Cuando te estás emborrachando con otros escritores a los que has conocido hace poco, lo peor que te puede pasar es que uno de ellos te busque las lecturas y las influencias. «Oye, tío —te increpa, como el ganster que se quiere cobrar una deuda—, pero tú, ¿qué lees? ¿Qué te gusta, quién te inspira de verdad?». Joder, qué pregunta. Dan ganas de responder como Holly Martins en El tercer hombre y citar a Marcial Lafuente Estefanía en su fase crepuscular y sartriana. Pero, por supuesto, nunca lo haces. Te ciñes al canon. Aquí no valen ironías postmodernas. No vale decir Mortadelo y Filemón, aunque sea cierto. Por eso, la última vez que me sentí acorralado de esta forma —en lo que me decían que era un bar clandestino, en Madrid, muy borracho y mal cenado—, solté algunos nombres un poco al azar. Quizá las recomendaciones del Babelia de la semana anterior. No sé a quiénes enumeré a lo tonto, pero estoy convencido de que todos los nombres eran anglos. Ni un español en la lista.

Entonces, le devolví la pelota a mi interlocutor, que era el escritor mexicano Federico Guzmán (un gran tipo, un muy interesante narrador y un buen compadre de barra de bar), y él, muy sereno y sonriente, me dijo: «Me encantan los escritores españoles que escriben bien en español, que trabajan el idioma, que se nota que son españoles, que suenan a españoles.»

Knock Out.

Chapeau.

Estupendo, fetén, chanchi.

Es la respuesta más punky que un escritor joven puede dar en el año 2012. Ahora que todos somos tan cosmopolitas, tan erasmus y tan ryanairs, no se me ocurre nada más transgresor, en términos literarios, que vindicar el verbo castizo.

Qué envidia. Si hubiera estado sereno, podría habría dado esa respuesta, pero estas conversaciones siempre se tienen en bares.

El problema es que en España apenas quedan escritores españoles. Todos se han hecho americanos. Yo mismo soy un expatriado voluntario. Lo último que quiere un escritor español es sonar español. Qué horterada. Antes queríamos sonar parisinos y ahora buscamos el aire de Nueva York. Por eso las productoras españolas le pagan las pelis a Woody Allen y por eso le damos el Príncipe de Asturias a Philip Roth.

Y cuando todo el mundo suspira por Manhattan, lo moderno y out-of-the-crowd es suspirar por unos callos con chorizo en una tasca de Vallecas o por unas migas pastoras en Calatorao.

Acción-reacción. El péndulo de D’Ors. La ley física e inalterable de la moda y las tendencias.

Es frívolo, sin duda, pero esa frivolidad manifiesta una actitud inconformista y razonable, porque surge de la convicción de que la verdad no puede estar en el sitio al que todo el mundo está mirando.

Si hay un escritor español maldito, ese es, sin duda, Benito Pérez Galdós. Maldito a posteriori, porque en vida dicen que se lo pasó muy bien y que folló mucho y ganó un montón de parné y que escribió unas novelas fenomenales. Pero, a su muerte, su tumba se llenó de orines. No creo que haya otro ejemplo de autor tan maltratado por la posteridad. Literariamente, el siglo XX se escribió contra Galdós. Primero, echando sobre sus hombros unas culpas que no tenía: él no se inventó el costumbrismo, y cualquier lector que no haya sufrido una trepanación entiende enseguida que lo que hacía Galdós no tiene nada que ver con el costumbrismo ramplón y zarzuelero, que su rollo es mucho más sofisticado. Los costumbristas podían imitar algún deje, pero se les escapaban el tono, el alma y la intención de Galdós. Y, después, repudiándole sin motivo, manteniendo la mentira de que sus novelas eran pesadas, mamotréticas, sin ningún relieve literario, desprovistas de gracias y de poesía.

Por supuesto, el franquismo, con sus ediciones patrióticas de los Episodios Nacionales, no ayudó a fomentar una lectura desprejuiciada de sus novelas. Hasta el punto de que han sido retiradas hasta del bachillerato. Han estado a punto de convertir a Galdós en un escritor de acto solemne facha, de discurso de ingreso de la RAE y de biblioteca de anciano carcamal.

Sin embargo, yo leo Fortunata y Jacinta y me encuentro con párrafos como este:

Cuando se halló cerca del fin de su viaje, la Delfina fijaba exclusivamente su atención en los chicos que iba encontrando. Pasmábase la señora de Santa Cruz de que hubiera tantísima madre por aquellos barrios, pues a cada paso tropezaba con una, con su crío en brazos, muy bien agasajado bajo el ala del mantón. A todos estos ciudadanos del porvenir no se les veía más que la cabeza por encima del hombro de su madre. Algunos iban vueltos hacia atrás, mostrando la carita redonda dentro del círculo del gorro y los ojuelos vivos, y se reían con los transeúntes. Otros tenían el semblante mal humorado, como personas que se llaman a engaño en los comienzos de la vida humana. También vio Jacinta no uno, sino dos y hasta tres, camino del cementerio. Suponíales muy tranquilos y de color de cera dentro de aquella caja que llevaba un tío cualquiera al hombro, como se lleva una escopeta.

He puesto en negrita las dos frases finales para subrayar la técnica galdosiana en la construcción del friso. Con qué viveza describe los niños que se cruzan con Jacinta, cómo se obsesiona con ellos y cómo nos prepara para el golpe de los niños muertos, enunciado casi de pasada, con una sobriedad castiza que recuerda a la aceptación castellana de la muerte. En pocas líneas, el relato alcanza una profundidad trágica que se construye desde lo liviano. Nos metemos en la angustia de Jacinta, sentimos su mareo, su dolor de madre frustrada que sólo ve niños por las calles. Incluso niños muertos «muy tranquilos y de color de cera».

Este párrafo, al margen de algunos arcaísmos, suena mucho más moderno, fresco y eficaz que buena parte de la prosa moderna española. Dicen que las novelas de Galdós son interminables, pero creo que muchos modernísimos autores actuales necesitarían veinte páginas para expresar lo que Galdós manifiesta en un párrafo, y probablemente, el resultado sería mucho más pobre y pedante.

La prosa de Galdós se conserva mucho mejor que la de Valle-Inclán, el primer esteta que fue a mear en su tumba y empezó a llamarle Don Benito el Garbancero. Los iconoclastas envejecen pronto y mal, pero su prestigio, levantado a veces sobre infamias, resiste mucho más allá de la vigencia de su obra.

Galdós es el gran maestro de la novela española, y la literatura española no ha parido muchos grandes novelistas. Sin embargo, preferimos tenerlo apartado, en el desván de las cosas con moho, de las batallitas del abuelo, de los exámenes de reválida y de las adaptaciones de TVE de los ochenta. Porque esa es otra: las series de época que produjo la tele pública con clásicos literarios no le hicieron ningún bien a la obra del escritor canario. Si el franquismo había convertido a Galdós en una especie de meapilas patriotero, la UCD y el PSOE hicieron algo aún peor: le atribuyeron una solemnidad que no tuvo nunca. Esas series de época se hacían con ánimo divulgativo y, por tanto, se ejecutaban en un registro engolado, primando una lectura seria. Hicieron de Galdós un trágico cuando es un tragicómico. Expurgaron todo el humor a una literatura que no se entiende sin humor. Porque Galdós, a ratos, es carcajeante. Es un cabrón muy ingenioso que sabe reírse de todo y de todos.

Por ejemplo, la famosa escena del Fortunata y el huevo, en la serie se presenta con un punto de erotismo, con cierta intensidad sexual que va en serio. Sin embargo, en la novela, esa escena es una chanza soez que subraya dos cosas fundamentales para entender el libro: a) que Fortunata es más basta que la lija del cuatro y una moza sumamente desagradable; y b) que Juanito es un pollo pera, un giliposhas, un señorito atontao. Nada de eso se ve en la secuencia de TVE. Ana Belén, con su cara estupenda, no transmite toda la gañanería de Fortunata, y el actor François-Eric Gendron parece más embelesado que agilipollado, y el sentimiento que debería transmitir en esa escena es el agilipollamiento. Porque Galdós no se cansa de subrayar lo muy gilipollas que es el individuo.

Es difícil leer a Galdós sin prejuicios, han echado demasiada mierda sobre su nombre. Pero quizá no sea tan complicado como parece, porque entre TVE y los ministros de Franco, han disuadido a varias generaciones de leer sus novelas. En realidad, casi nadie ha leído de verdad a Galdós, por lo que su lectura es una experiencia virgen, descontaminada de referencias e interferencias actuales. Porque en el bachillerato hablarán de Don Benito el Garbancero, y Cortázar aprovechará un pasaje de Rayuela para decir que el modelo galdosiano de novela es el enemigo a batir, pero hoy ya no tenemos un repertorio de lecturas negativas. Cortázar y Valle-Inclán están muertos y no pueden molestarnos, no pueden venir a llamarnos carcamales, garbanceros y horteras por leer a Galdós, así que podemos coger sus libros con tranquilidad y descubrir la profundidad, frescura y agilidad de su prosa.

Y reírnos, que ya casi no nos acordamos de cuál fue el último escritor español que nos pareció divertido.

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