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UN PROBLEMA DE ENFOQUE

Al final, la mayoría de los problemas intelectuales son de estética o de enfoque (que es una forma concreta de problema estético). La cuestión más compleja se vuelve evidente cuando alguien la mira desde el lado correcto o con las lentes adecuadas.

En 1610, Galileo Galilei descubrió los anillos de Saturno. Los vio a través de su telescopio, los dibujó y los describió. En 1612 volvió a mirarlos, orientando el telescopio hacia ellos, pero ya no estaban. Aquellas extrañas cosas habían desaparecido. Galileo murió sin entender por qué esos anillos se habían esfumado. Mucho tiempo después, los astrónomos lo explicaron: los anillos no habían desaparecido. Simplemente, se habían vuelto invisibles. En 1612, Saturno estaba perfectamente alineado con la Tierra y, por tanto, los anillos formaban un plano horizontal imposible de percibir por un telescopio. Para ver los anillos de Saturno, el planeta tiene que mostrar una de sus dos caras inclinadas.

La explicación era sencilla, pero Galileo no tenía los conocimientos necesarios para entender que su problema era de punto de vista. Es decir, que había visto bien, pero no era capaz de comprender lo que veía. Esto nos pasa a muchos constantemente: observamos bien, pero no tenemos capacidad para entender lo que vemos. Los soberbios y los lerdos echan mano del prejuicio o del escupitajo de taxista. Los demás, nos encogemos de hombros.

Por suerte, siempre hay mentes brillantes que nos enseñan a mirar mejor. Estas noches me tiene absorbido una de estas mentes, la de Hannah Arendt. No es una lectura muy veraniega, pero es fascinante.

Hablando en términos gnoseológicos, que diría alguien que ha provocado una tormenta en los comentarios de este blog estas últimas semanas, puede decirse que Arendt tenía unos huevos más grandes que el elefante que mató el rey. La tía fue por su cuenta, desatendiendo metodologías, escolásticas e historiografías, y escribió un libro verdaderamente libre e inclasificable, que no es ni filosofía, ni historia, ni filosofía de la historia, con aproximaciones y planteamientos inadmisibles para los cánones de la academia. Uno de esos pocos ensayos que sólo admiten una etiqueta: pensamiento.

En 1951, ella solita y con las ruinas del Berlín nazi aún humeantes, se propuso discernir ni más ni menos que los orígenes del totalitarismo. Y, por el camino, les dijo a todas las doctas cabezas que ya habían asentado una doctrina al respecto que estaban equivocadísimas. Les gritó: eh, tíos, estáis mirando para el lado que no es. No veis los anillos de Saturno, pero los anillos están ahí. Yo os voy a regular el telescopio para que los veáis, panda de mangurrianes miopes.

No voy a resumir el pensamiento de Arendt, que tiene muchas capas y es demasiado sutil para este modesto y zafio rincón blogosférico, pero, simplificando hasta más allá del insulto, se puede condensar en esta fórmula: antisemitismo + imperialismo = totalitarismo. Cada una de las partes de esta ecuación corresponde a las tres partes de Los orígenes del totalitarismo.

La audacia que más se le reconoció en su día a esta muy audaz mujer fue que se atrevió a colocar el antisemitismo en el centro mismo de la génesis del nazismo. Hasta entonces, la postura más o menos oficial —la del análisis marxista hegemónico— era que tanto el antisemitismo como el Holocausto eran accidentales, pero no esenciales en el fenómeno nazi. El nazismo, como expresión brutal del imperialismo capitalista, sólo usaba a los judíos como elemento de propaganda y porque le servían para canalizar la violencia, pero, en realidad, los judíos eran simples cabezas de turco. Fueron ellos como podría haber sido cualquier otro grupo social o racial. Simplemente, les tocó la china. La persecución a gitanos, homosexuales y enemigos políticos parecía confirmar esta hipótesis de la víctima propiciatoria. Pero a Arendt no le convencía.

Ni de coña, se dijo. ¿Por qué tenemos que dudar de Hitler? Si Hitler decía que el centro de su acción política era el exterminio de los judíos de Alemania y de Europa, ¿qué razón hay para no creer sus palabras? Porque, de hecho, si no cumplió su programa de exterminio fue porque le faltó tiempo. Si la guerra hubiera durado uno o dos años más, lo habría conseguido sin duda. ¿Por qué iba a poner en marcha unos mataderos industriales tan sofisticados si sólo quería utilizar el antisemitismo que ya existía en Alemania en su propio beneficio?

Arendt estaba convencida de que el antisemitismo es un elemento fundamental del nazismo, que no se explica sin él. Los judíos no son víctimas propiciatorias, no podrían haber sido sustituidos por otro grupo o etnia o nación. Sólo el odio a los judíos podía sentar las bases para un estado totalitario. Y dedica muchísimas páginas a intentar demostrar que el antisemitismo no era una forma más de racismo, sino algo diferente y mucho más perverso.

Pero lo que a mí más me seduce y me interesa no es la tesis en sí misma, sino cómo la demuestra, cómo nos fuerza a mirar donde ningún historiador, ni filósofo, ni sociólogo, ni periodista, ni perrito ladrador había mirado antes: en la literatura.

Arendt está convencida de que la semilla del nazismo se plantó en Francia y germinó en Alemania, y busca ese germen en la elegante y corrupta sociedad parisina de finales del siglo XIX, la del affaire Dreyfus. Y donde más clara y convincentemente se demuestra cómo la cuestión judía va a engendrar algo de una monstruosidad nunca vista es en el sitio más insospechado de todos: una novela. Es más: una novela solipsista y con las más altas pretensiones de belle lettre. No es un retrato realista ni una reconstrucción histórica. Ni Balzac, ni Zola, ni Hugo, con su prepotencia moralista, atisbaron siquiera una levísima porción de verdad. La novela que Arendt estudia la escribió un alma delicada y solitaria, afectada y cohibida, tímida y algo nihilista, sin preocupación alguna por los sucesos mundanos de su tiempo: En busca del tiempo perdido, del refinadísimo y aristocratizante Marcel Proust.

Hace falta mucha sensibilidad y mucha audacia para buscar no en el tiempo perdido, sino allí donde los historiadores seriotes nunca mirarían. ¿A quién se le podía ocurrir relacionar una novela pomposa y exasperantemente literaria con el Holocausto? Ellos vaciarían hemerotecas, archivos ministeriales y estadillos estadísticos y económicos. Por eso eran incapaces de ver lo que resulta evidente para un alma heterodoxa. No apreciaban los anillos de Saturno, pero Arendt sabía que los anillos estaban, que sólo había que colocar el telescopio en el ángulo adecuado o esperar a que la Tierra se alinease correctamente.

Esta cita de Los orígenes del totalitarismo debería enmarcarse y colgarse en todas las facultades de humanidades y ciencias sociales del mundo (pág. 168 de la edición española de Alianza):

Los factores sociales, que no son tenidos en cuenta en la historia política o en la económica, ocultos bajo la superficie de los acontecimientos, jamás percibidos por el historiador y registrados sólo por la fuerza más penetrante y apasionada de poetas y novelistas (hombres a quienes la sociedad había impulsado a la desesperada soledad y al aislamiento de la apologia pro vita sua), cambiaron el curso que el simple antisemitismo político habría seguido si hubiese quedado abandonado a sí mismo.

La negrita es mía.

Esto quiere decir que, si alguien quiere ver de verdad los anillos de Saturno del mundo actual, pierde el tiempo leyendo los periódicos y a los analistas à la mode. Quizá, lo que deberíamos hacer es buscar entre los autores que escriben libros aparentemente banales, solipsistas y herméticos. Quizá, ahora mismo hay un Marcel Proust del siglo XXI escribiendo con rabia y dolor una historia que, en apariencia, nada tiene que ver con los titulares de la prensa, pero que hace una foto diáfana de esos anillos de Saturno que nadie es capaz de ver.

No hay nada más universal que lo individual. No hay nada que interese más a un ser humano que otro ser humano. Si tenemos estas dos premisas claras, los anillos de Saturno nunca se borrarán de nuestro telescopio.

NOSTALGIAS DE PIONEROS

Al principio, el Canal de Historia era un canal de nazis. Lo pusieras a la hora en que lo pusieras, siempre estaban hablando de nazis, o de cosas de nazis, o de personas que habían visto nazis, o de personas que habían visto a personas que habían visto nazis. De vez en cuando salía una secuencia de Churchill o de Stalin, o incluso de Franco, pero sólo porque ellos también tenían relación con cosas nazis. Para el Canal de Historia, no había más historia que la que cabe entre 1933 y 1945. Ni cruzadas, ni escrituras cuneiformes, ni guerras púnicas, ni Luteros en vinagre, ni Napoleón que te crió. Habiendo nazis, ¿quién quiere otra cosa?

Pero aquello ya pasó. Las cosas nazis han dejado de molar. No sé a qué se debe este desinterés, pero, así como Buenafuente pasó de estar en todas partes a desaparecer de la parrilla, Hitler ha caído en desgracia. Hitler es el Javier Sardá del Canal de Historia. Pronto, ya sólo saldrá como invitado sustituto de los programas que no tienen a nadie a quien llamar. Con lo que ha sido Adolf.

¿Quién le ha sustituido en el prime time histórico? ¿Calígula, Gengis Khan, Sisí Emperatriz, Felipe II, los hermanos de Puerto Hurraco? Ninguno de estos. No busquen en el star system de la Historia. Los nazis han sido destronados por una caterva de paletos cuya único hito histórico ha sido batir el récord de beber cerveza en el pub o de mear más lejos en la nieve. Progresivamente, el Canal de Historia ha cambiado su programación hacia el docu-reality. Su target ha dejado de ser el concursante de Saber y ganar y el opositor a docente de enseñanzas medias para centrarse en el prejubilado garrulo que aplasta latas de cerveza con la frente.

Programas de Canal de Historia: Ice Road Truckers (Desafío sobre hielo, en español), Leñadores, Cazadores del pantano, Pesca salvaje o ¿Quién da más? En ellos vemos, respectivamente: camioneros superbestias de Alaska conduciendo monstruos por carreteras de hielo para llevar suministros a las instalaciones petrolíferas; señores muy brutos cortando árboles muy grandes; paletos enloquecidos de Florida que cazan caimanes con sus manitas; paletos enloquecidos de donde sea que pescan monstruos marinos con sus manazas, y tipos que parecen ir puestos hasta las cejas de cocaína que intentan vender en almonedas los cacharros viejos de un trastero, y gana el que saque más pasta.

La característica común de estos programas es que retratan la vida cotidiana real de trabajadores reales. En formato de documental dramatizado, se centra en un reducido dramatis personae en el que se busca el conflicto (el holgazán frente al hiperactivo, la chica frágil frente al bruto, el novato frente al veterano, el tramposo frente al honrado, etc.) y, con una dialéctica muy básica, construye una narración muy ágil que entrevera las tramas de la vida personal con la exhibición casi pornográfica de los trabajos. De hecho, es porno laboral: los personajes y sus conflictos son una simple armazón para dar forma narrativa al voyeurismo. Lo que muestran estos programas son currantes en acción. Currantes extremos y muy físicos.

En ese sentido, son lo contrario de un culebrón. En estos, el entorno laboral es un fondo, un simple escenario. En Anatomía de Grey no importan las operaciones, sino los polvos que los personajes echan entre operación y operación y las cosas que se dicen entre consulta y consulta. La serie podría trasladarse a cualquier otro entorno laboral sin cambiar prácticamente nada: funcionaría exactamente igual, con los mismos personajes, en un despacho de abogados, en la redacción de un periódico, en la sección de perfumería del Corte Inglés o en la cocina de un McDonald’s. Pero estos programas hacen justo lo contrario: lo que para un culebrón es la chicha, para los docu-realities es la guarnición. Los conflictos y las relaciones entre los personajes son ruido de fondo, una simple argamasa para dar realce a los sudorosos cuerpos en acción. Lo que mola de los camioneros de Alaska es ver cómo se estampan y cómo sacan el trailer de una montaña de nieve. No nos importa si se lleva bien o mal con el camionero que viene a ayudarle, siempre y cuando se filme con detalle y espectacularidad todo el dispositivo de rescate.

Si estos programas han desplazado a las cosas nazis es porque tendrán mucho éxito de audiencia. Y me imagino que su audiencia (al ser televisión por cable) vive en entornos cómodos y disfruta de trabajos en oficinas con aire acondicionado donde no les va a morder ningún caimán ni se van a quedar atrapados en una tormenta ártica. Sin embargo, a estos culos gordos les encanta ver sufrir a currantes à la ancienne, como a los jubilados les gusta ver albañiles.

Hay algo místico. Algo definitivamente histórico. Al renunciar a Hitler, al renunciar a hablar de historia, el Canal de Historia ha atrapado una chispa del Zeitgeist de Estados Unidos.

Me explico.

El mito fundacional de Estados Unidos es el pionero. El emigrante que, primero desde Europa, y luego desde la Costa Este, construyó la nación en su marcha hacia el Oeste. Esa marcha tenía una mística, llamada el destino manifiesto, y su enseña era el trabajo duro. Estados Unidos se enorgullece de ser una tierra de trabajadores. Su país, literalmente, se ha construido. Al contrario que otros, no ha salido de una batalla artúrica ni de la intervención divina, sino que ha sido construido por sus habitantes, palmo a palmo. La historia oficial, al margen de matanzas de indios e invasiones de México, habla de colonos toscos y bravos que no paraban de currar salvo para ir a misa. Y los hijos de esos pioneros levantaron enormes industrias. Siempre orgullosos de su productividad, de su tesón, de su hombría. Todo lo que un americano podía necesitar en su vida lo había construido otro americano con sus manos. Gracias al trabajo duro, dice la historia oficial, Estados Unidos era autosuficiente y grandioso.

Pero hace décadas que Estados Unidos cedió la hegemonía industrial a otros sitios. Los americanos conducen ahora coches japoneses, ven teles coreanas y hablan por móviles noruegos. Ya no fabrican casi nada, ya no construyen el país, dejan que otros hagan el trabajo duro por ellos. La única industria que sigue siendo puntera es la de Silicon Valley, y no está formada por obreros, sino por gafotas enclenques que trabajan en sitios que parecen ludotecas en vez de fábricas.

El patriota americano adora un mito fundacional que ya no existe. El currante es una especie en extinción, y los restos de lo que otrora fue una orgullosa y sana estirpe, agonizan en guetos, alcoholizados y colocándose con metanfetamina. En una sociedad moderna de servicios, los no cualificados son lumpen, y los cualificados, asépticos culos gordos. Ya no basta la disposición para el trabajo duro para abrirse paso en América. Las manos de un hombre ya no valen nada en la sociedad de Facebook y los iPads.

Estos programas ofrecen un consuelo antropológico: enseñan a superhéroes equiparables a los pioneros o a los polacos e irlandeses que trabajaban en las fundiciones de Pittsburg. Son los protagonistas del famoso cuadro de los albañiles del rascacielos. Porque, cuando un estadounidense se ve a sí mismo de acuerdo con la mitología oficial que le han transmitido en la escuela, se ve así:

Pero cuando mira a su alrededor, ve esto:

Y, claro, echa de menos la épica, la estampa heroica, el sacrificio, el valor y todas esas cosas. Y siente nostalgia de sus abuelos, los que construyeron el país con sus propias manos. Y por eso goza viendo a esos brutos que aún conservan la esencia del destino manifiesto.

Lo que parece escapársele a este culo gordo abonado al Canal de Historia es que si sus abuelos hicieron esto:

Fue para que ellos o sus hijos pudieran disfrutar alguna vez de esto:

Y que jamás entenderían que alguien que tiene esto:

Pudiera sentir la menor nostalgia por quien sufría esto:

En la exaltación del espíritu pionero se tiende a olvidar una premisa esencial de la operación lógica: que ese sacrificio no era un fin en sí mismo, sino un medio. Ningún emigrante lo es por vocación viajera o por ganas de conocer otras gentes y otras culturas. Las privaciones y el esfuerzo se conciben como una inversión. Casi siempre a largo plazo. Una inversión que a lo mejor no van a poder amortizar en vida, pero que confían en que pueda ser gozada por sus hijos. Los esfuerzos excepcionales se emprenden siempre para obtener resultados excepcionales: una vida tranquila, próspera, sin madrugones ni peligros de muerte.

Los culo gordos actuales viven la vida que los pioneros soñaron para sí. Están en Ítaca y echan de menos la travesía.

EL HOLANDÉS QUE GANÓ A LA FILÓSOFA

Se ha convertido en un tópico aquello de que toda escritura es autobiográfica, pero yo aún no he encontrado indicios de falsedad en esa proposición. Para mí es una forma de evaluar la autenticidad y la hondura de un texto literario, y cada vez me interesan más los escritores que así lo comprenden. Como Carlos Castán, por ejemplo, con quien hablé de estas cosas hace unos días y me dijo que también se sentía cada vez más atraído por esas formas literarias híbridas, que se salen de lo puramente narrativo para moldear y jugar con el yo de un escritor que ya no es —o no sólo— narrador.

No me hagan mucho caso. Son intuiciones e ideas que me vienen mientras leo a autores que me gustan y que sólo formulo (o balbuceo) cuando me junto con otros zumbados como yo (necesariamente obsesionados con la literatura) o cuando garabateo por aquí, en este cuaderno de notas y de lecturas público y abierto a sus comentarios.

En ese sentido, me ha gustado mucho un autor completamente desconocido hasta ahora para mí y que me descubrió Martin Dahms, el amigable corresponsal en España del Berliner Zeitung: Harry Mulisch.

Narrador holandés muerto en 2010, está considerado uno de los autores más influyentes de la literatura neerlandesa del siglo XX y, desde luego, es uno de los más traducidos. En 1961 aún era un upcoming, una joven e insolente promesa de 34 años que empezaba a refulgir y a fundar un nuevo canon sobre las miasmas del de sus padres. Y como tal consiguió que una revista le acreditara para asistir como reportero al juicio del siglo, el de Eichmann en Jerusalén.

No fue el único infiltrado que fingió ser periodista para colarse en el tribunal. Hannah Arendt acudió como enviada de The New Yorker, y de sus crónicas salió el libro canónico sobre el tema: Eichmann en Jerusalén, donde concretó su teoría de la banalidad del mal, que tanto me interesa últimamente. En una reedición, Arendt dio cuenta de la bibliografía que había generado el juicio al jefecillo nazi, y apuntó el libro de Mulisch (Criminal Case 40/61. The Trial of Adolf Eichmann, no hay traducción al español, yo manejo una excelente edición de University of Pennsylvania Press, la versión inglesa más difundida, con un estupendo y muy útil prólogo) como un libro hermano del suyo. Arendt decía que, en lo esencial, el retrato que Mulisch hacía de Eichmann coincidía con el suyo.

Ejem.

Esto…

Doña Hannah: ¿se leyó usted de verdad el libro de Mulisch o sólo le vio el lomo? Porque yo me he leído ambos títulos y creo que el retrato, la interpretación y el enfoque que hay en los dos se parecen lo mismo que Rajoy a Cánovas del Castillo. Sí, Rajoy y Cánovas usan barba y son de derechas (el segundo usaba y era), pero ahí se acaban las semejanzas. Pues aquí, lo mismo: los libros de Mulisch y Arendt se parecen en que ambos son libros y hablan de lo mismo. Aparentemente, al menos.

Arendt era una intelectual dura que no se distraía con chorradas. En su libro se centra en el juicio y en el personaje de Eichmann, al que trata como un sujeto de laboratorio. Lo encaja en su relato, como Procusto en su lecho, y no se desvía de sus consideraciones teleológicas. Arendt ya sabe todo sobre Eichmann antes de que Eichmann abra la boca. Para ella, el juicio es sólo una prueba de laboratorio que va a confirmar empíricamente su tesis, la que ha construido en Los orígenes del totalitarismo. Por tanto, a Arendt no le interesa para nada el contexto, ni geográfico ni histórico. No hay ambientes, no hay nada liviano, no hay nada que no sea reflexión de altura, filosofía alemana de la vieja escuela.

Sin embargo, Mulisch no es filósofo. Mulisch tampoco es ideólogo. No quiere demostrar ninguna tesis, no aspira a sentar cátedra. Ni siquiera aspira a ser un buen cronista, no siente la obligación profesional del periodista. Él es simplemente un escritor que quiere ver y entender. Y lo hace sin prejuicios ni a prioris.

Mulisch no es una rata de biblioteca, como Arendt. A Mulisch le interesan las personas, las calles, los ambientes, la vida en general. Es curioso y entusiasta, y aprovecha el juicio para conocer el joven Estado de Israel y tratar de entenderlo también. El libro de Arendt es ahistórico, pero el de Mulisch intenta comprender qué significa todo ese juicio para los judíos de Israel, para los árabes de Siria y para los europeos de hoy. Indaga en las consecuencias del presente, no del pasado. Por eso, construye una miscelánea que tan pronto es reportaje periodístico como relato de viajes, que tan pronto se vuelve ensayo histórico como apunte autobiográfico o descripción psicológica.

Las bases epistemológicas del libro de Mulisch son de mantequilla al lado de las rotundas columnas del edificio conceptual que ampara a Arendt, pero la obra de aquel tiene el valor de la frescura y de la mirada curiosa. Donde Arendt se muestra pétrea y dogmática, Mulisch es sutil, ambiguo y hasta frívolo. Y, por eso mismo, compone un libro mucho más vivo e intenso. Me atrevo a decir que puede que motive más reflexiones que el de Arendt. Reflexiones íntimas, que tienen más que ver con el núcleo de la experiencia artística y literaria que con las convicciones del pensamiento especulativo a la alemana.

Uno de los hallazgos de esta obra es el recorrido que hace por los escenarios coetáneos del horror de Eichmann, 16 años después de 1945. Viaja por el Berlín de 1961, meses antes de que empezara la construcción del muro, y recorre los solares y palacios en ruinas donde Eichmann planeó el exterminio de los judíos. Visita el lugar donde se anunció oficialmente, en una elegante recepción con vino Riesling y cigarros puros, la puesta en marcha de la «solución final», y se cuela en las dependencias de la K’damm Strasse donde Eichmann instaló su oficina de «asuntos judíos». Todo esto aporta al relato una dimensión y una profundidad inmensas y sutiles al mismo tiempo. Aunque de hecho sólo le sirvió para que le acusaran de hitleriano: en su empeño por comprender al monstruo, estaba empatizando demasiado con él. Estaba presentando a Eichmann como un ser humano, y eso da mucho más miedo que envolverlo en el mito de Nabucodonosor.

También es sorprendentemente audaz intelectualmente (algo que tampoco fue muy entendido: la audacia argumental rara vez es recompensada). Por ejemplo, hace un ejercicio genial de crítica literaria al interpretar Mein Kampf a la luz de las teorías de Joseph Campbell en El héroe de las mil caras. Campbell es un folclorista que estudió la construcción de los héroes en los relatos antiguos y descubrió un patrón que se repite en todas las épocas, tanto en la tradición oral como en la alta literatura. El héroe es una construcción mitológica que funciona tanto en la Odisea como en Julio Cortázar, pasando por el western y todas las series de la tele. Pues bien: Mulisch descubre que Hitler se representó a sí mismo en su panfleto autobiográfico siguiendo ese patrón, construyendo sobre su propia epopeya falaz la mitología básica del nazismo.

A mí esto me parece valiente y fresco. Sólo por cosas como esa, este libro merece mucho la pena.

La conclusión es rabiosa y, por supuesto, autobiográfica. Toda escritura es personal y solipsista. Al final, sólo hablamos de nosotros mismos, por eso somos capaces de emocionar a otros y de hacernos entender. Así lo expresa Mulisch:

No soy un jurista ni un periodista: soy un escritor, el único que se ha ocupado tan a fondo de Eichmann. No me invitaron a escribir esta crónica, yo me ofrecí a ello. El caso Eichmann habla más de mí de lo que yo mismo me conozco, y esta conexión va más allá de una relación temática con cualquier otra obra que haya escrito o que vaya a escribir: señala algo que estoy persiguiendo. Por supuesto, podría decir: Eichmann es mi padre. Pero eso sería irritante, se lo dejaré a otros. También podría decir: él es yo. Pero eso sería demasiado complaciente. También podría decir: en el proceso, el misterio de la realidad se revela como tal. Pero ya he dicho eso. Ahora me gustaría decir: él es una de las dos o tres personas que me han cambiado la vida.

Algo así, tan personal y rabioso, no se puede esperar de una mente fría y analítica como la de Arendt. Algo así, sólo se puede decir desde la literatura.

EL DIALECTO DEL FASCISMO

Como casi ninguno de ustedes, no leo holandés y este libro (Criminal Case 40/61. The Trial of Adolf Eichmann) no está traducido al español, así que he tenido que leerlo en inglés. La traducción de este párrafo es mía y procede, a su vez, de la traducción inglesa, así que pido disculpas a los huesos de Harry Mulisch por pervertir tanto sus palabras originales. Espero respetar el sentido. Se refiere a la forma de hablar de Adolf Eichmann durante su juicio en Jerusalén en 1961. Le juzgaban, por si alguien anda despistado, por ser el artífice de la solución final, acusación que quedó debidamente probada: Hitler propuso la idea y Eichmann la ejecutó, organizando los trenes de la muerte y el método de exterminio de Auschwitz. Este pasaje corresponde a su alegato final antes de que el juicio quedara visto para sentencia.

Adherido al discurso entrecortado hay un torrente de palabras en una sintaxis barroca que no creía que fuera posible. Paréntesis sucedidos por otros paréntesis. En el cuarto paréntesis, una súbita reserva con un “por una parte, pero por la otra”, con una referencia a anteriores pasajes y vuelta al tercer paréntesis, tomando en consideración las siguientes, con el objetivo de, de acuerdo con el orden de tal y tal, porque, sin embargo, Reichsführer SS und Chef der deutschen Politzei, para, pero, por cierto, así que, por lo tanto, lo que no excluye… Y así, en un bucle sin fin. Le encantaría condensar la historia mundial desde 1933 en una sola frase. Lo extraordinario es que a él no parece costarle nada retomar el hilo que todo el mundo perdió hace mucho tiempo. Nunca duda, nunca se confunde. Con movimientos decididos de su bolígrafo pauta el ritmo de los paréntesis, demostrando poseer una memoria increíble. Es la jerga del impreso de hacienda y del informe escrito, multiplicado hasta la locura. Este es el dialecto del fascismo.

Hablaré de este fantástico libro —inexplicablemente no traducido al español— próximamente. De momento, aquí va este apunte. Mulisch dice que quien así se expresa, de forma tan barroca, embolicada, administrativa, leguleya e incomprensible habla el dialecto del fascismo.

¿Dónde abundan los ejemplos del dialecto del fascismo? ¿Quién se expresa así hoy en día? Identifíquenlos por su jerga y sabrán quién les habla realmente.

Yo estoy de acuerdo: la subordinación es fascista. La yuxtaposición y el punto y seguido, en cambio, son democráticos.

EL OTRO

¿De verdad nos indigna tanto el articulito de Salvador Sostres en El Mundo (que, por cierto, se puede seguir leyendo en un montón de sitios. Entre otros, aquí mismo)? Yo no creo que haya para tanto sofoco, la verdad, aun a riesgo de que la fiscalía me mande una citación. En inglés hay un término, que nosotros traducimos por exageración, pero que es más específico y concreto: overeaction. Sobrerreacción, una reacción desproporcionada a un estímulo.

A ver, lejos de mí sacarle la cara, no vaya a ser que me la partan a mí también: la violencia me repugna tanto como a ti. Probablemente mucho más que a ti. Cualquier tipo de violencia, salvo la simulada en los videojuegos. No soporto ni siquiera los gritos ni a la gente exaltada que escupe al hablar. Me incomodan y repugnan mucho los taxistas, que son de los seres más violentos que conozco, no te digo más. Pero creo que el debate sobre la violencia hogareña contra las mujeres hace tiempo que se salió de madre.

En primer lugar, porque varios años de presión social y de reformas legales y de campañas gubernamentales se están mostrando completamente ineficaces. Las políticas para reducir los accidentes de tráfico son un éxito, pero las encaminadas a reducir los asesinatos de mujeres hacen aguas. A pesar de todo el griterío y de todas las fiscalías y de todos los grupos especiales de policías y de todas las medidas de protección y de todos los artículos y reportajes publicados y de toda la presión social y de toda la repulsa ciudadana y de las canciones de Bebe y de todo, todo y todo, el número de mujeres asesinadas por sus presuntas parejas se mantiene más o menos estable año tras año. Las reducciones son mínimas y los asesinos y maltratadores siguen asesinando y maltratando con la misma intensidad. Aumentan las denuncias, pero no decrecen las víctimas.

Esto supone un fracaso evidente de una política de Estado que involucra a algunas de las instituciones más poderosas y representativas de la sociedad civil. Pero, en lugar de asumir ese fracaso y de debatir qué otros enfoques podrían adoptarse para ser más eficaces, es mucho más fácil culpar al machismo ambiente y a opiniones más o menos aberrantes que se leen y se escuchan en los medio, judicializándolas si es preciso.

Ana María Pérez del Campo, presidenta de la Federación de Asociaciones de Mujeres Separadas y Divorciadas, ha llegado a insinuar que la publicación de artículos como el de Salvador Sostres puede provocar que las mujeres no se atrevan a denunciar. Sinceramente, me parece que se atribuye a este artículo en especial y a toda la prensa en general un poder y una influencia que está muy lejos de tener.

Sostres ha pecado de torpeza y de no saber, aparentemente, dónde estaba expresándose. Efectivamente, no importa que repita hasta tres veces que no justifica el asesinato de la mujer. Da igual. Las tribunas periodísticas no están para estas cosas, sino para lo blanco o lo negro. Los grises morales no encajan, no se entienden, molestan.

En el fondo, lo que plantea Sostres no es muy distinto de lo que planteaba la filósofa Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo. Sí se puede criticar a Sostres es por no haberlo hecho con la elegancia y claridad de Arendt y no entender que ciertos debates no se pueden abrir en ciertos foros.

Me explico.

La estrategia fundamental que se sigue con la violencia de género es parecida a la que se siguió contra el nazismo. En realidad, todas las estrategias de deslegitimación de algo que se quiere erradicar de la sociedad, ya sean los nazis, los maltratadores de mujeres o los terroristas etarras, han seguido una misma pauta desde mediados del siglo XX: la deshumanización. Para excluir esa lacra (por emplear un lenguaje periodísticamente aceptable) se tienen que romper todos los posibles puentes de empatía que haya con sus protagonistas-culpables. Y, para ello, hay que demostrar que no son humanos, que no son como nosotros, que no sienten como nosotros. Y esto se puede conseguir a base de mensajes machacones y persistentes, inculcando el miedo al otro y el miedo a ser asimilado como “el otro”. El otro es el infierno, lo no humano. Los humanos somos nosotros, y si asumimos que ellos no se mueven por impulsos humanos, sino que su maldad procede de otra dimensión, no sólo estaremos a salvo de ellos, sino que estaremos en disposición de eliminarlos y de apartarlos para siempre del conjunto de los humanos. Para volver al redil de la humanidad tendrán que reasumir su condición humana, lo que implicará que rechacen tajantemente su pasado inhumano y lo asuman como tal.

Ya lo hizo Francisco de Goya en Los fusilamientos. Al pintar al pelotón de fusilamiento de espaldas y como un solo bloque deshumanizó a los franceses, los convirtió en una máquina de matar demoníaca e incomprensible, los despojó de cualquier sentimiento humano y, por tanto, cercenó cualquier atisbo de empatía hacia ellos. No se podía adoptar el punto de vista de los franceses porque los franceses no eran humanos y sus emociones y sentimientos eran absolutamente incomprensibles para un humano. No había comunicación posible.

Esta estrategia se ha seguido siempre, cada vez de forma más sistemática y eficaz. El cine ha presentado a los nazis como “bestias pardas” monolíticas e indiferenciadas. Los etarras son igualmente monstruos. Cualquier persona que intente ver a estos elementos como humanos y que intente ponerse en su piel para entender por qué hacen lo que hacen se convierte inmediatamente en sospechosa: ¿qué quieres comprender?, le preguntarán. No hay nada que entender, recházalo y punto. E y punto quiere decir y punto: no vale rechazarlo y, acto seguido, en otro nivel de discurso, analizar sus motivaciones o buscar explicaciones. No, el rechazo se sirve solo, no puede ir acompañado de nada que pueda servir para dar una imagen humana de lo que, a fin de cuentas, es un ser humano.

Esto es propaganda que puede ser útil —aunque en el caso de la violencia contra las mujeres se está viendo que no lo es mucho— para conseguir los objetivos de deslegitimación social, pero que no sirve para debatir y que resulta inaceptable para pensar con seriedad.

Lo que Hannah Arendt vino a decir fue: “No se engañen, los nazis son tan humanos como usted y como yo, no son monstruos del averno, no son fieras incomprensibles, son seres que sienten, ven, oyen y piensan como usted y como yo”. Es, de nuevo, el discurso del judío del Mercader de Venecia: “¿Acaso si me pincháis, no sangro?”.

Parece obvio, pero desmontar una propaganda tiene su precio. Si asumimos que los nazis —o los etarras, o los maltratadores— son tan humanos como nosotros, tendremos que asumir también que nuestra posición de fortaleza moral es muy frágil y que cualquiera puede caer del lado de los so called monstruos. Es más, dice Arendt: el totalitarismo no es una imposición externa a los individuos, los alemanes no fueron sus víctimas, sino sus propiciadores, y lo propiciaron atendiendo a sus impulsos humanos. El horror del nazismo, insiste, es que estaba integrado por pacíficos y civilizados señores de clase media que, simplemente, hacían su trabajo y cumplían con su deber. Sin conspiraciones, sin santos griales, sin hipnosis de masas.

Entender que el horror está en nosotros y que habita en una casa con jardín y no en una oscura mazmorra con chispas y fuego desbarata cualquier propaganda. Entender esto nos permite adoptar el punto de vista del nazi, del etarra y del maltratador, ya que sus emociones e impulsos no son distintas de las nuestras. Visto así, el infierno no parece tan incomprensible, y la grandeza moral no reside en rechazarlo —honestamente: rechazar el infierno y señalar a los malos no es tan difícil—, sino en saber conservar nuestra integridad moral cuando sea preciso. Arendt nos preguntaba a todos: ¿están seguros de que, en unas circunstancias sociales parecidas a las de la Alemania de los años 30, ustedes, tan demócratas, tan antifascistas, tan puros de corazón, no se convertirían en los nazis más exaltados? A todos nos gusta pensar que, llegado el caso, ayudaremos a nuestro vecino judío y lo esconderemos en el desván, pero es mucho más probable que seamos los que lo denunciemos a la Gestapo.

El cine de Michael Haneke y parte de la literatura de Elfriede Jelinek tratan de eso, y no es casualidad que los dos sean austriacos, es decir, ciudadanos de un país que no ha resuelto su pasado nazi.

Concluyendo: ¿podemos entender a un maltratador y al mismo tiempo condenarlo? Podemos, claro que podemos. Sólo con un ejercicio de hipocresía podemos decir que no comprendemos el mecanismo de un crimen pasional. ¿O no entendemos la literatura de Patricia Highsmith? Si los policías que investigan los crímenes no entendieran las motivaciones que llevan a los asesinos a matar no podrían justificar sus móviles. Y para entender una motivación no hay más remedio que empatizar con el otro, que ponerse en su lugar. ¿Cómo dan los detectives de Seven con el asesino en serie? Pensando como él, sintiendo como siente él, poniéndose en su lugar. Pero no se convierten en él: entender a alguien no implica compartir ni aceptar lo que ese alguien hace.

Ahora bien, está claro que una tribuna periodística no es el sitio para estos debates. Para eso está la literatura y los libros de filosofía. No le pidan peras al olmo, por dios.

RUINAS

De los románticos a acá, las ruinas han tenido mucho prestigio. Todo lo que oliera a marchito, a decadencia y a fin de raza ha sido explotado con mucha habilidad en la literatura. Aunque muchos sospecharan que la extinción no era tan atractiva ni tan digna como los poetas podían inventar.

Ahí está El Gattopardo, especialmente la peli, con ese inabarcable Burt Lancaster declamando al pie de la diligencia, con una nube de polvo a sus pies y una luz crepuscular manchando su cabeza cana: “Noi fummo i Gattopardi, i Leoni; quelli che ci sostituiranno saranno gli sciacalletti, le iene. E tutti quanti, Gattopardi, sciacalli e pecore, continueremo a crederci il sale della terra”.

Nos sustituirán las hienas y los chacales, y se creerán la sal de la tierra.

O, como diría Belén Esteban: otros vendrán que bueno me harán.

No creo que la decadencia sea hermosa. Como toda muerte, da miedo, asco, duele y mancha. No hay muertes dignas, nadie se apaga con paz. Morirse, se mire como se mire, es una putada sumamente desagradable para el moribundo y para quienes le aman. Y no es menos nauseabundo en el caso de las instituciones, de las épocas y de las sociedades. Si los poetas son capaces de presentar como un fundido en negro con música de John Williams lo que a los ojos de quienes lo viven se percibe como una snuff movie, suele ser porque lo que sucede inmediatamente a lo que se marcha tiene la marca de la barbarie.

Puede que aquellos aristócratas sicilianos fueran unos hijos de puta. Pero, qué coño: al menos sabían hablar y tenían palacios chulos. Entre un Burt Lancaster otoñal y un Garibaldi con piojos, yo también elijo el bando reaccionario.

Yo estoy convencido de que la agonía de los finales de raza no tiene nada de hermoso. Es un tema recurrente que he intentado explorar varias veces. Creo que la menos vergonzante fue en el cuento Calle Velarde, en mi libro Malas influencias. Lo toco tangencialmente en la novela que estoy escribiendo y volveré sobre ello en otros libros y cuentos, si tengo la suerte de poder seguir escribiendo toda mi vida.

No hay belleza en el estertor. O, al menos, no la hay de la forma en que suele presentarse. Sí la hay después. Los nazis, que agotaron el romanticismo en todos sus sentidos y niveles, haciendo imposible su resurrección en varias generaciones, lo sabían muy bien.

En realidad, lo sabía muy bien Albert Speer, el arquitecto de Hitler. Los edificios que diseñó para Germania, la ciudad que iba a sustituir a Berlín como capital del Reich, estaban pensados para que tuvieran unas ruinas bellas. Se calculó y se estudió qué muros deberían deteriorarse antes y qué techos deberían ceder al derrumbe primero para que el conjunto, comido por la vegetación siglos después, resultara digno: querían unas ruinas guays, al estilo maya y azteca, nada de esa guarrería romana y griega.

Maqueta de Germania.

Será mentira, no habrá belleza en la decadencia, pero sí la hay en su literatura.

Ahora estoy abducido por una de esas maravillas que han inspirado los finales de raza. La he buscado porque el cuerpo me pedía un novelón de los de perder el sentido, una lectura absorbente y clasicota. Es Los Maia, de Eça de Queirós.

Pensé en leerlo en portugués, pero no me he atrevido y ahora me arrepiento. Bueno, qué más da. En español traducido recorro la Lisboa de finales del siglo XIX, unas calles que sólo se distinguen de las que yo he conocido en que ahora hay coches y tranvías en ellas. Algunos interiores siguen vigentes: la Casa Havaneza o el teatro de São Carlos. Una Lisboa que va muriendo, como la estirpe de los Maia. La Lisboa de hoy son las ruinas de esa ciudad que describe Eça de Queirós. Quizá no han quedado tan bonitas como las que proyectaba Speer, pero el Marqués de Pombal no pensó que su capital fuera a pudrirse. Que la destruyera un terremoto, como en 1755, quizás. Pero que los propios lisboetas dejaran que se la comieran las plantas trepadoras y las telas de araña no era un destino concebible para la refulgente metrópoli del imperio.

Edificios en ruinas en el Campo das Cebolas, al pie de la Alfama de Lisboa

Hoy, Lisboa es una ciudad que se hunde, envejecida, pobre, vacía. De los 800.000 habitantes que tenía en 1980 sólo le quedan 500.000, y la cuarta parte de ellos son jubilados. En Lisboa hay unos 600.000 trabajadores, la mayoría de los cuales vive en ciudades dormitorio del extrarradio. Acuden por la mañana, colapsando las entradas, y la dejan desierta por la noche. Se calcula que cada día entran y salen de la ciudad unos 400.000 vehículos que destrozan y taponan las calles y que, encima, no dejan ni un solo euro en las arcas municipales, pues están matriculados en otros sitios.

Lisboa lleva mucho tiempo agonizando, y aunque algunos estemos enamorados de su desvanecimiento, también nos pone tristes. Una tristeza sin remedio y sin consuelo, de las que no aspiran a curarse, de las que se quedan sentadas en el quicio de la puerta hasta que se hace de noche.