Este es el artículo que publiqué ayer en la edición impresa de Heraldo de Aragón, en mi sección de La ciudad pixelada.

Andan algunos interneteros barceloneses alterados por un blog que, desde hace unos meses, se ha empeñado en rescatar rincones genuinamente españoles en la oficialmente catalana Barcelona. Rincones de yantar y beber, claro, sin renunciar a lo casposo y a lo carpetovetónico. La cosa se llama ‘Little Spain’, y se rumorea que es obra de Arcadi Espada o de algún amiguete suyo, de los Boadella y compañía (aunque Espada lo niega), en su enésimo y no siempre grato empeño de tocar las narices a la catalanidad. A mí me recuerda a la prosa y al humor del muy llorado Luis Carandell, y quizá sea su espíritu quien escribe, aunque muchos de los restaurantes, tascas y garitos glosados parecen escenarios de una novela de Juan Marsé o de Francisco Casavella —o incluso de nuestro Martínez de Pisón, integrante de la Little Spain barcelonesa—.

Porque precisamente fue Luis Carandell el coordinador, allá por los años setenta, de una ‘Guía secreta de Barcelona’ que podría considerarse precedente de este ‘Little Spain’. Ese libro formaba parte de una colección de ‘guías secretas’ de las principales ciudades españolas, Zaragoza incluida, que hoy son una rareza muy divertida. Su lectura es muy consoladora y muy recomendable después de leer la prensa del día, porque con ella comprobamos que, a pesar de la crisis y del negrísimo futuro que nos aguarda, vivimos en ciudades mucho más bonitas, interesantes, limpias y apañadas que las de los tristes tiempos de la Transición.

Juzguen este párrafo de la ‘Guía secreta de Zaragoza’, coordinada por Eloy Fernández Clemente en 1978: «Con la prohibición de servir bebidas alcohólicas en las estaciones de RENFE a partir de medianoche, al noctámbulo zaragozano le han hecho, como suele decirse, un hijo de madera». Sigue una deprimente ruta por los escasos bares y ‘nightclubs’ de la capital aragonesa preautonómica que termina así: «Si la cosa ya no da para más y empiezan a cerrar puertas, le quedan a usted dos últimas balas en la recámara: los bares de las gasolineras de Casablanca y la de Miralbueno». Estimulante ciudad que obligaba a sus noctámbulos a elegir entre la cantina de la estación y el mostrador de una gasolinera. Vaya planazo.

Partiendo de este fascinante testimonio que hoy suena a arqueología podría escribirse una guía zaragozana al estilo de la barcelonesa ‘Little Spain’. En el caso aragonés, no hay conflicto lingüístico-político-cultural que sirva de juego polémico, así que se trataría de buscar el ‘Old Aragon’ o la vieja ‘Zaragoza, la Harta’. Es decir, sitios que mantienen vivo el aire carpetovetónico de los setenta, lugares como los que retrató el dúo artístico Zaragoza Deluxe. Andrés Pérez Perruca (sacerdote pop zaragozano, hoy exiliado en Madrid, ex Niño Gusano y ex Tachenko) publicó en este periódico hace unos años una serie titulada ‘Barómetro’, en la que retrataba antros y covachas enclavados en lo más hondo de lo hondo zaragocica. Quedan pocos, pero haberlos, haylos, y convendría compilarlos en una guía somarda antes de que se extingan del todo.

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