Al final, la mayoría de los problemas intelectuales son de estética o de enfoque (que es una forma concreta de problema estético). La cuestión más compleja se vuelve evidente cuando alguien la mira desde el lado correcto o con las lentes adecuadas.

En 1610, Galileo Galilei descubrió los anillos de Saturno. Los vio a través de su telescopio, los dibujó y los describió. En 1612 volvió a mirarlos, orientando el telescopio hacia ellos, pero ya no estaban. Aquellas extrañas cosas habían desaparecido. Galileo murió sin entender por qué esos anillos se habían esfumado. Mucho tiempo después, los astrónomos lo explicaron: los anillos no habían desaparecido. Simplemente, se habían vuelto invisibles. En 1612, Saturno estaba perfectamente alineado con la Tierra y, por tanto, los anillos formaban un plano horizontal imposible de percibir por un telescopio. Para ver los anillos de Saturno, el planeta tiene que mostrar una de sus dos caras inclinadas.

La explicación era sencilla, pero Galileo no tenía los conocimientos necesarios para entender que su problema era de punto de vista. Es decir, que había visto bien, pero no era capaz de comprender lo que veía. Esto nos pasa a muchos constantemente: observamos bien, pero no tenemos capacidad para entender lo que vemos. Los soberbios y los lerdos echan mano del prejuicio o del escupitajo de taxista. Los demás, nos encogemos de hombros.

Por suerte, siempre hay mentes brillantes que nos enseñan a mirar mejor. Estas noches me tiene absorbido una de estas mentes, la de Hannah Arendt. No es una lectura muy veraniega, pero es fascinante.

Hablando en términos gnoseológicos, que diría alguien que ha provocado una tormenta en los comentarios de este blog estas últimas semanas, puede decirse que Arendt tenía unos huevos más grandes que el elefante que mató el rey. La tía fue por su cuenta, desatendiendo metodologías, escolásticas e historiografías, y escribió un libro verdaderamente libre e inclasificable, que no es ni filosofía, ni historia, ni filosofía de la historia, con aproximaciones y planteamientos inadmisibles para los cánones de la academia. Uno de esos pocos ensayos que sólo admiten una etiqueta: pensamiento.

En 1951, ella solita y con las ruinas del Berlín nazi aún humeantes, se propuso discernir ni más ni menos que los orígenes del totalitarismo. Y, por el camino, les dijo a todas las doctas cabezas que ya habían asentado una doctrina al respecto que estaban equivocadísimas. Les gritó: eh, tíos, estáis mirando para el lado que no es. No veis los anillos de Saturno, pero los anillos están ahí. Yo os voy a regular el telescopio para que los veáis, panda de mangurrianes miopes.

No voy a resumir el pensamiento de Arendt, que tiene muchas capas y es demasiado sutil para este modesto y zafio rincón blogosférico, pero, simplificando hasta más allá del insulto, se puede condensar en esta fórmula: antisemitismo + imperialismo = totalitarismo. Cada una de las partes de esta ecuación corresponde a las tres partes de Los orígenes del totalitarismo.

La audacia que más se le reconoció en su día a esta muy audaz mujer fue que se atrevió a colocar el antisemitismo en el centro mismo de la génesis del nazismo. Hasta entonces, la postura más o menos oficial —la del análisis marxista hegemónico— era que tanto el antisemitismo como el Holocausto eran accidentales, pero no esenciales en el fenómeno nazi. El nazismo, como expresión brutal del imperialismo capitalista, sólo usaba a los judíos como elemento de propaganda y porque le servían para canalizar la violencia, pero, en realidad, los judíos eran simples cabezas de turco. Fueron ellos como podría haber sido cualquier otro grupo social o racial. Simplemente, les tocó la china. La persecución a gitanos, homosexuales y enemigos políticos parecía confirmar esta hipótesis de la víctima propiciatoria. Pero a Arendt no le convencía.

Ni de coña, se dijo. ¿Por qué tenemos que dudar de Hitler? Si Hitler decía que el centro de su acción política era el exterminio de los judíos de Alemania y de Europa, ¿qué razón hay para no creer sus palabras? Porque, de hecho, si no cumplió su programa de exterminio fue porque le faltó tiempo. Si la guerra hubiera durado uno o dos años más, lo habría conseguido sin duda. ¿Por qué iba a poner en marcha unos mataderos industriales tan sofisticados si sólo quería utilizar el antisemitismo que ya existía en Alemania en su propio beneficio?

Arendt estaba convencida de que el antisemitismo es un elemento fundamental del nazismo, que no se explica sin él. Los judíos no son víctimas propiciatorias, no podrían haber sido sustituidos por otro grupo o etnia o nación. Sólo el odio a los judíos podía sentar las bases para un estado totalitario. Y dedica muchísimas páginas a intentar demostrar que el antisemitismo no era una forma más de racismo, sino algo diferente y mucho más perverso.

Pero lo que a mí más me seduce y me interesa no es la tesis en sí misma, sino cómo la demuestra, cómo nos fuerza a mirar donde ningún historiador, ni filósofo, ni sociólogo, ni periodista, ni perrito ladrador había mirado antes: en la literatura.

Arendt está convencida de que la semilla del nazismo se plantó en Francia y germinó en Alemania, y busca ese germen en la elegante y corrupta sociedad parisina de finales del siglo XIX, la del affaire Dreyfus. Y donde más clara y convincentemente se demuestra cómo la cuestión judía va a engendrar algo de una monstruosidad nunca vista es en el sitio más insospechado de todos: una novela. Es más: una novela solipsista y con las más altas pretensiones de belle lettre. No es un retrato realista ni una reconstrucción histórica. Ni Balzac, ni Zola, ni Hugo, con su prepotencia moralista, atisbaron siquiera una levísima porción de verdad. La novela que Arendt estudia la escribió un alma delicada y solitaria, afectada y cohibida, tímida y algo nihilista, sin preocupación alguna por los sucesos mundanos de su tiempo: En busca del tiempo perdido, del refinadísimo y aristocratizante Marcel Proust.

Hace falta mucha sensibilidad y mucha audacia para buscar no en el tiempo perdido, sino allí donde los historiadores seriotes nunca mirarían. ¿A quién se le podía ocurrir relacionar una novela pomposa y exasperantemente literaria con el Holocausto? Ellos vaciarían hemerotecas, archivos ministeriales y estadillos estadísticos y económicos. Por eso eran incapaces de ver lo que resulta evidente para un alma heterodoxa. No apreciaban los anillos de Saturno, pero Arendt sabía que los anillos estaban, que sólo había que colocar el telescopio en el ángulo adecuado o esperar a que la Tierra se alinease correctamente.

Esta cita de Los orígenes del totalitarismo debería enmarcarse y colgarse en todas las facultades de humanidades y ciencias sociales del mundo (pág. 168 de la edición española de Alianza):

Los factores sociales, que no son tenidos en cuenta en la historia política o en la económica, ocultos bajo la superficie de los acontecimientos, jamás percibidos por el historiador y registrados sólo por la fuerza más penetrante y apasionada de poetas y novelistas (hombres a quienes la sociedad había impulsado a la desesperada soledad y al aislamiento de la apologia pro vita sua), cambiaron el curso que el simple antisemitismo político habría seguido si hubiese quedado abandonado a sí mismo.

La negrita es mía.

Esto quiere decir que, si alguien quiere ver de verdad los anillos de Saturno del mundo actual, pierde el tiempo leyendo los periódicos y a los analistas à la mode. Quizá, lo que deberíamos hacer es buscar entre los autores que escriben libros aparentemente banales, solipsistas y herméticos. Quizá, ahora mismo hay un Marcel Proust del siglo XXI escribiendo con rabia y dolor una historia que, en apariencia, nada tiene que ver con los titulares de la prensa, pero que hace una foto diáfana de esos anillos de Saturno que nadie es capaz de ver.

No hay nada más universal que lo individual. No hay nada que interese más a un ser humano que otro ser humano. Si tenemos estas dos premisas claras, los anillos de Saturno nunca se borrarán de nuestro telescopio.