No sé por qué se empeñan en llamar novelas a los libros de Manuel Vilas que no son poesía. De hecho, ni siquiera sé por qué se empeñan en llamarlos libros, cuando son simples parcelas de una obra en marcha. Hay autores que escriben libros y hay autores que escriben obras. En estos, los libros no son más que accidentes o males menores. De alguna forma hay que dosificar el magma. De alguna forma hay que envasar el producto para su comercialización. Pero no conviene engañarse: todos los libros (narrativos) de Vilas son uno. Lo importante de un libro de Vilas no es el libro en sí, sino Vilas mismo. Así, España, Aire nuestro y Los inmortales son manifestaciones concretas (corpóreas, más bien) de un único espíritu. De ahí que algunos críticos digan que se repite más que el ajo, que es más de lo mismo y que tal y que cual.

Pues claro que es más de lo mismo, ¿qué se esperaban? Es Manuel Vilas, ¿aún no se han enterado de qué va la vaina? ¿Necesitan leer tres libros para darse cuenta del truco?

Sin embargo, aunque los libros son accidentes y, por así decir, incordios prescindibles, unos son más iguales que otros. Y este de Los inmortales, para mi gusto, es la concreción más lograda hasta la fecha del espíritu vilesco. Es el que está mejor escrito, el más divertido y el más radical. Y lo dice alguien que le ha costado entrar en el juego, justo es reconocerlo.

Como en Aire nuestro, Los inmortales es una colección de relatos engarzados con un hilo común. Si en el anterior era la tele, en este es la inmortalidad. Se supone que esta novela es un manuscrito que encuentran en el año 22011.

¿Cómo? ¿Un manuscrito? ¿Como el manuscrito hallado en Zaragoza? No. Más bien como el Quijote de Cide Hamete. Porque la cosa va de cervantismos. Sí, cervantismos, como lo leen. Agárrense, que vienen curvas.

Uno de los protas recurrentes es SA, apócope de Saavedra, que a su vez es el segundo apellido de Cervantes. Es uno de los inmortales. Otros son Picasso, Van Gogh o Juan Pablo II. Ah, y Manuel Vilas, claro está. Todos ellos protagonizan disparates delirantes y grotescos en los que no falta el mal gusto y lo soez. Y por el mal gusto y lo soez me ha ganado. Por ahí vamos bien. Yo siempre apoyo la semántica del caca, culo, pedo, pis.

Mi historia favorita es la titulada Las señoritas de Aviñón, una barbaridad digna de Seth MacFarlane. Podría ser un episodio de Padre de familia. Es incluso más bestia. Allí se lee que «la obesidad es el futuro». Un futuro promisorio, una nueva Jerusalén.

Lo que no entiendo es la obsesión postmoderna con la que se etiqueta (él mismo se autoetiqueta) la literatura de Vilas. A mí me suena más a marketing editorial que a razonamiento teórico fundamentado. Vilas en general, y este libro muy en particular, me parece profundamente español. Español en el sentido de que emerge de una tradición muy clara. Vilas no rompe la baraja, sino que juega con cartas heredadas. No sé si esto le supondrá algún problema. Para moverse por el mundo como enfant terrible es mucho mejor ser tildado de transgresor, pero creo que, ahora mismo, hay pocos escritores más ligados a la tradición literaria española que Vilas.

Él mismo parece insinuarlo constantemente. Para empezar, con el juego de espejos deformantes que hace con el Quijote, incardinando su humor y su sentido paródico en la novela cervantina. Pero hay marcas más explícitas. For example:

Se acuerda de la mala suerte que significaba para un escritor español haber nacido en España, de lo bueno que hubiera sido para un escritor español nacer en Estados Unidos; no obstante, todo siempre puede empeorar, y peor sería haber nacido en Nairobi o en Bolivia. Se acuerda de que entonces llegó a pensar que lo mejor que le podía acontecer a un escritor español era pasar, de manera camuflada, por un escritor estadounidense.

Esto no es sólo una coña sobre el fariseísmo del mundillo literario español y sobre el paleto afán cosmopolita que anima a muchos autores, sino que es también una forma de reivindicarse partícipe de un espíritu nacional (toma ya cursivas chuscas). Nuestra tradición no es triste. Nuestra tradición no es la contemplación ensimismada de la lluvia sobre los cristales. Eso es propio de gabachos. Los españoles nos reímos. A carcajada limpia. Y decimos mucho polla. Y, a veces, la enseñamos. Eso parece decirnos Vilas al ejercer de escritor español.

Desde luego, esta postmodernidad no puede interpretarse como ruptura, sino como regeneración. Autores como Vilas (y como Antonio Orejudo, y como Rafael Reig, con quienes le veo mucho más emparentado que con los otrora llamados nocillescos) son rupturistas en el sentido de que rompen con una forma de hacer novela pomposa y artificial, pero son continuistas porque lo que proponen es una vuelta a las raíces, al Arcipreste de Hita y al Quijote. Aunque, a decir verdad, esas raíces nunca se han podrido, siempre ha habido alguien, en todas las generaciones, pendiente de regarlas.

Y luego está la parodia. Todo es parodia en Los inmortales. Sí, es evidente, pero me parece ocioso diseccionar los mecanismos de la parodia: su análisis anula por completo los efectos. Los chistes no se explican, es de muy mala educación hacer eso. Sin embargo, y tomando este pie forzado, me gustaría hacer una reflexión sobre la función de la parodia en la cultura popular de este comienzo de siglo XXI. Será otro día, que hoy se me ha acabado el duro y se me corta la llamada.

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