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SUPERMERCADOS DE CONFIANZA

Ya lo he dicho muchas veces, pero yo crecí en un pueblo valenciano donde se criaban igual de bien las naranjas que los asesinos. Un pueblo aburrido, húmedo y costero que había conocido tiempos mejores y que no supo aprovecharse tan salvajemente del turismo como los otros pueblos de la comarca. Se especializó en un turismo residencial, de apartamentos mal construidos que alquilaban tipos demasiado tacaños como para sostener restaurantes de estrellas Michelin. Un turismo de clase media-baja, madrileño, francés y alemán, que apenas consentía rascarse el bolsillo en una horchata al final de un baratísimo día de playa. Mientras, los demás pueblos erigían hoteles de Calatrava y deconstruían el arroz a banda con los mejores chefs de la escuela de Paul Bocuse, pero nosotros nos quedábamos con señores de Vallecas que leían el Marca y se cagaban en la puta madre de los críos que habían llenado de arena la ensaladilla rusa, sin importarles que esa puta madre fuera también su señora. De Vallecas también. O de Villaverde.

En aquel pueblo perezoso hasta para sablear a los turistas, se vivió un gran acontecimiento en los años ochenta. En la avenida, pomposamente llamada Gran Via (sin tilde en la i, según la nueva señalización lingüísticamente normalizada), había un viejo cine. Antañón y ostentoso, aunque coqueto, con un punto art-decó. Era el recuerdo de los buenos tiempos, de los años cuarenta y cincuenta.

Se tiene la falsa creencia de que la edad dorada en la costa valenciana llegó en los sesenta con el turismo, pero esa eclosión no habría sido posible sin lo que Marx llamaba el proceso de acumulación originaria del capital. Y ese proceso, en Valencia, se dio tras la guerra civil. La producción intensiva de cítricos orientada a la exportación generó una gran entrada de divisas que se invirtieron en baldosines. Había un país que reconstruir y los padres de Porcelanosa tenían materia prima y mano de obra en abundancia. Y, lo que es más importante: dinero contante y sonante para sostener las inversiones. Esto permitió empezar a levantar torres para que llegaran los turistas. Pero, sin las divisas de los barcos que salían cargados hasta los topes de naranjas sulfatadas, los turistas se tendrían que haber conformado con acampar en las playas con sus caravanas.

Los cuarenta y los cincuenta fueron décadas de hambre en casi toda España salvo en algunos rincones privilegiados de Valencia, cuyos pequeños agricultores, unidos por una estructura gremial heredada de los árabes, supieron producir más toneladas de naranjas que nadie y venderlas a mejor precio que nadie. Colapsaron unos mercados necesitados de naranjas y de cualquier cosa comestible y se encontraron con los bolsillos reventados de billetazos. Y con esos billetazos, equiparon sus pueblos con lo mejor de lo mejor. Por eso, en mi pueblo valenciano había varios cines maravillosos, que ningún pueblo de interior tuvo jamás. Cines de la hostia, hermosos, réplicas a escala de los que habían visto en la Gran Vía (con tilde en la i) cuando iban a Madrid a cerrar tratos o a comprar trapitos para la parienta.

Unos cines que, sin embargo, perecieron pronto ante el Beta y el VHS. En mi infancia ya casi no había cines, y la gente se quejaba. Con la de cines que había tenido el pueblo. Ya sólo quedaban los que estaban al aire libre, junto a la playa. Pero eso no era un cine-cine. Nadie se maquillaba ni se lustraba los zapatos para ir al cine al aire libre. Eso era una pachanga. Ni siquiera ponían pelis de estreno, eran todas de la temporada anterior.

El caso es que, un día, llegaron unos obreros y empezaron a trabajar en los cines vacíos de la Gran Via. En esos cines tan bonitos y tan de época y tan-tan. Y como aquello era un pueblo, la voz eyaculó precozmente: van a poner un Mercadona.

¿Un Mercamujer? No, un Mercadona, xiquet, que no saps qué dius.

Las más rancias voces de lo más rancio del pueblo se indignaron muchísimo: ¿un supermercado en esos cines preciosos? ¿Fiambres y sopas de sobre en el patio de butacas? ¿Congelados en esa pantalla panorámica donde Gilda se quitó el guante? ¡Jamás! Hubo protestas, aquello era un atropello, una indignidad, una herida de muerte a los años dorados del pueblo, cuando los naranjales se perdían más allá de las montañas y los partidos del Madrit no llenaban los bares de forasteros que arrastraban las jotas al hablar.

De nada les sirvió: Mercadona, eficacísima y novísima cadena de supermercados en expansión por Valencia, transformó los cines en una moderna tienda que atendía todas las necesidades alimenticias de la población de forma barata y cómoda. A los dos días, nadie se acordaba de los cines y casi nadie se preguntaba por qué ese supermercado tenía unas columnas jónicas ni un tímpano como de templete griego en la fachada.

Desde entonces, Mercadona me ha perseguido. Se ha extendido por todos los rincones que he habitado, imponiendo siempre su modelo aséptico, ahistórico y asexual. Eliminando lo peculiar, allanándolo todo en una planitud insoportablemente barata, asequible y de excelente relación calidad-precio.

Pero me he dado cuenta de que Mercadona se aplana a sí mismo también, no sólo a su entorno. No contento con homogeneizar el mercado, aspira a homogeneizarse él mismo, creando un mazacote.

Mercadona nos guía al socialismo. Se cumplió la profecía de Marx: el capitalismo deviene ineluctablemente socialismo. Sin revolución, sin dictadura del proletariado, sin un poquito de agit-prop. Por evolución natural, como querían los revisionistas alemanes. Si el capitalismo se basa en la libre competencia (al menos, en teoría), Mercadona la elimina: cada vez hay menos marcas. ¿Qué quieres, arroz Hacendado o Hacendado arroz? Hay varias clases de patatas fritas, todas Hacendado. ¿Te apetece un bizcocho Hacendado? ¿Unas galletas Hacendado? ¿O prefieres algo de Bosque Verde para tu hogar? ¿Un raticida Bosque Verde, un estrangulador de suegras Bosque Verde, un orgasmatrón Bosque Verde? Hay de todo, pero de la misma marca.

Sinceramente, creo que un supermercado de Corea del Norte tiene más variedad que un Mercadona.

Es la estrategia de Ikea. Entre los suecos y los valencianos nos van a conducir al socialismo. Ya estamos en él: el capitalismo ha devenido socialismo. Todos comemos lo mismo, amueblamos las casas (idénticas, de VPO) con los mismos muebles y vestimos lo mismo (de Inditex, claro).

No lo sabíamos, pero aquel Mercadona que se instaló en el cine de mi pueblo estaba anunciando la utopía comunista. Hoy la rozamos con los dedos. Quién nos iba a decir a nosotros que echaríamos de menos los anuncios de Coca-Cola. Cualquier cosa con tal de no beber la puta Cola Hacendado.

El comunismo real nació en mi pueblo valenciano. Yo lo vi. Recuérdenlo.

FALLERET

Con las fallas no hay humor. Lo sabe bien Pepe Ribas, que en 1976 publicó un famoso Dossier Fallas en Ajoblanco y desató lo que entonces se llamó la ira blavera (es decir, la ira valencianista facha, llamada blavera por el color azul -blau en valenciano-catalán-, ya que una franja lateral de ese color es lo que distingue la bandera valenciana de la catalana). Lo escribieron varios jóvenes periodistas valencianos. Uno de ellos, Javier Valenzuela, fue luego corresponsal de El País en Washington y hoy ejerce de supertacañón en ese mismo periódico.

En ese dossier se reinterpretaba el barroquismo de las fallas en clave pagana y libertaria, como un carnaval de primavera, como una expresión antiestatal y salvaje. Y se exponían muestras extremas, como un comentario de la película La fallera mecánica, en la que un travesti ejerce de fallera mayor (lo cual supone la sublimación del personaje de fallera mayor, su agotamiento natural).

La furia blava se desató a lo bestia. Los devotos de la tradición, la carcundia más halitósica de Valencia, rugió y arrastró a las masas tras su rugido. En la redacción de Ajoblanco empezaron a recibirse cartas insultantes; luego, amenazantes. Más tarde, avisos de bomba. Se convocaron manifestaciones en Valencia y se fletaron autobuses para ir a Barcelona a dar una paliza a esos catalanes de mierda que se atrevían a reírse de su sagrada fiesta. El consejo de ministros, aún franquista, también ladró, e impuso el secuestro del número -que ya se había agotado- y un multazo de 120.000 pesetas de las de antes (la multa iba para los responsables de la revista, no para quienes amenazaban de muerte a esos mismos responsables, y eso que las amenazas de aquellos años había que tomarlas muy en serio: en diciembre de 1977 una bomba destrozó la redacción de la revista de humor Papus, matando al conserje, que era el único que estaba en ese momento en el lugar).

Al final, el follón, una vez salvado el pellejo, les vino estupendamente. Gracias a él, la tirada de Ajoblanco se multiplicó por 12 en un año. Las fallas convirtieron a la revista en la leyenda que es hoy.

Yo concuerdo completamente con la visión fallera que se daba en ese dossier. Y concuerdo porque para mí las fallas son territorio infantil y, por tanto, explorador y salvaje. Desde que tengo rizos en los genitales habré estado tres o cuatro veces en fallas, y siempre en Valencia capital, de visitante, un poco al margen de la fiesta. Nunca he vuelto a las fallas del pueblo de mi infancia.

Porque yo fui falleret. No fallero, pues me faltaban palmos de altura, pero sí falleret.

A los no valencianos les cuesta entender que las fallas son una fiesta competitiva que escenifica -en un ring inofensivo y aparentemente no violento, al margen de la pólvora de las tracas y mascletàs- los conflictos sociales más dolorosos. Esto se ve más en un pueblo, pero también en Valencia.

Hay fallas de ricos, de modernos, de pijos, de comunistas -sí, de comunistas-, de marujonas, de artistonas, de obreros, de zafios verbeneros, de tradicionalistas, de estirados, de marginales y de pobres de solemnidad. Ingresar en un casal faller es muchas veces una cuestión de militancia, de significación política, de afirmación grupal.

En mi pueblo había siete fallas -no sé las que habrá ahora-. La mía se llamaba la falla del Prado y era de las desgraciadas: en el concurso que premiaba a los mejores monumentos solíamos quedar los sextos de siete. Por suerte, había una aún peor, La Marina, formada por los cuatro residentes de la urbanización playera, que ponía poco interés en los ninots, quizá porque estaba formada por jubilados madrileños que no terminaban de entender de qué iba la vaina.

Nuestra falla era fea y pobre, pero era nuestra, qué cojones, y los chavales íbamos con la frente bien alta ante los de la falla del Portal o la de La Vía, que casi siempre ganaban los primeros premios con portentosas y audaces construcciones diseñadas por reputadísimos maestros falleros. Recuerdo que la falla del Portal, algunos años, podía visitarse por dentro. No pocas veces planeamos aprovechar esa coyuntura para dejar un par de petardos allí y quemarla antes de tiempo.

Dios, cómo les odiábamos. Los más tontos y relamidos del cole eran del Portal o de La Vía.

Ellos tendrían el poder, pero nosotros teníamos pólvora a voluntad, mucho rencor social y unos padres permisivos que nos dejaban correr por la calle a deshoras.

No os contaré la de perradas que les hicimos, pero sí os diré que, cuando nos descubrían, los mayores de nuestra falla nos protegían. Aquello era como una mafia, y los falleros veían con buenos ojos que sus cachorros se adiestraran en el arte del sabotaje y la guerra de guerrillas.

Mi falla era fea y pobre. Mi falla no despertaba interés, la gente pasaba de largo frente a ella y a más de uno se le escapaba un suspiro de compasión ante esos ninots tan toscos y con tan poca gracia.

La meua falla era lletja, però tenia dignitat.

Dignidad e historia.

Su nombre se debía al Prado Comarcal: unas naves enormes donde, desde el siglo XIX, se instalaba un mercado hortofrutícula donde los propios llauradors vendían sus productos recién traídos del campo. Cuando, tras la guerra civil, la producción de naranjas se hizo intensiva -casi industrial- y se orientó sobre todo a la exportación, desapareciendo muchos pequeños propietarios, el Prado Comarcal dejó de tener sentido. Yo no lo vi funcionar, pero recuerdo las naves, altas, solitarias, enormes, con cristaleras sobre un tejadillo. Recuerdo haber jugado a las canicas bajo sus techos y al escondite entre sus columnas.

Como todo lo que pierde utilidad, al final sucumbió: el ayuntamiento destruyó el Prado, que era una de las señas de identidad del pueblo, y construyó un par de edificios y un pequeño hospital. A mucha gente del pueblo no le hizo ninguna gracia ese atentado patrimonial en un lugar no precisamente sobrado de monumentos, y uno de los puntales de la protesta fue la falla Prado, abanderada nostálgica de un pasado pretendidamente arcádico y blascoibañecista, anterior al bombazo urbanístico y al alicatado de las playas, poblado por inocentes llauradors que preparaban amorosas paellas al aire libre, sobre mimadas brasas de sarmientos.

En nuestros blusones y trajes de fallero llevábamos bordada la silueta de una de esas naves perdidas en nombre de un supuesto progreso. Y eso, creo ahora y sospechaba entonces, nos hacía mejores que las otras fallas.

Eso sí, en sadismo éramos iguales que el resto: gozábamos como perras al ver llorar a nuestra fallera mayor. Porque una fallera mayor que no llora con sentimiento en la cremà merece ser arrojada a las llamas.

Y cómo lloraban esas chicas. Qué bien lloraban las muy zorras.

Un día tengo que volver a verlas llorar.

JOAN MONLEON: A GUANYAR DINERS!

Me entero de que ha muerto Joan Monleon. Si no has vivido en Valencia a finales de los 80 y comienzos de los 90, lo más sano y natural es que no tengas ni idea de quién fue Joan Monleon. Pero a los que éramos púberes entonces y nos bronceábamos las pantorrillas en la orilla del Mediterráneo nos viene a la cabeza su grito de guerra:

“Ha guanyat cinc mil pessetes!”

Joan Monleon fue la superstar de los primeros tiempos de Canal 9, la tele autonómica valenciana. Presentaba un programa casposo, chabacano, amojamado, embrutecedor y absolutamente lamentable que causaba sensación entre las doñas Amparo y los Vicentets de aquella Valencia premoderna, prepepera y precalatravesca en la que áun podían verse jirones de novelas de Blasco Ibáñez en los patios de vecinos. Era -y lo digo sin acritud ni ironía, lo prometo- un fabuloso, maravilloso e insuperable esperpento ibérico, un laboratorio de costumbrismo cañí a lo bestia.

El programa se llamaba, como no podía ser de otra forma, El show de Joan Monleon, y en cada entrega participaban los bonachones habitantes de un pueblo levantino que, si respondían con gracia y salero a las picantonas preguntas e insinuaciones de Monleon, se llevaban un pequeño premio que solía ser de 5.000 pesetas. Cuando la doña Amparo de turno acertaba la respuesta, Monleon se sacaba del bolsillo de la americana rosa un billete de esa cantidad y, refrotándoselo por la cara a la mujer, gritaba su legendario: “Ha guanyat cinc mil pessetes!”. Y doña Amparo se meaba en las bragas del gusto, entre las risotadas de sus convecinos en la grada.

También había una ruleta de premios que era, lógicamente, una paella gigante, y en torno a la oronda figura de Monleon desfilaban las monleonetes, precursoras de las Mamma Ciccio de Berlusconi.

En el patio del colegio, los chavales jugábamos al show de Joan Monleon y nos gritábamos “ha guanyat cinc mil pessetes!”, mientras nos intercambiábamos cartones en vez de billetes. El tipo causaba verdadero furor. No se me ocurre un personaje tan localista y tan rematadamente popular al mismo tiempo en otro lugar de España.

Por supuesto, cuando se rodaba una peli en el País Valenciano, alguien se las arreglaba para colocarle un papelito a Monleon. Apareció en Moros y cristianos, de Berlanga, quizá su mayor incursión en el cine de calidad, pero su carrera como actor se movió siempre en las series que van después de la B. Su cumbre es, a mi entender, El virgo de Visanteta, una astracanada de Vicente Escrivá con Pepe Sancho y Antonio Ferrandis (en el papel del Tío Collons) que forma parte de un subgénero dramático muy valenciano, muy nudista y muy guarro que, desgraciadamente, desapareció al generalizarse la alfabetización de la población. Una lástima.

Joan Monleon, con sus aires de mariquita gorda, sus aspavientos, sus chistes verdes de vedette vieja del Paralelo y su capacidad para enamorar a las amas de casa, tenía todos los boletos para convertirse en el showman ibérico por excelencia. Y eso, en una televisión dominada por presentadores alla maniera de Constantino Romero: viriles, baritónicos, formales y con pinta de querer mucho a sus suegras -es decir, en una época en la que los presentadores reflejaban la imagen que los espectadores creían tener de si mismos, en versión endomingada y formal-. Que un extravagante gritón y populachero, cuyo lugar natural era el club de variedades o la verbena del pueblo, saliera en prime time era todo un acontecimiento.

Joan Monleon, la máxima expresión del espectáculo ibérico o mediterráneo, porque si Fellini le hubiera conocido no le habría dejado escapar. Me resulta inexplicable que, con los atributos naturales de Joan Monleon, Bigas Luna no lo convirtiera en su fetiche. Ha muerto como personaje de culto, de popularidad eminentemente local, pero estoy convencido de que los jóvenes modernos de peinados raros no tardarán en rescatarle. Al tiempo.

Descansa en pau, Monleon. Les monleonetes faràn una darrera coreografia amb botijos per la teua memòria.

ACCIDENTES DE NACIMIENTO

Tengo muchas manías lingüísticas, y cuanto más crezco, más tengo. Una de las menos comprendidas es mi odio visceral a la expresión nacer accidentalmente, que los hagiógrafos de solapas y contraportadas de libros emplean con alegría y profusión, como si les pagaran más por ello.

Sí que me gusta mucho una expresión inglesa muy parecida y que los traductores a la violeta suelen confundir con la de nacer accidentalmente: accident of birth. Literalmente, accidente de nacimiento. Coloquialmente, hace alusión a atributos o desgracias que le vienen de serie a la persona por razón de nacimiento: la religión, los idiomas maternos, una mentalidad puritana, habilidad para las matemáticas si tu padre es un premio Nobel… También la he visto usada, en un ámbito todavía más coloquial, como sinónimo de trasto o bala perdida: This kid is an accident of birth, puede decir una abuela ante un chaval que siempre está castigado en el cole, lo que podría traducirse por “Este chico no tiene remedio”.

Me gusta accident of birth porque emplea un símil geográfico. Presupone que nuestra persona es un territorio por explorar, y en él puede haber ciudades, carreteras y puentes (que construimos nosotros artificialmente), pero también fallas, simas, cordilleras y mares (que son accidentes geográficos de nacimiento). Es bonito, no me lo negarán.

La expresión nacer accidentalmente, en cambio, no sólo no es evocadora, sino que muestra cierto cerrilismo y mucho aldeanismo. Accident of birth es una expresión que se abre y despierta a muchas posibilidades literarias. Nacer accidentalmente es cerrada, restringe y pretende imponer una visión de la historia.

Me explico.

Las biografías de Julio Cortázar empiezan: “Nació accidentalmente en Bruselas”. Las de Edgar Allan Poe: “Nació accidentalmente en Boston”. Las de Ramón y Cajal escritas en Aragón dicen: “Nació accidentalmente en un pueblo de Navarra”. Las que se escriben en Navarra, en cambio, empiezan: “Nació en un pueblo de Navarra”. Las de Picasso arrancan: “Nació en Málaga”, sin accidentalidades ambas.

¿Qué hace que un nacimiento sea accidental? Puede ser accidentado: en un parto pueden ocurrir mil cosas, y no todas buenas. Pero que el nacimiento sea totalmente accidental suena extraño.

¿Qué tiene de accidental que tu madre se ponga de parto y nazcas tú? Nada, es un hecho biológico de lo más normal, el final esperable de todo embarazo. Por circunstancias que no creo tener que explicar, lo habitual es que nosotros nazcamos en el mismo lugar en el que se encuentra nuestra madre en el momento del parto. Quizá un físico, agujeros negros y curvaturas del espacio-tiempo mediante, podría explicar que la madre estuviera en una ciudad en el momento del alumbramiento y el niño naciera en otra, pero yo no conozco casos de esos. Iker Jiménez a lo mejor sabe de alguno.

El adverbio accidentalmente no se emplea con inocencia. Pretende demostrar algo. Pretende demostrar que Cortázar, pese a haber nacido en Bruselas (que era donde se encontraba su madre, con su útero y su vagina incluidas, en el momento en el que al chico le dio por nacer), es argentino de toda argentinidad. Sin duda ninguna. Pretende demostrar que Edgar Allan Poe, pese a haber nacido en la más estirada  ciudad del norte yankee, fue un caballero sureño de apostura sureña. Pretende demostrar que Ramón y Cajal fue aragonés hasta más allá del tuétano. Y cuando, en el caso de Picasso, no se añade el accidentalmente, pretende demostrar que, pese a haber vivido casi toda su vida en Francia -e incluso haber hecho trámites para obtener la nacionalidad francesa- fue más malagueño que ir en Vespino sin casco.

El uso implica apropiación, y es muy importante para quienes escriben las historias mirando el terruño. El adverbio accidentalmente busca reducir la complejidad y servir a la idea del destino. Cortázar estaba destinado a nacer en Argentina, y sólo un accidente coyuntural y mezquino pudo desviarlo de su glorioso destino. Pero lo cierto es que, bien mirados, esos accidentes nunca son tales, sino el fruto de decisiones y elecciones tomadas por sus padres. Uno no vive en Bruselas por accidente: vivirá por necesidad, por obligación, por querencia a la buena cerveza o por ganas de aprender la lengua de los valones. Siempre habrá un motivo o una razón.

Por accidente se pueden concebir hijos. Basta un alfiler, un poco de alcohol y unas buenas dosis de inconsciencia y calentura adolescentes. Parirlos por accidente resulta ya bastante más complicado.

De mí, por ejemplo, podrían decir que nací accidentalmente en Madrid, pero que canto jotas como José Oto y me como los bocatas de ternasco de Aragón a pares. O podrían decir lo contrario: pese a vivir buena parte de su vida en Aragón, siempre aspiró las eses antes de consonante y fue incorregiblemente laísta, rasgos ambos del habla madrileña heredados de su malhablada madre, que también fue accidentalmente madrileña (como su abuela y sus bisabuelos). Si añadimos al cuadro que el catalán es mi segunda lengua materna debido a una infancia de mar y playa en Valencia, el galimatías se complica muchísimo más. Sería divertido, si alguna vez hago algo digno de ser enciclopediado, ver cómo se pelean por mí los hagiógrafos madrileños, aragoneses y valencianos. A ver quién se llevaba el gato al agua.