Hace unas semanas —y no es la primera vez—, la presidenta de la comunidad que habito (la autónoma, no la de vecinos) despachó las críticas de una diputada de la oposición espetándole (cito de memoria): «Ustedes se permiten esa superioridad moral y defienden esas cosas porque saben que nunca van a tener responsabilidades de gobierno y pueden permitírselo».

La interpelada era Nieves Ibeas, de Chunta Aragonesista (CHA), a quien no conozco en persona, pero de quien tengo una elevada consideración, aunque sólo sea porque me parece una persona educada, sensata y muy firme sin que su firmeza derive nunca en forma alguna de grosería, y sé, además, que vive con un pie en la realidad, que su mirada no está completamente perdida en ese gallinero garrulo (o establo porcino de la D.O. Jamón de Teruel) de la política aragonesa.

La réplica de la presidenta Rudi, aunque no recuerdo de qué hablaban —probablemente, de recortes— sí que me pareció grosera, paternalista, condescendiente y ridícula. Cuando seas padre, comerás huevos, le dice el mismo padre al hijo. Los padres, para justificar sus miserias ante los hijos, les dicen: tú no lo entiendes, ya serás mayor, la vida es complicada. Y una mierda. Puede entenderse que un padre, avergonzado de no ser para su hijo el ejemplo que debiera, intente escurrir el bulto alegando arcanos imposibles de descifrar por un imberbe. Incluso puede ir más allá e inventar una hipocresía imposible para el hijo, traspasándole la culpa: sí, ahora te parece fatal lo que hago, pero no te oí protestar cuando te compré el iPod, a ver si te crees que el dinero crece en los árboles, que no tengo que hacer según qué cosas para conseguirlo.

Si esta actitud ya suena detestable en un padre, traspasada a otros ámbitos es terriblemente soez e insultante. Es la coartada que usan quienes no están dispuestos a escuchar críticas. No les basta con ignorarlas, encima, nos quieren callados y anuentes. Dicho con elegancia: no les basta con darnos por el culo, encima quieren que nos corramos del gusto. No sólo que no protestemos, sino que les demos las gracias.

Usted, le dice Rudi a Ibeas, portavoz de un partido que nunca va a obtener una mayoría de votos suficiente para gobernar, no puede entender lo duro que es esto, lo mal que se pasa, la soledad del poderoso. Qué cómodo se ve todo desde la tribuna, sin mancharse las manos. Parece también el discurso de un general tronado recién regresado de Vietnam ante un grupo de hippies.

Es decir, que debemos agradecer su espíritu mercenario, que maten y torturen por nosotros. Desde que estalló la crisis y se empezó a demoler (el verbo desmantelar se queda muy corto) el Estado del bienestar, políticos del PSOE y del PP han apelado a la responsabilidad, a su condición de baluartes del orden en medio del caos. Han reconocido que han legislado contra sus propias convicciones y contra las de todo su partido. Y que lo han hecho con el corazón partío, pero obligados. Porque alguien tenía que hacer el trabajo sucio y les ha tocado a ellos, les parecía indigno escurrir el bulto, se comportaban como esos padres que, de vez en cuando, putean a sus hijos diciéndoles que es por su bien. Nosotros, adolescentes caprichosos, no entendemos sus razones de padre, pero ya se lo agradeceremos de mayores. La historia, piensan, les absolverá, como otro pensó antes que ellos.

Pero el hecho es que nada ni nadie les obliga. Yo nunca les voy a agradecer que gobiernen y legislen a disgusto, no quiero que me salven a mi pesar, no preciso de mesías ni de redentores. Soy mayor, no necesito padres, no quiero gobernantes que despachan las críticas con condescendencia y desprecio. Responder como respondió Rudi a la diputada de CHA equivale al berrinche del escritor que, ante una mala crítica a su obra, invoca la mediocridad creativa del reseñista y le dice que escriba él una novela, a ver si tiene huevos, que se ve todo muy fácil como lector.

Nadie les obliga. No me convence la pose de mártir, no tienen por qué hacerlo, nadie les exige que se inmolen por España, por Aragón o por lo que sea. Ni los españoles ni los aragoneses se lo piden. Pero si están, manténganse con dignidad. No nos traten como a imberbes ni como a imbéciles, no pretendan arrancarnos un aplauso forzado. No nos dan pena. Si no les gusta el trabajo que hacen, lárguense, dejen de envilecerse con él, dedíquense a algo que no les avergüence y de lo que puedan presumir ante sus hijos. Pero, si deciden seguir en el puesto, no escurran más el bulto. Dejen de presentarse como cabezas de turco o como víctimas de unos dioses crueles y vengativos llamados mercados. Si reconocen su impotencia para enderezar nada, váyanse y dejen trabajar a otros más capaces. Y si no, por lo menos, sean ustedes tan machos como presumen y den la cara, no amenacen con partir la de quien les increpa.

En la historia española hubo un presidente de la República llamado Nicolás Salmerón, que dimitió a las pocas semanas de tomar posesión porque no quiso firmar unas sentencias de muerte. El gesto fue tan inverosímil (un gobernante con escrúpulos, alguien incapaz de llevar en su conciencia la muerte de otro ser humano) que los historiadores y sus propios coetáneos buscaron otras explicaciones más ruines y coherentes. Dijeron que, en realidad, Salmerón estaba en medio de un fuego cruzado entre dos familias de su partido, y que, para no verse obligado a tomar parte por ninguna de las dos, se inventó lo de las sentencias de muerte para dimitir y hacer mutis silbando. Nadie en España está dispuesto a creerse que un presidente esté adornado por atributos humanos, que pueda anteponer su propia moralidad a las razones de Estado. Por eso, lejos de admirarle, se hurga en sus cajones y en sus armarios hasta encontrar el detalle mezquino que quiebre la imagen de persona buena que su gesto ha proyectado.

La convicción más extendida es que el poder envilece, como el anillo que lleva Frodo Bolsón. Pero hay otra convicción aún más perversa y puede que más extendida: la de que sólo quien ya está previamente envilecido puede llegar al poder. La de que el poder es para tipos rudos a quienes no les tiembla la mano, que no se van a tapar la nariz ni arrugar el gesto, que van a hacer con una sonrisa lo que a otros les daría arcadas. Los propios gobernantes promueven esa imagen: sí, hacemos cosas feas, hacemos lo que ustedes no se atreven a hacer, recogemos su mierda, nos dicen. Y esperan que se lo agradezcamos. Esperan una recompensa por su sacrificio. Se saben ruines, pero de una ruindad necesaria. En el fondo, se perciben a sí mismos como héroes a los que nadie reconoce su valía. Nos detestan porque ven nuestras manos limpitas y aseadas y creen que se están sacrificando por unos pijitos ingratos que, encima, se permiten el lujo de mirarles por encima del hombro. Como ese hijo adolescente y desagradecido que, sin embargo, escucha el iPod que el padre —el detestable padre— ha comprado con su dinero.

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