La historia es sobradamente conocida: en 1934, Pablo Neruda tuvo una hija en Madrid. La llamaron Malva Marina, y el propio García Lorca celebró su nacimiento con un poema. Sin embargo, Malva Marina no era la hija esperada por el poeta que moraba en la Casa de las Flores del barrio de Argüelles. Malva Marina nació con hidrocefalia, lo que le provocó un daño neurológico que nunca fue diagnosticado ni tratado, pero que le impedía hablar y moverse. Aunque sonreía y respondía al cariño. No estaba completamente aislada de su entorno.

El poeta, el sensible poeta que tanto ha contribuido a banalizar el amor con sus poemas de ídem y su canción desesperada, calificó a su hija de «ser perfectamente ridículo», como consignó por escrito: «Mi hija, o lo que yo denomino así, es un ser perfectamente ridículo, una especie punto y coma, una vampiresa de tres kilos.»

Notable, hondo, digno de un Premio Nobel, la prueba documental de que los poetas son personas moralmente superiores, capacitadas para guiar al rebaño inculto hacia la cumbre de su propia humanidad. A los dos años, el hipersensible Neftalí no aguantó más la imagen babosa y cagona de su hija y la abandonó, a ella y a su madre. Las dos mujeres se instalaron en Francia, acogidas por una familia amiga, y hay cartas que atestiguan que Neruda ni siquiera pagaba puntualmente las mensualidades con las que compraba sus escrúpulos, pues la madre de Malva Marina le reclamaba atrasos y envíos de dinero que nunca llegaban, y lamentaba las penurias que pasaban por esta razón. Malva Marina murió en 1943 sin haber visto nunca a su padre desde el abandono, y sin que su padre hablara de ella. Lo hizo al final de sus días, en 1973, en una carta a su hija muerta que suena tan arrepentida como autoexculpatoria y que no ayuda a endulzar la ignominia.

Décadas después, en 1963 y en la otra punta del mundo, nació Hikari (en japonés, Luz), hijo del escritor Kenzaburo Oé. Hikari sufrió hidrocefalia, lo que le causó un grave trastorno neurológico que hizo de él un gran discapacitado mental. Su padre sufrió, pero en ningún momento se refirió a él —al menos, que sepamos— como un ser perfectamente ridículo. Decidió consagrarle su vida, hacer de la paternidad su principal condición e identidad vital, por encima incluso de la de escritor. Y lo plasmó en un libro que tituló Una cuestión personal. Desde entonces, Hikari, y la teoría de la paternidad que Hikari le inspiró, se convirtió en un leitmotiv constante en la obra del que también sería un Premio Nobel.

La obra de Kenzaburo Oé es incomprensible sin saber esto, y sus libros más importantes hablan de Hikari. La obra de Neruda, en cambio, puede entenderse perfectamente sin saber que tuvo una hija.

En una visita a Barcelona, Kenzaburo Oé fue entrevistado por Màrius Serra en el programa literario que éste presentaba en Canal 33. Mientras montaban el escenario, en esos tiempos muertos de las grabaciones televisivas, Serra y Oé charlaron, y Serra no pudo evitar hablarle de Llullu, su hijo también afectado por una gran encefalopatía. Llullu sufría una parálisis absoluta, ni siquiera levantaba la cabeza.

Años después, Màrius Serra escribió un libro titulado Quiet (hay versión castellana en Anagrama, con título Quieto).

No es casual tampoco que haya sido Miguel Mena quien me haya descubierto este libro.

Entre las historias de Quiet, se recoge ese encuentro con Kenzaburo Oé. Màrius Serra lo mezcla con una redacción escolar que su hija mayor, Carla, hizo sobre su hermano y que mereció un premio en el cole. Porque esas cosas, obviamente, conmocionan a cualquier profesor que no sea de piedra, y el propio Serra sospecha que su hija se aprovechó de su circunstancia para componer un texto efectista y ganar por el lado lacrimógeno. El padre, de noche y a solas, relee la redacción de su hija y piensa en lo que le dijo Oé en el plató: que él se define, ante todo, como padre de un hijo discapacitado.

Jo no voldria pas que la Carla es definís, primer de tot, com a germana de discapacitat, ni tampoc m’agradaria d’encapçalar el meu currículum com a pare de discapacitat. Però l’únic cert és que ho sóc, que n’exerceixo i que ara mateix escric aquestes ratlles per una necessitat que sé imperiosa.

És a dir, per als que no parlen ni comprenen el català:

Yo no querría que Carla se definiera, ante todo, como hermana de discapacitado, ni tampoco me gustaría encabezar mi currículum como padre de discapacitado. Pero lo único cierto es que lo soy, que ejerzo de ello y que ahora mismo escribo estas rayas por una necesidad que sé imperiosa.

Ahí está la clave. Nadie quiere que su hijo sufra. Nadie quiere que su vida entera esté hipotecada por la enfermedad y el dolor de su hijo. No hace falta convertir tu condición en una bandera, pero huir de ella sí que te convierte en un indeseable, en un hijo de la gran puta. La puedes asumir de mil maneras, pero no asumirla no tiene redención posible. Hay decisiones que deshumanizan de forma irremediable a quien las toma, y no hay versos ni cartas lacrimógenas ni arrepentimientos en el lecho de muerte que cambien tu condición monstruosa.

Yo tampoco quiero definirme como padre de un hijo muerto de leucemia, pero lo cierto es que lo soy, y lo cierto es que yo también siento una necesidad imperiosa de escribir sobre ello. Desde el día del diagnóstico, nunca sentí el deseo de huir. Sí que reclamé milagros, sí que fantaseé con que todo fuera un sueño del que me iba a despertar, pero nunca jamás se me pasó por la cabeza huir. Mi instinto me decía lo contrario, mi instinto me llevaba a proteger a mi cachorro. Salir corriendo hubiera ido en contra de mi condición de mamífero.

Me gustan estos libros. Me gustan estos escritores que han sublimado la paternidad y que, desde la tragedia, han construido una imagen literaria del padre muy distinta a la que los arquetipos culturales transmiten. Frente al padre distante, frente al padre de Kafka, frente a todos los padres que dieron la espalda o que no supieron estar donde su condición les requería, se elevan estos escritores que nos hablan sin complejos de una verdadera igualdad.

Estamos acostumbrados al vínculo madre-hijo, mientras que la relación padre-hijo se aborda desde el conflicto y la distancia. Parece que la madre reina en la infancia y el padre influye —casi siempre, para mal— en la adolescencia, pero estos libros hablan de padres que lo son plenamente desde el día del nacimiento del hijo, de padres que son tan buenas madres como las madres  de sus hijos y que reclaman el mismo hueco. Padres que obligan a repensar toda la paternidad.

Llullu murió pocos meses después de la publicación de Quiet, cuando tenía nueve años. En su casa, sin hospitales, tranquilo. Como legado, su padre dejó ese libro que él nunca leyó y que es travieso y alegre, profundamente perequiano, duro y tierno, demoledor y honesto. Todo lo que Neruda no quiso ser.

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