Ya sé, ya sé, Rosa Montero se está convirtiendo en la nueva Pérez-Reverte de este blog, pero es que no deja de darme pie. Hoy, ni siquiera he leído la columna entera (nunca lo hago, ciertamente). Me basta el comienzo. Dice:

Llevo semanas queriendo escribir un artículo juguetón y liviano sobre el sexo (suena promisorio, ¿no?), pero no consigo hacerlo porque la realidad siempre acaba imponiendo un peso negro sobre esa ligereza. O sea, suceden cosas terribles que claman por ser dichas, o al menos yo lo siento así.

Ay, la pulsión por la trascendencia, ese síndrome que afecta al noventa por ciento de los columnistas españoles. Hay cosas que «claman por ser dichas». Claro, ¿cómo podemos perder el tiempo escribiendo sobre chorradas habiendo tantos dramas por ahí?

Esto me recuerda a una anécdota que relataba Muñoz Molina [corrección: me apunta Alberto Olmos que no fue Muñoz Molina, sino Javier Marías. En adelante, donde dije uno digo otro] en un texto de hace unos años. Cuenta que le presentaron a un insigne poeta y que se le ocurrió preguntarle, iluso él: «¿Qué tal está usted?». El poeta, suspirante y suspirado, respondió que mal, que muy mal. ¿Y eso?, inquirió con miedo Marías, pensando que le iba a contar que tenía un cáncer o que llevaba tres días sin poder sacarse un trozo de bacalao del premolar izquierdo. «¿Cómo se puede estar bien con tanto sufrimiento como hay en el mundo?».

No contento con dolerse de España, el poeta se dolía del mundo. No sabía nada el poeta: había encontrado el camino más corto para alcanzar el Nobel de Literatura.

Sin embargo, algo me dice que el común del gentío no se siente dolido por el mundo. A mí me duelen mis cosas y las de la gente a la que quiero. Me puede conmover tal o cual noticia, por supuesto. Y si me cuentan la historia de unos chavales de Manila que comen ratas del vertedero, no me hará gracia, pero no estoy sufriendo por los males del mundo. No podría aunque quisiera.

Pero los columnistas españoles, al igual que ese poeta, sí que pueden. Imbuidos por no sé qué iluminación, siempre están al quite para sacar el grano de la paja y destacar las historias que «claman por ser dichas».

En España, lo liviano no vende. Lo frívolo se asocia con la estupidez. La inteligencia es solidaria y seria o no es. Esto es así, me pienso yo, porque el columnismo español no tiene demasiado que ver con el periodismo o con la literatura y sí mucho con la predicación evangélica. Son demasiados siglos de homilías y sermones como para que no persista el empeño por salvar las almas de la congregación.

Por tanto, se pueden tolerar a los graciosillos que escriben de chorradas, pero si un columnista quiere hacerse respetar, debe hablar en serio y dolerse muy seriamente de los serios problemas del mundo. Siempre habrá graciosillos, pero nunca ganarán un Ortega y Gasset ni un Cirilo Rodríguez.

Así, como Rosa Montero en este párrafo, los columnistas asumen su oficio como una vocación trascendental. Qué más quisiera yo que escribir de lo que me diera la gana, se quejan, y componer artículos juguetones y livianos sobre sexo, pero el mundo —o Dios, o el Financial Times— me exige que me ocupe de sus miserias. Con la que está cayendo, no podemos perder el tiempo con tontaditas.

Alguna vez, en algún comentario, se me ha reprochado precisamente que pierda el tiempo con entradas tan insustanciales, habiendo tantas y tan graves cosas por tratar. Me divierten mucho esos reproches, como si al escribir nos debiéramos a algo o a alguien. Aquí, ni siquiera me debo a unos clientes, pues los contenidos son de acceso gratuito. No hay libro de reclamaciones al no existir transacción comercial.

La escritura que me interesa a mí, como lector y como escritor, es aquella que surge de los dedos distraídos de los autores. Aquella que no se siente concernida por ningún mal, que se reproduce sin justificación, que no pide disculpas por existir ni reclama una lectura arrobada. La escritura me gusta como las personas: que estén ahí porque sí, luchando por ser, gozando por estar, escribiéndose sin ánimo de redención ni de cura ni de destino manifiesto.

Siempre me situaré en el lado liviano y frívolo de las cosas. Nunca seré hard, siempre seré soft.

Y, ahora, la nota autopromocional:

Mañana, en la Fnac de Zaragoza, a las 19.30, tendremos una oportunidad de charlar de estas cosas con Luis Alegre, que anima un Club de Lectura sobre mi último libro, El restaurante favorito de Nina Hagen. Estáis todos invitados, espero que podamos conversar amigablemente. Si habéis leído el libro y queréis echarme algo en cara, es vuestra oportunidad de humillarme públicamente. Espero que no la desaprovechéis.

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