¿Por qué Álex de la Iglesia no ha hecho una road movie con crímenes bestiales ambientada en la autovía Madrid-Zaragoza? Le sobran los escenarios y paisanajes sórdidos. Alguien debería hacer algo con esa carretera, no me puedo creer que aún siga virgen para el cine y para la literatura.

En los seis meses de antigüedad de mi carnet de conducir he tenido tiempo sobrado de volverme un experto en la autovía A-2. En este tiempo, yendo y viniendo de Madrid —los viajes que antes hacía en AVE ahora me los hago en mi cochecito, con mi selección musical puesta al volumen once—, he descubierto una carretera insólita para mí, mucho más horrible (encantadoramente horrible) de lo que pensaba. En un mundo de autopistas asépticas y áreas de servicio clónicas construidas en serie con dependientes manufacturados igualmente en serie, la A-2 es un reducto salvaje y decadente. Tomar un café o echar gasolina son invitaciones a la aventura. Les invito a un pequeño y somero road trip de Madrid a Zaragoza con parada en algunos de los hitos más desconcertantes.

La salida de Madrid no es muy emocionante, aunque las señales hablan de una cartografía fantástica, remitiendo a espacios tan inverosímiles como Torrejón de Ardoz o Alcalá de Henares, que por fuerza han de ser invenciones de Joaquín Sabina y de Lope de Vega. Por lo demás, no hay más que polígonos y cárceles hasta llegar a Guadalajara, una mala y pobre copia de su original mexicana. Guadalajara es el último barrio de Madrid, la frontera entre lo urbano y lo agrario. A partir de ahí, empieza la Alcarria.

Muchos confundieron la Alcarria con la Arcadia. Félix Rodríguez de la Fuente, el primero. Y siguieron creyendo que eran lo mismo sin reparar en que ninguna descripción mitológica decía que la Arcadia estuviera poblada por hombres de una sola ceja con epidermis hecha de pana y que hablaban entre ellos en una lengua que a ratos sonaba a un castellano rúnico y dispépsico, pero de sintaxis y léxico inaprensibles. Es aquí, en la Alcarria, donde el viajero encuentra la primera venta: el Área 103.

Ubicada en la localidad de Almadrones, también conocida como el París de la Alcarria, el Área 103 contiene muchos más misterios que el Área 51. Se cree que es la responsable de que uno de cada tres camiones desaparezca del radar y no llegue nunca a su destino. Ejerce una atracción inexplicable para los trailers de dieciséis ejes y para los señores de más de cincuenta y cinco años. Varias investigaciones del Grupo Parapsicológico de la A-2 coinciden en que muchas de sus víctimas aparecen kilómetros después, con sudores en la cara y la vista nebulosa, y que sólo aciertan a decir: «Qué bien se come en la 103». Otros estudios filológicos independientes han establecido que la frase «qué bien se come en la 103» es la que más veces se ha pronunciado en la historia de la automoción española.

Las leyendas dicen que dentro del Área 103 el tiempo no corre y el calendario siempre marca el 1 de octubre de 1979, día del estreno de Los Bingueros. Allí aún se pueden emplear expresiones como dabuten, guay del Paraguay o date el piro, vampiro sin que su uso suponga la inmediata exclusión social del pronunciante. El megacomplejo que hoy es el Área 103, antaño fue una venta, llamada de Almadrones, fundada en el siglo XIX. Y muchos de los calamares y casi todas las tortillas de patata que se exponen en los mostradores corresponden a esa época. Lo único que no es antañón en el Área 103 son los precios. De hecho, son precios futuristas, que corresponden a los actuales más el IPC del año 2200.

Si el automovilista resiste caer en el campo gravitatorio del Área 103, se adentrará en lo más profundo de la Alcarria. No hagan caso a Cela y a su famoso viaje por la ídem. Háganmelo a mí: asegúrense de llevar el depósito lleno y la vejiga vacía. Atraviesen lo antes posible, y con las ventanillas subidas, esta comarca de buitres, abejas y clubs. Písenle fuerte y no recojan autoestopistas, aunque estos sean clavaditos a Rodríguez de la Fuente. Pero, si pese a mis advertencias, tienen la necesidad de parar en esta tierra de necrófagos, les prevengo sobre un par de sitios.

Uno se llama Las Inviernas. El topónimo lo mismo puede evocar poesía de los tiempos del Cid, con resabios del primer castellano, que una bajísima tasa de escolarización secundaria. Yo cometí la imprudencia de parar una vez allí.

El apelativo área de servicio es muy generoso para esta gasolinera con un bar sucio pegado a los surtidores. Cuando entré, en busca que un café que me despejara, toda la parroquia se volvió a mirarme. Conté una ceja por parroquiano, salvo la pareja de la guardia civil que departía en una esquina de la barra, junto al único hueco libre. Ellos compartían una sola ceja para los dos. Eran siameses de ceja. Allí me acomodé y pedí un cortado. Los guardias civiles debían de ser oriundos de la zona, pues hablaban la lengua local y se entendían con los lugareños. Gracias a mis atentas lecturas de Las ratas y Los santos inocentes, podía entenderles yo también, y pude hacerme entender a la vez. O eso creí, porque les pedí un cortado y lo que me pusieron fue algo marronáceo y espeso que bullía a 134 grados centígrados y tenía la virtud de borrarme todas las estrías del esófago y de alisarme las papilas de la lengua. No me despejó, pero me hizo sentir vísceras que no sospechaba tener. Me hizo ver cosas. Debía de ser una infusión alucinógena de los nativos alcarreños.

Cuando la pareja de guardias civiles esbozó un ademán de abonar su consumición, el camarero, siempre en la lengua alcarreña, les dijo: «No procuparsen, ta pagau». Que, traducido al castellano, quiere decir: «No se molesten, caballeros, que invita la casa».

Entre el brebaje, la mosqueante connivencia con la autoridad y el volumen del televisor, que difundía los berridos de Jorge Javier Vázquez por toda la Alcarria, salí mucho más aturdido de como entré.

Unos kilómetros más adelante, a la altura de Torremocha, hay un par de sitios más sórdidos aún en los que nunca me he atrevido a detenerme. Pero el siguiente hito está un poquito más allá y se llama Motel Saúca.

Encontrar un motel en España es siempre interesante, pero si encima está pintado de rojo y gualda, el interés aumenta. Nada más aparcar bajo la sombra de uralita (el único elemento de la arquitectura que no es rojo ni gualda), un letrero nos da la bienvenida: «Parking reservado a clientes del bar, no usar de merendero». En la puerta, se lee: «PROHIBIDO ENTRAR COMIDA DEL EXTERIOR», por lo que entiendo que puedo entrar con una paella o un gazpacho, pero no con un cuscús o un plato de sushi. Dentro, otro cartel anuncia, en letras muy grandes: «Los WC son de uso EXCLUSIVO para los clientes» —de nuevo, el optimismo alcarreño: por WC entiende algo no muy distinto de una letrina—. Gracias a estos amables y cariñosos mensajes, el viajero se siente bienvenido, se nota que en esta tierra dejaron su poso los árabes y los pueblos nómadas del Magreb, siempre dispuestos a acoger al peregrino y a aliviarle de los rigores de la ruta. En el Motel Saúca te sientes como en casa. Si tu casa está llena de psicópatas alcohólicos que te gritan y te golpean, claro.

Y, de hecho, el Motel Saúca es lo más amable que el automovilista se va a encontrar en la carretera. Es el último mojón interesante de la Alcarria. Estamos ya a las puertas de Soria, y si el Motel Saúca le ha resultado a usted incómodo y desagradable es porque aún no ha conocido, ya en tierras de Castilla la Vieja, la localidad de Esteras de Medinaceli.

Muchos de los viajeros que hacen la ruta en autobús Madrid-Zaragoza tienen pesadillas con este lugar. Cuando se lo mencionas, se esconden debajo de la mesa, en reflejo pavloviano. Otros se despiertan en mitad de la noche gritándole a una dependienta de autoservicio imaginaria. Esteras de Medinaceli ha sido durante muchos años la parada oficial de los autobuses de línea, y se cuenta que uno de cada veinte pasajeros no llega a Madrid ni a Zaragoza. Se les puede ver años después de que su familia denuncie su desaparición, con la mirada perdida, envolviendo bocadillos de tortilla de patata en la parte de atrás del autoservicio.

Un equipo de químicos ha intentado sin éxito establecer la composición de la tortilla de patata de Esteras de Medinaceli para averiguar su portentoso misterio: sólo 100 gramos de esa materia pueden generar hasta 72 kilos de materia fecal. Quien la consume puede pasar hasta siete meses defecándola.

También cuentan que la mirada de las dependientas es como la de la mitológica Medusa, y que en las mesas de madera se forman espontáneamente mensajes escritos de ayuda y socorro. Entre los fantasmas que se aparecen en el lugar destaca el de una chica de veinte años, estudiante de Farmacia, que se cruza con los viajeros adormilados y les dice: «En esa bolsa de Chettos me maté yo». La llaman la chica de la turba, por ser el pueblo muy rico en ese material.

Un poquito más allá está Medinaceli itself, donde confluyen los amantes del poeta Ezra Pound y los notarios de Tudela. Ambos admiran por igual el sitio, formando cómicas parejas de asténicos soñadores y orondos señores con bigote. No hay que confundirse: el Medinaceli molón es el que está en lo alto. Allí hay restaurantes chulos y calles de silencio sobrecogedor y un montón de historia y mística castellana. Pero si usted comete el error de quedarse abajo, en lo que los lugareños llaman La Estación, puede correr muchos riesgos. Por ejemplo, le pueden vender unas galletas llamadas paciencias por el solo placer de ver cómo le salta un diente al morderlas. O le pueden dar los buenos días y las gracias al estilo soriano. Dicen que un soriano dando los buenos días con una sonrisa impresiona una barbaridad. Dicen que ya no puedes ver el mundo con los mismos ojos, que la experiencia te trastorna para siempre. Por si acaso, si un soriano se muestra amable con usted (cosa extremadamente rara, pero a veces sucede), no le mire a los ojos y conjure su maleficio. Háblele de la revolución industrial o de las minifaldas. Como no sabrá qué le dice, podrá aprovechar su desconcierto para huir.

Entrando en Aragón, la cosa merma mucho en atractivos bizarros. Diríase que el automovilista se encuentra en terreno seguro al fin y puede parar a miccionar o a repostar prácticamente donde guste sin miedo a ser degollado. En tiempos, había un establecimiento en Alhama de Aragón que vendía vinos con la cara de Blas Piñar en la etiqueta, y si se detiene en Calatayud, ha de ir donde la Dolores, a su mesón (donde las Dolores actuales son todas de Rumanía), pero quizá le interese mucho más —a usted, coleccionista de experiencias límite— el Bar España, en el paseo central de la localidad, decorado con los chillones colores de la enseña nacional. Allí podrá tomar un patriótico café en un entorno que apenas ha cambiado nada desde que Paco Martínez Soria rodara Abuelo Made in Spain.

Esta es mi A-2, la que recorro a solas en mis viajes a Madrid. La que algún día alimentará mis pesadillas literarias.

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