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MIREN LO QUE HAN HECHO CON EL DUENDE DEL ROCK

Me había caído del caballo hacía mucho tiempo, pero aún no me había levantado del suelo ni me había sacudido el polvo. Vivía en ese interludio en el que Saulo de Tarso ya no es Saulo de Tarso pero aún no se ha convertido en San Pablo, y simplemente es un pringao que masculla con arena en los dientes: «Aylamierdadelputocaballo, quematiraoelhijoputa». Estaba montado en un coche con un hortera y sonaba Phill Colins o alguna mierda de calvos. Terminó la canción (aleluya) y un tordo muy exaltado empezó a decir no sé qué del Getafe-Valencia, o del Mallorca-Alpedrete.

—¿Qué es esto, tío?
—Es Rock and Gol.
—¿Lo qué?
—Rock and Gol. Rock clasicote y fútbol, la combinación perfecta. Como escuchar el Carrusel y M-80 al mismo tiempo.
—Para.
—¿Qué dices?
—Que pares ahora mismo el puto coche, que me bajo, que esto es un sindiós.

Bueno, no recuerdo bien si la última parte sucedió exactamente así, pero sí recuerdo mi espanto, mi terror y la sensación de levantarme, sacudirme el polvo y sentirme epifánico perdidito. No me llaméis Saulo, dije, ahora soy Pablo, San Pablo.

Desde entonces, odio el rock, pero especialmente a los rockeros. Odio algo capaz de engendrar una cosa llamada Rock and Gol. Odio esta música de geriátrico, odio las posecitas de los puristas, odio a los putos Rolling Stones. Odio el tufo de ancianidad que desprende el rock.

¿Cómo una música que nació como grito de juventud, que inventó la juventud misma —porque antes del rock, la juventud no existía— ha devenido ese sopor, esa complacencia de centro comercial, ese gusto por el lugar común? José Luis Perales es mil veces más moderno que cualquier rocoso rockero de esos. Un palimpsesto es más moderno que cualquier rockero. ¿Cómo puede sonar tan caduco, tan apolillado, tan amojamado, tan dejavudesco? Qué depresión, qué espanto. Yo es que me veo de cerca la cara de cuñado que gasta Mark Knopfler y me vengo abajo.

El rock, una cultura que vive de viejas momias, de aniversarios, de cajas conmemorativas. Una cultura incapaz de ofrecer nada nuevo, nada que no suene a sección de congelados, a sopa de sobre recalentada. Lo decía Xavi Sancho hace unos días en El País (leer aquí) y tiene toda la razón:

El problema llegó el día en que los que mandaban eran todos aquellos que perdieron pie, pero, a diferencia de los vejestorios de los 60 o 70, aún pensaban que eran guais porque cabían en unos pitillos de Nudie Jeans. El mundo está lleno de gente que piensa que está a la moda porque una vez, en una galaxia muy lejana, siguió una rato la moda. Así, los revivals se organizaron alrededor de la generación que tomaba el control del poder en la industria cultural y de los medios (hoy toca revival 90 porque los que mandan fueron jóvenes durante esa década, y como miembro de esa generación, les pido perdón por el revival y por Menswear) y éstas celebraron la bola extra que le dio la nostalgia. La industria cultural ya no sabe vender presente, pero a la hora de comercializar pasado no le tose ni la numismática. Los grandes medios tal vez ya no tienen futuro, pero no por eso renunciarán a tratarlo como si fuera pasado.

En el mercadillo vintage en el que se ha convertido la industria cultural, el rock ocupa la sección más grande y más atiborrada de trastos. Por ella curiosea gente abúlica, padres de extrarradio o, en el peor de los casos, tipos de trajeado excéntrico y corbata de teclas de piano que aún veneran a Jean-Michel Jarre como su profeta y dan la brasa con los evangelios de Tubular Bells. Tipos que escuchan M-80 y Rock and Gol y que suben el volumen cuando suena Moonlight Shadow, por lo que siempre tienen el volumen a tope, porque en M-80 y en Rock and Gol, Moonlight Shadow suena cien veces cada hora. O algo así, porque yo en mi puta vida he escuchado M-80 ni Rock and Gol, de la misma forma que no he he comprado Nutella en vez de Nocilla ni he parado a comer nunca en el Área 103, porque hay cosas que una persona con dignidad no hace nunca.

A mí, el rock me ha vencido por reiteración y por saturación. Y porque me acordé de aquello de La Bola de Cristal y me dije: si no quieres ser como estos, déjalo ya.

Sigo escuchando rock, sigue siendo la música fundamental de mi discoteca, pero ahora sólo soy un oyente, no milito. Me cargaron los eruditos a la violeta, los nerds pajilleros que escriben en algunas revistas y hasta Nick Hornby, que desde la admiración turulata escribió una verdadera parodia del melómano poprockero. Me cargaron los viejos rockeros que nunca mueren (mierda de esperanza de vida dilatada de los países occidentales). Me cargaron los conciertos de liturgia prefabricada, con sus bises programados y sus “buenas noches, os quiero”. Me cargaron las posturitas, los sombreritos y el pestazo a pachuli. Me cargaron los que se toman todo en serio. Me cargaron los dioses de la guitarra y del metal. Me cargaron los virtuosos.

Hace tiempo, puede que algo más de diez años, fui con unos amigos al Viñarock y acabé solo en uno de los conciertos de Barricada o de Los Suaves o de La Polla Records que sólo me gustaban a mí. Mientras mis colegas veían a los raperos de turno o la fusión de buenrollito que promocionara Radio 3 en ese momento, yo me cogí un litro de cerveza, me lo bebí de tres tragos y me metí en lo que yo creía que era un pogo. El concierto estaba en lo mejor, en lo más bruto, y yo tenía los estados de conciencia alterados, así que empecé a sacudir mi metro con ochenta y seis centímetros a lo bestia, como hacía antaño, como aprendí a mis catorce o quince añitos, que fue cuando empecé a frecuentar conciertos de esta gente. Mi sorpresa fue encontrarme solo, sin interlocutores de pogo. A mi alrededor, tras un perímetro de seguridad, unos chavalitos me miraban asustados y algunos ancianos (de cuarenta o incluso más) me miraban cabreados y sujetando con fuerza su cubata (cubata, ni siquiera cerveza) para que no se lo tirara con mis trance zulú. Me detuve, avergonzado, pero no lo entendí: había estado en muchos conciertos de ese rock bronco y siempre había sido así, adrenalina, tortazos, empujones, mogollón, bestialidad. Pero, por lo visto, ese público era civilizado. Desde entonces, todos los conciertos de rock bronco a los que he ido han sido civilizados. Ni tortas, ni empujones, ni gente subida a hombros y volando sobre nuestras cabezas. Un coñazo, vaya. Parece que la gente ahora va a escuchar los conciertos, como si los conciertos de rock bruto se escucharan, como si los conciertos fueran un acontecimiento y no una excusa para sacar el simio que siempre llevas encerrado dentro.

Debí haberme dado cuenta ese día de que el rock era algo caduco, antañón. Algo que, por lo visto, merecía respeto, el respeto del oyente. ¿Desde cuándo se respetaba al rock? Yo, que he abucheado a teloneros y afeado su alopecia a más de un cantante calvo. Tradicionalmente, los rockeros no respetan a su público y su público tampoco les respeta a ellos. Nosotros les tiramos botellas al escenario y ellos nos escupen desde arriba. Era el pacto. ¿Cuándo se convirtió en algo civilizado? ¿Cuándo empezaron a dar las gracias en vez de mandarnos a la mierda? Cuando llegó Rock and Gol, claro.

Ahora, apenas voy a conciertos. Los pocos a los que acudo se celebran casi siempre en garitos pequeños a los que suelo ir acompañado por mi amigo S. Como ahora no soy un chaval atolondrado, sino que escribo en los papeles y salgo por la tele, a veces, incluso entro gratis tras decirle al de la puerta que “estoy en la lista”. Un horror completo, una ignominia burguesota y de colesterol alto, no se parecen en nada a los conciertos que forjaron mi adolescencia pelilarga y chupacueril. De hecho, ya ni bailo ni escucho la música ni miro el escenario. La mitad del tiempo me lo paso emborrachándome con mi amigo y charlando de tontadas que no tienen nada que ver con la música. No sé si el rock ha muerto, pero para mí murió hace mucho, y ahora prefiero dejarlo como algo íntimo y circunstancial. No quiero ser asimilado por los oyentes de Rock and Gol ni de Kiss Fm ni de toda esa mandanga hortera y revival.

Creo que esta canción de Babasónicos resume bastante bien todo este rollo:

Como agitadores en un medio conservador, muy desquiciados.
Bajaron mambo, alto cope, estilo y gran provocación
y se marcharon sin decir nada.

Ustedes lo pedían, ustedes lo querían, ahí lo tienen.
El cisne apareció y ustedes,
miren lo que han hecho con el duende del rock.
Lo han destrozado, lo han convertido
en una estampa estúpida de sumisión,
y desalamado, se fue de casa.

JUANITO EL PUMA

Venga, hablemos de cosas majas, ya está bien de darle bola a los legionarios amargados.

¿Os habéis fijado que el iTunes genera una lista de reproducción automática titulada Las 25 canciones más escuchadas? Nunca la había mirado, pero el otro día la puse y cuál fue mi sorpresa al ver que 10 de las 25 eran de John Mellencamp.

Qué mazazo. Qué radiografía más cruel de los gustos de uno. Ahí está el delator chisme de Apple revelándote lo cansino y reiterativo que puedes llegar a ser.

Pues sí, me mola Mellencamp, ¿qué pasa?

Su carrera es ejemplar, es un bellísimo ejemplo de inconformismo y de autocrítica, de una honestidad cabezona y machacona. Un tipo que engrandece la música popular.

John Mellencamp empezó siendo John Cougar, horrísono sobrenombre que habría que traducir como Juan el Puma. Sus primeros trabajos son una mala imitación de Bruce Springsteen. Cuando el rudo chaval de Nueva Jersey triunfó, le salieron un millón de emuladores con camisa de cuadros y carita afeitada, todos con pinta de buenos chicos blancos y un guitarreo antimelódico deslizándose sobre ocasionales lechos acústicos. Cuatro por cuatro, rock and roll básico, botellines de cerveza Bud y mucho orgullo de working class.

Juanito el Puma persiguió la veta en bares y antros de todo el país, sin mucha suerte, hasta que, en 1982, pegó un pelotazo mayúsculo: su disco American Fool llegó a número uno. Cougar se presentó en la industria como el digno relevo de un Springsteen que empezaba a agotarse comercialmente.

Una historia anodina. El guión previsto: chico que imita bien lo que se lleva consigue un éxito, perfecciona la fórmula y tira de ella hasta que se agota. Años después, todos le olvidan y sus discos se quedan como fósiles.

Pero lo bonito del caso es que el éxito no se comió a Mellencamp. Al contrario, le hizo florecer. American Fool es un disco correctito que se ha quedado muy antiguo. Ha envejecido fatal, apesta a años 80, a hombreras y a alegría neoconservadora. Pura fórmula, material para usar y tirar.

Pero Mellencamp aprendió. Alguna mosca le picó cuando le llegó el éxito y entendió que eso no era lo que estaba buscando. Y buceó, y estudió mucho, y decidió despegarse del modelo, aunque le costara el éxito y colgarse la etiqueta de artista de culto (es decir, comercialmente inviable).

Dos discos después, se quitó el ridículo nombre de guerra del Puma y firmó con su nombre real. El disco se titulaba Scarecrow y, aunque incompleto y vacilante, insinuaba muchas de las líneas del Mellencamp que me gusta.

La eclosión llegó en 1987, cuando produjo una de las cumbres de su carrera: The Lonesome Jubilee. En él, sin traicionar sus raíces springsteenianas, compone su primera obra personal, buceando en las raíces de la música americana, con unos arreglos muy folk que no rompen la esencia rockera de la canción, y desarrollando en las letras las que serán sus obsesiones: la carretera, la huída, la gente perdida, la tristeza, la soledad compartida de los bares, la juventud destrozada por la frustrante madurez. Y su país, la crítica de la sociedad americana. Una de las canciones se titula Hot Dogs And Hamburgers, y dice:

Now everybody has got the choice
between hot dogs and hamburgers.
Evereyone of us got to choose
between right and wrong
and givin’ up or holdin’ on.

Es decir, que todo el mundo ha elegido entre perritos y hamburguesas; cada uno de nosotros ha de elegir entre lo correcto y lo equivocado, y rendirse o resistir.

Elegir entre perritos y hamburguesas, a eso se ha reducido la vida americana, dice el viejo y renegado Puma.

The Lonesome Jubilee contó con la impresionante colaboración de una casi desconocida Lisa Germano, que ejerció de multiinstrumentista: violín, acordeón, armónicas, metales… El talento de Germano da forma a las canciones y las ha convertido en clásicas. Clásicas en el mejor de los sentidos: tienen 23 años, pero suenan como si se hubieran compuesto ayer. Si American Fool es sonrojante para el público cultivado del siglo XXI, The Lonesome Jubilee podría ser un disco de americana de hoy en día, una colección de canciones que coquetea con las raíces folk de la música popular de Estados Unidos, que dialoga con la tradición, reescribiéndola para construir algo significativo y emocionante para un tipo urbano de hoy.

A partir de entonces, lo de Mellencamp ha sido una búsqueda con altibajos, con algunas horas negras en los 90, pero, por lo general, emocionante y liberadora. Se ha quedado como músico más o menos de culto, pero su parroquia es fiel e insobornable, y celebra que en cada nuevo disco se esfuerce por probar sus límites y enriquecer su lenguaje. Se esfuerza en cada trabajo por dar lo mejor de sí mismo, y aunque a veces falle, aunque a veces no cuajen sus ideas, su espíritu exploratorio siempre se agradece. El inconformismo, el querer ir siempre un paso más allá, la preocupación por no repetirse, por intentar siempre algo nuevo, son rasgos de un carácter extraordinario. Mellencamp es un tipo libre que nos hace sentir libres con lo que hace.

En el imaginario cultural americano, Mellencamp pone banda sonora a las vidas de cierta clase media sencilla, despreocupada y alegre. Bonachona, de izquierdas, bebedora de cerveza y probablemente blanca. Sin neurosis, gente que no podría protagonizar una de Woody Allen, pero sí una de Clint Eastwood, no sé si me explico.

Soy de los que piensan que al mundo le hacen falta más Mellencamps y le sobran Pérez-Revertes.

VOY A SER UNA ROCA FORESTAL

De niño, cuando Loquillo cantaba:

Uhu, uhu, uhuuuu, nenaaaaaaa. Voy a ser una rock and roll star.

Yo entendía (y cantaba a voz en grito):

Uhu, uhu, uhuuuu, nenaaaaaaa. Voy a ser una roca forestal.

¿Me planteé alguna vez el significado de la expresión roca forestal? No. ¿Me pregunté por qué Loquillo quería ser esa cosa? Tampoco. ¿Quién era yo, un simple mocoso que se inventaba que su padre pilotaba los helicópteros que sobrevolaban el cole y que hacía planes para cuando el sida extinguiese la raza humana y él fuera el único superviviente de la especie en un planeta de simios, para cuestionar los deseos de un tío de dos metros con tupé?

De mayor descubrí que otros habían escuchado también roca forestal.

Pues resulta que no estábamos equivocados. El tiempo nos ha dado la razón. Loquillo quería ser una rock and roll star, pero ha terminado siendo una roca forestal.

Todos los que en España han querido ser una rock and roll star se han quedado en rocas forestales. Y esa es la razón por la que el rock en España se ha quedado en una cosa subdesarrollada, manca y apopléjica.

El rock necesita estrellas. Qué digo estrellas: el rock necesita superestrellas. Sin ellas, se convierte en otra cosa, su cultura se marchita, se apolilla y se desintegra.

Decía Quico Alsedo hace unas semanas que el fútbol es el nuevo rock, en el sentido de que el primero ha acabado cumpliendo la función social que parecía tener asignado el segundo. Y algo de razón tiene. Lino Portela, plumilla musiquero de El País, hacía otra reflexión muy certera en el blog Muro de Sonido. Escribía, a propósito de Guns N’ Roses:

¿Realmente alguien cree de verdad que un chaval de 15 años quiere convertirse en un barbudo de Cuenca con gafas y una camiseta de cuadros con cara de amargado y cantando en inglés?

Quizá sí, pero convendrán ustedes en que los padres de ese chaval tienen motivos para preocuparse y para no tener hojas de afeitar, cuchillos de cocina ni hornillo a gas en casa.

Las estrellas de rock son cosa del pasado, como los buñuelos de viento o la costumbre de dar los buenos días al subir a un autobús. Murieron en Seattle, que es donde van a morir todos los sueños, y Axl Rose es uno de estos últimos astros cuya luz se apaga.

El proceso de desaparición de las estrellas rockeras está muy bien narrado en la, por lo demás bastante pobre y chusca, peli Rock Star. Al final, el prota, que ha ejercido de cantante de un megagrupazo de hiperdecibelios, se cansa de tanto pelo cardado, tanto maquillaje y tanta impostura: entra en un bareto de Seattle, coge un guitarrico y se pone a tocar música auténtica, sin afeites ni coreografías. Es lo que luego se llamó grunge: una vuelta a lo primigenio, a las raíces perdidas del rock.

Era un lavado de cara necesario (ejem, símil irónico: ya saben el dicho que dice que la vaca muge y el cerdo grunge). Hacía falta una catarsis radical para sacudirse todo el barroco ochentero y que la música emergiera de entre esa maraña de sintetizadores, casiotones y disfraces con lentejuelas. Pero, en el camino, se cargaron a las estrellas.

Como bien dice Charly García -única estrella del rock que ha dado el universo hispanohablante-, ser una superestrella es una responsabilidad bárbara. Exige todo de uno y no se puede defraudar a la clientela. A ver si se creen que es fácil estar montando escenitas todos los días, drogarse hasta con salfumán, diseminar hijos entre las grupies y exigir camerinos forrados de envoltorios de sugus y con un catering aliñado con sangre de cuervo virgen.

Charly García

Ser una superestrella es, obviamente, una cuestión de actitud. Hay que ser caprichoso, obsceno, infantil, gritón, maleducado, comprometido, irritante, gandul, hortera… Son muchas facetas, y hay que destacar en todas. Es un papel duro de interpretar, y no hay descansos ni medios tiempos.

Sólo los que saben llevarlo al límite logran marcar estilo y dejar huella. Con su ejemplo nos enseñan que el rock and roll es, básicamente, una cuestión de actitud. El punk lo entendió a la primera, y mandó al cuerno la música para reducir el rock a una mera cuestión de actitud y de puesta en escena. A un rito tribal.

El primero que lo intuyó -con la claridad de los genios intuitivos- fue Elvis cuando movió la pelvis. Visto desde la actualidad tendemos a obviar la clave transgresora de Elvis Presley: era un blanco que bailaba y cantaba como un negro. Era un blanco que decía cochinadas, que quería follarse a tu hija -y ante cuya danza de apareamiento tu hija respondía con una desenfadada y gimnástica apertura de piernas-. Encontró una forma de escandalizar, una forma de llegar al corazón de un chaval de 15 años.

Elvis, copiando los pasotes de los bluesmen y de los heroinámanos del rythm n’ blues se inventó el rollo. Los que vinieron después sólo tenían que inspirarse en sus enseñanzas.

Pero todo eso se acabó con Seattle. Kurt Cobain, que ejerció de antiestrella, se cargó el viejo mito. Ya no puede haber más estrellas del rock después del grunge.

Por eso, las que nos quedan, deberíamos mimarlas. Son animales en peligro de extinción, candorosos niños caprichosos de 60 años que siguen enterneciéndonos con sus pasotes y su cara dura. La UNESCO debería tomarlos bajo su protección. Cuando desaparezcan, el rock habrá muerto como cultura. Quedará como música, quedará como material de museo, pero ya nadie lo vivirá.

Y ahora vuelvo al rollo de España. Aquí no ha habido estrellas. A lo sumo, conatos. Lo de Bunbury no se puede tomar en serio como un estrellato en condiciones, y podría haberlo sido si se lo hubiera propuesto. Desde luego, ha sido el mejor situado, el candidato perfecto a juguete roto. Y, si bien ha maniobrado con cierta corrección en la faceta caprichosa, inmadura e infantiloide, le han faltado arrestos para asumir el salvajismo y el desfase. Se ha quedado en un agüilla insípida y calentorra.

Otro candidato más plausible sería Andrés Calamaro. Pero, si bien cuaja en actitud y talento, le falla la proyección. Es un tipo de culto, nunca ha sido un ídolo de quinceañeros, y llenar estadios es una condición inexcusable para acceder al estatus de rock star.

Ozzy Osbourne: cogió la rabia al arrancar de un mordisco la cabeza de una paloma. Eso es actitud, y lo demás, cuentos.

En España no ha habido un Ozzy Osbourne, ni un Alice Cooper, ni un Axl Rose, ni un Keith Richards, ni un Angus Young, ni un Bon Scott, ni unos hermanos Allman, ni una Janis.

En España, el intérprete que más cerca ha estado del mito de la rock star -y que lo hubiera encarnado de haber nacido treinta años más tarde- ha sido Antonio Machín. Y no lo digo de broma: una bacanal de Machín dejaba a la altura de un cumple de guardería la juerga más salvaje que hayan podido montar los de Pereza y Nacho Vegas en un after de El Puerto de Santa María.

Sin irnos tan atrás en el tiempo, Camarón encaja bastante bien en el estereotipo de rock and roll star, pero como está incardinado en una cultura y en una tradición musical ajenas por completo al rock, creo que no es lícito transcribir su andadura en clave rockera. Pero material para la leyenda hay. Desde luego, hay para componer un peliculón -digo un peliculón, no el biopic correctito que hicieron hace unos años con Óscar Jaenada matando la expresividad y el poderío del isleño-.

Esta ausencia podría ser un argumento contra quienes defienden que el estrellato rockero es puro marketing. En España no han faltado público ni industria musical. No será por falta de marketing o de inversión publicitaria o de radiofórmulas de audiencias masivas. Hasta que llegó internet, en España había un mercado poderoso. Pero ese mercado no ha sido capaz de generar una sola estrella. Lo que me lleva a sospechar que el marketing y el dinero no lo es todo: que hace falta una pasta especial para moldear una estrella, y que hay muy pocos individuos hechos de ese material.

Nuestros rockeros son currelas demasiado disciplinados. Algunos, talentosos; incluso con destellos de genio. Pero no tienen la actitud de estrella. Y los que han apuntado maneras carecían de un talento musical acorde a sus ínfulas.

Se han quedado en rocas forestales. Y con eso no se va a ningún sitio.

¿ES BUNBURY UNA SEÑORA?

Será cosa de la fotogenia, no digo yo que no. Hay cámaras y focos fatales para ciertas caras.

Bunbury siempre ha cultivado un marcado look andrógino que a sus fans les ha encantado. Quizá por el contraste: voz y paquete de macho, silueta estilizada de fémina. Jotero y bailarina clásica en un mismo ente.

Pero los años no pasan en balde, y de la misma forma que a Bibi Andersen le va asomando en la vejez el Manolo que lleva dentro, a Bunbury -a juzgar por lo que se ve aquí- parece que se le está descompensando la androginia por el lado femenino.

¿Enrique Bunbury se está convirtiendo en una señora mayor? Le faltan la bata de guatiné y los rulos, pero todo se andará.

Si finalmente acaba convirtiéndose en una espectadora de Amar en tiempos revueltos, su voz ya no contrastará con su figura otrora estilizada, pues esa garganta recia encaja perfectamente en esa portera ibérica que se enjuaga con cazalla y se desayuna dos solysombras.

Los poco rockeros jamones que cuelgan al fondo parecen confirmar las sospechas que barrunto aquí.

SUAVE, SUAVE, SU-SU-SUAVE

Vuelven Los Suaves. Casi na. No hacía ni dos días que se habían pirado y ya vuelven. Podrían haber esperado un poco más para crear algo de dramatismo, una puesta en escena bien medida… Pero la sutileza nunca ha sido lo suyo. La suavidad sólo la han ejercido en el nombre.

Mi archienemigo Óscar Senar se refirió a ellos en su última columna Ojos de Miope. No voy a entrar a valorar sus toscas alusiones a los heavies de pueblo y al uso folclórico de los pilones en las localidades pequeñas, pero he de reconocer que estuvo chispudico en el artículo.

Los Suaves son más de pueblo que el frontón y el guiñote. No hay fiestas patronales que se precien que no les tengan en cartel. En su defecto, no hay orquesta que no tenga Dolores se llamaba Lola en su repertorio (y, si no la tienen, se arriesgan a que no les dejen acabar la actuación y a que la noche concluya en el socorrido pilón).

Yo, como buen chaval de barrio greñudo y rockerón, era de Los Suaves. Hasta lucía merchandising del gato y todo. Luego crecí y me incomodaron mucho los ripios del Yosi y su impostada intensidad para tarugos, pero no hace mucho he vuelto a ellos. El péndulo de D’Ors, supongo.

Los Suaves son como los padres: les adoras al principio, te dan vergüenza ajena y propia cuando empiezas a olisquear el mundo exterior y, ya en la madurez, les comprendes y les quieres con un amor templado y cómplice, sin aspavientos, pero con intensidad. Hasta le acabas cogiendo cariño a sus tapetes y a su horror vacui decorativo.

He tenido que escuchar mucha música, hacer mucha gimnasia auditiva y andulear por los márgenes del rock para reconocer la grandeza simiesca y primitiva de Yosi y compañía (nota al margen: el verbo andulear se lo he descubierto a Cansinos Assens y, sin su permiso ni el de la RAE, me lo he apropiado: ¿no les parece genial?).

Los Suaves son energía rockera sin adulterar. No vi a Yosi en sus peores tiempos alcohólicos, cuando sus compañeros de grupo le mandaron a la mierda o a Alcóholicos Anónimos, pero no podían ser mucho peores que cuando los veía a mis 18 años: el cantante sacaba una botella de Jack Daniel’s, se bebía a morro la mitad de un solo trago y la tiraba al público, sin que nunca se produjera ninguna contusión cerebral, que yo sepa. Hacia el último tercio del concierto, Yosi ya no tenía voz, se tambaleaba de un lado al otro del escenario con una sonrisa imbécil y baboseante y delegaba en el público la ejecución de unas letras que parecía haber olvidado.

Y aun así, o precisamente por eso, molaban mogollón.

El Yosi, un sex symbol del rock patrio.

Esos pasotes del Yosi son lo más cercano que he visto en un grupo español de las orgías del rock que nos cuentan las crónicas de la contracultura.

Qué hígado el de ese hombre. Tiene que ser de acero inoxidable.

Quizá por genealogía celta -son gallegos- están directamente emparentados con los grupos working class anglosajones. Tienen la intensidad primitiva y reconcentrada de Thin Lizzy, las humoradas verderonas de AC/DC y la disciplina aporreante de Grand Funk Railroad, aunque, sin duda alguna, la banda a la que más se parecen es Thin Lizzy. Phil Lynott y el Yosi comparten esa pose de poetas proletarios, rudos como camioneros y a la vez frágiles como niños pequeños. Son juguetes rotos, pero no juguetes de niño bien, sino juguetes de golfo callejero: son unos tazos hechos migas o una canica mellada.

Aunque, la verdad, cuando Yosi se pone intenso, seudomoralista y pretendidamente celiniano (el tipo tiene la jeta de titular una canción literalmente Viajando al fin de la noche, hay que echarle huevos), me sigue sonrojando. Esas letras suenan a poesías cursis de quinceañera enamorada y no correspondida -pero cantadas o recitadas por una voz ronquísima de asaltador de caminos-. A mí me gustan las canciones que gustan en la verbena, las que hablan de beber, de follar y de rock en la plaza del pueblo.

Fíjense: he tenido que leer a Foucault y a Kafka, ver a Kieslowski y a Godard y escuchar a Mahler para descubrir que soy un tío simple que goza con canciones que dicen:

Al día siguiente lo tenía irritado,
ay, qué horror, estaba todo colorado.

O:

Es fin de semana y queremos acción.
La noche se estremece con el rock and roll.

Qué camino más largo para darme cuenta de que soy más simple que un botijo. Pero feliz, eso sí.

Ah, me olvidaba, el título de la entrada es por esto:

ROSAS Y COCAÍNA

Estoy escuchando mi último pequeño cuelgue musical, una moza canadiense llamada Carolyn Mark que hace ese country rock americano tan grato al oído (a mi rústico oído, al menos). Su último disco lo ha hecho a medias con un colega de Toronto llamado NQ Arbuckle, que tiene una voz levemente rasgada, como de rockero viejo de bar de carretera, y una de las que canta él, Too Sober To Sleep, empieza así:

God blessed those girls from Barcelona
Who smelled the roses and cocaine.
I hope they know their parents missed them,
So did the sunny shores of Spain.

Es decir, más o menos:

Dios bendiga a esas chicas de Barcelona
que olían/esnifaban rosas y cocaína.
Espero que sepan que sus padres las echaban de menos,
las soleadas costas de España también (las echaban de menos).

¿Dónde estarán esas chicas? En Barcelona, no, ya lo dice la canción. Quizás en Toronto, haciendo un postgrado en Filología Inuit. Y por Toronto andan desmelenadas dándole a las rosas y a la farlopa. Es muy tierno el paternalismo del rockero, que piensa en los padres de las criaturas. Esos mecánicos de la Renfe o esos prejubilados de la Seat que, en un piso mal iluminado del barrio de Sants, se meten en el Facebook de sus hijas y les preguntan si necesitan que les envíen más dinero por Western Union para pasar el mes. Si supieran que estas mocitas se están puliendo los ahorros familiares en rosas y cocaína…

¿Dónde han quedado los rockeros que, cuando ven a una chica de Barcelona en Toronto a las cuatro de la mañana puesta hasta las trancas de cocaína, en lo último que piensan es en sus padres? ¿Qué le está pasando al rock? ¿Están todos viejos chochos y cuando ven a una chica ya no ven una vagina a la que hay que tomar al asalto, sino a la hija que nunca tuvieron? Que se pare el mundo, que me bajo, que yo con unos rockeros así de tiernos no quiero saber nada.