Con la venia, señoría, yo, Sergio del Molino, que ejerzo mi propia defensa, aporto aquí la prueba número uno:

«Con ese aspecto de chico tan educado que tienes, dicho sea esto con todo el cariño del mundo, la verdad es que impacta ese sexo tan duro que hay en tu novela».

Miguel Mena, en espléndida entrevista a mi personita educada en la Cadena Ser Aragón, el pasado 1 de abril (se puede escuchar aquí, es la última media hora del podcast).

Esta es la prueba número dos:

siempre me arrepentiré de no pararte cuando te vi paseando pos Sagasta para decirte lo mucho qué me gusto El Restaurante.

pero claro esa misantropía de la que tanto alardeas, cualquiera te dice nada jajajaj….y firmadito por ti.

Isabelll (@clik44), hace unos días, en conversación mantenida en Twitter.

Y, finalmente, prueba número tres:

Después de leer la primera novela del escritor Sergio del Molino (…) se hace un poco complejo mirarle a la cara. Da la impresión, terrible impresión, de que cualquier cosa que se le diga va a resultar vana. Luego resulta que no: el mozo no se come a nadie. Pero asusta.

Pablo Ferrer, reportaje sobre mi novelita y mi personita en el Mondosonoro de abril, pegado aquí debajo.

Señoría, podría aportar algunas pruebas y testimonios más, pero las considero redundantes. A la vista de estos documentos, se puede concluir que existen estas creencias generalizadas:

a) Las personas educadas practican coitos educados. El sexo salvaje es propio de quienes no son educados (prueba uno).

b) Sergio del Molino alardea (mucho) de misantropía. Por tanto, sus libros no proyectan la imagen de una persona educada, sino de alguien que tiene por costumbre escupir a quienes le abordan por la calle (prueba dos).

c) Cualquier cosa que se le diga a Sergio del Molino va a resultar vana (prueba tres).

Pues vaya imbécil, el tal Sergio del Molino. En el mejor de los casos, es un pervertido reprimido bajo una máscara de simpatía y buenos modales, y en el peor, un ogro que odia a todo el mundo, está lleno de mezquindad y reza por que llegue una guerra nuclear.

Y que conste que estos documentos surgen del cariño y como muestras de tal los tomo, no son agresiones a mi persona, no me he vuelto loco. Simplemente, quiero apoyarme en estos ejemplos precisamente porque están enunciados por personas que aprecian mi trabajo (y yo los acojo con gratitud, que quede subrayado).

Estas pruebas me han hecho pensar, pero me gustaría que el jurado las valorase como la validación del prejuicio social que representan. Es decir, que las aporto no para que me juzguen a mí, sino para que interpreten cómo funcionan los arquetipos y hasta qué punto nos impiden disfrutar de una mirada razonable y franca sobre el mundo y los personajes que lo sufren.

Me remontaré bastante en el tiempo, a la época en la que sólo era o intentaba ser periodista, aunque acababa de ganar un premio literario y empezaba a balbucear cosas letraheridas fuera de las páginas del periódico (y de los cajones de mi escritorio). En aquellos primeros y atolondrados pasos por el mundillo cultureta, me ofrecieron presentar una novela de Hernán Migoya. Era su primera aparición literaria desde el escándalo de Todas putas (como recordarán, en 2003, la directora del Instituto de la Mujer fue machacada porque, antes de acceder al cargo, había publicado este librito de cuentos considerado misógino, en un delirio gritón en el que se mezclaron política, literatura, puritanismo hipócrita y una profunda estupidez). Aceptar la invitación me costó el acoso cansino e irritante de una compañera, que aprovechó que yo había escrito algún cuento con cierto aire pornográfico para insultarme constantemente y tildarme de machista y fascista y no sé cuántas cosas más terminadas en -ista. Era como algunos trolls de internet, persistente y aburrida, y me llegó a molestar mucho. Por suerte para ella, como bien sabe Miguel Mena, soy muy educado y no me gusta discutir idioteces ni gastar esfuerzos retóricos en ladrar contra un muro.

Por supuesto, esta chica ni había leído a Migoya ni sabía mucho más del asunto que lo que se había bramado en la tele: Migoya, machista, violador, capullo. Y yo, por alusiones, también. Desde entonces, cada vez que salía una polla o un coño con estas letras en un texto mío, esta chica me señalaba con el dedo y me llamaba ‘migoyo’. Es decir: violador, machista, falócrata, aprendiz de Hitler.

Como mi estilo tiende a lo directo, exploro un humor que a veces es cáustico, me gusta la literatura pornográfica y suelo expresar mis opiniones con vehemencia cuando escribo, estoy más que acostumbrado a que se me tome por un monstruo que alardea de misantropía (sic). El estilo dibuja al personaje. Algún crítico incluso ha abogado en sus reseñas por darme dos hostias porque al leerme me pintaba como un matón fascista o un petimetre provocador. Incluso instaba a los lectores a dármelas si lo creían necesario. Confieso que esas cosas me cabrean muchísimo, no hay nada que deteste más que un perdonavidas grosero.

No hay contradicción entre mi persona y mi literatura. No soy un Doctor Jeckyll que se transforma en Mister Hyde cuando se pone a teclear. No pongo por escrito lo que no me atrevo a decir en una conversación. Mi literatura soy yo, y en lo que algunos lectores identifican como salvajismos no hay más que un deseo por alcanzar cierta verdad estética, por parir páginas honestas. Y eso, señores, es ser educado. Yo tengo buenos modales en la conversación y en mis libros. Trato a mis lectores con el mismo respeto con el que trato a mis interlocutores.

Alberto Olmos (quien, además de ser un chico más educado incluso que yo, presentará mi libro en Madrid la semana que viene, junto a mi amigo Alberto de Frutos; será una presentación de Albertos) sostiene que un estilo literario cursi suele delatar a un hijo de puta. No es una norma que se cumpla siempre, pero somos muchos quienes hemos aprendido a desconfiar de los cursis. Alguien cursi y exaltado está construyendo una imagen sublime e inmaculada de sí mismo, quiere ser tomado por alguien puro, por alguien santo. La cursilería es el camino de la santidad. Por tanto, lo cursi sólo puede ser una piel de cordero. Yo he conocido a unos cuantos autores rematadamente cursis y delicados que han demostrado ser unos nazis implacables, tipos a quienes no les tiembla la mano a la hora de apuñalar a su amigo o de vender a su madre.

Todos los fascistas procuran rodearse de una corte de poetastros y bardos cursis. Nerón era un cursi. Hitler era un cursi. Franco, cineasta en Raza, era un cursi.

Fíate de los cursis.

En cambio, he conocido a unos cuantos autores considerados broncos, o cuyo estilo se vende como agresivo y afilado, y casi todos son tipos de lo más amigable, con los que da gusto beber y charlar.

Otra prueba: los escritores cursis suelen estar muy apegados al poder. De hecho, el poder es un catalizador de cursilería. Los no cursis tienden a ir por libre.

Aquella misma compañera que me afeaba mis compadreos con Migoya, tenía el verbo exaltado y cursi por lo general, y demostró con el tiempo que tampoco era de fiar, que su mano temblaba mucho menos que su pluma a la hora de guardar cadáveres en el armario.

Once again: fíate de los cursis y de los defensores de la moral y de las buenas costumbres.

Lo cursi es una falta de respeto al lector, es una forma de insulto tanto más grave cuanto que está pensada para que el insultado no se dé por aludido. Es esquinera y ladina. Yo, como lector y como persona, me siento mucho más respetado por un Henry Miller violento y pornográfico que por un Manuel Rivas bucólico y soñador. Tanto para leerlo como para tomarme unas cañas, prefiero mil veces a Miller.

Así que no se sorprendan por encontrarme tan educado y formal en las distancias cortas: en mi literatura también soy educado y trato con el debido respeto a mi lector. Por eso no le vendo humo, por eso intento darle literatura, no palabras en conserva. Que lo consiga o no es otra cuestión, pero al menos lo intento, nadie podrá acusarme de lo contrario.

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