicio al goce extrovertido de quien no sabe etiquetar?

Yo procuro suprimir todas las taxonomías de mi vida. En mi biblioteca sólo hay un criterio de orden: el alfabético. Autores de la a a la z. Todo es literatura, no distingo géneros, países ni épocas. Ni siquiera idiomas.

Luego me llaman ecléctico, inconsistente, chaquetero. Simplemente, detesto las etiquetas y detesto que me etiqueten. Pero, si han de hacerlo, que por lo menos me pongan una etiqueta original y cachonda, como alguna rockdeluxiana. Quiero ser dad’s rock esquivo o punk-rock épico. Algo que necesite al menos tres palabras y un guión, algo que no se reduzca a la contundencia lapidaria de un término, algo que precise de matices y humorismos para expresarse.

Por favor, no me reduzcan a un término. No lo soportaría.

POP SIN IRONÍAS

Dos recados traen las páginas culturales de la prensa de hoy. En las de El País, Diego A. Manrique entrevista al ideólogo del grupo Lambchop, Kurt Wagner, y le coloca el siguiente titular: «Dentro del mundillo alternativo hay un molesto exceso de ironía». No me diga más. Sin embargo, sí, dígame más, señor Wagner (cualquiera tutea a alguien que se queja de exceso de ironía y que tiene un apellido tan operístico y nacionalsocialístico). Sigo leyendo y, en el segundo párrafo, me encuentro: «El disco le sirvió para exorcizar la depresión generada por el suicidio de su amigo Vic Chesnutt».

Ok, de acuerdo, recibido. Nada de ironías. Tema sucidio, colega muerto, mal rollo. Se imponen la seriedad y el luto. Pero el titular parece referirse a una reflexión general sobre la música, no a una actitud concreta ante un determinado tema. Y encuentro el contexto del que se ha sacado. Dice al final del cuarto párrafo: «La peste de Nashville es la insinceridad, la rutina. Al otro extremo, en el mundillo alternativo o como lo quieras llamar, hay un molesto exceso de ironía».

Y ya. No hay contrapregunta. Me quedo como estaba. Yo quería saber algo más sobre ese exceso, su percepción y el porqué de su molestia, pero sólo entiendo que aquí se está abogando por algo serio, sin tontadas. Ya está bien de tanto modernillo tomándoselo todo a guasa. Siéntate con la espalda recta, tira el chicle y sal a la pizarra a copiar cien veces «No seré tan molestamente irónico».

En el cada vez más catalanizado suplemento Culturas de La Vanguardia —y aburrido, molaban mucho más cuando ignoraban toda la Cataluña que no cupiera en el centro de Barcelona— dedican un par de páginas a Manel. O al efecto Manel, que debe de ser la fuerza opuesta y complementaria del efecto Axe. El titular es expresivo y prospectivo: «Y después de Manel, ¿qué?». Y un punto ofensivo, no me negarán. Si yo fuera de Manel respondería: «¿Cómo que después de nosotros? Si nosotros estamos en el durante. Nos están enterrando vivos». En el primer párrafo se les califica de «discretos muchachos». Discreción e ironía no suelen combinar bien, así que sospecho que ubicamos a Manel y a todo su efecto en el terreno de lo serio. De lo auténtico, si gustan mejor.

Tras el primer ladillo, el autor del reportaje ejecuta un ensayo de comprensión del fenómeno musical y dice, completamente lanzado: «Un reconocimiento que en el caso de Manel no ha sido ajeno a esa combinación feliz de pop urbano y cierto gusto a folk rural, de modernidad y placer de música artesanal. De cantautor ahora ya sin etiquetas. De historias que podrían haberse escapado de una antología de cuentos de Quim Monzó o servir para un anuncio de Cerveza Damn realizado por Isabel Coixet. Un nuevo diccionario costumbrista que atraviesa buena parte de los textos de la nueva ola y deudor tanto del sabor de barrio serratiano como de la escritura galáctica de Sisa, transversal, atractivo y seductor para públicos diversos».

En otras palabras: un muermazo. Auténtico, sí, pero como para ponerse a bailar. Y lo digo yo, que no he bailado en mi fucking vida (los tíos grandes como yo ni siquiera podemos bailar en clave irónica, ni como chiste hacemos gracia).

Recapitulando. Recado número uno: un exquisito y polifacético músico dice que está hasta los eggs del molesto exceso de ironía. Recado número dos: Manel ha plantado una semillita que va a fructificar. Lo que viene, por tanto, es aún más auténtico. O menos, pero con pretensiones de más. Han trasladado la masía al centro de Barcelona como hace años los de la americana llevaron el rancho al East Village de Nueva York. Pongámonos serios, señores. Serios e intensos. Como un anuncio de Cerveza Damn dirigido por Isabel Coixet.

Ese es el futuro inmediato del pop: un anuncio de cerveza Damn dirigido por Isabel Coixet. No teníamos bastante con los del hip hop pijo y buenrollero de Delafé. ¿O esos anunciaban cerveza San Miguel? Pues no, nada de San Miguel, ahora toca Estrella Damn. Sin chistes y sin saltitos y sin tutús, por favor. Con hálitos serratianos y cantautóricos. Con neocostumbrismo. Con ropa tendida y primeros planos de chicas lánguidas. Todo muy auténtico, todo muy intenso. Todo muy muy. Pero sin ironías, sin chistes de pedos. Sin pedos, incluso. Esos se los queda Carmen Machi. La Cerveza Damn no produce gases molestos y cómicos. Es suave, es intensa, es sencilla.

Somos elegantes. Somos discretos. Somos serios, aunque desenfadados y casual.

Somos, efectivamente, un coñazo.

En fin.

Sólo un apunte marginal: la ironía no es un atributo adherido al pop, es su núcleo, su identidad misma. Sin ironía, no hay pop. Muchos de ustedes han pasado por la expo de Warhol que han montado en mi pueblo. Atiendan a la ironía que allí se ve. Quítenle la ironía al pop y no nos quedará nada. Si acaso, un anuncio de Cervezas Damn (dirigido por Isabel Coixet).

Sin ironía ninguna, termino este post colgando otra foto de Juana Acosta. No viene a cuento, pero es que la que puse en el anterior artículo ha atraído muchas nuevas visitas, y creo que ninguna de ellas estaba interesada en mi prosa serratiana y coixetesca. Así que le doy al público lo que el público pide. Gócenla, criaturillas masturbatorias. No se aprecia bien porque el plano está cortado, pero el éxtasis de esta buena mujer en esta imagen se debe a la audición del último disco de Manel.

MUY HEVY (EN NAVARRO)

Venga, va, cierro ya el ciclo heavy de este blog. En realidad, estaba cerradísimo, pero no me resisto a reproducir este anuncio que me ha pasado un amigo. Está recortado de un número del Diario de Navarra.

Mmmm. Dan ganas de pasarse por allí, ¿verdad, troncos? Seguro que es guay del paraguay, una passsssada.

Como no habréis apreciado bien los detalles os amplío lo mejor del anuncio.

Bien, analicemos esto, amigos. El sitio se llama Rockefor. Rockefor. Lo siento, no puedo dejar de escribirlo: ¡Rockefor! Y ahora en mayúsculas, todos juntos: ROCKEFOR. Ajandemor. Y su sorbete se llama Marea. Marea, vómito, sorbete… No me parece un campo semántico adecuado para un alimento semisólido.

Pero mi detalle favorito es esta promoción que hicieron el día de Nochebuena:

Como sabéis, el Olentzero (con tz, no con tx, pero en fin) es ese Papá Noel euskárico. El Rocklentxero, francamente, no tengo ni idea de qué pueda ser, aunque lo respeto, tíos. Pero lo que me preocupa enormemente es que haya hijos que tengan padres heavytones. ¿Lo sabe el Defensor del Menor? ¿Y la Fiscalía? ¿Tenemos que dar parte a la Policía Foral Navarra? ¿Qué coño le están haciendo a los niños en Pamplona? Exigimos saberlo.

Por dios, dejen a los niños en paz, que no tienen culpa de nada.

PD.- Marea y Barricada no lo sé, pero Dio y Iron Maiden son trade marks cuya utilización está sujeta a derechos de imagen. Como se enteren los interesados, la broma le va a salir por un pico al Rockefor. Va a tener que vender muchos sorbetes Marea para pagar la indemnización que le pedirán los abogados.

MUY HEAVY (EN ESPAÑOL)

(Continuación del post anterior, que se puede leer pinchando aquí)

Mi historia metalera es mucho más triste y patética debido a mi nacionalidad: no contento con acumular discos de grotescos e inenarrables grupos estadounidenses y británicos, se me ocurrió —junto a mis amigos— adentrarme en el submundo del heavy metal español.

Oh, dios mío.

Alguien con sentido del humor y sin miedo a las agresiones debería ponerse a escribir una historia del heavy español desde sus orígenes hasta el surgimiento del power metal (esa maraña de estilos y fusiones con el folk y el hip hop que, para mí, no se parece en nada al heavy-heavy, ni en sonido ni en actitud). Pero una historia del fenómeno heavy de verdad, porque generalmente se le asocian en España una serie de nombres que no tienen nada de metaleros, ni en su actitud ni en su música ni en su público. Ni Leño, ni Los Suaves, ni Barricada y todos sus derivados pueden encuadrarse aquí, aunque la crítica y las tiendas de discos a menudo los etiqueten como tales. ¡Si algunos hasta incluyen a Negu Gorriak y a todo el rock radical vasco, que pertenece a una tradición musical completamente ajena al heavy!

No, futuros historiadores del metal español: no intenten dignificarlo adhiriendo nombres que no vienen a cuento. Estas bandas nunca fueron heavies. Para empezar, porque eran muy buenas —pero muchísimo mejores que cualquier grupito metálico—, y el heavy español se caracteriza por su nulidad. Y, para seguir, porque, en ellas, el espíritu bluesero es fundamental —no para Negu Gorriak, que bebe de otras músicas, rompiendo la base blues que tiene todo buen rock—: su ámbito es el de la intimidad, conectan con el público recurriendo a temas universales, como el amor y el fracaso, y nunca pierden de vista la raíz cuatro por cuatro de su música. En otras palabras, se involucran en sus canciones (Yosi, de Los Suaves, llega a desnudarse trágicamente, componiendo un personaje tierno y patético que, a juzgar por las barbaridades que hemos visto hacer en la vida real, tiene mucho de auténtico y de trasunto de él mismo) y las maduran en el contexto de una tradición sonora que cultivan y personalizan. Son grupos que evolucionan y buscan su sonido y su voz. No puede decirse esto de ninguno de los nombres que vienen a continuación.

Puedo entender y razonar mi gusto por las músicas más horteras y desfasadas que se han reclamado de lo metálico, pero no entiendo qué me llevó a escuchar y a apreciar este nido de horrores hispánico.

Porque, amigos, el heavy español es la cosa más horrible que la humanidad ha regurgitado, defecado o abortado. Pocos fenómenos culturales (¿culturales?) han condensado tal cantidad de nulo talento, analfabetismo, mal gusto y aburrimiento supino. Hay algunos grupos que hasta Santiago Segura se negaría a incluir en Torrente, por zafios e inverosímiles.

Y, sin embargo, ahí estábamos nosotros, alimentando al monstruo. Tengo un amigo con el que canto en falsete canciones de Obús tan pronto empezamos a emborracharnos. Es ironía, sí. Es descojone postmoderno, sí. Es una actitud esnob y desestructurada, sí. Pero el caso es que nos sabemos las letras, y ni la más refinada ironía justifica eso. Sobre todo, porque para nosotros era una música ya muerta, que podíamos revisar con sarcasmo y distancia, pues pertenecía a una generación anterior.

Para entender el heavy español hay que entender Madrid, pues se trata de un fenómeno casi exclusivamente madrileño, el resto de España apenas aportó grupos. Y lo primero que hay que entender de Madrid es que, a finales de los setenta y principios de los ochenta, era una ciudad agraria. Los jóvenes de entonces aún tenían el pelo de la dehesa que les habían dado sus padres, con un pie en un pueblo destripado manchego. Si no asumimos que Madrid estaba poblada por catetos provincianos, no entenderemos jamás esta foto:

Esta pesadilla proxeneta se llamaba Coz, y es el origen de todo. Coz (el nombre no suena muy urbano y da pistas del talante de sus fundadores y de su público) nació en los años setenta, y de su larga y confusa trayectoria destacan dos hits: Más sexy y Las chicas son guerreras. Pero no es esa su principal aportación al heavy. Un verano, antes de ser famosos, los Coz se pelearon y se dividieron en dos, reclamando cada parte su derecho a usar el nombre del grupo —que pelearan por atribuirse algo que nadie sano querría da cuenta de su carácter—. Como no llegaron a un acuerdo, hubo dos bandas Coz que se disputaban los contratos de las fiestas de los pueblos, creando situaciones muy incómodas y absurdas. Al final, los escindidos cedieron y se rebautizaron como Barón Rojo. Y ahí empieza lo heavy de verdad (Coz nunca pasó de ser una banda pop con un aire gamberro. Querían ser divertidos —y lo consiguieron en varias ocasiones—, luego no podían ser heavies a la española).

Aquí están, desbordantes de glamour. El núcleo de los barones eran (son, por desgracia, siguen siendo) los hermanos De Castro, Armando y Carlos, que tenían una gran capacidad para imitar ciertos tics de estilo del heavy británico, especialmente de Judas Priest y de Saxon. Pero sólo ciertos tics, los suficientes como para engañar a un par de productores musicales que quisieron lanzarles en Inglaterra. De hecho, tuvieron un relativo éxito allá, actuando en el festival de Reading y en la sala Marquee de Londres. Hasta que se les ocurrió grabar un disco en inglés. Fue el final: cuando los británicos entendieron lo que decían las letras, se acabó el chollo y quedaron recluidos a su mercado natural: las fiestas de los pueblos de Castilla la Vieja y Castilla la Nueva. Y, a veces, Murcia.

Nosotros creíamos que Barón Rojo eran sofisticados. Y no teníamos lesiones cerebrales ni nada parecido. Lo creíamos cuerdamente. Pero, sobre todo, lo creíamos por comparación con sus mayores rivales, Obús. Estábamos convencidos de que Barón Rojo hacían mejor música (mejores riffs, mejores producciones, mejores letras… ¡Coño, si hasta tenían un rockódromo!). Obús, sin duda, eran más zafios, y precisamente por eso, mucho mejores. Hablaban de meterse cosas por la nariz, de felaciones, de robar coches, de conducir a toda hostia por la autopista y, sobre todo, de emborracharse mucho y de forma muy escandalosa. Barón Rojo no hablaba de esas cosas. Siempre estaban dando la brasa con la pureza del rock (que ellos, al parecer, representaban), de héroes de leyenda, de hazañas históricas y de… ¿De qué cojones hablaba Barón Rojo? Básicamente, de gilipolleces supuestamente cultas o algo. Pero entonces no lo veíamos. Hoy sé que Obús era mucho mejor que Barón Rojo (también hay grados dentro del horror, y el salto de lo horrible a lo muy horrible puede ser grande). Sencillamente, porque hablaban de cosas de verdad y no pretendían culturizarnos ni convertirse en referentes de nada. Y hacían mejores canciones. Las de Barón Rojo eran larguísimas, aburridas, no se podían bailar y los estribillos eran imposibles de corear, pero las de Obús animaban cualquier cotarro: sencillas, directas, pegadizas y bailongas. Tenían un instinto comercial muy afinado.

¡Va a estallar el obús!

A decir verdad, Obús es lo único medianamente honesto que ha habido en el heavy español. El único grupo con verdadera sensibilidad proletaria (en realidad, casi lumpenproletaria: su temática se acercaba mucho, solapándose a veces, a la de la rumba más arrastrada) y lo bastante desacomplejado y descerebrado como para entender que el rock consiste básicamente en pegar botes y divertirse mientras se bebe cerveza. Su cantante se llama Fortu (de Fructuoso Sánchez). No hace falta añadir más.

Obús y Barón Rojo eran como el Madrid y el Barça: entre los dos se repartían todo el mercado y el resto se disputaban las migajas. Pero había un Atlético de Madrid, un tercero mejor que la manada pero sin estar a la altura de los dos grandes. Y ese Atleti se llamaba Ángeles del Infierno.

Como se ve, eran incluso más refinados y sutiles que sus rivales. Ángeles del Infierno eran más metaleros, en un sentido ortodoxo, menos castizos, más internacionales. En parte, porque el falsete y los berridos del cantante impedían entender nada de las letras, lo que los convertía en fácilmente exportables. Mi canción favorita era una que decía (ésta era sencilla de comprender sin subtítulos): «Bella de día. / Zorra, zorra por la noche». Ni Pedro Salinas lo hubiera expresado mejor.

En España no pasaron de segundones, pero en México eran lo más. En general, todos estos grupos eran lo más en Latinoamérica. Allí llenaban estadios —un concierto de Barón Rojo en Colombia terminó a tiros y con disturbios en las calles— y desataban pasiones. Pero en este lado del charco no andaban mancos tampoco. La historia oficial del pop español habla de Alaska y de Radio Futura, pero lo que no dice es que, mientras los grupos de la movida congregaban a un par de cientos de personas (y casi ninguna de ellas había pagado la entrada) en una sala de Madrid enana y sin salidas de emergencia, Obús podía llenar tres noches seguidas el Palacio de los Deportes. Luego resulta que todo el mundo iba los sábados al Rockola, un garito donde apenas cabían cincuenta tipos apretados, pero en los conciertos de Obús no estuvo nadie o nadie recuerda haber estado. Lo mismo le sucede a Telecinco, una cadena que no tiene audiencia porque todos están ocupados sintonizando La 2. Claro que sí, muchachotes, claro que sí.

Nos podíamos haber quedado en estos tres nombres. Sus discografías acumulan suficiente espanto para alimentar muchas pesadillas y para tirar por tierra todo el trabajo que el sistema educativo español había invertido en nosotros. Pero no nos debió de parecer bastante. Necesitábamos más, queríamos alcanzar el síndrome de Stendhal inverso: desmayarnos de fealdad, contemplar el horror más absoluto.

Así que nos iniciamos en las discografías de las constelaciones menores del heavy español. Y ahí, amigos, fue cuando vimos el horror. Grupos que, a su lado, hacían que Barón Rojo sonasen mejor que los Beatles. Contemplamos cosas como esta:

Supongo que, influidos por Obús, estos chicos decidieron ahondar en el campo semántico del armamento bélico al elegir nombre. Panzer. Y con tipografía metálica parecida a la de Obús, por si no había quedado claro de qué iban. Quizá esperaban que los fans distraídos del grupo de Fortu se confundieran en las tiendas. Lo peor es que la mujer de la portada no era una modelo: es la señora Ángeles, más conocida como la Abuela Rockera, un personaje madrileño del folclore heavy. Una señora que descubrió el rock a los sesenta años y, vestida de esa guisa, frecuentaba los conciertos de todos estos grupos. Tiene una estatua en Vallecas, cerca de la avenida de la Albufera y no muy lejos de la estación de autobuses de Méndez Álvaro. Para la mayoría, una anécdota muy entrañable y tierna. Para mí, la prueba de que esta música no tenía nada de juvenil y era un coñazo infumable que sólo podía gustar a ancianas reales o mentales.

Como nosotros, claro.

Había otros grupos, como Muro, Santa (con cantante femenina, la legendaria Azucena), Banzai (que iban de progresivos, virtuosos y amigos de Miguel Ríos, lo cual daba muy mal rollo), Niágara o los indescriptibles y supuestamente glam Sangre Azul.

Muro, sin complejos.

En general, fuera de la triada de Barón, Obús y Ángeles, hacía mucho frío. El ridículo de esas tres bandas podía amortiguarse gracias a su éxito de público, pero los demás no podían vanagloriarse de eso. Simplemente, eran gente con muy mal gusto para la ropa y muy poco talento para la música. Aun así, vivieron unos cuantos años de las migajas que les arrojaron los grandes.

Además, nunca fueron dominantes en el rock duro español, que por suerte supo encontrar un camino propio y completamente ajeno a las posturitas metaleras. El fenómeno se llamó rock urbano, y su banda seminal fue Leño. Pero esa es otra historia, muy digna y memorable, con verdadero contenido artístico y honestidad creativa, nada que ver con estas tarugadas. De hecho, es un rock que se ha visto perjudicado al verse asociado en ocasiones por una crítica torpe y maniquea con este freak parade.

Cómo sobrevivimos a esta sobredosis de fealdad es algo que no me explico. Pero sé que, a diferencia de lo que me pasa con el heavy en general, de este heavy sí que reniego. Y mucho. En un ataque de rabia, avergonzado de verlos junto a mis otros discos queridos y creyendo que los ensuciaban o les contagiaban su vulgaridad, me deshice de mis vinilos de Barón Rojo y de Obús. Los vendí en eBay fijando un precio ridículo, el que creía que merecían, con la esperanza de que algún chalado me los comprase. Y no sólo me los compraron, sino que pujaron por ellos. Un japonés llegó a pagarme cien euros por el doble directo de Obús. Un chaval alemán pagó sesenta por el Volumen Brutal de Barón. Yo no esperaba sacar más de cinco euros por cualquiera de los dos: ni son ediciones raras ni son difíciles de encontrar en cualquier mercadillo. Flipé. Hice negocio, después de todo, pero me aterrorizó comprobar que lo que yo tomaba por basura mugrienta era codiciado con ansia por otros.

Pero también he de confesar una cosa. En los últimos tiempos he vivido días muy jodidos, días mucho más que jodidos, que necesitan un calificativo que no encuentro ahora mismo. Uno de ellos me pilló solo en casa. Me empeñé en pasarlo solo, y me dio por emborracharme un poco. No sé por qué, me descargué en un torrent el directo de Obús y estuve escuchándolo a toda tralla mientras bebía cerveza. Berreé sus canciones, cabeceé como si tuviera el pelo largo, boté en el salón y, al rato, me sentí muchísimo mejor. No sé explicar la razón, pero encontré allí el consuelo que nadie ni nada era capaz de darme.

Quizá se trate de que, buena o mala, es la música que escuché en mi adolescencia. Y por mucho que cambies después y por mucho que reniegues de quien un día fuiste, tus quince años —tus impresionables, ingenuos y estúpidos quince años— siempre están ahí, agazapados, sabiendo qué es lo que de verdad te mueve. Al fin y al cabo, uno no elige su música. A lo sumo, aprende a convivir con ella.

MUY HEAVY

«Todos queremos ser “guays” y se hace duro para algunos de nosotros reconocer que no lo somos».

Chuck Klosterman, Fargo Rock City

Banda sonora de este post (lo que atormenta a mis vecinos mientras escribo): Appetite for Destruction, de Guns n’ Roses. Ahora mismo, Axl berrea sobre los primeros fraseos de Slash en Welcome to the Jungle. En unos segundos, empezará a aullar la letra.

Voy a hablar de este libro: Fargo Rock City, de Chuck Klosterman (Es Pop Ediciones). El post es largo y contiene fotos que dan mucha vergüenza ajena (en mi caso, puede que un poco propia, también). Lo aviso por si alguien se lo quiere saltar o dejarlo para un momento más relajado.

Pese a mi supuesta bibliofilia, maltrato bastante los libros durante la lectura. Básicamente, me dedico a doblar la esquina de las páginas que contienen pasajes que me interesan, y se puede medir la intensidad de mi gozo lector por la cantidad de esquinitas dobladas que dejo. Si el volumen sobrevive intacto, el detective más torpe puede deducir que no me ha gustado mucho (o que me ha dejado indiferente, que es lo peor que me puede provocar un libro: hay obras que me irritan, y en mi irritación, doblo muchas esquinitas). Mi valoración crítica, por tanto, se mide en páginas estropeadas. Los reseñistas profesionales ponen nota a los títulos con estrellitas o tinteros o cualquier otro recurso tipográfico. Yo prefiero las esquinas dobladas.

Este libro lo he dejado hecho un acordeón. Ni siquiera cierra bien. Es decir, que lo he gozado como un perro sin castrar contra un sillón recién tapizado.

Dios, cómo me ha gustado. Es lo más inteligente, provocador, divertido, honesto y hondo que he leído en meses. Y no exagero ni un poco. Bueno, a lo mejor un pelín, sí, pero me da igual.

Debo aclarar, antes que nada, que me he sentido directamente interpelado, y puede que no sea ese tu caso. Es un libro escrito para personas como yo, para gente con un pasado que purgar. Si nunca has tenido una chupa de cuero, si no te has dejado de hablar con un amigo por decir que los nuevos Kiss eran una puta mierda, si no has sido capaz de argumentar durante horas por qué los más virtuosos dioses de la guitarra no valían un refrote de entrepierna de David Lee Roth, si no eras capaz de hacer un ranking de los mejores berridos de cantantes —en discos de estudio y en directo—, si no sabes qué significa el comodín de AC/DC y si no has sido la envidia de tus colegas por haber estrechado la mano de Angus Young, Fargo Rock City te puede interesar y divertir, pero difícilmente te emocionará. Al menos, hasta los niveles en que me ha emocionado a mí.

Porque ha llegado la hora de salir del armario: sí, fui heavy. No me gustó el heavy, fui heavy: era una condición vital. Y aunque luego crecí, refiné mi gusto y descubrí que la inmensa mayoría de aquella música era una grandísima mierda, terminé asumiendo que era mi grandísima mierda y que renegar de ella suponía renegar de mí mismo. Apenas la escucho ya. En las clasificaciones del iPod no creo que haya más de cinco o seis canciones que puedan considerarse heavies  entre las cien más reproducidas (nota al margen: no quiere esto decir que ahora tenga mejor gusto. En muchos sentidos, soy más rústico hoy que cuando tenía dieciséis añitos). Y, sin embargo, durante unos años de mi vida, puede que los más importantes, los formativos e iniciáticos, el heavy fue lo principal. Me parecía inconcebible tener un amigo que no compartiera esa pasión y prácticamente todo nuestro ocio consistía en beber cerveza, escuchar música muy alta y hablar sobre esa música.

Si uno quiere disfrutar de cierta consideración social, debe guardarse esas cosas para uno mismo o, al menos, ironizar sobre ellas, dejar claro cuán estúpido fue uno y ser incapaz de reconocerse. Pero la verdad es que yo me sigo identificando con ese primate agitamelenas. No atemperé mi obsesión totalitaria debido a ningún hallazgo estético. No me caí de ningún caballo, cual Saulo de Tarso de Sub Pop. No cambié las camisetas de Iron Maiden por las camisas de franela por madurez: simplemente, dejé de ser absolutamente heavy para serlo sólo a medias porque descubrí que esa era la única forma de follar. Si quería tener vida sexual, debía distanciarme, ironizar, fingir que también me gustaba Pearl Jam y que le veía alguna gracia al hip hop, aunque me estomagase. Esa pose, combinada con cierta palabrería seudointelectual, podía funcionar. Y funcionó, ya lo creo que funcionó. Al parecer, la muerte de Kurt Cobain diseminó por los garitos rockeros a un montón de adolescentes siniestras y tristonas con la autoestima mellada que estaban deseando compartir sus fluidos con un alma gemela masculina que entendiera su sentido trágico de la vida. Y yo, si había que entender, entendía lo que fuera. Comprensión no me iba a faltar.

Pero, medio en secreto, tamizado por un cada vez más trabajado sarcasmo, seguía berreando el One de Metallica —fui uno de los tarugos que se cabrearon y dejaron de seguirlos cuando sacaron el disco Load, esa cosa insulsa y popera destinada triunfar en Los 40 Principales— y gritando con AC/DC no sé qué de un tío al que habían agarrado por los huevos. Literalmente: AC/DC no componen metáforas, todo es textual en ellos. Las bragas de tu hermana en los tobillos y los genitales cubiertos de aceite lubricante de sus letras no son símbolos de nada. Y gritábamos en bares sucios y negros donde las únicas chicas que había eran las primas gordas del pueblo de tu amigo, que se bebían su roncola en una esquina, entre aburridas y asustadas. No importaba que ellas nos vieran hacer el ridículo, ahí podíamos ser nosotros mismos, dado que el sexo estaba completa y rotundamente descartado.

La tesis del libro de Klosterman es muy seductora. Desde que Kurt Cobain se suicidó, o puede que un poco antes, la crítica musical ha denostado el heavy metal. No ha habido un estilo más ridiculizado y vilipendiado en toda la historia. Confesar tu admiración por él, aunque sólo te refieras a algún aspecto marginal o a un disco concreto, te desacreditaba intelectualmente ante cualquier interlocutor moderno —cuando se publicó ese libro, mucho; ahora, un poco menos—. El heavy es una música pretenciosa, innecesariamente barroca, de bajísima calidad compositiva, conservadora, reiterativa y sin el menor trasfondo o ambición creativa. Sonidos para primates envueltos en una estética que deja pequeño el término kitsch. Himnos para ser coreados por garrulos pueblerinos y onanistas con el bagaje intelectual de una sardina en lata.

Mötley Crüe, una burricie sexista y hormonada de muy mal gusto. Por eso molaban.

Klosterman lo asume. Es verdad, todas las objeciones que sus modernos y esnobs amigos le hacen dan en la diana (Klosterman es periodista y novelista y vive en Nueva York, así que imaginaos en qué ambiente se desenvuelve). Ninguna persona con un mínimo de gusto y sensibilidad puede refutarlas. Y, sin embargo, comenta (me voy a mis esquinitas dobladas):

Ninguna persona cultivada siente el más mínimo interés por el metal, ¿verdad? Pero luego se me ocurrió otra cosa: a mí me gusta el metal, y estoy como poco semialfabetizado. De hecho, muchos de los individuos más inteligentes que conocí en la universidad crecieron escuchando metal, igual que yo. Y es evidente que no éramos los únicos.

Yo podría haber escrito ese párrafo. Sigue:

¿Sabéis? Si alguien escribiera un ensayo afirmando que Thin Lizzy fue la columna vertebral de sus experiencias como adolescente a mediados de los setenta, hasta el último crítico de rock de Norteamérica se mostraría de acuerdo. Una discusión seria sobre el significado metafórico de Jailbreak resultaría completamente aceptable. La única diferencia es que yo creo que podemos mantener el mismo diálogo acerca de Slippery When Wet.

El asunto es: si el heavy metal fue tan importante para tantísima gente, y si muchas de esas personas, que han demostrado ser inteligentes y estar dotadas de una gran sensibilidad, se han emocionado y siguen gozando con unos buenos cabezazos —aunque ya no tengan melenas que sacudir—, no se puede despachar el fenómeno con un comentario desdeñoso. Se puede estudiar y se puede llegar al fondo de su significado. Porque significó algo: esos primates gritones y ridículos conectaron con muchísimos chavales con una intensidad y una pasión que rara vez se han visto en la historia de la cultura pop, con un gregarismo y una fidelidad muy superiores a la que los hippies sintieron nunca por sus pelmazos de ídolos. Sólo los Beatles, y durante un período brevísimo de su carrera, consiguieron algo parecido a lo que lograron los monstruos del metal en sus años de gloria. ¿Por qué pasó eso? ¿Qué tenían esas bandas de alcohólicos y obsesos sexuales que no tenía Bob Dylan o tan siquiera los Rolling Stones y que, desde luego, no ha vuelto a tener ningún otro movimiento musical posterior? ¿Y por qué despierta tanta aversión y rechazo en las élites de la cultura, hasta el punto de haber sido casi borrado de las historias del rock o despachado como una anécdota estrambótica y marginal, cuando lo marginal era lo que ahora se considera canónico?

Sebastian Bach, cantante de Skid Row: más allá de la androginia, un tío que casi era una chica guapa.

De eso va este libro, de responder a esa pregunta desde la propia pasión y la propia experiencia, en un formato muy poco convencional. Es un ensayo teórico muy libre entreverado con la autobiografía, escrito con una audacia que ya la quisieran para sí la inmensa mayoría de los escritores en español de mi generación y de las dos anteriores, con argumentos sorprendentes y fantásticos.

Para mi gusto, el libro es demasiado americano. Como está escrito desde un punto de vista personal, el autor se centra en el glam metal de California, con Guns N’ Roses como la realización más perfecta y artísticamente relevante del movimiento —y, a la vez, paradójicamente, como su punto final, su saturación definitiva—. En líneas generales, estoy de acuerdo, pero me molesta un poco su rechazo tan tajante del heavy británico. Es cierto que, en comparación con el playero metal de Los Ángeles, era mucho más triste, feo y con una carga sexual bastante más liviana, pero, al menos para un europeo como yo, fue tan importante o más que el americano. Cuestión de continentes, supongo.

Al menos coincidimos en una cosa fundamental: Metallica era un coñazo y nunca jamás nos tragamos un disco entero de tirón.

Escribe Klosterman, en el epílogo:

Hay cierta clase de individuos que se niegan a aceptar que el heavy metal fue importante o incluso ligeramente interesante. De hecho, la mera sugerencia parece cabrearles considerablemente.

De un tiempo a esta parte se han rehabilitado algunos nombres. Cierta crítica les concede mérito artístico y unos pocos grupos con ínfulas intelectuales (en Estados Unidos se les llama college bands, bandas para público universitario y, por lo tanto, refinado) han hecho versiones de canciones de tipos que hace unos años eran considerados la hez de la tierra. Ya es de buen tono sacar a colación a Kiss, por ejemplo (Drive by-Truckers tienen una versión cojonuda de Strutter), y se pueden hacer sampleos irónicos de Mötley Crüe, habida cuenta de que ellos mismos se ríen de sus propias poses. En algunos medios, Guns n’ Roses están plenamente rehabilitados como grupo seminal y renovador de cierta actitud punk, honesta y agresiva que el rock ha perdido.

Kiss, la frontera de lo grotesco.

Para muchos modernos, la frontera la marca Kiss. Todo lo que se sitúe más allá, estética y musicalmente, es imposible de reivindicar para alguien que pretenda ser tomado en serio en una discusión sofisticada.

Por ejemplo, nadie —ni siquiera yo, que he visto dos conciertos suyos— defendería a estos tiparracos:

Manowar. Estos tíos llevaban taparrabos. ¡Taparrabos! ¿Hace falta decir más? Pues sí, pero no es el momento.

Ni, por supuesto, a estos dementes que repelían hasta a mi yo quinceañero:

Se llamaban G-War, y no, no iban de coña. Por eso daban miedo de verdad.

La cuestión, como bien plantea Klosterman en su genial libro, es que a los heavies se la sudaba ser despreciados por los modernos. Les importaba tres cojones, ni siquiera dedicaban un pensamiento a las críticas de los esnobs. Y ahí radicaba su grandeza y su invulnerabilidad. De hecho, cuando los heavies se empezaron a ofender por las parodias y a protestar en cartas al director, su movimiento firmó su definitiva e inapelable sentencia de muerte. Cuando les importó la opinión de los demás, se acabó el chiste. Lo que queda de aquel glorioso heavy que encontró su más bella y rabiosa expresión en Guns N’ Roses es un puñado de iletrados aburridos en estado permanente de mosqueo y no muy diferentes de un espectador de Intereconomía.

La gracia del heavy consistía en su capacidad para crear un mundo divertido y autorreferencial inmune a los condicionantes culturales y sociales. Rock, cerveza y punto. De eso va la vida, chaval, déjate de hostias, decían las estrellas a sus fans. Un mensaje universal y hedonista que podía ser acogido por cualquier adolescente, con independencia de su condición y domicilio. Eso fue posible mientras sus grupos llenaban estadios. Cuando la cosa decayó y se fraccionó en cientos de sectas, a cual más siniestra y difícil de asimilar por lo mainstream, el mensaje se complicó. En resumen: cuando el satanismo dejó de ser la excusa para una juerga provocativa que escandalizara a unas cuantas monjas y alguien se lo tomó en serio, se terminó la fiesta.

Además de argumentaciones de un malabarismo intelectual asombroso —compara, por ejemplo, las canciones de la cara B del disco Lies de los Guns con los cuatro evangelios: así como la imagen moderna de Jesús es una mezcla de esas cuatro historias diferentes, la figura de Axl Rose se explica por una mezcla de esas cuatro canciones. Brillantísimo—, el libro está salpicado de perlas. Algunas citas:

Si alguna vez llego al punto en el que mi rutina diaria consiste en hablar de magia negra y meterme jaco en un castillo rural de Sussex, sabré que he llegado a lo más alto.

A pesar de que la letra de la canción habla de abrirse camino siendo un solitario, el director del vídeo interpretó el tema de un modo muy diferente y pareció pensar que la canción iba de una mujer que intenta follarse un coche.

Los críticos de rock continuamente cometen el error de pensar que los álbumes «disonantes» (es decir, «desafinados») que ellos aprecian están influyendo de algún modo en la cultura. Lo cierto es que a ningún oyente normal le importa un bledo ninguna maldita canción jamás creada por los New York Dolls. La única gente que ha escuchado su material son (a) críticos musicales, y (b) tipos que leen libros escritos por críticos musicales.

Como toda la gran música de los ochenta, la de Shout at the Devil era inadvertidamente postmoderna. Su importancia no tenía nada que ver con los conceptos manejados; su importancia residía en lo que simplemente era, de la manera más literal posible.

And so on.

Fantástico. Me reafirmo en lo escrito: de lo mejor, más audaz, profundo y divertido que me he llevado a los ojos en los últimos meses. Y si te parece una chorrada, me da igual: soy heavy, tío, paso de lo que opines.

Y ahora, me voy a abrir una cerveza y a poner You Could Be Mine, una canción que muchos odiamos en su día porque le gustaba a los pijos (estaba en la banda sonora de Terminator II), pero que al final hemos comprendido que mola más que todos los cantautores tristones y descuidadamente despeinados que hemos escuchado después.

Metal rules!

PS.- Un testimonio metalero: aquí estoy, retratado en la máquina de marcianitos del Rainbow. ¿Qué es el Rainbow? Una Meca heavy: el club de Sunset Strip, en Los Ángeles, donde nació Guns n’ Roses. Sigue siendo un garito rockero de intenso sabor y cerveza asequible. Qué noche aquella, qué ilusión me hizo ir al Rainbow.

ESTANCAMIENTO

Me contó mi hermano el otro día que hay algunas hipótesis que vaticinan un cierto estancamiento científico para los tiempos por venir. No un estancamiento en el sentido medieval, por supuesto. Según me explica mi hermano, que es quien sabe de estas cosas y mi única fuente de información al respecto —vayan a pedirle cuentas a él—, muchos de los hallazgos que han supuesto un cambio de paradigma científico han sido posibles gracias al trabajo de tipos excéntricos que se han emperrado en desarrollar hipótesis que la ortodoxia de su tiempo consideraba absurdas, extravagantes o ridículas. Sin embargo, gracias a un relativo aislamiento, pudieron trabajarlas a su antojo hasta su demostración.

Eso, dicen algunos, es prácticamente imposible en la comunidad científica actual. Su elevadísimo grado de burocratización y jerarquización, la imposibilidad de trabajar al margen de los cauces académicos regulados por una férrea ortodoxia y la condena inmediata de cualquier planteamiento que no encaje con ella excluyen irremediablemente a los extravagantes y a los testarudos que se empeñan en nadar contracorriente. Ninguna institución pública va a subvencionar sus investigaciones, ninguna universidad las va a respaldar y, por supuesto, ninguna publicación científica las va a avalar. En otras palabras: nadie ampararía hoy a Albert Einstein, y las teorías genéticas de Mendel no se publicarían en ningún sitio al no ceñirse a los muy rígidos protocolos académicos. Se produce así una inquietante paradoja: todo lo que ha hecho fuerte a la ciencia puede acabar convirtiéndose en su mayor debilidad.

Como muchos de los más importantes descubrimientos científicos han sido posibles a pesar de la ciencia o de la cultura dominante de su época, dicen quienes sostienen esta teoría que los cambios de paradigma necesitan de personajes que puedan trabajar con libertad y cierto aislamiento. Las redes y el intercambio de conocimiento pueden estar muy bien para ciertas cosas, pero para otras, hay que dejar que los genios desmonten los tinglados desde su pueblecito, sin que nadie les moleste.

El mismo descubrimiento de la quimioterapia, el avance más espectacular que ha visto la investigación médica sobre el cáncer, fue posible gracias a la intuición enloquecida de un patólogo del hospital infantil de Boston, un tipo que experimentó en un cuartucho del sótano del centro médico, al margen de cualquier método o protocolo aceptable. Las investigaciones científicas académicas al uso jamás habrían aceptado un planteamiento tan extraño como el que sugería este hombre.

Supongo que esto no es más que un argumento sugerente y difícil de demostrar, pero puede aplicarse también a otros ámbitos. La literatura, sin ir más lejos. O la música. O el arte en general.

¿Por qué ya no esperamos un nuevo Proust o un nuevo Mozart o un nuevo Picasso? ¿Es imposible la emergencia de genios que lo cambien todo de una vez y para siempre?

Recuerdo que hace tiempo discutí con unos amigos sobre el rock actual. Coincidimos en que los músicos contemporáneos eran muchísimo mejores intérpretes y, en un sentido puramente técnico, mejores compositores que los tipos de la era dorada. Hoy es fácil encontrar guitarristas muy superiores a Jimi Hendrix y grupos mucho más solventes que los Led Zeppelin más inspirados. Cualquier gualtrapa de barrio sabe tocar mejor que los Beatles. Y, sin embargo, no hacen una música tan inspiradora, tan pasional y tan genial como la que hicieron los clásicos. Técnicamente son muy superiores, son músicos mejor formados, saben hacerlo mucho mejor, pero les falta el alma, el corazón y, posiblemente, la actitud que hicieron grandes a los grandes.

En literatura sucede algo parecido. Creo, contra lo que opinan muchos malfollaos con silla mayúscula en la Real Academia, que hay más y mejores escritores hoy que hace cincuenta o cien años, tanto en España como en América Latina. Los jóvenes están mejor preparados y son mucho más cultos porque han disfrutado de una formación y de unos recursos impensables para la generación de sus padres. Hay una pléyade inabarcable de narradores con una técnica depuradísima —aprendida en talleres y cursos inconcebibles hace treinta años—, capaces de construir artefactos narrativos brillantísimos. Y, sin embargo, no hay nadie capaz de escribir Cien años de soledad. De hecho, Cien años de soledad es una novela técnicamente más pobre que muchas de las que se pueden ver en los estantes de novedades de este otoño. Y, aun así, Cien años de soledad, con todos sus defectos y sus presuntos errores, es una obra maestra y las novedades de otoño se olvidan en cuanto llega el invierno.

Escribir mejor y tocar mejor música no equivale a ser mejor escritor o mejor músico. De la misma manera, supongo, que los físicos actuales, a pesar de estar mucho mejor formados que Einstein y de ser mucho mejores científicos en muchos aspectos, no consiguen desbancarle ni formular una teoría que refute de una vez y para siempre a la de la relatividad.

Hoy somos más listos y disponemos de muchos más medios, pero seguimos sin saber escribir À la recherche du temps perdu. En el ámbito literario hay también una ortodoxia implacable que impone su ley. En torno al mercado se ha creado una infraestructura complejísima que hace muy difícil la emergencia de autores geniales. Porque, como en la ciencia, los genios literarios también han nadado contracorriente y han construido sus grandes obras haciendo justamente lo que la moral y las buenas costumbres de su tiempo prohibían. Es decir: cambiaron el paradigma cagándose en él, jodiendo el puto canon.

Pero, para poder joder el canon, tienen que darse dos circunstancias: el canon tiene que exhibir un punto débil por el cual pueda ser roto, y el transgresor tiene que encontrar un espacio para cultivar su transgresión. Porque el canon se rompe desde dentro: tiene que haber un resquicio por el que entrar para reventarlo. Un escritor necesita ser publicado y leído, y si el canon está tan cerrado que imposibilita el paso y la difusión de cualquier propuesta que no encaje en él, nunca habrá cambio. Habrá buenos libros y excelentes escritores, pero no llegaremos a ver nunca ese libro que haga saltar todo por los aires y obligue a reinventar la escritura. No habrá más Quijotes ni más putos Proust ni más Joyces monologantes ni, por supuesto, más García Márquez. Y eso sólo nos puede llevar al estancamiento.

Necesitamos aire, gente que trabaje al margen de modas y del qué dirán, pero que pueda encontrar una forma de llegar al público y de romper las barreras que editores, agentes y altos directivos de la Fnac han creado. La literatura vive una paradoja: nunca se ha escrito tanto y tan bien, pero nunca ha interesado tan poco lo que se escribe.

Aunque quizá el cambio de paradigma ya se ha producido y no nos hemos enterado. Puede que alguien, en este preciso instante, esté dándole una paliza de muerte al canon.

Quién sabe.

¿POR QUÉ?

Sigo perdido por estos mundos, lejos de mi España y olé. No pensaba escribir en este blog hasta la vuelta, dentro de unos días. No porque no tenga ganas ni tiempo ni fuerza para hacerlo, sino porque estoy escribiendo otras cosas mucho más necesarias para mi salud mental. Espero que lo entiendan.

Pero por mucho que huyas de las miserias del mundo, éstas te persiguen y acaban encontrándote, y hoy, a través del mail, he recibido esta notita que paso a pegarles íntegra y con todos los sic que ustedes consideren precisos.

BÜRDEL KING

Presentación del disco y actuación en directo.

Bürdel King es el nuevo proyecto de Txus Di`Fellatio, que acaba de comenzar un nuevo proyecto que mantendrá en paralelo con su trabajo en Mago de Oz. Se trata de una banda de rock & roll donde quiere dar rienda suelta a su lado más canalla. Temas muy marchosos y súper pegadizos. Mucha actitud y mucha provocación. Burdel King son Txus Di Fellatio, Frank (Mago de Oz), Sergio Martinez (ex-Mago de oz), Javi Diez (Biosfear y Arwen) y Anono (Stafas)

¿Se han recuperado ya de la impresión? Mi pregunta, como anticipaba el título del post es: ¿por qué? ¿No hay suficiente dolor estético en el mundo como para añadir una sobredosis semejante? ¿No hay ya bastantes falleras, presidentes de Murcia, moteros canosos, asociaciones culturales recreativas, cofradías de Semana Santa, peñas taurinas, lectores de La sombra del viento, librodiscos de Aute, eyaculaciones internas de Sánchez-Dragó, carcajadas de Rita Barberá, anuncios protagonizados por Carmen Machi, parrillas semanales de Telecinco, churrerías ambulantes en ferias patronales, bocadillos del Calamar Bravo, tiendas de hábitos religiosos, pascuas militares, provincias de Teruel, pueblos natales de Ramón y Cajal, estampas de Santa Úrsula, tetas de Santa Águeda, banderita-tú-eres-roja-banderita-tú-eres-gualda, conciertos de Loquillo, canónigos (de los de comer y de los de catedral), sangría de chiringuito, Luis Cobos, salmonelosis, piscinas municipales de la provincia de Soria, guardias civiles vocacionales, taxistas con mondadientes, libros emocionantísimos de Rosa Montero, gazpachos de Hacendado, enfermedades venéreas y yihadistas? ¿Por qué sumar a esta lista una cosa llamada Burdel King? ¿Es que nadie va a poner freno? ¡Bibiana Aído, Leire Pajín, alguien, por favor, que ponga coto a esto! Si no es en nombre de la dignidad de las personas, que al menos sea para que conservemos nuestras retinas y nuestros oídos internos sin que los contaminen aún más.

Señores de Burdel King: ¿es que no tienen ustedes una madre que les diga que eso no se hace, que está muy feo? Hombre, por favor, un poquito de mesura y de buen gusto. No digo yo que todo vaya a ser buen gusto, les va a costar adquirirlo a su edad, pero no puede ser que todo, absolutamente todo, suene a espanto. Algo se tiene que salvar, aunque sólo sea por casualidad.

Hace unos días me enteré de que están preparando un musical (también canallesco, cómo no, aquí quien no ha sido un bohemio avant la lettre no ha sido nadie) con canciones de Sabina. Y Almodóvar estrena coso. Miren, me están dando unas ganas de volver al solar patrio que ni les cuento.

Y dicho esto, vuelvo a mi recogimiento. Necesitaba reírme, la verdad. Ando necesitado de risas, como ustedes comprenderán con facilidad. Nos vemos dentro de unos días. Por cierto, agradezco todos y cada uno de los cariños que sigo recibiendo tanto en los comentarios como en el mail y en el Twitter. No puedo contestar a todos, pero los aprecio en lo que valen, que es mucho.

COMPÓRTESE, SEÑORITA

Vaya bronca que le echan a Mariza en El País. El crítico Fernando Neira, más que escribir una crítica de su último concierto en Madrid, le larga un chorreo de padre y muy señor mío. Sólo le falta decir: “Compórtese, señorita, compórtese”.

Ya en el lead le acusa de “buscar el aplauso menos consistente”. Ay, qué guarrilla, qué casquivana. Mira que andar reclamando aplausos poco consistentes… Usted, que podría aspirar al aplauso noble del marqués, se conforma con el aplauso descamisado del populacho.

Neira tiene gracia escribiendo, no se lo voy a negar, pero me irrita un poco su pundonor purista. Dice de Mariza, por ejemplo:

Hay en su actitud un ánimo de popularización que a veces la aproxima a Dulces Pontes, el más manido de los modelos posibles. A Mariza le juega una mala pasada su carácter demasiado expansivo y se sitúa en una encrucijada que debería resolver si no quiere ponerse a girar en redondo, sin dirección ni sentido.

Un carácter demasiado expansivo, un ánimo de popularización… Por favor, señorita, compórtese, cierre las piernas, muestre un poco de respeto por esta casa que le acoge, así no va a cazar marido. Para este crítico, el fado es triste, y con tristeza ha de atacarse. ¿Qué es eso de andar sonriendo y “presumiendo de guapa”, como llega a escribir? Hasta ahí podríamos llegar: una portuguesa que se cree guapa. ¿Qué será lo siguiente? ¿Una inglesa con los sobacos depilados, una francesa que se duche a diario, una italiana de dieciocho años virgen, una sueca que no persiga a españoles velludos por la playa de Torremolinos? Por favor, ajústense a su tópico, no nos despisten. Como decían en Amanece que no es poco: actúe como los demás americanos, que unos días van en bici, y otros, huelen bien.

Parece que Neira no ha prestado atención al repertorio de la propia Mariza, que en Recusa, canta:

Se ser fadista é ser triste,
é ser lágrima prevista,
se por mágoa o fado existe,
então, eu não sou fadista.

En pocas palabras, que si ser fadista es ser triste y andar haciendo pucheros, entonces, yo no soy fadista. Más claro no se puede decir. Si he de elegir entre la alegría y el fado, me quedo con la alegría.

Supongo que será ya evidente que me gusta Mariza, con su chorro de voz y con esa gracia antimelancólica con la que transforma el viejo fado portugués. Pero, aunque no fuera así, la crítica de Neira me seguiría sonando un poco curil.

No es la primera vez que Neira hace alarde de purismo. Hace un año, por estas mismas fechas, los argentinos Bajofondo tocaron en Madrid, creo que en el mismo sitio donde Mariza, y Neira escribió una crítica significativamente titulada Tango (o lo que demonios sea). Allí se leía:

Son musicazos, pero no siempre queda claro a qué juegan. Acaso ellos mismos aún tengan pendiente la respuesta a ese dilema. Mientras lo resuelven, derrochan una vitalidad que huele a pose, aplauden al público al final de cada tema y se jalean entre ellos como si a cada rato Maradona le hubiera endosado otro gol a los ingleses. Gustavo pasa medio concierto brincando como un canguro y hasta el asistente técnico, desde el extremo, ejerce de bailarín dislocado.

En resumen: aclárense, pardiez, y dejen de jugar.

Por lo que se deduce, a este crítico le gusta que el pan sea pan, y el vino, vino. No me lo imagino en uno de esos restaurantes moleculares donde la morcilla sabe a algodón de azúcar y el chuletón tiene forma de sandía. Las cosas, claritas y de frente.

Por dios -y esto va por todos-, relájense una miaja. No creo que nadie deba ir por la vida con un programa estético o ideológico pegado en la frente, con la etiqueta bien visible, para que no haya confusiones. Y, sobre todo, para que se ciñan a ella. Oiga usted, que en su etiqueta pone bossanova y se está marcando un solo de banjo, ¿es que quiere que el sol salga por Antequera? ¿Que sindiós es este?

Recuerden que el año pasado, el festival de jazz de Sigüenza se interrumpió porque un espectador llamó a la Guardia Civil para denunciar que el concierto que estaba viendo no era de jazz.

Yo he visto a Bajofondo dos veces, las dos en Buenos Aires, y aunque la primera experiencia fue mucho más grata que la segunda -y eso que la segunda tenía el encanto del escenario, el Gran Teatro Rex de la avenida Corrientes-, no se me ocurriría irritarme. Por supuesto que tanto en ellos como en los neofados de Mariza hay mucho de impostura y muchas ganas de agradar a públicos que no dominan las sutilezas del género en el que se inspiran, pero, ¿qué hay de malo en ello? ¿Qué hay de malo en disfrutar de una bella noche de verano con una juerga desenfadada? ¿Qué más da si los puristas del fado y del tango se retuercen en sus tumbas? Nosotros estamos aquí y ahora para disfrutar, no somos emigrantes italianos en el Buenos Aires de los años 20, ni desarraigados portugueses en la Lisboa de Salazar.

No sé qué somos, pero si sé lo que no queremos ser: pelmazos que se irritan con el goce ajeno.

EL HOMBRE DE LA MONTAÑA DE PLATA

Ronnie James Dio.

Casi nada.

Ha muerto. Ni siquiera sabía que tuviera cáncer.

67 añazos.

Poco más de metro y medio levantaba del suelo.

Y más feo que el feo de los hermanos Calatrava. Era como un manojo de espárragos galvanizado.

Pero grande, enorme.

Puro rock. Si hay una idea platónica de rock, Dio estaba al final de la caverna, muy cerquita de la luz.

Era italoamericano (su apellido real era Pavadona), así que sabía perfectamente qué significaba Dio en italiano. Una elección consciente, una humorada megalomaníaca para un músico de tamaño minúsculo, pero con una voz poderosa que retumbaba como la del mismo Dios.

O como la del Mago de Oz, que también era un ser pequeñito oculto tras un decorado.

De hecho, el grupo que le dio la fama se llamaba Rainbow, y es uno de los grupos de rock surgidos de una sola frase de la peli El Mago de Oz.

La frase (y el niño que llevo dentro todavía siente escalofríos al evocarla) la dice Dorothy al despertar en technicolor. Dice: “Toto, I think we’re not in Kansas anymore. We must be over the rainbow, rainbow!”.

Nombres de grupos que han salido de aquí: Toto, Kansas y Rainbow.

En Rainbow, el proyecto del desfasadísimo semidios Ritchie Blackmore, se estrenó con la bestial Man On The Silver Mountain, de 1975.

Desde entonces, Dio fue el hombre de la montaña de plata.

Un farsante simpático, un artesano humilde que fingía ser una estrella del rock. El feo de voz prodigiosa que se hizo rockero para ligar.

La casualidad ha querido que Dio haya estado rondándome estos últimos días, pues le he utilizado para caracterizar a uno de los personajes de eso que estoy escribiendo y que para simplificar llamaré novela.

Como regalito y homenaje póstumo, os pego el diálogo que escribí -y que todavía puede sufrir muchas modificaciones-. Como se ve, el personaje en cuestión es argentino. Está hablando del Live Evil, el directo de Black Sabbath con la voz de Dio:

—El Live Evil es insufrible del derecho y del revés. ¿Sabés que hay una muy buena con ese disco? ¿Te gusta el rock? ¿El hard rock? Bien, pues escuchá: es el directo que Black Sabbath grabó con Dio como cantante. Ronnie James Dio. Un tipo que se bautiza con el innombrable es ya bastante ridículo, ¿no creés? Lo preocupante en él no es la egomanía, sino su obviedad. Un individuo así no soporta trabajar con otros, y una banda de rock es pura dialéctica: es una síntesis que surge de la lucha de dos inconciliables. El genio individual contra la disciplina grupal. Si el genio individual se come el trabajo del equipo, la cosa se rompe. Y si el trabajo del equipo ahoga la expresión del genio individual, lo mismo. Es un equilibrio muy puto. Ahí tenés a los Beatles, que son el ejemplo típico. Dio no asumió esto nunca, y cuando grabaron el disco en directo, encizañó a Geezer Butler, el bajista, y le convenció de que Tommy Iommi era un tirano mediocre que les menospreciaba y que debían plantearle un ultimátum: o les dejaba el control de la banda, o se irían. La leyenda cuenta que hicieron algo mucho más artero. Cuando acabaron las mezclas del disco y ya estaba todo listo para empacarse, Dio y Butler entraron una noche en el estudio y remezclaron todos los masters, colocando en un primer plano la voz y el bajo, y dejando por atrás la batería y las guitarras. Dicen que Tommy Iommi se enfadó mucho cuando escuchó el disco definitivo, y que por eso los botó de la banda. No se sabe si esta leyenda es cierta, pero todos los que tenemos ese disco sabemos que, sin lugar a dudas, la voz y el bajo son dominantes y suenan por encima del resto de instrumentos. Y, ¿sabés qué? Que es un acierto. Pero ni aún así se salva: es un álbum horrible.

—Bonita historia, cuéntala en tu radio.

—No entendés: vos sos Butler y yo soy Dio.

Desde que leí el obituario lleva sonando en mi cabeza el arranque de The Mob Rules (canción que suena en la peli de dibujos animados Heavy Metal, en parte obra de Moebius), y ya me he convencido de que la mafia manda: “Cross the city and / tell the people that / something’s comin’ around”.

Grande, Dio, qué buenos ratos nos hiciste pasar.