En la amistad como en el amor, la mutua admiración es un denominador común. Además, la amistad fraternal y sincera, libre de apasionamientos y de intereses proporcionan seguridad, calma y confianza y nos libra de los vaivenes, desasosiegos y sobre saltos (sic, sic y mil veces sic) del amor. Para algunos es mucho más segura, verdadera y firme que el amor. Piensa que para que la amistad viva ha de ser limpia, libre, respetuosa, sincera y así siempre triunfará.

Esta excrecencia mental es el pensamiento de la semana que se podía leer en la web de Bernabé Tierno, un tipo que confirma su optimismo al atreverse a calificar de pensamiento lo que cualquier persona inteligente llamaría, simplemente, gilipollez. Y es paradójico que así sea, porque lo sensato y lógico sería suponer que una gilipollez es siempre el aborto lingüístico de un gilipollas, pero, en el caso de la autoayuda, los gilipollas no son los emisores de las gilipolleces, sino sus receptores. O, al menos, a quienes toman por tales.

Bien es cierto que, vistas las ventas millonarias de este tipo de basura, una parte considerable de la población tiene una notable propensión a ser tratada como gilipollas.

Bernabé Tierno está de promoción de su último libro (que lo es sólo en un sentido mercantil: tiene páginas y está encuadernado), El triunfador humilde, cuya nota de promo publicada en su Club Optimista Vital dice así (literalmente, sin corregir las faltas ni las erratas; se ve que los emprendedores optimistas no paran mientes en las normas ortográficas. Si parece redactado por un australopithecus es que probablemente sea así y detrás de Bernabé Tierno se esconda un australopithecus optimista):

Había una vez un joven que tuvo que bandonar la aldea en la que vivía dedicado  su abuelo para instalarse en la ciudad, un untorno terriblemente hostil para un hombre que jamás había pisado el asfalto. Por esto, quel muchacho no paraba de recordar lo ue el anciano le pidió antes de morir: que unca olvidara todo lo que había aprendido  su lado.

Así arranca El triunfador humilde, la primera ábula de Bernabé Tierno. En ella, a través de una entrañable y certera historia de ruperación, el autor nos transmite cuáles son los puntales sobre los que se edifica una personalidad exitosa.

Esta es la historia de Ángel, que, gracias a sus valores humanos, triunfa en la vida. Pero también es la historia de quienes le rodean y cambian gracias a sus sencillos principios. Y también es la historia de Laura, una periodista que investiga el extraordinario éxito del protagonista y que termina accediendo a su corazón y descubriendo algo que ni siquiera el propio Ángel conocía.

El triunfador humilde podría ser cualquiera de nosotros, cualquiera de las personas que se proponen vencer las adversidades que se plantean en las pequeñas y grandes empresas de la vida, ya sean profesionales, familiares o personales.

Yo también quiero sacar tajada de la autoayuda y me he autoeditado mi primer autolibro sobre el autotema. Se titula El trilero humilde, y la nota de promoción, colgada en mi web Club del Tocomocho Vital, dice así:

Había una vez un joven que tuvo que bandonar la banda de carteristas en la que vivía dedicado  su abuelo para instalarse en los despachos de las grandes empresas, un untorno terriblemente hostil para un hombre que jamás había currado ni terminado un libro ni acumulado los conocimientos básicos que acredita el certificado de la ESO. Por esto, quel muchacho no paraba de recordar lo ue el anciano le pidió antes de morir: que unca olvidara todo lo que había aprendido  su lado.

Así arranca El trilero humilde, la primera ábula de Sergio del Molino. En ella, a través de una entrañable y certera historia de ruperación, el autor nos transmite cuáles son los puntales sobre los que se edifica una carrera de timador exitosa.

Esta es la historia de Ángel, que, gracias a sus habilidades digitales pasando la pelotita de un vaso a otro, triunfa en la vida. Pero también es la historia de quienes le rodean y cambian gracias a sus sencillos principios. Y también es la historia de Laura, una asustaviejas a sueldo de un grupo inmobiliario que investiga el extraordinario éxito del protagonista, que pasa de ser un trilero en las Ramblas a aconsejar a los grandes empresarios del país,  y que termina accediendo a su corazón y descubriendo algo que ni siquiera el propio Ángel conocía.

El trilero humilde podría ser cualquiera de nosotros, cualquiera de las personas que se proponen vencer las adversidades que se plantean en las pequeñas y grandes estafas de la vida, ya sean profesionales, familiares o personales.

Con el libro regalamos una corbata con el nudo ya hecho, un rolex de imitación, un maletín lleno de recortes de periódico y una demo de Keynote con presentaciones tipo que encandilarán a cualquier directivo de cualquier gran empresa. Con ese kit y las enseñanzas del libro ya tendrá todo lo necesario para embaucar a quien se le ponga por delante, siempre que no deje de sonreír en ningún momento.

Que haya tanta gente dispuesta a dejarse seducir por estos vendedores de elixires mágicos sólo indica que hay mucha gente desesperada, y estos sinvergüenzas se aprovechan de la debilidad emocional de tanto parado, de tanto frustrado, de tanto emigrante en ciernes. Y lo hacen con un mensaje tanto más tóxico en el sentido que les culpabiliza de sus desgracias. Para estos tocomocheros, todo es una cuestión de actitud. Es decir: que eres responsable de tus propios fracasos. Es decir: no vayas a pedirle cuentas a Rodrigo Rato.

Si te mueres de cáncer, te mueres por pesimista.

Si te quedas sin curro y el banco te echa de casa, es que no has encarado bien la situación, has sido muy negativo.

Si invertiste en un negociete con la esperanza de vivir de él y ahora sólo tienes deudas y mucho trabajo sin futuro, es que no sonríes con la suficiente energía ni visualizas (sic) el triunfo con la suficiente fuerza.

Señores Tierno y compañía: váyanse a la mierda, dejen de insultar a gente desgraciada, dejen de enriquecerse a costa de intoxicarles con su mierda. Y dejen también a las empresas en paz, métanse su coaching por el orto, dejen de embolsarse el dinero de las nóminas de los empleados que las empresas despiden.

Déjennos en paz, que no somos gilipollas.

PD.- Este artículo está escrito tras el acaloramiento sufrido el pasado viernes en el plató de Buenos días, Aragón, el informativo matinal de la tele autonómica en el que colaboro como contertulio. Cuando me pasaron la escaleta y me dijeron que se incluía una entrevista grabada con Bernabé Tierno, me subió la bilirrubina y lamenté que fuera grabada y el hombre se escapara sin que pudiera preguntarle. Mientras emitían el vídeo, Pablo Carreras, el presentador, se divirtió mucho con mi rechinar de dientes y con mi rabia blanca. «Es que no puedo con estos trileros, Pablo», le dije. Así que Pablo, cuando acabó el vídeo, me cedió elegantemente la palabra, lo que agradecí mucho. Con educación y calma matinal, dije lo que pienso de estos libritos. Que por lo menos se lo escuchen, que no acaparen ellos todo el discurso.

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