Me había caído del caballo hacía mucho tiempo, pero aún no me había levantado del suelo ni me había sacudido el polvo. Vivía en ese interludio en el que Saulo de Tarso ya no es Saulo de Tarso pero aún no se ha convertido en San Pablo, y simplemente es un pringao que masculla con arena en los dientes: «Aylamierdadelputocaballo, quematiraoelhijoputa». Estaba montado en un coche con un hortera y sonaba Phill Colins o alguna mierda de calvos. Terminó la canción (aleluya) y un tordo muy exaltado empezó a decir no sé qué del Getafe-Valencia, o del Mallorca-Alpedrete.
—¿Qué es esto, tío?
—Es Rock and Gol.
—¿Lo qué?
—Rock and Gol. Rock clasicote y fútbol, la combinación perfecta. Como escuchar el Carrusel y M-80 al mismo tiempo.
—Para.
—¿Qué dices?
—Que pares ahora mismo el puto coche, que me bajo, que esto es un sindiós.
Bueno, no recuerdo bien si la última parte sucedió exactamente así, pero sí recuerdo mi espanto, mi terror y la sensación de levantarme, sacudirme el polvo y sentirme epifánico perdidito. No me llaméis Saulo, dije, ahora soy Pablo, San Pablo.
Desde entonces, odio el rock, pero especialmente a los rockeros. Odio algo capaz de engendrar una cosa llamada Rock and Gol. Odio esta música de geriátrico, odio las posecitas de los puristas, odio a los putos Rolling Stones. Odio el tufo de ancianidad que desprende el rock.
¿Cómo una música que nació como grito de juventud, que inventó la juventud misma —porque antes del rock, la juventud no existía— ha devenido ese sopor, esa complacencia de centro comercial, ese gusto por el lugar común? José Luis Perales es mil veces más moderno que cualquier rocoso rockero de esos. Un palimpsesto es más moderno que cualquier rockero. ¿Cómo puede sonar tan caduco, tan apolillado, tan amojamado, tan dejavudesco? Qué depresión, qué espanto. Yo es que me veo de cerca la cara de cuñado que gasta Mark Knopfler y me vengo abajo.
El rock, una cultura que vive de viejas momias, de aniversarios, de cajas conmemorativas. Una cultura incapaz de ofrecer nada nuevo, nada que no suene a sección de congelados, a sopa de sobre recalentada. Lo decía Xavi Sancho hace unos días en El País (leer aquí) y tiene toda la razón:
El problema llegó el día en que los que mandaban eran todos aquellos que perdieron pie, pero, a diferencia de los vejestorios de los 60 o 70, aún pensaban que eran guais porque cabían en unos pitillos de Nudie Jeans. El mundo está lleno de gente que piensa que está a la moda porque una vez, en una galaxia muy lejana, siguió una rato la moda. Así, los revivals se organizaron alrededor de la generación que tomaba el control del poder en la industria cultural y de los medios (hoy toca revival 90 porque los que mandan fueron jóvenes durante esa década, y como miembro de esa generación, les pido perdón por el revival y por Menswear) y éstas celebraron la bola extra que le dio la nostalgia. La industria cultural ya no sabe vender presente, pero a la hora de comercializar pasado no le tose ni la numismática. Los grandes medios tal vez ya no tienen futuro, pero no por eso renunciarán a tratarlo como si fuera pasado.
En el mercadillo vintage en el que se ha convertido la industria cultural, el rock ocupa la sección más grande y más atiborrada de trastos. Por ella curiosea gente abúlica, padres de extrarradio o, en el peor de los casos, tipos de trajeado excéntrico y corbata de teclas de piano que aún veneran a Jean-Michel Jarre como su profeta y dan la brasa con los evangelios de Tubular Bells. Tipos que escuchan M-80 y Rock and Gol y que suben el volumen cuando suena Moonlight Shadow, por lo que siempre tienen el volumen a tope, porque en M-80 y en Rock and Gol, Moonlight Shadow suena cien veces cada hora. O algo así, porque yo en mi puta vida he escuchado M-80 ni Rock and Gol, de la misma forma que no he he comprado Nutella en vez de Nocilla ni he parado a comer nunca en el Área 103, porque hay cosas que una persona con dignidad no hace nunca.
A mí, el rock me ha vencido por reiteración y por saturación. Y porque me acordé de aquello de La Bola de Cristal y me dije: si no quieres ser como estos, déjalo ya.
Sigo escuchando rock, sigue siendo la música fundamental de mi discoteca, pero ahora sólo soy un oyente, no milito. Me cargaron los eruditos a la violeta, los nerds pajilleros que escriben en algunas revistas y hasta Nick Hornby, que desde la admiración turulata escribió una verdadera parodia del melómano poprockero. Me cargaron los viejos rockeros que nunca mueren (mierda de esperanza de vida dilatada de los países occidentales). Me cargaron los conciertos de liturgia prefabricada, con sus bises programados y sus “buenas noches, os quiero”. Me cargaron las posturitas, los sombreritos y el pestazo a pachuli. Me cargaron los que se toman todo en serio. Me cargaron los dioses de la guitarra y del metal. Me cargaron los virtuosos.
Hace tiempo, puede que algo más de diez años, fui con unos amigos al Viñarock y acabé solo en uno de los conciertos de Barricada o de Los Suaves o de La Polla Records que sólo me gustaban a mí. Mientras mis colegas veían a los raperos de turno o la fusión de buenrollito que promocionara Radio 3 en ese momento, yo me cogí un litro de cerveza, me lo bebí de tres tragos y me metí en lo que yo creía que era un pogo. El concierto estaba en lo mejor, en lo más bruto, y yo tenía los estados de conciencia alterados, así que empecé a sacudir mi metro con ochenta y seis centímetros a lo bestia, como hacía antaño, como aprendí a mis catorce o quince añitos, que fue cuando empecé a frecuentar conciertos de esta gente. Mi sorpresa fue encontrarme solo, sin interlocutores de pogo. A mi alrededor, tras un perímetro de seguridad, unos chavalitos me miraban asustados y algunos ancianos (de cuarenta o incluso más) me miraban cabreados y sujetando con fuerza su cubata (cubata, ni siquiera cerveza) para que no se lo tirara con mis trance zulú. Me detuve, avergonzado, pero no lo entendí: había estado en muchos conciertos de ese rock bronco y siempre había sido así, adrenalina, tortazos, empujones, mogollón, bestialidad. Pero, por lo visto, ese público era civilizado. Desde entonces, todos los conciertos de rock bronco a los que he ido han sido civilizados. Ni tortas, ni empujones, ni gente subida a hombros y volando sobre nuestras cabezas. Un coñazo, vaya. Parece que la gente ahora va a escuchar los conciertos, como si los conciertos de rock bruto se escucharan, como si los conciertos fueran un acontecimiento y no una excusa para sacar el simio que siempre llevas encerrado dentro.
Debí haberme dado cuenta ese día de que el rock era algo caduco, antañón. Algo que, por lo visto, merecía respeto, el respeto del oyente. ¿Desde cuándo se respetaba al rock? Yo, que he abucheado a teloneros y afeado su alopecia a más de un cantante calvo. Tradicionalmente, los rockeros no respetan a su público y su público tampoco les respeta a ellos. Nosotros les tiramos botellas al escenario y ellos nos escupen desde arriba. Era el pacto. ¿Cuándo se convirtió en algo civilizado? ¿Cuándo empezaron a dar las gracias en vez de mandarnos a la mierda? Cuando llegó Rock and Gol, claro.
Ahora, apenas voy a conciertos. Los pocos a los que acudo se celebran casi siempre en garitos pequeños a los que suelo ir acompañado por mi amigo S. Como ahora no soy un chaval atolondrado, sino que escribo en los papeles y salgo por la tele, a veces, incluso entro gratis tras decirle al de la puerta que “estoy en la lista”. Un horror completo, una ignominia burguesota y de colesterol alto, no se parecen en nada a los conciertos que forjaron mi adolescencia pelilarga y chupacueril. De hecho, ya ni bailo ni escucho la música ni miro el escenario. La mitad del tiempo me lo paso emborrachándome con mi amigo y charlando de tontadas que no tienen nada que ver con la música. No sé si el rock ha muerto, pero para mí murió hace mucho, y ahora prefiero dejarlo como algo íntimo y circunstancial. No quiero ser asimilado por los oyentes de Rock and Gol ni de Kiss Fm ni de toda esa mandanga hortera y revival.
Creo que esta canción de Babasónicos resume bastante bien todo este rollo:
Como agitadores en un medio conservador, muy desquiciados.
Bajaron mambo, alto cope, estilo y gran provocación
y se marcharon sin decir nada.Ustedes lo pedían, ustedes lo querían, ahí lo tienen.
El cisne apareció y ustedes,
miren lo que han hecho con el duende del rock.
Lo han destrozado, lo han convertido
en una estampa estúpida de sumisión,
y desalamado, se fue de casa.


















