(Continuación del post anterior, que se puede leer pinchando aquí)

Mi historia metalera es mucho más triste y patética debido a mi nacionalidad: no contento con acumular discos de grotescos e inenarrables grupos estadounidenses y británicos, se me ocurrió —junto a mis amigos— adentrarme en el submundo del heavy metal español.

Oh, dios mío.

Alguien con sentido del humor y sin miedo a las agresiones debería ponerse a escribir una historia del heavy español desde sus orígenes hasta el surgimiento del power metal (esa maraña de estilos y fusiones con el folk y el hip hop que, para mí, no se parece en nada al heavy-heavy, ni en sonido ni en actitud). Pero una historia del fenómeno heavy de verdad, porque generalmente se le asocian en España una serie de nombres que no tienen nada de metaleros, ni en su actitud ni en su música ni en su público. Ni Leño, ni Los Suaves, ni Barricada y todos sus derivados pueden encuadrarse aquí, aunque la crítica y las tiendas de discos a menudo los etiqueten como tales. ¡Si algunos hasta incluyen a Negu Gorriak y a todo el rock radical vasco, que pertenece a una tradición musical completamente ajena al heavy!

No, futuros historiadores del metal español: no intenten dignificarlo adhiriendo nombres que no vienen a cuento. Estas bandas nunca fueron heavies. Para empezar, porque eran muy buenas —pero muchísimo mejores que cualquier grupito metálico—, y el heavy español se caracteriza por su nulidad. Y, para seguir, porque, en ellas, el espíritu bluesero es fundamental —no para Negu Gorriak, que bebe de otras músicas, rompiendo la base blues que tiene todo buen rock—: su ámbito es el de la intimidad, conectan con el público recurriendo a temas universales, como el amor y el fracaso, y nunca pierden de vista la raíz cuatro por cuatro de su música. En otras palabras, se involucran en sus canciones (Yosi, de Los Suaves, llega a desnudarse trágicamente, componiendo un personaje tierno y patético que, a juzgar por las barbaridades que hemos visto hacer en la vida real, tiene mucho de auténtico y de trasunto de él mismo) y las maduran en el contexto de una tradición sonora que cultivan y personalizan. Son grupos que evolucionan y buscan su sonido y su voz. No puede decirse esto de ninguno de los nombres que vienen a continuación.

Puedo entender y razonar mi gusto por las músicas más horteras y desfasadas que se han reclamado de lo metálico, pero no entiendo qué me llevó a escuchar y a apreciar este nido de horrores hispánico.

Porque, amigos, el heavy español es la cosa más horrible que la humanidad ha regurgitado, defecado o abortado. Pocos fenómenos culturales (¿culturales?) han condensado tal cantidad de nulo talento, analfabetismo, mal gusto y aburrimiento supino. Hay algunos grupos que hasta Santiago Segura se negaría a incluir en Torrente, por zafios e inverosímiles.

Y, sin embargo, ahí estábamos nosotros, alimentando al monstruo. Tengo un amigo con el que canto en falsete canciones de Obús tan pronto empezamos a emborracharnos. Es ironía, sí. Es descojone postmoderno, sí. Es una actitud esnob y desestructurada, sí. Pero el caso es que nos sabemos las letras, y ni la más refinada ironía justifica eso. Sobre todo, porque para nosotros era una música ya muerta, que podíamos revisar con sarcasmo y distancia, pues pertenecía a una generación anterior.

Para entender el heavy español hay que entender Madrid, pues se trata de un fenómeno casi exclusivamente madrileño, el resto de España apenas aportó grupos. Y lo primero que hay que entender de Madrid es que, a finales de los setenta y principios de los ochenta, era una ciudad agraria. Los jóvenes de entonces aún tenían el pelo de la dehesa que les habían dado sus padres, con un pie en un pueblo destripado manchego. Si no asumimos que Madrid estaba poblada por catetos provincianos, no entenderemos jamás esta foto:

Esta pesadilla proxeneta se llamaba Coz, y es el origen de todo. Coz (el nombre no suena muy urbano y da pistas del talante de sus fundadores y de su público) nació en los años setenta, y de su larga y confusa trayectoria destacan dos hits: Más sexy y Las chicas son guerreras. Pero no es esa su principal aportación al heavy. Un verano, antes de ser famosos, los Coz se pelearon y se dividieron en dos, reclamando cada parte su derecho a usar el nombre del grupo —que pelearan por atribuirse algo que nadie sano querría da cuenta de su carácter—. Como no llegaron a un acuerdo, hubo dos bandas Coz que se disputaban los contratos de las fiestas de los pueblos, creando situaciones muy incómodas y absurdas. Al final, los escindidos cedieron y se rebautizaron como Barón Rojo. Y ahí empieza lo heavy de verdad (Coz nunca pasó de ser una banda pop con un aire gamberro. Querían ser divertidos —y lo consiguieron en varias ocasiones—, luego no podían ser heavies a la española).

Aquí están, desbordantes de glamour. El núcleo de los barones eran (son, por desgracia, siguen siendo) los hermanos De Castro, Armando y Carlos, que tenían una gran capacidad para imitar ciertos tics de estilo del heavy británico, especialmente de Judas Priest y de Saxon. Pero sólo ciertos tics, los suficientes como para engañar a un par de productores musicales que quisieron lanzarles en Inglaterra. De hecho, tuvieron un relativo éxito allá, actuando en el festival de Reading y en la sala Marquee de Londres. Hasta que se les ocurrió grabar un disco en inglés. Fue el final: cuando los británicos entendieron lo que decían las letras, se acabó el chollo y quedaron recluidos a su mercado natural: las fiestas de los pueblos de Castilla la Vieja y Castilla la Nueva. Y, a veces, Murcia.

Nosotros creíamos que Barón Rojo eran sofisticados. Y no teníamos lesiones cerebrales ni nada parecido. Lo creíamos cuerdamente. Pero, sobre todo, lo creíamos por comparación con sus mayores rivales, Obús. Estábamos convencidos de que Barón Rojo hacían mejor música (mejores riffs, mejores producciones, mejores letras… ¡Coño, si hasta tenían un rockódromo!). Obús, sin duda, eran más zafios, y precisamente por eso, mucho mejores. Hablaban de meterse cosas por la nariz, de felaciones, de robar coches, de conducir a toda hostia por la autopista y, sobre todo, de emborracharse mucho y de forma muy escandalosa. Barón Rojo no hablaba de esas cosas. Siempre estaban dando la brasa con la pureza del rock (que ellos, al parecer, representaban), de héroes de leyenda, de hazañas históricas y de… ¿De qué cojones hablaba Barón Rojo? Básicamente, de gilipolleces supuestamente cultas o algo. Pero entonces no lo veíamos. Hoy sé que Obús era mucho mejor que Barón Rojo (también hay grados dentro del horror, y el salto de lo horrible a lo muy horrible puede ser grande). Sencillamente, porque hablaban de cosas de verdad y no pretendían culturizarnos ni convertirse en referentes de nada. Y hacían mejores canciones. Las de Barón Rojo eran larguísimas, aburridas, no se podían bailar y los estribillos eran imposibles de corear, pero las de Obús animaban cualquier cotarro: sencillas, directas, pegadizas y bailongas. Tenían un instinto comercial muy afinado.

¡Va a estallar el obús!

A decir verdad, Obús es lo único medianamente honesto que ha habido en el heavy español. El único grupo con verdadera sensibilidad proletaria (en realidad, casi lumpenproletaria: su temática se acercaba mucho, solapándose a veces, a la de la rumba más arrastrada) y lo bastante desacomplejado y descerebrado como para entender que el rock consiste básicamente en pegar botes y divertirse mientras se bebe cerveza. Su cantante se llama Fortu (de Fructuoso Sánchez). No hace falta añadir más.

Obús y Barón Rojo eran como el Madrid y el Barça: entre los dos se repartían todo el mercado y el resto se disputaban las migajas. Pero había un Atlético de Madrid, un tercero mejor que la manada pero sin estar a la altura de los dos grandes. Y ese Atleti se llamaba Ángeles del Infierno.

Como se ve, eran incluso más refinados y sutiles que sus rivales. Ángeles del Infierno eran más metaleros, en un sentido ortodoxo, menos castizos, más internacionales. En parte, porque el falsete y los berridos del cantante impedían entender nada de las letras, lo que los convertía en fácilmente exportables. Mi canción favorita era una que decía (ésta era sencilla de comprender sin subtítulos): «Bella de día. / Zorra, zorra por la noche». Ni Pedro Salinas lo hubiera expresado mejor.

En España no pasaron de segundones, pero en México eran lo más. En general, todos estos grupos eran lo más en Latinoamérica. Allí llenaban estadios —un concierto de Barón Rojo en Colombia terminó a tiros y con disturbios en las calles— y desataban pasiones. Pero en este lado del charco no andaban mancos tampoco. La historia oficial del pop español habla de Alaska y de Radio Futura, pero lo que no dice es que, mientras los grupos de la movida congregaban a un par de cientos de personas (y casi ninguna de ellas había pagado la entrada) en una sala de Madrid enana y sin salidas de emergencia, Obús podía llenar tres noches seguidas el Palacio de los Deportes. Luego resulta que todo el mundo iba los sábados al Rockola, un garito donde apenas cabían cincuenta tipos apretados, pero en los conciertos de Obús no estuvo nadie o nadie recuerda haber estado. Lo mismo le sucede a Telecinco, una cadena que no tiene audiencia porque todos están ocupados sintonizando La 2. Claro que sí, muchachotes, claro que sí.

Nos podíamos haber quedado en estos tres nombres. Sus discografías acumulan suficiente espanto para alimentar muchas pesadillas y para tirar por tierra todo el trabajo que el sistema educativo español había invertido en nosotros. Pero no nos debió de parecer bastante. Necesitábamos más, queríamos alcanzar el síndrome de Stendhal inverso: desmayarnos de fealdad, contemplar el horror más absoluto.

Así que nos iniciamos en las discografías de las constelaciones menores del heavy español. Y ahí, amigos, fue cuando vimos el horror. Grupos que, a su lado, hacían que Barón Rojo sonasen mejor que los Beatles. Contemplamos cosas como esta:

Supongo que, influidos por Obús, estos chicos decidieron ahondar en el campo semántico del armamento bélico al elegir nombre. Panzer. Y con tipografía metálica parecida a la de Obús, por si no había quedado claro de qué iban. Quizá esperaban que los fans distraídos del grupo de Fortu se confundieran en las tiendas. Lo peor es que la mujer de la portada no era una modelo: es la señora Ángeles, más conocida como la Abuela Rockera, un personaje madrileño del folclore heavy. Una señora que descubrió el rock a los sesenta años y, vestida de esa guisa, frecuentaba los conciertos de todos estos grupos. Tiene una estatua en Vallecas, cerca de la avenida de la Albufera y no muy lejos de la estación de autobuses de Méndez Álvaro. Para la mayoría, una anécdota muy entrañable y tierna. Para mí, la prueba de que esta música no tenía nada de juvenil y era un coñazo infumable que sólo podía gustar a ancianas reales o mentales.

Como nosotros, claro.

Había otros grupos, como Muro, Santa (con cantante femenina, la legendaria Azucena), Banzai (que iban de progresivos, virtuosos y amigos de Miguel Ríos, lo cual daba muy mal rollo), Niágara o los indescriptibles y supuestamente glam Sangre Azul.

Muro, sin complejos.

En general, fuera de la triada de Barón, Obús y Ángeles, hacía mucho frío. El ridículo de esas tres bandas podía amortiguarse gracias a su éxito de público, pero los demás no podían vanagloriarse de eso. Simplemente, eran gente con muy mal gusto para la ropa y muy poco talento para la música. Aun así, vivieron unos cuantos años de las migajas que les arrojaron los grandes.

Además, nunca fueron dominantes en el rock duro español, que por suerte supo encontrar un camino propio y completamente ajeno a las posturitas metaleras. El fenómeno se llamó rock urbano, y su banda seminal fue Leño. Pero esa es otra historia, muy digna y memorable, con verdadero contenido artístico y honestidad creativa, nada que ver con estas tarugadas. De hecho, es un rock que se ha visto perjudicado al verse asociado en ocasiones por una crítica torpe y maniquea con este freak parade.

Cómo sobrevivimos a esta sobredosis de fealdad es algo que no me explico. Pero sé que, a diferencia de lo que me pasa con el heavy en general, de este heavy sí que reniego. Y mucho. En un ataque de rabia, avergonzado de verlos junto a mis otros discos queridos y creyendo que los ensuciaban o les contagiaban su vulgaridad, me deshice de mis vinilos de Barón Rojo y de Obús. Los vendí en eBay fijando un precio ridículo, el que creía que merecían, con la esperanza de que algún chalado me los comprase. Y no sólo me los compraron, sino que pujaron por ellos. Un japonés llegó a pagarme cien euros por el doble directo de Obús. Un chaval alemán pagó sesenta por el Volumen Brutal de Barón. Yo no esperaba sacar más de cinco euros por cualquiera de los dos: ni son ediciones raras ni son difíciles de encontrar en cualquier mercadillo. Flipé. Hice negocio, después de todo, pero me aterrorizó comprobar que lo que yo tomaba por basura mugrienta era codiciado con ansia por otros.

Pero también he de confesar una cosa. En los últimos tiempos he vivido días muy jodidos, días mucho más que jodidos, que necesitan un calificativo que no encuentro ahora mismo. Uno de ellos me pilló solo en casa. Me empeñé en pasarlo solo, y me dio por emborracharme un poco. No sé por qué, me descargué en un torrent el directo de Obús y estuve escuchándolo a toda tralla mientras bebía cerveza. Berreé sus canciones, cabeceé como si tuviera el pelo largo, boté en el salón y, al rato, me sentí muchísimo mejor. No sé explicar la razón, pero encontré allí el consuelo que nadie ni nada era capaz de darme.

Quizá se trate de que, buena o mala, es la música que escuché en mi adolescencia. Y por mucho que cambies después y por mucho que reniegues de quien un día fuiste, tus quince años —tus impresionables, ingenuos y estúpidos quince años— siempre están ahí, agazapados, sabiendo qué es lo que de verdad te mueve. Al fin y al cabo, uno no elige su música. A lo sumo, aprende a convivir con ella.