Mientras leía Una comedia canalla, de Iván Repila, pensaba constantemente en Predicador. Y no sólo en Predicador, sino en algunas películas de Kevin Smith, lo cual no tiene mérito porque el universo primigenio de Kevin Smith se inspira directamente en los cómics y él mismo llegó a escribir algún prólogo para alguno de los volúmenes de la saga de Preacher, cuyo padre, Garth Ennis, es amiguete suyo. Al final, todo queda entre colegas. Yo, que me veía muy listo cazando referencias pop (por más evidentes que fueran), pensaba escribir un post al respecto, pero alguien se me adelantó. Ese alguien no sólo llamaba la atención sobre el germen de la novela de Repila, sino que lo acusaba veladamente (o no tan veladamente) de plagio desacomplejado. Yo no voy tan lejos, pero sí creo que la deuda es fuerte.

Estuve tentado de preguntarle directamente a Repila si todo venía de Predicador, pero no quería arriesgarme a que me dijera que no conocía el cómic y me jodiera mi tesis, así que lo daré por supuesto. Una comedia canalla es un libro divertido, bestia y muy raro en un panorama literario compuesto de citas, contracitas, homenajes y contrahomenajes. Entre los escritores estamos muy acostumbrados a follarnos y a apuñalarnos (a veces, las dos cosas a la vez) de libro en libro, en una orgía metaliteraria y endogámica que no le importa a nadie que no esté envilecido por el mundillo literario, y que por eso se aliña con lamentos de que nadie lee nada en este país de desgraciados, cuando la verdad es que sí que leen, pero no a los sublimes autores que se dedican a palmotearse los lomos unos a otros. A María Dueñas, por ejemplo, se la suda la postmodernidad y sólo usa la Nocilla para el bocata de sus niños, si es que sus niños tomaron bocatas de Nocilla alguna vez o si es que alguna vez ella misma les preparó un bocata, entre costura y costura.

Así que, todo lo que se sale de esta masturbación compartida, suena raro. Los outsiders, los no cooptados por la tribu, son sospechosos. ¿De qué? Sospechosos, sin más. Como en los pueblos, se inquiere su procedencia: y este, ¿de quién es? ¿Quién le apadrina, quién le promueve, con quién se acuesta?

No estoy diciendo con esto que la novela de Iván Repila sea genial ni mejor que aquello que glorifican los suplementos literarios, pero sí que es distinta, sin débitos poéticos reconocibles en sus compis de generación ni pretensiones de catequesis. Y eso, refresca mucho el ambiente, que supongo que es lo que persigue su editorial, abrir ventanas para eliminar el olor a moho. A mí me ha hecho gracia, aunque me hubiera divertido mucho más si los personajes tuvieran más redondez. Si Predicador es su modelo (porque lo digo yo, vaya), le falta lo que hace que Predicador sea genial: protagonistas carismáticos y salvajes capaces de seducir por sí mismos, por su propia fuerza.

Por lo demás, en Una comedia canalla hay mucha droga, mucha violencia y mucho pasote. Además, con un lenguaje coloquial muy logrado, que en ningún momento suena artificial. Yo, que tengo y he tenido amigos hispano-norteños, he reconocido su habla en estas páginas. Y también he creído reconocer el habla del propio Repila, aunque no estoy del todo seguro, porque sólo lo escuché una noche y había mucho alcohol de por medio.

Entre las críticas que he leído sobre la novela abundan las que le reprochan ser un simple entretenimiento. Sí, es divertida, pero ya, argumentan, quejosos. Coño, ¿y les parece poco que algo sea divertido? Como dijo el pobre Krahe, que estos días se las ve más putas que los protagonistas del libro de Repila, no todo va a ser follar. No todo va a ser Proust, no todo tiene que estar preñado de significados trascendentes, no todos los libros nos tienen que cambiar la vida. A veces, basta con que nos diviertan un rato. Ya quisieran muchos que presumen de divertidos divertir de verdad. Aunque es cierto que yo también echo de menos un poco más de hondura, especialmente, en la construcción de personajes, no tengo reproches que hacerle a unas carcajadas y a un poco de violencia extrema.

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