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REPROCHE DEL COPAGO

Parece que acabaremos tragando con el copago sanitario, pero espero que ladremos un poco y que soltemos algún mordisco. Que nos impongan las cosas, pero que no esperen encima que les sonriamos agradecidos.

Este viernes, El País se ha descolgado con un artículo del economista que fue vicepresidente del Informe Abril —una evaluación del sistema sanitario español encargada por el gobierno de Felipe González cuyas recomendaciones no fueron aplicadas en su momento porque no se consideraron adecuadas—. El artículo se titula Elogio del copago, y va al grano, sin metáforas. Así que me gustaría analizarlo también yendo al grano (el texto completo se puede leer aquí).

Enrique Costas Lombardía da ocho argumentos a favor del copago, pero creo que la contundencia de su expresión no se corresponde con una contundencia argumental. Al menos, en algunos casos.

El primer punto: «El seguro de enfermedad, privado o público (Sistema Nacional de Salud), produce un efecto perverso característico, mezcla de despreocupación y abuso, denominado por los americanos moral hazard, riesgo moral». Esto se toma como axioma, pero en realidad no pasa de una proposición cuestionable. No sólo identifica sin ningún género de dudas el “efecto perverso característico” del seguro por enfermedad, sino que le atribuye la causa: el “riesgo moral”.

Pero yo me pregunto: ¿qué tiene esto de verdad empírica? No se aporta ningún dato estadístico o de cualquier otra índole que sustente la afirmación. Puede que existan, pero el autor no los ofrece, y sin datos que lo corroboren, esto no pasa de ser una suposición especulativa: uno supone que los seguros de enfermedad provocan esos efectos perversos. Yo también puedo suponer que la publicación de artículos firmados por vicepresidentes del Informe Abril genera el efecto perverso característico de incrementar la estulticia de los lectores de El País. Pero eso me lo supongo yo. Si no aporto datos que relacionen la incidencia de esos artículos con una merma de la capacidad cognitiva de los lectores y conecto ambos fenómenos mediante una relación causal indudable, mi suposición será una simple opinión o incluso un prejuicio borreguero, pero no un axioma ni una verdad constatable mediante el método científico.

Sin salir de este punto, se detalla que ese “efecto perverso” consiste en «un aumento de la demanda médica innecesaria, sin consecuencias beneficiosas en la salud». Pregunto de nuevo: ¿quién determina lo necesario o innecesario de la demanda médica? ¿Qué es una demanda médica innecesaria? ¿Quién establece los baremos de necesidad y cómo se calculan? ¿Hay datos sobre el porcentaje de demanda innecesaria con respecto a la necesaria? Si los hay, nos gustaría conocerlos, o al menos que nos indiquen las fuentes para consultarlos nosotros mismos y comprobar con qué metodología se han obtenido y hasta qué punto son pertinentes.

El punto dos es irrelevante y está contestado ya en el punto uno.

El argumento número tres dice: «El uso del copago es literalmente universal». Es decir: coma caca, cien mil millones de moscas no pueden estar equivocadas. O: como todo el mundo ve a Belén Esteban, proclamémosla emperatriz con plenos poderes. O, como me decían de niño: culo veo, culo quiero. En fin, qué poderoso argumento. Venga, el siguiente.

Lo copio entero: «El copago es muy eficaz. Decenas de rigurosos trabajos científicos evidencian la notable eficacia del copago. “La bibliografía es unánime en su conclusión: el copago produce una disminución del uso” (Rice y Morrison). Concretamente, el estudio más relevante, Health insurance experiment, financiado por EE UU y realizado por la Rand Corporation durante cinco años, de 1974 a 1979, con 17.000 personas por año en seis distintas zonas de ese país y que constituye ya una clásica referencia de autoridad, verificó que “todos los tipos de servicio (visitas al médico, hospitalizaciones, prescripciones, visitas al dentista, asistencia mental) descienden con el copago y que este menor uso de los servicios no ha tenido ninguna o muy escasas consecuencias adversas claras en la salud de la persona corriente, normal; incluso los días inactivos descendieron con el aumento del copago”.»

Nótese que decir que el copago es muy eficaz es no decir nada. ¿Eficaz para qué? Para evitar que la gente vaya al médico, nos dice luego. Pero yo no veo, así en frío, que eso tenga que redundar necesariamente en una mejora del sistema sanitario. Es más, me inquieta mucho la cita del estudio americano que dice que el copago no tuvo “ninguna o muy escasas consecuencias adversas claras en la salud de la persona corriente”. Glups, necesito un gato para tirar de todos los hilos de esta madeja. A ver: “ninguna o muy escasas” quiere decir que las hubo, aunque fueran pocas, pero la medida no fue inocua. Y el adjetivo “claras” indica una dificultad para identificar esas consecuencias. Es decir, que pudo haber algunas consecuencias turbias y difíciles de detectar, aunque no de intuir. Por otro lado, no sé a qué se refiere con lo de “persona corriente”. ¿A los aficionados al atletismo? Me encanta la jerga sociológica y economicista: en cuanto escarbas un poco en ella te das cuenta de que sólo es cháchara.

Y nos vamos al punto cinco, que se enuncia así: «El economista americano Victor Fuchs afirma que solo hay una vía para contener los gastos asistenciales». Pues nada, si lo dice Victor Fuchs, que el último apague las luces. Mi cuñado tiene una teoría muy interesante sobre la caña de lomo. Asegura que la única forma de evitar que se seque es tapándola con sebo de lagarto. Y no consiente réplicas. A mí se me ocurren muchas vías para contener los gastos asistenciales —y para evitar el secado de la caña de lomo—: negar la atención médica a los articulistas de El País, por ejemplo, o someter a la eutanasia a todos los mayores de 65 años, o pasarle la factura de la deuda sanitaria a Emilio Botín y obligarle a abonarla apuntándole con una bayoneta en el ombligo. Un poquito de imaginación, señor Fuchs.

Seis. Nos reconoce que los pobres salen perjudicados con el copago. Pero, vamos, esto se puede solucionar con una modulación de la renta, dice. O no, ¿qué más da? ¿No he dicho ya que son pobres? Pues si podemos apañarlo para que tengan asistencia médica, estupendo, y si no, asegura casi literalmente, que se jodan. Lo expresa con estas palabras, mucho más elegantes, pero que vienen a decir lo mismo: «El copago actúa como todos los medicamentos útiles: la actividad terapéutica va inevitablemente acompañada de efectos secundarios indeseables que obligan a tomar precauciones o administrarlos cuidadosamente, pero no por ello sería sensato desecharlos». Precioso. Me ha convencido.

Siete. Lanza una diatriba contra las listas de espera, pero en ningún momento, ni antes ni después del artículo, me ha explicado de qué manera va a contribuir el copago a eliminar esas listas. Yo no veo la relación y agradecería que me lo explicaran.

Ocho. Un colofón inane y protocolario que no merece análisis.

Me detendré un momento en el aspecto central, y es que la implantación del copago no incide en la salud de la población. Y eso me parece una afirmación aventurada. Pero no sólo eso: hay indicios que apuntan seriamente en la dirección contraria. Sí que está comprobado que las campañas de medicina preventiva han logrado una reducción de la incidencia de algunas enfermedades y han aumentado espectacularmente las tasas de curación en otras. El cáncer de mama, por ejemplo, sería endémico y una plaga mortal si la sanidad pública no ofreciera a todas las mujeres la posibilidad de someterse a revisiones ginecológicas periódicas en las que se detecta el tumor de forma muy temprana. Esto no sólo beneficia a la salud de la población en general —que, llámenme frívolo, es lo único que me parece verdaderamente importante— sino que supone un gran ahorro sanitario porque evita al sistema miles y miles de carísimos y largos tratamientos oncológicos que, además, serían inútiles en fases avanzadas de la enfermedad. Lo mismo puede decirse de las campañas de prevención de cardiopatías y otras muchas que se hacen desde los centros de atención primaria.

El copago sanitario —y esto ya son suposiciones, pero suposiciones razonadas, no prejuicios expresados con ánimo de axioma— inhibiría fundamentalmente las visitas en la atención primaria, que es donde se centran los esfuerzos de la medicina preventiva. Si mucha gente deja de acudir a sus revisiones por no poder o no querer abonar el coste de la consulta, no podrán ser diagnosticadas precozmente y probablemente sufrirán largas y graves enfermedades que costarán mucho más dinero al sistema que dos o tres visitas “innecesarias” al médico de cabecera.

Antes de hacer un elogio del copago yo preferiría hacer un elogio del razonamiento juicioso y amparado en datos. Lo demás es propaganda interesada travestida en supuesta ciencia social.

LA SANIDAD DE TODOS

Una tal Cristina Delgado, con quien no me une relación alguna y con quien jamás he tenido un hijo, publica hoy esta columna en las páginas de opinión de Heraldo de Aragón. Si esta les sabe a poco, que sepan que podrán encontrarla cada dos miércoles en esas mismas páginas (Nota al margen: está escaneada porque, como el resto de contenidos de la edición impresa, no se puede encontrar en la web).

REBOTA, REBOTA Y EN TU CULO EXPLOTA

Qué tranquilo me he quedado después del anuncio de que la OTAN va a poner en marcha un escudo antimisiles para los miembros europeos de la organización, y que España, con la base de Rota, va a participar a tutiplén.

Menos mal que se ha llegado a un acuerdo, porque en mi barrio estábamos hartitos de recibir ataques con misiles. Mi peluquero ya no encuentra compañía que le asegure el local, de tantos Tomahawk que han impactado contra su escaparate en el último año, y los servicios de limpieza municipales están asqueados de tener que rascar la acera para quitar los restos humanos cada vez que cae una lluvia de misiles inteligentes y convierten en tortilla a los abuelos que toman el sol en la plaza. El único comerciante que está contento con la situación es el dueño de la ortopedia, que se ha puesto las botas de vender piernas y sillas de ruedas para los muchos mutilados del barrio.

Es de agradecer que la OTAN atienda al fin una demanda básica de los ciudadanos europeos. No podía ser que todos los días nos bombardeasen con misiles y nadie diseñara un escudo en condiciones. Era una vergüenza que tuviéramos que fabricárnoslos nosotros mismos con contrachapado. Y en invierno, pase, pero caminar en verano con la plancha de metal sobre la cabeza cual doméstico escudo antimisiles era bastante latoso.

Además, según dice Zapatero, esto del escudo antimisiles también va a dar mucho trabajo y va a dejar muchas perras en Cádiz y alrededores. Que un montón de empresas se van a forrar contratando con los americanos, que son buenos pagadores y no racanean con la propina, y una caterva de mendrugos que no ha terminado la efepé va a encontrar un curro como los de antes de la crisis, para que vuelva a hipotecarse por triplicado y a comprarse un Audi, que hay que ayudar también a los de Audi, pobrecicos míos.

Lo que no ha contado Zapatero —se le habrá olvidado o no lo sabrá, porque digo yo que los periodistas, tan incisivos ellos, no habrán dejado de preguntárselo— es cuánto va a costar exactamente la cosa antimisiles esa. Porque no nos gustaría que le desequilibrara el balance y le aumentara el déficit, ahora que ha reformado la Consti para no rebasarlo. Aunque a lo mejor sólo está mal rebasarlo si es para comprar camas nuevas de hospital y construir colegios, pero si el dinero se gasta en los imprescindibles y muy beneficiosos escudos antimisiles, hay bula.

Por lo que sabemos, en Estados Unidos renunciaron hace unos años a montar un escudo parecido porque era muy pero que muy caro. Unos 20.000 millones de dólares o así, una cantidad que en España serviría para financiar dos veces la deuda del sector sanitario, y aún sobrarían unos eurillos para reformar un par de quirófanos viejunos y pagar las nóminas de unos cuantos doctores y enfermeros.

Pero no hagamos demagogia barata, no les agüemos la fiesta en vísperas del 12 de octubre. No vaya a ser que desfilen cabizbajos y sintiéndose derrochadores, cuando todos estamos encantados de financiar este sublime ejército que tan bien nos protege de nuestros procelosos enemigos y que también sabe rescatar gatitos que se quedan atrapados en los árboles y apagar fuegos forestales. ¿Para qué queremos médicos si nadie nos va a hacer daño, si los militares nos protegen contra todo mal? Necesitaríamos médicos si los misiles siguieran cayendo impunemente sobre nuestras calles, pero con ese escudo tan maravilloso ya no sufriremos más heridas de misil y no tendremos por qué visitar nunca más la consulta de un doctor. Más militares y menos matasanos, sí señor.

Qué tranquilo voy a dormir esta noche sabiendo que los misiles que apuntan a mi barrio van a rebotar en el escudo. Chinchaos, bárbaros enemigos de Occidente: rebota, rebota y en tu culo explota.

A ver cuándo construyen también un escudo antialienígenas, antichupacabras y antiCarmenMachi y ya nos protegen de todos nuestros insoportables terrores.

PD.- Que dice mi vecino que también quiere un escudo antimoros. Es muy majo, mi vecino.

PD2.- Que por lo visto sí que se sabe cuánto cuesta el escudo antimisiles: 100.000 millones de euros. A pagar entre todos los europeos, claro. No sé cuánto le tocará a España, pero seguro que es más que el coste de un menú del día.

PARTOS

Reconozco que no tenía opinión sobre el tema, pero cuando nos quedamos embarazados dejé salir a la madre que hay en mí y me leí un montón de cosas. Y como, desgraciadamente, vivimos en un mundo con una cantidad ingente de información muy accesible, me adentré en un universo lleno de interesantes polémicas. Ahora, sin ser médico ni matrona ni nada, creo estar en disposición de fundamentar mis convicciones sobre un tema, al parecer, pasional.

Titulaba ayer El Mundo: “Vuelve el debate sobre la seguridad de los partos en casa”.

Hay un movimiento de defensa del parto natural, en oposición al parto medicalizado. El movimiento tiende a expresar sus puntos de vista de modo taxativo y, hasta donde he sido capaz de atisbar, dejando pocos resquicios para el debate. Propugnan que los partos se produzcan en casa o, el menos, en un entorno no hospitalario, en una habitación relajada, en un lugar íntimo y feliz.

Sostienen, con razón, que el parto es un proceso fisiológico natural, y que la medicina ha establecido muchos protocolos innecesarios que incomodan y hasta humillan a la parturienta. Llegan a argüir que todo el paritorio está pensado para la comodidad del médico, forzando una postura antinatural en la mujer y llenando de tensión y frialdad lo que tendría que ser un momento hermoso y tierno.

Y tienen razón: todo el proceso, tal y como está planteado en los protocolos ginecológicos y hospitalarios, es profundamente antinatural, pero los partidarios del llamado parto natural utilizan esta verdad para formular un axioma falso: que todo lo natural es bueno o preferible a lo artificial.

Pues según qué y cómo.

¿Son mejores para vivir las cuevas que los edificios? ¿Es mejor la comida cruda que la cocinada? ¿Es mejor ir desnudo que vestido? ¿Es más bella la selva que el David de Miguel Ángel? ¿Es más armonioso el gruñido de los leones marinos que una sinfonía de Mahler?

Una vez, haciendo uno de esos típicos reportajes primaverales sobre alergias, le pregunté a un médico si era cierto que los programas de vacunación y el higienismo radical que practicamos con los niños eran responsables de la proliferación de nuevas alergias antes desconocidas en los adultos. Me respondió: “Es completamente cierto, hay una relación directa y demostrada. La cuestión es elegir qué preferimos, si reducir las alergias relajando la higiene y los programas de vacunación, o mantener una tasa de mortalidad infantil cercana a cero. Las dos cosas son incompatibles”.

Algo parecido pasa con el movimiento del parto natural. Siendo razonables muchas de las críticas que se hacen al sistema sanitario, hay un argumento demoledor a favor de seguir pariendo en los hospitales: la evolución de la tasa de mortalidad al nacer en los países desarrollados donde lo normal es parir en un centro sanitario.

Se podrá marear la perdiz todo lo que se quiera, pero los datos son estos. A principios del siglo XX la mortalidad infantil en España superaba el 120 por mil. A mediados, el 60 por mil, y todavía en 1980, cuando ya estaba generalizada la atención hospitalaria, pero sin los cuidados prenatales que hay ahora, superaba el 10 por mil. Actualmente, la tasa está en un 4 por mil, una de las más bajas del mundo, y la clave de este éxito está en la excelente atención hospitalaria que recibimos. Hoy en día, los ginecólogos y pediatras de un buen hospital son capaces de garantizar la supervivencia de un bebé prematuro de 28 semanas.

Me parece que no somos nada conscientes de esta maravilla. Esto era algo impensable hace tan solo veinte o veinticinco años, y directamente de ciencia-ficción para nuestros padres y abuelos.

Por eso no me cabe en la cabeza que, en nombre de un difuso culto a lo natural, se quiera desarmar uno de los mayores logros de la ciencia y del Estado del bienestar. Ya hay estudios que sugieren que la moda de parir en casa ha provocado un repunte de la mortalidad neonatal.

No necesitaban hacer ese estudio: las series históricas de la tasa de mortalidad infantil ya son bastante elocuentes.

Claro que el parto es un proceso fisiológico, y que tanto la madre como el niño están biológicamente preparados para afrontarlo. Si no hay ninguna complicación, todo suele salir bien sin que tenga que intervenir nadie.

Pero, en cuanto surge cualquier complicación, a diferencia de otros procesos fisiológicos, los riesgos son altísimos, tanto para el niño como para la madre. Uno de los dos tiene muchas posibilidades de diñarla si algo no sucede como debiera -y son muchas las cosas que pueden no suceder como debieran, por miles de causas distintas-, y en ese caso, lo sensato es que haya un equipo preparado, con instrumental adecuado y capacitado para actuar con rapidez. Y, desde mi punto de vista, el equipo médico tiene que estar cómodo: por supuesto que el paritorio tiene que diseñarse atendiendo a sus necesidades profesionales y no a la comodidad de la parturienta. Si mi vida depende de alguien, quiero que ese alguien esté cómodo, que haya dormido bien, que cobre un sueldo majo, que se sienta querido y valorado y que le masajeen la espaldita si se siente tenso.

Se pueden debatir muchos aspectos, las madres pueden exigir un ambiente más cálido y un trato más cariñoso, y los protocolos médicos se pueden relajar en aquellos aspectos no esenciales para la supervivencia de la madre y el niño -de hecho, eso ya se está haciendo en muchos servicios públicos de salud-, pero, en nombre de unas consideraciones como poco discutibles, no deberían jugar con su vida ni con la de su futuro hijo. Es una irresponsabilidad.

En definitiva, que el sistema sanitario no es nuestro enemigo. Si lo vemos así, contribuiremos a dinamitarlo (y ya está bastante tocado). ¿Tendrá que desaparecer para que nos demos cuenta de lo mucho que lo necesitamos?