Ha sucedido. Un personaje de mi novela se ha hecho carne (y menuda carne). Por fin soy un escritor de esos que oyen voces y discuten con sus personajes. Pero de verdad, no como ejercicio literario ni por haberme tomado unos conguitos en lugar de mi dosis vespertina de antipsicótico.

Una de estas noches de calor sahariano (sí, sahariano, he perdido completamente la capacidad de adjetivar, y no me importa), desvelado sin remedio, me tumbé en el sofá junto al ventilador, con la esperanza de que la tele me aburriera lo bastante como para dormirme. Fui pasando canales hasta que llegué a lo de Pokerstars. Iba a pasar al siguiente canal, transcurridos los dos segundos en los que piensas “vaya rollo, es lo de Pockerstars”, pero un contraplano detuvo mi dedo. En pantalla, una morena imponente, con gesto de perdonavidas y medio tatuaje que se perdía en una espalda llena de promesas (¿ven como ya no sé escribir ni una frase, que no pongo más que tonterías sin chispa ninguna? Es sintomático de que he llegado a un buen puerto. Sólo se escribe bien cuando se está jodido). Así que le dije a mi dedo: estate quieto, que puede que esto sea porno en vez de poker.

Pero no: era poker. Aunque como si fuera porno.

La morena de mis calores se hacía llamar Boeree, su nombre en el marcador salía con una banderita británica y las siglas UK al lado, y daba la impresión de tener acoquinados y castrados a los demás jugadores. Cuando no iba, los que iban suspiraban, y cuando le daba fuerte, los demás se ponían muy nerviosos, incapaces de destapar el farol y viendo cómo aquella vampiresa chupaba de sus menguantes y muy menguadas torres de fichas.

Fascinado por la chulería y la belleza de esta tahúra dominatrix, corrí a Google para saber más de ella. Y lo que me encontré confirmó mis peores temores: Boeree (en concreto, Liv Boeiree) es la Lola de mi novela No habrá más enemigo.

De acuerdo que para muchos —especialmente, para algún personaje del libro—, Lola es un arquetipo onírico, una femme fatale a lo Frankenstein, compuesta por trozos de femmes fatales. Mi Lola acumula demasiados tópicos y demasiadas perfecciones para ser real. Tantas, que los propios personajes dudan de su existencia. Y, como Liv Boeree, mi Lola juega al poker. Al Texas Hold’em, que es la misma modalidad de poker en la que Boeree es una campeona.

Se calcula que Boeree, a sus todavía no cumplidos veintiocho añitos, ha ganado más de dos millones de euros jugando al poker. En 2010, ganó 1.250.000 euros en el Europeo de Sanremo, donde vapuleó a un montón de viejas glorias de las cartas. Desde entonces, Boeree es una pokerstar que juega en la élite y se ha hecho bastante famosa.

Pero estos mimbres, que sobrarían para armar una buena leyenda, no son los únicos que componen el mito Boeree. Olivia Boeree estudió astrofísica en la Universidad de Manchester, donde se licenció con honores la primera de su promoción. Dicen que utiliza esa portentosa inteligencia suya para machacar y humillar a sus oponentes. Supongo que también les despista con su belleza. Una leyenda urbana cuenta que Doyle Brunson, el mejor jugador de Texas Hold’em del mundo, una especie de forajido del Far West en el siglo XXI —que hace un cameo en mi novela también, asoma por una esquinita del casino de Estoril—, la espichó mientras le arrancaba a Boeree el tanga de un mordisco. La fábula dice que al pobre anciano le dio un telele, que no pudo resistir la emoción. Como toda buena femme fatale, devora a sus amantes.

Bonita historia. Sutil y fina como el poker. Muy berlanguiana. Lástima que no sea cierta.

Boeree no puede ser real. Acumula tal cantidad de perfecciones que llega a dar un poco de asco. No se puede estar tan buena, ser tan lista y, encima, estar podrida de dinero sin ni siquiera trabajar. Por si todo esto fuera poco, la chica toca la guitarra, y dicen que no lo hace del todo mal. La llaman la Iron Maiden, le debe de ir el jevi, y por ella me reconvertía yo al satanismo.

Cuando me inventé a Lola para mi novela lo hice con ánimo satírico: era un cúmulo de estereotipos, un personaje que ni siquiera podía existir en la literatura porque ponía a prueba (y reventaba) los mecanismos de la verosimilitud. Pero Boeree no es la invención de un novelista de tercera. Boeree no es el nuevo personaje de Jenniffer Love-Hewitt ni tampoco un experimento genético, un ejemplar único de superwoman. Boeree es real, tan real como Manchester (encima, procede de un entorno working class, de la región minera de Kent, no es una pijita de porcelana, sino una verdadera chulaza con ademanes de macarruza y una sexualidad prostibularia y zafia que combina muy bien con la esencia ratonera del poker), tan real como las fortunas que ha hecho perder a sus pardillos rivales.

La existencia de Boeree prueba un viejo axioma de la buena narrativa: que lo que funciona en la vida, rara vez sirve para la ficción. En una novela, esta Boeree sólo podría funcionar como mi Lola, como arquetipo burlón, como caricatura, como mito revisado. Para que tuviera realidad literaria, a Boeree habría que rebajarle la perfección, tendría que ser menos guapa, menos lista y menos de todo. O añadirle algún rasgo que ejerciera de contrapunto, como un carácter difícil, colérico o desquiciado. Algo que le diera profundidad y que la hiciera creíble. Puesta en una novela, a Boeree no se la tragaría nadie. Pero, sin embargo, existen las Boerees. La realidad insiste en ser inverosímil, al contrario que la literatura.

Bendita inverosimilitud.

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