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NO SE ME PIERDAN

Últimamente me topo con mucha tontunez a propósito de Perdidos. Tengo en mi mesa del periódico un libro titulado, con dos testículos, La filosofía de Perdidos. No sé si en la misma colección hay otro título sobre La filosofía del paté de olivas negras. El ABCD, que pasa por ser —y así lo pienso— el mejor suplemento cultural de la prensa española, y quizás el único que merece tal consideración, le dedicó una portada a la serie cuando se estrenó la nueva temporada.

Vamos, que hay una parte de la so called intelectualidad que está que no defeca con el paradigma (sic) que inauguran los náufragos aéreos.

Pos bueno, pos fale, pos malegro.

En el otro lado están los odiadores de Perdidos. Aquellos que no paran de gritarnos, desde su letraherida atalaya: “¡Arrepentíos, no escuchéis al falso profeta de Perdidos! ¡Bajo ese disfraz de serie cool y pretenciosa sólo hay vacío, marketing, filfa, gaseosa esbafada!”.

Pos bueno, pos fale, pos malegro.

El problema que tiene Perdidos es que no se ve con la actitud adecuada. El discurso intelectualoide que han alimentado algunos —y los propios creadores de la cosa, claro— ha cegado a alguna gente por lo general bastante lúcida y avispada.

Perdidos no puede decepcionar porque nunca prometió nada. Es una serie para ser deglutida, no paladeada.

Para que la experiencia no sea dolorosa —e incluso para que aporte cierto placer— hay que disfrutarla de la misma forma que uno se comería un whoper o que ligaría con una choni en Pachá a las cinco de la madrugada. Es decir: sin ninguna expectativa. Si te zampas un whoper pensando que estás ante un plato de tres estrellas Michelin o te metes en la cama con una perra arrabalera con piercings en las glándulas suprarrenales pensando que has encontrado un amor como el de Tristán e Isolda, la has cagado.

Con Perdidos pasa lo mismo: que no es Ingmar Bergman, cojones, que es puro y simple entretenimiento, relleno audiovisual con pornografía californiana de baja intensidad. Un chicle para engañar el hambre.

Y eso —oh, intensos del mundo— no es malo. No hay que sentirse culpable por atiborrarse de comida basura de cuando en cuando o por follar con una analfabeta poligonera con sociopatías diagnosticadas y dos tetas de silicona operadas en una clínica low cost con un crédito de Cofidis. Que en la vida no todo va a ser Brahms y trajes de raya diplomática.

Yo me trago Perdidos con gusto y sin hacerme preguntas. ¿Que ahora sale un humo negro con puños? Pos bueno. ¿Que resulta que se han inventado un templo con un samurai que habla combinando sílabas al azar? Pos fale. ¿Que pretenden hacerme creer que Hugo, con sus 700 kilos de peso, es capaz de andar cuatro horas por la selva con medio botellín de agua y dos galletas rancias? Pos malegro.

Don’t ask, just look.

A esto me refiero con el porno de baja intensidad.

Es una mezcolanza absurda de géneros, como una canción de Macaco, pero sin ser irritante: aventuras, ciencia-ficción, terror, superhéroes, la ya citada pornografía californiana… Todo a mogollón y sin solución de continuidad, con unos actores francamente malos que, por exigencias de guión, sólo saben poner cara de susto. Cada capítulo dura 45 minutos, la ración adecuada. Si durara más, sería insoportable: justo cuando la trama empieza a hacer aguas, cierran con la previsible sorpresa (noten la tentativa de oxímoron), y a otra cosa.

Como no exige esfuerzo intelectual ninguno, cuando termina el episodio pueden volver a sus lecturas (o relecturas, no quisiera ofenderles) de Jean-Paul Sartre.

FRESÁN, EN DE REOJO

Queridas/os:

He escrito una cosita sobre El fondo del cielo, la última novela de Rodrigo Fresán, en el blog De Reojo. Tendrá una segunda parte mañana.

Y mañana viernes también sale publicada una cosita mía -tema de portada en el suplemento MVT de Heraldo- sobre literatura y televisión. Lo linkaré, por si están vagos y no les apetece bajar al kiosco o viven en un lugar distante de esta comunidad autónoma o de la Puerta del Sol y no pueden comprar el centenario diario que me paga. Aunque aquellos que hagan el esfuerzo de leerlo en papel encontrarán más material que no estará en la red. Allá ustedes si pueden vivir sin ello.

GERMEN, INSPIRACIÓN, PLAGIO

Intertextualidad, en cualquier caso.

Esta semana he empezado a ver Scrubs, una sit-com hospitalaria que creo que en España sólo se ha podido ver en el Plus. Mi hermano me regaló la primera temporada -después de hacer proselitismo durante un par de años o así- y, la verdad, no sé por qué no me llamó la atención antes (nota al margen: tengo que hacer más caso de las recomendaciones de mi hermano). Es muy divertida. En su trama y su estructura, no deja de ser una sit-com clásica a más no poder, pero está rodada con mucha gracia, con mucho frenesí, con mucha exageración y poco realismo, con un aire bufo muy logrado y muy original. Además, los personajes están muy bien: el prota es un neurótico inseguro que no para de meter la pata y su partenaire es, directamente, y según propia definición, una nerd. Esto es, la antiheroína.

Pero yo sólo quería hablar del doctor Cox, jefe del prota, médico veterano y pasadísimo de rosca, muy histriónico -tanto el actor como el personaje- y con mucha mala baba. Cínico, gusta de humillar a sus subordinados, siempre tiene una frase ingeniosa y/o hiriente en la lengua, habla con frenesí, es genial, creativo, no soporta al director médico -a quien hace la puñeta siempre que puede- y se salta los protocolos médicos con alegría provocadora y rebelde.

¿Les suena de algo?

Sí, es House.

Pero un House anterior a House. Scrubs empezó a emitirse en 2001, y House es de 2004.

Me da a mí que el doctor House no es más que una versión contenida, dramática y detectivesca del aceleradísimo doctor Cox.

Habrá quien hable de germen, de inspiración, de referentes. Yo creo que se trata de una simple copia. Scrubs era ya una serie de éxito cuando se empezó a plantear House: es evidente que sus creadores la conocían.

Claro que House es otro rollo. Y Hugh Laurie es un actor infinitamente mejor dotado que el John McGinley que encarna a Cox (que, para su papel desquiciado, no está nada mal: para ir pasado de vueltas sin resultar cargante hace falta mucho talento). Hay suficientes rasgos diferenciales entre un médico y otro como para que no se sostenga una demanda por plagio, pero vamos, que bastan cinco minutos para darse cuenta.

LA IMPORTANCIA DE LAS MANOS

En la tercera temporada de Mad Men he asistido a un momento de una pureza dramática digna de Hitchcock. De hecho, yo creo que está directamente inspirado por la dramaturgia de Hitchcock.

No desmenuzaré nada, solo contaré lo esencial para que se entienda su grandeza. Don Draper, el despiadado y genial publicista que protagoniza la serie, tiene un secreto enorme, de una enormidad enormísima. Una enormidad que no impide que quepa en el cajón del escritorio, donde lo guarda bajo llave. Lo sabemos desde la primera temporada: sabemos que Don Draper no es Don Draper. Estuvo a punto de ser descubierto, ha sufrido mucho, pero en esta tercera temporada todos los peligros parecían superados, y la trama corría hacia otros campos, lejos de ese nudo aparentemente ya desecho.

Pero, en uno de esos “giros inesperados” que todo buen narrador sabe dar, la mujer de Don, Betty, lo ha descubierto. Ha encontrado por casualidad las llaves de ese cajón, lo ha abierto y se ha enterado de todo.

Un tío así no pierde los nervios fácilmente.

Betty es fría, es un grandísimo personaje. Aparentemente frágil y desnortado, pero con una determinación furibunda. Solo con ella logra mantenerse a flote en la inmensa soledad en la que vive. Con esa determinación, le planta cara al impostor. No monta una escena, solo pone las cartas boca arriba. Le encara y se limita a decirle que lo sabe, esperando no creerse ni una sola de las mentiras que Don le contará para cubrir o purgar su gran mentira. Está convencida de que huirá o saldrá por la tangente, que urdirá una estrategia para librarse de su mirada acusadora, que su plante probablemente le costará no verle nunca más. Pero no se arredra, está dispuesta a asumir lo que sea.

-Puedo explicarlo -dice tópicamente Don.

-Lo sé -responde fríamente Betty-. Es tu oficio, eres un maestro explicando cosas, seguro que sabrás encajar las piezas para hacer algo convincente.

Pero Don no hace nada. Va a la cocina y saca el paquete de tabaco. Al extraer un cigarrillo, este se cae al suelo. Las manos le tiemblan y no ha atinado a cogerlo. Es el único signo visible del derrumbe. Fugaz, es un temblor mínimo. Acto seguido, un contraplano nos muestra la cara de Betty. Un segundo escaso: le ha cambiado el gesto al ver caer el cigarrillo. Ese segundo nos basta para saber que Betty ha cedido y ha perdonado a Don. Aun sin saber la razón de la mentira. Ha visto algo que no esperaba: de todas las respuestas posibles, no sospechó que su marido fuera a desmadejarse, que el personaje del triunfador Don Draper se fuera a romper tan estrepitosamente para dejar desnudo e indefenso a un hombre en una vía muerta, sin posibilidad de ir hacia adelante ni hacia atrás. Paralizado.

Betty: parece inofensiva, pero no le toques los ovarios.

Esa escena es puro Hitchcock. Si hay un director que ha sabido de la importancia de las manos y de lo que tocamos y cogemos con ellas, ese ha sido Alfred Hitchcock. Hasta tal punto que la fuerza y casi la esencia de su cine está hecha de objetos que cambian de manos, que son manipulados, escondidos, anhelados, hurtados.

Uno de los fallos técnicos más comunes de los juntaletras que empiezan a emborronar ficciones es que los personajes que componen sobreutilizan groseramente sus manos: les hacen fumar, limpiarse el sudor, metérselas en el bolsillo, agarrarse a un vagón de tren que se escapa y acariciar una teta todo al mismo tiempo. Para indicar intensidad, describen a individuos que lo manosean todo frenéticamente, sin darse cuenta de lo inverosímil de la descripción. Hay que elegir bien los movimientos que un personaje hace con sus manos, los objetos que coge y cómo los coge, las partes del cuerpo que acaricia y cómo las acaricia. Hay que ser contenido para imprimir significado a los gestos de las manos y a su relación con los objetos. Solo así se pueden alcanzar momentos tan brillantes como esa secuencia de Mad Men.

MIS SOLDADOS EN LA TELE

No pude hacerlo en su momento, pero ya está en Youtube mi intervención en el magacín de Aragón Televisión La vida sigue igual (prime time de los lunes, uno de los programas que más gustan a los jóvenes de más de 60 años). Fui a rajar de mi libro Soldados en el jardín de la paz. Me acompañaron en plató Pablo Bieger, Juan Kurtz y Anneliese Wingenbach. Fue el 16 de noviembre pasado. Creo que quedó molón. Lo pongo a cachitos de tres o cuatro minutos cada uno.

JOAN MONLEON: A GUANYAR DINERS!

Me entero de que ha muerto Joan Monleon. Si no has vivido en Valencia a finales de los 80 y comienzos de los 90, lo más sano y natural es que no tengas ni idea de quién fue Joan Monleon. Pero a los que éramos púberes entonces y nos bronceábamos las pantorrillas en la orilla del Mediterráneo nos viene a la cabeza su grito de guerra:

“Ha guanyat cinc mil pessetes!”

Joan Monleon fue la superstar de los primeros tiempos de Canal 9, la tele autonómica valenciana. Presentaba un programa casposo, chabacano, amojamado, embrutecedor y absolutamente lamentable que causaba sensación entre las doñas Amparo y los Vicentets de aquella Valencia premoderna, prepepera y precalatravesca en la que áun podían verse jirones de novelas de Blasco Ibáñez en los patios de vecinos. Era -y lo digo sin acritud ni ironía, lo prometo- un fabuloso, maravilloso e insuperable esperpento ibérico, un laboratorio de costumbrismo cañí a lo bestia.

El programa se llamaba, como no podía ser de otra forma, El show de Joan Monleon, y en cada entrega participaban los bonachones habitantes de un pueblo levantino que, si respondían con gracia y salero a las picantonas preguntas e insinuaciones de Monleon, se llevaban un pequeño premio que solía ser de 5.000 pesetas. Cuando la doña Amparo de turno acertaba la respuesta, Monleon se sacaba del bolsillo de la americana rosa un billete de esa cantidad y, refrotándoselo por la cara a la mujer, gritaba su legendario: “Ha guanyat cinc mil pessetes!”. Y doña Amparo se meaba en las bragas del gusto, entre las risotadas de sus convecinos en la grada.

También había una ruleta de premios que era, lógicamente, una paella gigante, y en torno a la oronda figura de Monleon desfilaban las monleonetes, precursoras de las Mamma Ciccio de Berlusconi.

En el patio del colegio, los chavales jugábamos al show de Joan Monleon y nos gritábamos “ha guanyat cinc mil pessetes!”, mientras nos intercambiábamos cartones en vez de billetes. El tipo causaba verdadero furor. No se me ocurre un personaje tan localista y tan rematadamente popular al mismo tiempo en otro lugar de España.

Por supuesto, cuando se rodaba una peli en el País Valenciano, alguien se las arreglaba para colocarle un papelito a Monleon. Apareció en Moros y cristianos, de Berlanga, quizá su mayor incursión en el cine de calidad, pero su carrera como actor se movió siempre en las series que van después de la B. Su cumbre es, a mi entender, El virgo de Visanteta, una astracanada de Vicente Escrivá con Pepe Sancho y Antonio Ferrandis (en el papel del Tío Collons) que forma parte de un subgénero dramático muy valenciano, muy nudista y muy guarro que, desgraciadamente, desapareció al generalizarse la alfabetización de la población. Una lástima.

Joan Monleon, con sus aires de mariquita gorda, sus aspavientos, sus chistes verdes de vedette vieja del Paralelo y su capacidad para enamorar a las amas de casa, tenía todos los boletos para convertirse en el showman ibérico por excelencia. Y eso, en una televisión dominada por presentadores alla maniera de Constantino Romero: viriles, baritónicos, formales y con pinta de querer mucho a sus suegras -es decir, en una época en la que los presentadores reflejaban la imagen que los espectadores creían tener de si mismos, en versión endomingada y formal-. Que un extravagante gritón y populachero, cuyo lugar natural era el club de variedades o la verbena del pueblo, saliera en prime time era todo un acontecimiento.

Joan Monleon, la máxima expresión del espectáculo ibérico o mediterráneo, porque si Fellini le hubiera conocido no le habría dejado escapar. Me resulta inexplicable que, con los atributos naturales de Joan Monleon, Bigas Luna no lo convirtiera en su fetiche. Ha muerto como personaje de culto, de popularidad eminentemente local, pero estoy convencido de que los jóvenes modernos de peinados raros no tardarán en rescatarle. Al tiempo.

Descansa en pau, Monleon. Les monleonetes faràn una darrera coreografia amb botijos per la teua memòria.

MÉTETE CON LOS DE TU TAMAÑO

El Follonero se ha ido a Marruecos en el último programa de Salvados y se ha entrevistado con el que llaman el Buenafuente marroquí, Said Naciri, un humorista que desconozco absolutamente, pero que debe de ser muy popular y querido entre el público de Marruecos. Siento no tener el link de You Tube, pero acaban de emitirlo y ni los frikis de internet son tan rápidos.

El Follonero le tiende una celada a Naciri en toda regla. Arranca la entrevista hablando del humor marroquí, de qué se ríen los marroquíes, que si el Madrid y el Barça, que si patatín, que si patatán… Y cuando Naciri está relajado y soltando unas cuantas ocurrencias simpáticas, el Follonero le empieza a preguntar por la monarquía y por la censura a la prensa en Marruecos.

Said Naciri

Naciri se pone nervioso, pero responde con educación lanzando balones fuera. Como el Follonero insiste -ve que tiene a su presa acorralada-, se pone muy nervioso y pide que le dejen de hacer esas preguntas y aclara que a él le habían dicho que la entrevista era para hablar de cuestiones culturales y artísticas, que de política no iba a decir ni mu. El Follonero se disculpa y, acto seguido, le pregunta por Aminatu Haidar. Naciri palidece, se pueden escuchar sus intestinos contrayéndose en el momento previo a la defecación. Está a punto de levantarse e irse.

Yo he asistido a esta sesión de matonismo con forma de entrevista con tristeza. Por mi profesión (y por la forma anticuada y creo que educada que tengo de ejercerla), llevo demasiado tiempo sufriendo en silencio a los gallitos que, armados con una alcachofa y una cámara, ejercen de enfants terribles a costa de personas indefensas que pasaban por allí.

Desde mi punto de vista, la actuación del Follonero no es una provocación ácida, sino una muestra de pura y simple grosería marrullera. ¿Qué tiene de divertido poner en un compromiso a un humorista marroquí? ¿Acaso no sabe el Follonero lo que les pasa en Marruecos a los que critican al rey u opinan sobre la cuestión del Sáhara? ¿Qué coño pretende demostrar Jordi Évole? ¿Que Said Naciri es un cobarde porque le acojona la idea de que la policía le rompa las costillas y la cara cuando se emitan las imágenes? ¿Évole actuaría de otra forma si estuviera en el lugar de Naciri?

Naciri, en una viñeta que no entiendo. ¿Alguien la puede traducir?

El sólo hecho de poner en ese brete a una persona que ha accedido a concederte una entrevista (y que es un artista, no un político ni un personaje al que haya que poner contra las cuerdas) es terriblemente maleducado, pero la grosería se multiplica por cuatro cuando, en contra de la petición expresa del entrevistado, que pide un off the record sin ambigüedades, se emiten las partes en las que el hombre se excusa y pide por favor que no sigan las preguntas por ese terreno.

Un par de secuencias antes, el Follonero camina por las calles de Tánger con Jorge Vestringe. En una plaza, un policía les para, les pregunta de qué medio son y les reclama que les enseñen el permiso para grabar en la calle. Al Follonero se le pasan las ganas de bromear y un redactor le da el papelito que pide sin rechistar. El madero lo examina con cara de perro, con profesionalidad de madero marroquí. Jordi Évole sólo se atreve a hacer un chiste cuando el policía se ha alejado bastante y no puede escucharle.

Sin embargo, del señor Said Naciri sí que se chotea en la cara. Por lo visto, el Follonero sólo follonea con la gente que no va vestida de uniforme.

Si Jordi Évole quería follonear en Marruecos, lo mínimo que habría que exigirle es que se colocara él mismo a tiro y que no utilizara a ciudadanos  indefensos como escudos humanos. Las preguntas que le hizo a Nadiri se las podría haber planteado al policía que le paró en la calle, o al ministro del Interior, o a Mohamed VI. Como se decía en el patio del colegio: métete con los de tu tamaño, colega.

El resto del programa me ha parecido chabacano, vulgar y paleto (“da bastante yuyu esto, ¿no?”, dijo cuando el muecín de una mezquita cercana llamó a la oración, un comentario que ilustra los vastísimos conocimientos que Évole y los guionistas de Salvados tienen del mundo musulmán), especialmente porque toda la gente con la que se encontraba era sumamente amable y atenta -la proverbial hospitalidad marroquí-, y él los trataba con condescendencia y desdén eurocéntricos.

Pero con la chabacanería, la vulgaridad y el paletismo estoy acostumbrado a convivir. Lo que no aguanto de ninguna manera es que pase por provocación supercool y megaatrevida lo que no es más que una muestra de prepotencia y de mala educación. Una grosería que, además, puede traer consecuencias muy desagradables para su víctima.

El espíritu de aquel viejo y magistral Caiga quien caiga ha caído muy bajo, y me jode que algunos maleducados profesionales se proclamen herederos de un modelo que sí tenía muy claro a quién había que ridiculizar. Y me extraña que estas cosas pasen además en un producto de la factoría El Terrat, que hace bandera del buenrollismo y del humor blanco. El Buenafuente español le ha hecho una buena putada al Buenafuente marroquí. Con amigos como ese al otro lado del estrecho, no se necesitan patrulleras de la Guardia Civil en Tarifa.

FRANKA POTENTE

Con ese nombre, Franka Potente, el orientador profesional que fue a visitarla en el insti, fue claro y directo. Con el test psicotécnico en la mano, le dijo:

-Tienes un futuro prometedor en la industria pornográfica.

Sí, podría haber seguido los pasos de otras porn stars latinas, como Elsa Pataki o Paz Vega, pero ella decidió que lo suyo era el cine de vanguardia. Una alemana moderna no puede pensar otra cosa. Además, le habían dicho que tenía el culo demasiado gordo para los estándares californianos del porno que se llevaba entonces.

Yo la descubrí, imagino que como todo el mundo, viendo cine moderno alemán. Ya estaba iniciado en su lenguaje: después de tragarme dos temporadas de Rex, un policía diferente (que, en rigor, además de diferente, es austríaco) y casi un capítulo entero de Alerta Cobra, una serie con trepidantes persecuciones en las autopistas (Autobahns) de Baviera, estaba listo para pasar al siguiente nivel y adentrarme en los lisérgicos y postindustriales parajes del arte fílmico alemán.

Me dispuse a ver Run, Lola, Run. Iba espoleado por las elogiosas críticas que había leído sobre ella. A saber:

Una película imprescindible, que en cualquier momento de su vida, todo el mundo debería ver.

La película funciona con la misma intensidad tanto a nivel de imágenes y música como de ideas. Amor, tiempo, providencia, destino, libertad… son conceptos que Tykwer desarrolla con fuerza, fustigando el egoísmo y la hipocresía de algunos padres.

Bienvenida sea Lola (muy bien interpretada por la joven Franka Potente), con su estética arriesgada y su interesante y bien hilada trama.

Un film que pone en imágenes la teoría del caos y que se puede considerar la primera película interactiva del cine alemán.

Guau -pensé-, espero que mis aborregadas, provincianas y rácanamente estimuladas neuronas no se fundan ante tal chute de modernidad. Escuché un poco de Kraftwerk para ponerme a tono antes de la peli y le di al play.

Bien.

Muy bien.

La peli se titula Corre, Lola, corre.

Correcto título, se adapta bastante bien al contenido.

Básicamente, Lola corre.

Corre para salvar la vida de su chico (que, bien mirada, tiene una vida y una cara cuya salvación no merece ni un paseo, y no digamos ya una carrera). Tiene que conseguir 100.000 marcos en muy poco tiempo y le dan varias oportunidades (como en Atrapado en el tiempo, vuelve al mismo día, pero aquí eso no es divertido). Solo al final lo consigue. Y ya.

Lo intenté, de veras, pero todavía estoy buscando la crítica radical y furibunda a la sociedad burguesa que, según sus muchos fans, se hace en esta peli de forma magistral e incontestable.

Yo sólo vi a una alemana corriendo por una fea ciudad de su país con estética de pasillos de Lidl. Y me aburrí mucho.  Muchísimo.

Pero me quedé con el nombre de Franka Potente.

Tras el éxito del personaje de Lola, Franka dio el salto a los USA, donde ha hecho un papel en la saga Bourne (que es como un Run, Lola, Run, pero con más presupuesto, con cámaras que saben encuadrar un plano y localizaciones que no se limitan a 50 metros de la misma calle toda la película. Eso sí, carece por completo de las ínfulas artísticas de Lola) y ya es una habitual de las producciones hollywoodienses. Su última aparición ha sido sublime, y ante ella me descubro.

Franka Potente es la salvadora ambigua de House en el arranque de esta última temporada, que ha sido fantástico. En dos capítulos, interpreta a un personaje triste y frágil -con acentazo alemán, claro- que con su dulzura sabe poner al prota ante el precipicio: le puede salvar o le puede hundir, y puede hacer ambas cosas con el mismo gesto.

Qué poco tiene que ver ese personaje sereno con la histeria empastillada de Lola. Supongo que en Lola quería expresar angustia y desesperación, pero donde Franka logra transmitir de verdad esas dos cosas es en el personaje abatido y derrotado que le regalan en ese cameo televisivo.

Llámenme burgués, apoltronado o lo que quieran, pero yo aprendí del gran Alfred Hitchcock que, en las artes narrativas y dramáticas, lo profundo y significativo siempre se transmiten con más fluidez y apariencia de verdad a través de una depurada, paciente y humilde labor de artesano que conoce su oficio que con las ínfulas desquiciadas de un artista iluminado que aspira a iluminar a todo el mundo con la grandiosidad de su genio.

Ay, Franka Potente, qué gran actriz se perdió el porno.

LA HISTORIA DE LA CACA

Quizá ustedes pensaban que la mierda en televisión tenía más o menos esta forma:

O esta otra:

Pero en el canal Arte nos han enseñado que puede tener otra forma. En concreto, llana y simplemente, esta:

Una vez más: ¡Vive la France!

Arte (paréntesis para posibles legos: Arte es un canal francoalemán de contenidos exclusivamente culturales que emite en francés y en alemán para ambos países. La noche temática de La 2 empezó programándose con materiales elaborados por Arte) produjo al año pasado una serie documental de cuatro capítulos titulada La fabuleuse histoire des excréments, traducida en España (y emitida por el canal Odisea en cable y parabólica) como La fabulosa historia de la caca, mejorando notablemente el título original.

Son unos programas fantásticos: muy bien documentados; guionizados, escritos y realizados con mucha gracia, y osados, entretenidos, divertidos y, sí, didácticos. ¿Se puede hacer mierda en televisión sin que apeste? Sí, y además se puede hacer una televisión de altísima calidad con ella.

La serie propone un recorrido por este último tabú y su cultura, y la cosa daría para mucho más que estas cuatro entregas. Hacen un poquito de historia, contándonos cómo se ha enfrentado la humanidad a sus heces a lo largo de la historia, y terminan narrándonos un montón de curiosidades que van del chascarrillo inocente a la tragedia más bárbara.

¿Sabían ustedes, por ejemplo, que en Japón elaboran una vainilla sintética a partir de excrementos de vaca? ¿O que en ese mismo país se ha desarrollado una poderosa industria de inodoros altamente tecnificados que adivinan mediante memorias artificiales a qué hora sueles ir al baño y precalientan el asiento diez minutos antes para que lo encuentres calentito?

¿Sabían que la postura para defecar sentados sobre el retrete probablemente sea la responsable de un buen número de desórdenes y enfermedades del aparato excretor y digestivo que nuestros antepasados, que cagaban en cuclillas, no padecían? ¿Y que Katheen Meyer escribió en los años 70 un libro práctico titulado Cómo cagar en el monte (Ediciones Desnivel) que ha vendido cientos de miles de ejemplares, que ha sido traducido a decenas de idiomas y que es muy apreciado por senderistas y naturalistas de todo el mundo? ¿O que en algunos países de Asia tienen tradiciones y figuritas muy parecidas a los caganers catalanes y que posiblemente ambas estén relacionadas, pues comparten su espíritu satírico?

Y, lo que es peor: ¿sabían que miles de millones de personas en todo el mundo defecan en letrinas o retretes que no están conectados a una red de alcantarillado y de depuración de aguas fecales, y que eso provoca gravísimos problemas de salubridad -con incidencia directa en la tasa de mortalidad- y de contaminación del agua potable en muchos países pobres? La caca no es cosa de risa.

Y ahora, que alguien venga a decirme que no se puede hacer televisión de calidad, rigurosa, con ritmo, original y entretenida. Que venga Jorge Javier Vázquez a decírmelo.