Estos días en que andamos a vueltas con el fin de ETA y que si Sortu y que si patatín y que si patatán, me vienen a la cabeza las lecciones de los conversos y de los arrepentidos.

No entiendo cómo es posible que los mismos que no transigen con un final que no incluya la desaparición absoluta e irrecuperable de todo lo que tenga que ver con la izquierda abertzale sientan una admiración tan grande por antiguos poli-milis y por etarras de primera hora pasados luego al otro lado (pasados antes de que fuera demasiado tarde para pasarse, claro).

No daré nombres, porque creo que todos podemos citar unos cuantos.

No les niego —faltaría más— el derecho a evolucionar políticamente y a elegir su forma de militancia y de expresión ideológica. Tampoco tengo que hacer ningún reproche a quienes les aceptan en sus filas. Lo que me sorprende es el ascendiente moral que ejercen, la superioridad desde la que hablan y lo tajante y firme de sus juicios, que no admiten a tibios.

¿De dónde procede su auctoritas? ¿De haberse caído del caballo en el momento oportuno?

Yo sí que soy consciente de mi superioridad moral sobre ellos, aunque no la ejerzo. Y mi superioridad se justifica en el hecho de que yo nunca, jamás de los jamases, he pertenecido a un grupo armado, nunca he usado la violencia, no he tenido un arma en mis manos ni he facilitado que otros la tuvieran. ¿Por qué iba yo a recibir lecciones de pacifismo de un converso?

Como en tantas otras cosas, echo de menos un poco de modestia, de humildad y de honradez. Creo que en la res publica cabemos todos, pero no soporto que los Saulos de Tarso gocen de un prestigio moral absolutamente injustificado y que se permitan despreciar a quienes, pudiendo cambiar de opinión y desplazarnos ideológicamente todo lo que queramos, nunca estuvimos al otro lado del cañón de la pistola.